El peor plan del mundo (Maplewood Falls 4) 14 Sophie
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14 Sophie

SOPHIE

Alas diez y media de esta mañana, ya tenía sospechas oficiales.

Ese tipo de recelo que normalmente se reserva para las dietas milagrosas, para la gente que afirma que le gusta armar muebles de IKEA y para los correos electrónicos que empiezan con: «¡Felicidades!». Había algo en toda esa competencia que parecía… estadísticamente improbable.

Porque el festival llevaba abierto unas horas y nada había explotado.

Ningún animal se había escapado ni le había dado una patada en la cara a ningún niño. Nadie había llamado a los bomberos, el inspector de sanidad no se había desmayado y, por lo que yo sabía, nadie había intentado demandar a nadie por culpa de un hot dog.

Bandit se había quedado dentro del zoológico interactivo, Theo había adoptado a unos diecisiete niños distintos como mejores amigos temporales y Daisy seguía juzgando a todo el mundo desde una distancia respetuosa. ¿Y el burro? Bueno, parecía que preferiría estar en cualquier otro lugar.

Todo me parecía… extrañamente fuera de lugar. No malo. Solo fuera de lugar. Como si el universo se hubiera olvidado de mí durante unas horas y, al final, fuera a acordarse de mí con un entusiasmo alarmante. No dejaba de esperar a que cayera la otra bota.

Hasta el momento, no había pasado.

Me giré justo a tiempo para ver a una voluntaria que venía apresurada hacia mí.

Parecía tener unos cuarenta años, con mejillas sonrosadas que le daban al rostro una redondez permanentemente alegre, el pelo largo, rizado y castaño, y una camiseta negra deslavada de Star Wars que se asomaba bajo una sudadera de voluntaria del festival, abierta hasta la mitad.

Una tarjeta de identificación rebotaba contra su pecho con cada paso apresurado, y sujetaba una carpeta con tanta fuerza como si fuera lo único que impedía el colapso total de la organización.

Ya viene.

—¿Sí? —pregunté, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.

—Casi se nos acabó el kétchup —dijo, jadeando.

Parpadeé.

—¿Eso es todo?

Frunció el ceño.

—¿Debería ser algo más?

—No. —Sonreí con un poco demasiado entusiasmo—. Kétchup. Genial. Puedo encargarme perfectamente del kétchup.

Asentí con mucha más seguridad de la que merecía el tema de los condimentos.

Ella frunció el ceño, desconcertada.

—¿Debería ir a comprar más?

—Sí. Una idea estupenda. Gracias.

Me dedicó una sonrisa vacilante, como si no estuviera del todo convencida de haber presenciado una reacción humana normal ante la falta de kétchup, y luego se dio la vuelta y regresó apresurada hacia los food trucks, con el pelo balanceándose a su espalda.

La vi alejarse y mi pulso volvió poco a poco a algo parecido a la normalidad. A la normalidad de hoy, claro.

Me sobresalté cuando algo me tiró de la manga.

Al bajar la vista, vi a un niño de unos nueve o diez años mirándome sin soltar la tela.

Tenía la nariz salpicada de pecas, una mata de pelo rubio arena que se erizaba en tres direcciones distintas bajo una diminuta gorra de béisbol azul, y la camiseta del festival, que le quedaba enorme, le llegaba casi hasta las rodillas.

Me miró con unos grandes ojos marrones llenos de absoluta seriedad, como si estuviera a punto de informar de una emergencia internacional.

—¿Señorita Sophie? —dijo.

—¿Sí?

—Una cabra le estornudó a mi papá.

Miré hacia el zoológico infantil. Efectivamente, allí estaba Bandit, muy entretenido, junto a un hombre que no parecía nada impresionado y cuya chaqueta estaba ahora salpicada de lo que parecía ser moco fresco de cabra.

Genial.

Y tampoco había sido un estornudo cualquiera. Varias gotas impresionantes de moco de cabra seguían pegadas a la parte delantera de la camisa del hombre, y una de ellas se deslizaba lentamente hacia su cinturón.

El niño parecía encantado. Como si acabara de presenciar el acontecimiento más importante de su corta vida y estuviera deseando contarles a sus amigos que una cabra había salpicado a su papá.

Su papá… no tanto. Se quedó allí de pie, con los brazos ligeramente separados del cuerpo, observando el desastre con silenciosa incredulidad, como si probablemente hubiera salido de casa esperando hot dogs y juegos, no una guerra biológica.

Hace un mes, me habría dado asco. Hoy, estaba esforzándome mucho por no reírme.

—Lo siento muchísimo —dije, mientras tomaba un puñado de toallas de papel y corría hacia él—. Todavía está trabajando en sus habilidades sociales.

Bandit movió la cola. El traidor parecía orgulloso de sí mismo. Más bien parecía pensar que había dado la bienvenida con éxito a otro visitante al festival. En algún rincón de ese diminuto cerebro de cabra, probablemente esperaba una cinta de participación.

Cinco minutos después, la situación se había resuelto con disculpas, toallas de papel y dos vales de bebida de cortesía del festival. Por suerte, el papá tenía buen sentido del humor una vez que pasó el susto inicial y se mencionaron suficientes toallas de papel en la conversación.

Se echó a reír. El niño declaró que Bandit era su cabra favorita. De todas. Por supuesto, Bandit aceptó el elogio con demasiada confianza. Sacó pecho y trotó por el corral como si acabara de ganar el premio al «Mejor de la Exposición», en lugar del premio a la «Mejor Secreción Nasal Inesperada».

La mañana siguió su curso.

Los niños se reían. Los food trucks no paraban.

Se oían conversaciones alegres desde todos los puestos.

Los voluntarios sonreían en lugar de entrar en pánico.

La gente iba de un puesto a otro con limonada, hot dogs y peluches gigantes que parecían más grandes que algunos de los niños que los arrastraban.

Todavía no había habido ninguna explosión. Ni ningún gran derrumbe. De hecho, todo iba… bien.

Y la gente incluso me daba las gracias.

A mí. Sophie, la desastre, ya no era un desastre. Al menos por el momento. No era tan ingenua como para pensar que el universo hubiera cambiado de opinión sobre mí de repente y para siempre. Probablemente solo se había tomado un descanso para ir por café.

Aun así, pensaba considerarlo una victoria.

Mi estómago y mis nervios habían pasado las últimas cuarenta y ocho horas preparándose para una catástrofe total. Toda esa ansiedad se había concentrado en este momento.

Pero, hasta ahora, todo iba sobre ruedas.

Y, en medio de todo eso, yo seguía buscando al Capitán Competente.

No iba a mentir y fingir que no era así. Malditas Lola y Dottie por meterme ideas en la cabeza. Ideas en las que yo misma ya había estado pensando, pero, aun así. Antes del desayuno solo habían sido pensamientos. Ahora se negaban a dejarme en paz.

Intenté no dar la impresión de que lo estaba buscando, por si él me estaba observando.

Entonces, ¿cómo espía una mujer a un hombre sin que él se dé cuenta?

Se pone en modo sigiloso total. Eso hace.

Lo cual significaba que echaba miradas rápidas por la plaza en busca del atractivo sheriff y, de repente, me quedaba profundamente fascinada por absolutamente todo lo demás. Las jardineras. Los botes de basura. La taquilla. Incluso asentí pensativa ante un contenedor de reciclaje.

Estaba echando un vistazo a la zona con lo que esperaba que pareciera la curiosidad relajada de una organizadora de eventos inspeccionando su festival.

No como una acosadora chiflada.

Aunque, para ser justa, en ese momento lo era un poco.

¿Qué demonios me pasaba? ¿Hormonas? Quizá. ¿Un sheriff sexy —un sheriff soltero y sexy— que por casualidad había mirado mis labios? Posiblemente. Muy posiblemente.

Sí, puede que hubiera sido un desastre durante los últimos meses. Pero seguía siendo una mujer de sangre caliente. Y tenía ojos.

Pero él no estaba allí.

Una pena, porque ya me había aprendido de memoria cómo se le levantaba una comisura de los labios cuando casi sonreía.

Sí. Una auténtica acosadora.

Y justo cuando por fin me había convencido de que probablemente aún no había pasado por ahí y mi cerebro podía, muy amablemente, pasar a algo productivo…

como el inventario de kétchup, las rutas de salida de emergencia o, literalmente, cualquier pensamiento que no tuviera que ver con el Capitán Competente…

Lo vi.

Estaba de pie cerca del puesto de información, hablando con uno de sus ayudantes, con su oscuro uniforme de sheriff impecable a pesar del calor creciente de la mañana. Llevaba las gafas de sol sobre la cabeza, apartándole unos mechones de pelo oscuro que la brisa ya se había encargado de despeinar.

Una mano descansaba con naturalidad sobre su cinturón de servicio, mientras la otra se movía al hablar, con calma y sin prisas, con ese tipo de confianza serena que, de alguna manera, hacía que todos a su alrededor se relajaran sin darse cuenta de por qué.

Y yo seguía mirándolo fijamente.

La gente se acercaba a él de forma natural.

Un voluntario se detuvo a preguntarle algo.

Una pareja de ancianos sonrió al pasar. Una niña pequeña le enseñó con orgullo la cinta azul que había ganado en uno de los juegos, y él se agachó lo justo para admirarla como si fuera lo más importante que fuera a ver en todo el día.

Eso me apretó un poco el corazón.

Seguí mirándolo fijamente.

Tenía esa irritante costumbre de hacer que quienquiera que estuviera hablando con él se sintiera como si fuera la única persona entre la multitud, lo cual era a la vez increíblemente admirable y espectacularmente inconveniente para mi capacidad de mantenerme emocionalmente al margen.

¿Podría ese hombre ser más… sheriff?

Entonces, como si de verdad pudiera sentir que alguien lo estaba mirando, giró la cabeza.

Nuestras miradas se cruzaron.

¡Mierda!

Me escondí detrás del puesto de pretzels.

Muy sutil, Sophie. Muy sutil.

Nada demuestra mejor que no lo estaba mirando que esconderme detrás de unos carbohidratos.

Entonces, como no había aprendido absolutamente nada de los cinco segundos anteriores y mis instintos de supervivencia se habían ido a casa a descansar, me arriesgué a echar otra mirada rápida.

Él seguía mirándome.

Y, a menos que mi falta de sueño hubiera llegado al punto de provocarme alucinaciones, una comisura de su boca se levantó. Solo un poco.