El Perfil Adecuado Capitulo 1 La maquinaria oxidada
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El Perfil Adecuado

El Perfil Adecuado

Por Sergio Daniel Lopez Guzman

© inepub.com

Capitulo 1 La maquinaria oxidada

Me senté al borde de la cama. La luz gris del otoño se filtraba por las cortinas con una indiferencia casi ofensiva. Todo estaba en su lugar. Todo funcionaba.

Y, sin embargo, algo —todavía imperceptible— ya había comenzado a desajustarse.

Seguí la rutina sin desviaciones. El cepillo de dientes, el agua fría en el rostro, la ropa elegida la noche anterior.

Antes de salir, como cada mañana, abrí la ventana del comedor y extendí la mano hacia el aire.

Un gesto inútil, casi arcaico, que repetía desde hacía años sin saber bien por qué. Caminé hacia el trabajo.

Había elegido prescindir del vehiculo hacía tiempo. No por convicción ecológica ni por disciplina física, sino por una razón más simple: caminar me permitía dilatar el inicio del día. Era una forma elegante de posponer lo inevitable.

El recorrido se repetía con una precisión casi mecánica: las plazas húmedas, los comercios levantando sus persianas, los padres apurados, los autos detenidos en filas interminables. Todo parecía responder a una coreografía que nadie había ensayado, pero que todos ejecutaban con exactitud.

Trabajaba como contador en una farmacéutica antigua, de esas que conservan la ilusión de estabilidad como si fuera una virtud moral.

El edificio, un prisma de vidrio y simetría perfecta, devolvía al mundo una versión invertida de sí mismo, si bien un poco distorcionada.

A veces pensaba que eso era exactamente lo que hacíamos allí adentro.

A la entrada, en un laxo control de seguridad me recibía el mismo guardia.

—Buen día.

—Buen día.

En la puerta del ascensor, al mismo colega del cuarto piso.

—Buen día.

—Buen día.

Los saludos se replicaban sin intención, como ecos de una conversación que nunca había comenzado realmente.

Mi cubículo era la extensión natural de todo aquello: funcional, limpio, olvidable. Una sola fotografía en blanco y negro con Lucía —mi novia— rompía la neutralidad del espacio. El resto era apenas lo necesario para cumplir.

Nunca tuve ambición dentro de ese lugar. El trabajo era un medio, no un destino. Y, sin embargo, había algo más profundo que me incomodaba: la sensación de estar perfectamente adaptado a una vida que no había elegido del todo.

Esa incomodidad, sin embargo, solo se manifestaba en pequeñas grietas como el momento del café.

Una vez al día, nos reuníamos alrededor de la máquina. Diez minutos de conversaciones ligeras que intentaban, sin lograrlo, disimular el vacío del resto de la jornada. Era una tregua breve, casi simbólica.

El almuerzo, en cambio, había perdido todo rastro de humanidad. Por nuevas disposiciones luego del COVID, cada uno comía frente a su pantalla, aislado, como si la cercanía física fuera un riesgo que debía evitarse.

Al terminar la jornada, seguía la última de mis rutinas: el gimnasio.

No por vanidad ni por una cultura del cuerpo, sino por puro mantenimiento.

Sometía a mi cuerpo al mismo rigor con el que cerraba balances: un trámite necesario para que la maquinaria no se oxidara.

Era una inversión silenciosa para un futuro que aún no conocía.

Mi máscara social era efectiva: saludos breves y gestos evasivos para no ser recordado.

Solo permitía una grieta: las charlas de fútbol con un hombre que necesitaba público.

—¿Viste lo de San Lorenzo? Contrataron al "Chango" Herrera. —me soltó mientras yo terminaba una serie.

—Sí —mentí, y sin tener idea sobre el tema tire mis dados con la mimesis natural de quien no quiere destacar—. Es rápido, les va a servir.

—Exacto. Tienes toda la razón, es mas veloz que El rifle Gutierrez.

Al regresar a casa, la rutina retomaba su curso con una precisión casi implacable.

Lucía estaba en el estudio, rodeada de planos, muestras y decisiones. Era arquitecta, y no solo en su profesión: había en ella una necesidad constante de ordenar, definir, proyectar. Su vida —y, en consecuencia, la mía— avanzaba bajo esa lógica.

Era apenas unos centímetros más baja que yo, de figura esbelta y cabello rubio ondulado. Había en su apariencia el mismo rigor que en sus proyectos: nada parecía librado al azar.

Estábamos construyendo nuestra casa, en la práctica, se había convertido en el centro absoluto de nuestras conversaciones.

Cada detalle debía ser evaluado, discutido, resuelto.

Colores, materiales, ángulos, terminaciones.

Un flujo constante de decisiones minúsculas que, acumuladas, terminaban por ocuparlo todo.

—Para la puerta principal vamos a usar madera —dijo sin preámbulos, apareciendo desde el estudio—. Va a darle más carácter.

Yo estaba en el sillón, mirando un video sobre la mecánica de un viejo Porsche 356. Había algo en esa simplicidad mecánica —directa, sin intermediarios electrónicos— que me resultaba profundamente tranquilizador.

—Me parece bien —respondí, sin apartar la vista.

—Y voy a cambiar el tapizado de los sillones. El marfil ya no me convence.

Asentí.

No era desinterés exactamente.

Era otra cosa. Una forma lenta de desconexión.

Lucía siempre pedía mi opinión. Era, en teoría, una construcción compartida. Pero frente a la precisión infinita de sus decisiones, mi participación se reducía a un gesto automático, casi reflejo.

—El sábado vamos a almorzar a lo de mi familia —agregó.

—Perfecto —dije.

El video seguía corriendo, pero ya no estaba prestando atención.

Había perdido el hilo, como me pasaba con muchas cosas últimamente.

Más allá de la casa, había algo que todavía lograba entusiasmarme: la mecánica. Los autos simples. La idea —todavía vaga, todavía postergada— de restaurar algún vehículo antiguo.

No era solo un proyecto, era de alguna manera una salida.

Tiempo atrás había armado una lista de modelos posibles. Comparé opciones, imprimí especificaciones, organicé todo con un cuidado que rara vez aplicaba a otras áreas de mi vida. Se la mostré a Lucía, con una expectativa que no terminé de reconocer del todo.

Meses después, encontré esa carpeta en el fondo de un montón de papeles.

Intacta.

Olvidada.

No dije nada.

Apagué el video y me fui a duchar.