El Perfil Adecuado Capitulo 2 El Bar
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Capitulo 2 El Bar

Salir a tomar una cerveza con amigos se había vuelto algo infrecuente.

Tal vez por eso, cada vez que ocurría, lo vivía con una expectativa desproporcionada, como si en esas pocas horas pudiera recuperar algo que la rutina del resto de la semana se encargaba de diluir.

Antes de salir pasé por el estudio; Lucía estaba inclinada sobre los planos, absorta, como si el futuro pudiera resolverse a fuerza de líneas precisas y escuadras.

—Me voy a tomar algo con Alejandro Magno y Julio César —le dije.

—Ok buena suerte —respondió sin levantar la vista del papel.

Nunca fui de tomar demasiado, lo que con el tiempo me convirtió en el conductor designado del grupo.

Aquella noche no fue la excepción. Pasé a buscar a Marcelo, a quien todos llamábamos "el Colo".

Éramos colegas, contadores; habíamos compartido casi toda la carrera, salvo los últimos años, cuando nuestras trayectorias empezaron a divergir pues él se habia atrasado en algunas materias clave.

Cuando subió a la camioneta, ya tenía la cara iluminada por el teléfono.

—Hablo con una chica —soltó, como si eso justificara que no me saludara.

Durante el trayecto intenté iniciar una conversación un par de veces, pero no funcionó. Sus respuestas eran breves e incompletas, como si hablar conmigo fuera una interrupción innecesaria para su vida digital. Llegamos al centro sin habernos dicho prácticamente nada.

Encontré lugar justo frente al bar, un detalle lo suficientemente inusual como para que me llamara la atención, aunque Marcelo ni siquiera lo notó.

El lugar tenía ese aire industrial cuidadosamente diseñado: metal frío, madera envejecida artificialmente y luces cálidas que simulaban una intimidad que el local no terminaba de sostener.

Al menos se podía hablar, o eso suponía yo al entrar.

Nos sentamos con otros tres amigos que habían llegado antes que nosotros.

Cuando nos trajeron las cervezas nadie bebió de inmediato.

Primero hubo que fotografiarlas. Observé la escena sin intervenir, sintiéndome, como siempre, un espectador ajeno a esa necesidad constante de registrar la realidad para que otros la validen.

Yo también tenía redes sociales, pero estaban vacías; eran un espacio que nunca había tenido interés en habitar.

La conversación, cuando apareció, fue breve y dispersa.

Una noticia de fútbol irrelevante ocupó unos minutos, seguida de una charla técnica sobre placas gráficas y videojuegos que para mí resultó un territorio totalmente extraño.

El interés por el intercambio real duró poco.

Uno a uno, mis amigos fueron regresando a sus pantallas y el silencio se instaló en la mesa sin encontrar resistencia, dejándome solo en medio de la gente.

De repente, la puerta se abrió, y una pequeña salvación entró al bar.

Era Tota, mi mejor amiga, acompañada por dos mujeres más.

Tota era de mi misma edad, bastante alta, rubia de pelo lacio y dueña de una voz gangosa que, lejos de restarle encanto, le otorgaba una identidad inconfundible, como si cada palabra llevara su firma secreta.

Había en su manera de estar en el mundo una suerte de liviandad deliberada, una elección sostenida a lo largo de los años: Tota, eterna soltera, había dedicado su vida a esquivar las ataduras, a no dejarse fijar por promesas ni por destinos que otros consideraban inevitables.

Dueña de una belleza que no necesitaba imponerse, que simplemente ocurría. Sin embargo —y esto siempre me intrigó más de lo que quise admitir— nunca despertó en mí otra cosa que una inclinación limpia hacia la sincera amistad.

Al verme se acerco y me dio un fuerte abrazo, saludando al resto de la mesa con un simple saludo gestual al grupo. Mientras sus amigas se acomodaban y hacían sus pedidos, nos alejamos un poco de mi mesa y aprovechamos para charlar un buen rato.

Regrese con mis amigos y la noche transcurría de manera tranquila.

Fue entonces cuando un hombre bastante mayor entró al bar.

Tenía el cabello gris, ese gris que no pertenece al simple desgaste del tiempo sino a una especie de serenidad infinita.

La barba, del mismo tono ceniciento, dibujaba sobre su rostro una suerte de mapa impreciso.

Vestía una camisa blanca, demasiado pulcra y elegante para ese informal lugar, como si el hábito de la corrección no le permitiera entregarse al descuido. Los pantalones negros, rectos y firmes, marcaban un contraste austero, casi como un luto sin drama.

Si no fuera por la alta calidad de sus prendas, podría haberlo confundido con uno de los mozos.

Su actitud llamó mi atención de inmediato: Entró solo y al parecer no no estaba esperando a alguien en particular ya que no se dirigió a la barra ni ocupo ninguna mesa; simplemente se quedó parado en un rincón durante unos minutos mirando a su alrededor.

Siempre he sido observador, y su comportamiento captó mi interés a tal punto que manteniendo la mayor de las discreciones, lo miraba constantemente.

De repente, como un destello en la penumbra de la noche, el hombre salió disparado.

Se dirigió sin vacilar hacia la mesa de Tota y sus amigas.

En ese instante sentí una pulsión interna, una alarma que, aunque no podía justificar racionalmente, me instó a levantarme.

Algo en su actitud era inquietante; el paso apresurado, el modo en que sus ojos no parecían centrarse en nada más que en Tota.

Pensé brevemente, que podría tratarse de un loco o de un acosador, alguien cuyo propósito en ese preciso instante era traspasar el umbral de lo socialmente aceptable. Mi instinto, me empujaba a intervenir.

Pero antes de que pudiera poner en marcha cualquier acción, vi lo inesperado: el hombre, al llegar a la mesa se agachó ligeramente, como si la gravedad misma lo hubiese invitado a hacer una reverencia, y comenzó a hablar con el grupo.

Sus gestos, lejos de ser abruptos o desmesurados, eran sorprendentemente medidos y educados.

No buscaba sobresalir, sino más bien integrarse en una conversación fugaz, pero cargada de una calma que contrastaba con su inicial violencia de movimiento.

Dirigió unas palabras cortas, pero intensas, a Tota.

Después, con un gesto fluido y seguro, le entregó algo que no pude distinguir desde mi posición, y sin mediar más, se retiró avanzando con un paso firme, como si nada de lo ocurrido hubiese alterado el curso de su existencia.

Aunque no era raro que hombres se acercaran a Tota en bares, había algo en esta intervención que no encajaba en la normalidad.

No era solo su decisión rápida y segura, ni la aparente falta de incomodidad en las mujeres que habían sido su objetivo; era la manera en que el acontecimiento se desarrolló, no había agresividad en sus movimientos, ni la ansiedad típica de aquellos que buscan algo más.

Era, por decirlo de alguna manera, una intervención discreta pero cargada de propósito, una que rompía con las expectativas que suelo tener sobre la naturaleza de ese tipo de aproximaciones.

Cuando el hombre finalmente se alejó y desapareció por la puerta me acerqué con rapidez a la mesa, y al llegar junto a Tota y sus amigas, pregunté sin rodeos:

—¿Qué quería? —pregunté, tratando de sonar calmado, aunque estaba intrigado.

Tota, entre risas junto a sus amigas, respondió:

—Me dijo que parecía una chica en busca de aventura. Pensamos que era un simple casanova hasta que me dio esta tarjeta.

Una de sus amigas sostenía la tarjeta con incredulidad, risas y poco interés.

—Parece algo de aventura —dijo, poniéndola en mi mano con gesto resuelto—. Toma, si te interesa es tuya. Dijo que solo se accede por invitación.

La guardé en el bolsillo trasero de mi jean mientras me despedia de las chicas y volvía a mi mesa. Allí, todos seguían sumergidos en sus teléfonos y sin mejor opción para mí, saqué la tarjeta para examinarla.

Se trataba de una tarjeta sencilla, como una tarjeta personal de presentación.

Blanca, con letras azul brillante. En el frente solo decía: “Aventura”.

En el dorso, una imagen de un neumático todoterreno con las palabras: “Emoción – OffRoad – ¿Estás listo?”, seguidas de una dirección web.

El diseño llamó negativamente mi atención, me pareció torpe, pobre y anticuado.

Ninguno de mis amigos noto siquiera que me había levantado o que había vuelto con una extraña tarjeta y la estaba examinando.

Cuando llegó la siguiente ronda de cervezas, guardé la tarjeta y retomé mis intentos de entablar una charla grupal.

Esa noche llegué muy tarde y cansado a casa, pero sin dejar de pensar en la tarjeta.

Ya al dia siguiente y de nuevo en mi trabajo, luego de realizar un tedioso informe matutino que nadie leería, me hice de unos minutos para averiguar desde mi PC de qué se trataba todo.

La página web, al igual que la tarjeta no ofrecía los atributos usuales de lo moderno ni lo atractivo.

Su diseño, desordenado y rudimentario, no suscitaba el fervor visual que suele ser la norma en los portales contemporáneos.

En la parte superior, una imagen de un viejo camión militar con ruedas grandes y equipo de safari dominaba la pantalla.

Una leyenda decía: “Supervivencia y OffRoad”.

Comencé a explorar sus secciones con un desasosiego inexplicable.

Las fotos, con esa definición tosca y granulada de los primeros años de la fotografía digital, mostraban a personas alrededor de fogatas, en lo que parecía una travesía por el desierto, y en poses que indicaban el esfuerzo físico de la escalada.

El foro, sin embargo, fue lo que más atrajo mi atención.

Las publicaciones más recientes no pertenecían al último mes ni al último año, sino que se remontaban a más de tres.

Los comentarios, cargados de un tono que se me hacía anacrónico, no parecían pertenecer a este tiempo.

Parecían ecos, fragmentos de una conversación suspendida en el olvido.

Finalmente, en un apartado discreto, descubrí lo que parecía ser el contacto: un número telefónico y una dirección de correo electrónico que por su extension parecía estar en desuso.

La paradoja de la página era clara: aunque se encontraba sumida en la obsolescencia, parecía resistir al olvido, manteniéndose firme como un objeto que sigue resonando.

Agendé el número en un viejo teléfono que usaba para situaciones poco importantes y a pesar de la premura de la hora envié un mensaje breve, solo para obtener una información punctual.

En medio de mis ocupaciones, consideré que el mensaje y su posible respuesta se convertirian en una simple curiosidad pasajera.

Sin embargo, de tanto en tanto, mi mirada regresaba inevitablemente a la pantalla del dispositivo. Pero nada ocurrió.

El día transcurrió como todos, con la monotonía que caracteriza a las horas que no llevan consigo promesas de revelación.

Y al final, en la noche, cuando el sueño ya había tomado forma, dejé el viejo telefono en la sala de estar y me vi casi convencido de que aquel número, aquel mensaje, aquella página, eran simples vestigios de un pasado ya olvidado.