2 Sophie #2
—¿Y lo tienes todo bajo control? —preguntó, con esa voz de policía que siempre te considera sospechosa hasta que se demuestre lo contrario.
De alguna manera, me hizo sentir culpable por cosas que ni siquiera había hecho todavía. Como si tal vez debiera confesar de una vez y ahorrarle tiempo a todo el mundo.
—Por supuesto —respondí, sin apartar la mirada.
¿Lo ves? Una mentirosa profesional.
Un coche tocó el claxon a mis espaldas. Uno de esos bocinazos largos y frustrados que suelen reservarse para el tráfico de hora pico y para la gente que maneja veinte kilómetros por debajo del límite de velocidad.
El conductor del camión se asomó por la ventanilla.
—Jefa, todavía necesito saber dónde quiere que pongamos el escenario.
Volví a mirar al sheriff, sintiendo la cara como si la hubiera metido en el horno de Dottie. Era muy posible que mis mejillas ya pudieran verse desde el espacio. Lo cual era una pena, porque él estaba lo suficientemente cerca como para presenciar cada segundo de mi colapso profesional.
El sheriff echó un vistazo al camión que seguía bloqueando la mitad de la calle. Su mirada se detuvo en la fila de autos que se formaba detrás y luego en los voluntarios que deambulaban con sillas plegables en las manos, como aves migratorias desorientadas.
En algún lugar detrás de mí, una silla plegable se derrumbó. El estruendo fue seguido por un grito ofendido.
Suspiré.
—Más o menos bajo control.
El Capitán Competente asintió una vez.
—Eso parece.
Fantástico. Conocía a este hombre desde hacía aproximadamente cuarenta y cinco segundos y ya me había atrapado mintiendo.
No la gran mentira de tener tres años de experiencia organizando eventos.
Solo la mentira más pequeña de tener la más mínima idea de lo que estaba pasando en ese preciso momento.
Aunque, ahora que lo pensaba, quizá estaban relacionadas.
Apreté los labios y sujeté la carpeta con más fuerza.
Bueno. De acuerdo. Las cosas no iban a la perfección. Había tenido algunos contratiempos menores: una calle bloqueada, un escenario sin ubicación clara, un técnico eléctrico que buscaba respuestas que yo no tenía. Nadie había muerto. Eso me parecía importante.
Además, podía hacerlo.
Probablemente.
La gente organizaba festivales todos los días. Miles de personas.
¿Qué tan difícil podía ser?
En realidad, no respondas eso.
Enderecé los hombros y me di un empujón mental.
Había sobrevivido a que me dejaran por mensaje de texto.
Había sobrevivido a perder mi trabajo. Había sobrevivido a explicarle a mi casero por qué doce desconocidos estaban haciendo yoga en mi sala.
Comparado con eso, organizar un festival en un pueblo pequeño debería ser manejable.
El hecho de que no tuviera absolutamente ninguna prueba que respaldara esa conclusión me parecía irrelevante.
Iba a hacerlo.
Podía hacerlo.
Y si no podía, simplemente seguiría fingiendo hasta que, de alguna manera, se volviera verdad.
Un voluntario se acercó corriendo. Parecía tener unos treinta y pocos años; llevaba jeans deslavados, botas de trabajo y una gorra de béisbol con las palabras «MAPLEWOOD FALLS MARINA» bordadas al frente.
Tenía un rostro abierto y amable, como si probablemente ayudara a señoras mayores a cargar las bolsas del súper sin que se lo pidieran y se ofreciera como voluntario porque de verdad quería ayudar.
Por desgracia, también había cometido el error de asumir que yo sabía lo que estaba haciendo.
—¿Dónde quieres que pongamos el zoológico interactivo? —preguntó.
Parpadeé.
—¿El qué?
—El zoológico interactivo. —Cambió el peso de un pie al otro—. Los animales llegan mañana.
¿Había un zoológico interactivo?
Claro que había un zoológico interactivo.
En medio del escenario, los puestos, las conexiones eléctricas, las sillas, los permisos y el creciente problema de tráfico, se me había pasado por completo el pequeño detalle de que el ganado también estaba a punto de convertirse en mi responsabilidad.
Me pareció información que habría sido útil recibir antes de aceptar el trabajo.
O antes de mentir sobre mis cualificaciones.
Cualquiera de esos dos momentos habría sido maravilloso.
El sheriff cruzó los brazos sobre su amplio pecho.
—¿Estás segura de que lo tienes todo bajo control? —repitió.
Me mantuve firme.
—Sí, lo tengo.
Incluso levanté un poco la barbilla. No porque tuviera confianza. Más bien porque, si no me comprometía por completo con la mentira, esta podría derrumbarse bajo su propio peso.
El Capitán Competente me miró un instante más de lo que habría sido educado.
El tiempo suficiente para que yo tomara conciencia de todo lo ridícula que debía verme: el pelo desordenado, la cara enrojecida, las gotas de sudor resbalándome por las axilas y la posibilidad muy real de que oliera como vestidor de gimnasio.
—Nos vemos pronto, Hartwell —dijo al fin.
Luego se dio la vuelta y se alejó. Sus largas zancadas lo llevaron hacia el atasco con la tranquila eficiencia de un hombre que se ganaba la vida resolviendo problemas.
¿Y yo?
Yo me dedicaba profesionalmente a crearlos.
—Lo espero con ansias —le dije, mientras mi corazón traicionero se ponía a latir con fuerza.
Lo cual era molesto. Había pasado los últimos seis meses saliendo con un hombre perfectamente normal que vendía seguros y que nunca, ni una sola vez, había hecho que mi corazón hiciera otra cosa que mantener un ritmo constante y médicamente aceptable.
Me pareció ver un ligero destello de diversión en su rostro antes de que se diera la vuelta por completo. Como si ya hubiera sacado sus propias conclusiones sobre mí y le resultaran entretenidas.
Como si yo fuera el espectáculo.
¿Estaba molesta? Sí.
¿Puede que le haya mirado el trasero mientras se alejaba? También.
Bueno, sí. Lo hice.
Aun así, tenía la horrible sensación de que el Capitán Competente estaba a punto de familiarizarse demasiado con todos mis errores. Al ritmo que iban las cosas, quizá necesitara abrirme un expediente propio.
¡Viva yo!