1 Sophie #3
Me giré en mi asiento. Una mujer de unos cincuenta y tantos se dirigía hacia nosotras con la energía de alguien que iba a resolver una crisis o a provocarla.
Su pelo gris, que le llegaba a los hombros, rozaba el cuello de su chaqueta azul marino.
Llevaba unos lentes rojo intenso, una camisa verde y unos jeans deslavados que parecían sospechosamente haber pertenecido alguna vez a un exmarido.
Helen. La alcaldesa del pueblo.
Lola se recostó en la silla y observó a Helen mientras esta dejaba caer el bolso al suelo.
—¿Y a ti qué te picó esta mañana?
Helen la miró con el ceño fruncido.
—No estoy de humor para tus vulgaridades.
Lola se encogió de hombros.
—Cariño, cambiarle las pilas al vibrador no es para tanto.
Sí. Iba a ser uno de esos días.
Helen se sonrojó, pero no añadió nada más.
—Toma. Café recién hecho —dijo Dottie mientras le servía una taza humeante.
Nuestra alcaldesa acercó una silla y se sentó.
—Llevo despierta desde las cinco de la mañana revisando todos los currículos que tengo archivados. Y nada. Nadie está calificado para ayudar.
—¿Con qué? —pregunté antes de meterme medio hot cake en la boca y ver que Lola negaba con la cabeza en señal de desaprobación.
Helen abrazó la taza de café con ambas manos, como si contuviera su estabilidad emocional.
—El Festival de Verano.
Me detuve a mitad de la masticación.
El Festival de Verano de Maplewood Falls era todo un acontecimiento.
Los turistas inundaban el pueblo para disfrutar de los fuegos artificiales, la música en vivo, los puestos de comida, los juegos, los puestos de artesanías, el desfile y, por lo general, al menos un pequeño desastre público que solía implicar cierta cantidad de desnudez.
—Empieza en dos días —continuó Helen—. Y prácticamente no hay nada listo. Si el sheriff Walker me llama una vez más por los permisos del festival, me jubilo.
Lola se enderezó en la silla y sacó pecho.
—Ojalá el sheriff Walker me llamara a mí. —Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro—. Los hombres altos, gruñones y con placa son precisamente la razón por la que todavía conservo unas esposas.
—Es un desastre —dijo Helen, señalando su café para darle énfasis—. La organizadora del evento renunció ayer. Dijo que yo era demasiado exigente.
—Qué sorpresa —murmuró Lola.
Helen se frotó la frente.
—Necesito a alguien organizado. Competente. Que mantenga la calma bajo presión.
Todos los instintos de mi cuerpo me gritaban que me callara.
En cambio, por razones que nunca llegaré a comprender del todo, levanté la mano de golpe y me oí decir:
—Yo puedo hacerlo.
Las palabras salieron de mi boca tan rápido que casi miré alrededor para ver quién las había dicho.
Helen me miró fijamente.
Lola bajó la taza de café muy despacio.
Dottie parecía encantada.
Tragué saliva con dificultad, esperando la reacción.
—Bueno —dijo Helen con cautela, mirándome como si fuera la primera vez que me veía—. ¿Tienes experiencia organizando eventos?
—Sí. Mucha —respondí.
Una mentira redonda. Y lo peor era que sonó tan fluida, tan segura y tan perturbadoramente natural que casi me la creí yo misma.
Vaya. El desempleo había despertado nuevas facetas de mi personalidad.
—¿De verdad? —preguntó Helen.
—Por supuesto —le dije.
Técnicamente, una vez había organizado una fiesta sorpresa de cumpleaños para mi amiga Nicole.
Bueno, sí, el restaurante perdió la reservación y el marido de alguien se emborrachó y acabó llorando junto a la mesa de postres, pero, en términos generales, la gente comió pastel y sobrevivió. Así que yo lo consideraba un éxito.
Por dentro, sin embargo, mi cerebro ya estaba gritando:
BUSCA EN GOOGLE TODO SObrE ORGANIZACIÓN DE EVENTOS.
VE VIDEOS EN YOUTUBE.
COMPRA UN PORTAPAPELES.
Helen entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Crees que puedes organizar el festival en dos días?
Asentí, sobre todo para convencerme a mí misma.
—Sí. Por supuesto.
Mi voz sonaba extrañamente segura para una mujer que el mes pasado casi había incendiado su propia tostadora preparando un bagel.
Helen me estudió durante otro largo momento.
—¿Puedes empezar hoy?
—Sí —solté de inmediato.
Lola se inclinó hacia Dottie y susurró en voz alta:
—O esto le va a salvar la vida o va a destruir todo el pueblo.
Dottie se encogió de hombros.
—Podría pasar cualquiera de las dos cosas.
Las ignoré, con la mirada fija en Helen.
—Puedes contar conmigo.
Mírame. Lo estaba consiguiendo. Estaba avanzando en la vida.
Tenía un trabajo.
Un trabajo de verdad.
Claro, no tenía absolutamente ninguna experiencia organizando un festival municipal, acababa de mentirle descaradamente a la alcaldesa mientras comíamos hot cakes y, en ese momento, sabía más o menos lo mismo de organización de eventos que de cirugía cerebral, pero, aun así.
Era un avance.
Entonces Helen metió la mano en su bolso, sacó una carpeta gruesa, repleta de papeles, y la dejó caer delante de mí con un golpe seco.
—Maravilloso —dijo—. Nos negaron los permisos para el desfile, dos puestos cancelaron y alguien contrató por error a una banda de death metal para el almuerzo de adultos mayores.
Mi sonrisa se congeló.
Lola se recostó en la silla y una lenta sonrisa se dibujó en su rostro.
—Oh, esto va a ser divertido.
Me quedé mirando la carpeta.
Y, por primera vez desde que me mudé al Hartwell Inn, consideré seriamente fingir mi propia muerte.