3 Sophie
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SOPHIE
Hacerse pasar por organizadora de eventos era difícil. Hacerse pasar por organizadora de eventos cuando, en realidad, se esperaba que organizaras un evento… bueno, eso ya era un deporte de contacto.
Esa mañana me había despertado felizmente ajena a lo mucho que podía deteriorarse la vida de una persona en ocho horas.
Si en ese momento me hubieras preguntado si alguna vez acabaría en medio de Maplewood Falls, empapada en sudor, abrazada a una carpeta del tamaño de una lápida y diciéndoles a adultos funcionales dónde poner extensiones eléctricas, me habría reído en tu cara.
Una carcajada completa. Quizá hasta me habría atragantado de risa.
¿Yo? ¿Organizar un festival de verano?
Ni en un millón de años.
Y, sin embargo, ahí estaba. De pie en medio de la plaza del pueblo haciendo exactamente eso. O intentándolo. Fracasando la mayor parte del tiempo.
Entrecerré los ojos al mirar la carpeta de Helen, que parecía haber sido preparada por alguien con una afición preocupante por los separadores. Junto a ella había una pila de papeles que, en teoría, yo ya debería haber entendido.
Había un mapa de los puestos. Una lista de seguridad. Un horario de voluntarios que parecía haber sido atacado por un marcador fluorescente. Y mi favorito personal: «Requisitos para la zona de resguardo de ganado».
Sí. Una lectura estupenda. Muy reconfortante. Nada que comentar.
—Deberías sentarte antes de que te dé un golpe de calor —anunció uno de los voluntarios, de pie junto a las mesas plegables con su propio portapapeles y una tranquilidad que dejaba claro que él no se había colado por error en un desastre municipal.
Yo ya había olvidado su nombre.
¿Stan? ¿Steve? ¿Stubert? Seguro lo recordaría a medianoche. Justo después de quedarme dormida por fin.
Le lancé una mirada.
—Estoy bien. Gracias, Steve.
Una mentira total. Estaba agotada. Eran poco más de las cinco de la tarde y todavía no había hecho ni una pausa.
—Lo que tú digas, jefa —respondió, encogiéndose de hombros—. Y me llamo William.
—Claro.
Maldita sea. Ni cerca.
Quería decirle que se largara. O, al menos, que tomara su portapapeles y su tono razonable y se fuera a ser útil a otra parte.
Pero, técnicamente, era uno de los pocos voluntarios que no había renunciado, desaparecido o me había preguntado dónde estaban los permisos para los baños, permisos de cuya existencia aún no estaba del todo convencida.
Además, estaba bastante segura de que lo necesitaba.
Levantó su portapapeles, imperturbable.
—Por cierto, solo quería señalar que la empresa de alquiler todavía no ha traído la valla para los animales.
—Lo sé —dije, hojeando la carpeta de Helen—. Ya llamé. Dijeron que llegará mañana.
—Pero los animales llegan mañana.
Le lancé otra mirada.
—Ya lo sé, Stan.
Frunció el ceño.
—William.
—Eso también lo sé.
Definitivamente no lo sabía.
Esto no estaba saliendo en absoluto como me lo había imaginado. La valla debería haber llegado ya y estar montada, para que cuando llegaran los animales todo fluyera sin problemas. Y Helen me felicitaría por mi brillante capacidad de planificación.
Un camión retumbó en algún lugar detrás de mí.
El voluntario sonrió.
—¿Ese ruido? O significa que las cosas avanzan, o significa que tenemos un problema.
Lo miré con los ojos entrecerrados. Una parte de mí quería estrellarle la carpeta de Helen contra la frente. Varias veces.
Me di la vuelta.
Un remolque largo, con laterales de aluminio enrejado, se detuvo junto a la acera; sus enormes llantas crujieron sobre la grava. Una capa de polvo cubría el metal y el inconfundible olor a heno flotó en el aire cálido.
Oh, no.
Esto no podía estar pasando.
—Parece que los animales llegaron antes —comentó William, como si estuviera anunciando una llovizna y no mi completo colapso profesional.
Se me encogió el corazón.
—No. Todavía no hay nada listo.
Si quienquiera que estuviera en ese remolque esperaba que yo supiera qué hacer con un zoológico interactivo, me iba a dar un infarto.
La puerta del remolque traqueteó. Algo adentro baló con fuerza.
Al lado del remolque apareció un hombre de postura firme y expresión de quien ya había decidido que aquello no era problema suyo.
Tendría unos cincuenta y tantos años, barba canosa, botas de trabajo, gorra de béisbol y un portapapeles bajo el brazo.
Detrás de él, algo golpeó con fuerza la pared del remolque.
—Tú debes de ser Sophie —dijo, acercándose.
—Sí —respondí, porque al parecer mi reputación como la mujer encargada de los desastres ya se había extendido—. ¿Y tú eres…?
—Earl —respondió—. Del zoológico interactivo.
Lo miré fijamente. Una parte de mí quiso reírse, pero entonces recordé que la risa era el camino directo a la locura.
—Llegaste temprano —dije en cambio, con una sonrisa forzada—. De hecho, llegaste un día antes.
A Earl se le tensó apenas la boca, y enseguida supe que esa información no le causaba el menor conflicto.
—Los papeles dicen que es hoy.
Maldita sea.
¿De quién era la culpa? ¿Mía? Muy posible.
El remolque volvió a traquetear. Lo que fuera que había dentro probablemente estaba planeando mi ruina.
—Gracias por venir, Earl —dije, con la voz subiendo a un tono que ninguna mujer adulta debería usar en público—. Pero la valla no llegará hasta mañana. Así que quizá podrías… ¿volver entonces?
—No puedo —dijo—. Tengo otra entrega.
Asentí, como si esa información no acabara de desestabilizar por completo mi sentido de la realidad. Puede que tuviera una breve experiencia extracorporal. Es difícil saberlo. No estaba del todo presente en ese momento.
Así que ahora estaba a cargo de ganado sin ningún tipo de recinto.
Fantástico.
Nada dice «bienvenida a tu nueva carrera» como animales sueltos sin supervisión.
Earl levantó su portapapeles.
—Solo necesito una firma.
Tomé su bolígrafo y garabateé mi nombre sin fijarme demasiado en lo que hacía.
Earl miró más allá de mí, hacia el trozo de césped vacío, las mesas plegadas, la pila de adornos y, finalmente, mi cara.
—¿Dónde los quieres? —preguntó, mientras ya se dirigía hacia la parte trasera del remolque.
—Yo…
Puede que hoy llorara. Cada vez parecía más probable.
Earl soltó el pestillo y abrió de par en par la puerta trasera del remolque.
Una cabra saltó hacia afuera.
—¡Espera! ¿Estás loco? —di un paso adelante—. ¿Te volviste loco? No puedes bajarlos todavía. No hay valla.
La cabra se quedó allí parada, con el pelaje blanco y negro brillando al sol y sus ojos dorados observando los alrededores con absoluta calma.
Desde el interior del remolque llegó el repiqueteo de cascos y el inconfundible sonido de algo mucho más grande.
Me di la vuelta.
Una alpaca apareció bajando por la rampa con una gracia sorprendente.
Su pelaje blanco cremoso se balanceaba con cada paso, y al llegar abajo se detuvo para estirar su largo cuello hacia mí.
Unos ojos oscuros y curiosos me observaban bajo unas pestañas igualmente oscuras, mientras sus orejas puntiagudas se movían hacia delante y hacia atrás, captando cada sonido desconocido.
Una segunda alpaca la seguía de cerca, más pequeña y de un color caramelo intenso. Se apresuró a alcanzarla, emitiendo un suave zumbido antes de acurrucarse contra el hombro de la alpaca más grande, como si necesitara un poco de valor.
A continuación, un burrito bajó con cuidado por la rampa, colocando cada pequeña pezuña con una precisión minuciosa.
Su pelaje gris e hirsuto estaba salpicado de plateado, con una raya más oscura que le recorría el lomo y los hombros, mientras un mechón revuelto de color marrón chocolate le caía sobre unos ojos brillantes y vigilantes.
Sus orejas desproporcionadas giraban en direcciones opuestas, escuchándolo todo a la vez.
Al llegar a la acera, se detuvo en medio de la calle, levantó el hocico y soltó un rebuzno suave e inquisitivo.
Durante un breve instante, todo quedó en silencio.
Entonces la cabra echó a correr hacia una pila de pancartas festivas de colores.
—Maldita sea.
Dejé caer la carpeta y corrí tras ella.
—¡Vuelve aquí, tú!
La cabra se coló entre dos mesas plegables, arrastrando media pancarta detrás de sí mientras masticaba con entusiasmo.
—¿Debería… hacer algo? —preguntó el voluntario a mis espaldas.
—¡Sí! —grité.
—¿Como qué?
—¡Todavía no lo sé! —le grité.
Al menos la cabra había dejado de moverse. Un avance.
Me quedé allí de pie, jadeando, mientras intentaba idear un plan para enfrentar la situación. Se suponía que yo era la organizadora de eventos. Y aquello, sin duda, era un evento. Tenía que organizarlo. A lo grande.
El sonido de algo rozando el asfalto me hizo volver la atención hacia atrás.
La alpaca más grande empezó a caminar directamente hacia mí. Lo primero que pensé fue: ¿Me escupirá en la cara o me dará un cabezazo? Ninguna de las dos opciones me entusiasmaba.
Me moví hacia la izquierda.
La alpaca se movió hacia la izquierda.
Me moví hacia la derecha.
La alpaca se movió hacia la derecha.
—Esto es muy raro —dije en voz alta.
El burro eligió precisamente ese momento para entrar al estacionamiento.
—Oye —le grité—. Burro, necesito que te quedes cerca del remolque. ¡Quieto! Buen burro.
Obviamente, el burro siguió caminando. No tenía muy claro por qué esperaba que me obedeciera. Mi hermana Margot era la que tenía mano con los animales. Ella podía enseñarle trucos incluso a un perro viejo. ¿Yo? La mayoría de los animales me miraban como si yo trabajara para ellos.
—Bueno. —Respiré hondo y extendí las manos—. Que todo el mundo mantenga la calma. Eso es. Se acabaron las tonterías.
Justo cuando las palabras salían de mi boca, la cabra se subió a una mesa de picnic, bajó de un salto y volvió a subirse.
Estaba en el infierno. Uno peludo y con pezuñas.
El voluntario me miró.
—¿Y ahora qué?
—Nuevo plan, Stan —dije, sabiendo perfectamente que ese no era su nombre, pero sin que me importara lo más mínimo en ese momento—. Te lo diré en cuanto se me ocurra algo.
El conductor miró su reloj.
—Tengo que irme.
Giré la cabeza de golpe.
—¿Qué?