El peligroso secreto del arquero Capítulo 4 El muro
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Capítulo 4 El muro

El muro

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La solicitud de Valeria para obtener los registros de credenciales produjo seis páginas de explicaciones y ni un solo registro.

El departamento jurídico envió la explicación a las 11:58 del día siguiente, dos minutos antes del plazo del mediodía que ella había fijado. El mensaje invocaba la privacidad, la seguridad operativa, la confidencialidad contractual y la necesidad de no alterar los preparativos deportivos en curso.

Valeria lo leyó una vez y se lo reenvió a Clara Méndez con una sola frase.

La sala de reuniones había sido diseñada para que cualquier desacuerdo pareciera temporal.

Un vidrio esmerilado separaba la mesa del pasillo, las sillas eran idénticas y un cuenco de caramelos de menta envueltos seguía intacto junto a los vasos de agua.

El mensaje de Llorente había llegado en medio de aquella calma fabricada con la conocida suposición institucional de que una demora podía hacerse pasar por cuidado.

Protegen más la existencia de los registros que a las personas cuyos nombres aparecen en ellos.

Clara respondió tres minutos después.

Ven a seguridad. Trae paciencia.

Valeria salió de la sala de reuniones y cruzó el complejo de entrenamiento bajo un sol que ya endurecía el concreto pálido.

El calor de la mañana todavía no había llegado a la cancha, pero se había instalado en los techos y las barandas metálicas.

A través del vidrio del centro de rendimiento, los jugadores pasaban de una estación a otra mientras dos entrenadores observaban cifras en una pantalla.

Adrián estaba al otro extremo del campo, hablando con el arquero suplente. Escuchó con la cabeza ligeramente inclinada y luego corrigió la posición del más joven con dos dedos y un pequeño paso hacia atrás.

No miró hacia Valeria.

Eso no significaba que no la hubiera visto.

La oficina de Clara estaba detrás de dos puertas de acceso controlado. Clara era más baja que Valeria, quizá unos diez años mayor, y tenía la expresión serena de alguien que había dedicado su carrera a distinguir las verdaderas emergencias de quienes disfrutaban declarándose urgentes.

—Los registros existen —dijo Clara.

—Eso supuse.

—Están incompletos.

—¿En qué sentido?

—Una actualización del programa de credenciales dejó un vacío en la exportación.

—¿Cuándo?

—Hace tres semanas.

Valeria dejó el mensaje del departamento jurídico sobre el escritorio. —Entonces, ¿por qué no me lo dijeron?

Clara le echó un vistazo. —Porque Llorente cree que la información incompleta se vuelve peligrosa cuando entra en un informe.

—La información incompleta se vuelve más peligrosa cuando se deja fuera del informe.

—Llorente y tú se van a llevar de maravilla.

Clara abrió un cajón y sacó un mapa impreso de los accesos. —Hay un segundo problema. La credencial de contratista que se duplicó hace dos días no se copió de una credencial a otra. El sistema generó dos entradas con apariencia válida a partir de una sola solicitud de autorización.

—¿Un error del programa?

—Es posible.

—O alguien aprendió cómo hace el sistema para generar entradas que parecen válidas.

Clara volvió los ojos hacia ella. —Por eso estás aquí.

Valeria estudió el mapa. El nivel de servicio comunicaba transporte, almacenamiento de equipo, apoyo médico y el pasillo inferior que conducía a la entrada de los jugadores. No era una sola ruta. Era una red de movimientos corrientes.

Siguió una línea con el dedo sin tocar el papel.

En los movimientos corrientes, la información sensible podía pasar de una persona a otra.

Un asistente médico cruzaba hacia transporte.

Un conductor esperaba junto al muelle de carga.

Un jugador se detenía cerca de una puerta mientras alguien mencionaba una limitación con una voz destinada a una sola persona y oída por otras tres.

No hacía falta robar nada en el sentido dramático.

Bastaba con que alguien capaz de reconocer su valor se diera cuenta.

—¿Quién puede modificar la solicitud de autorización?

—El área de credenciales. La administración de seguridad. Ciertos permisos de informática. Una facultad de anulación de emergencia en manos del director de operaciones.

—¿Y quién puede ver el resultado sin modificar nada?

—Demasiada gente.

—Dame la cifra.

—Todavía no la tengo.

Valeria alzó la vista. —Me estás pidiendo que investigue un sistema cuyos usuarios no puedes contar.

—Te estoy pidiendo que me ayudes a contarlos.

La puerta se abrió. Adrián entró con una tableta y una botella de agua.

Clara no pareció sorprendida. —Capitán.

—La esposa de Rueda está aquí.

Valeria sintió un cambio en el ambiente de la sala. —¿Por qué?

Adrián la miró. —Recibió otro mensaje.

—¿Qué decía?

—No quiere hablar delante de gente del club.

—Entonces puede hablar conmigo en privado.

—No confía en el club.

Lo dijo en voz baja. No era una acusación, y por eso resultaba más difícil de descartar.

Clara se levantó. —¿Dónde está?

—En la entrada para las familias.

Valeria recogió el mapa de accesos. —Hablaré con ella.

Adrián se movió antes de que Valeria llegara a la puerta. No la bloqueaba exactamente. Se había colocado entre ella y el pasillo.

—No —dijo.

Valeria se detuvo. —¿No?

—No vaya sola.

—Usted no la representa.

—Lo sé.

—Entonces apártese.

Adrián mantuvo la expresión controlada, pero apretó la tableta con más fuerza. —Le enviaron el mensaje por Álex. Si se siente acorralada, se irá.

—¿Y si llevo a medio departamento de seguridad, se sentirá bienvenida?

—Los dos tienen razón y ninguno está ayudando —intervino Clara.

Valeria sostuvo la mirada de Adrián. —Usted no decide con quién hablo.

—No estoy decidiendo.

—Está parado en la puerta.

Él bajó la vista, como si apenas entonces advirtiera dónde se había colocado. Dio un paso a un lado.

El gesto fue pequeño. Importó porque lo hizo sin discutir.

En la entrada para las familias, la esposa de Rueda estaba sentada bajo un toldo, con las manos cerradas alrededor de una botella de agua sin abrir. Era más joven de lo que Valeria esperaba y se notaba que estaba enojada por sentir miedo.

El toldo protegía el banco del sol, pero no del ruido del campo de entrenamiento.

Los silbatos llegaban por encima del muro.

Un balón golpeaba la red lateral con un sonido seco y repetido.

La esposa de Rueda se sobresaltaba con cada impacto y después parecía irritarse consigo misma por haberlo hecho.

El mensaje no contenía ninguna fotografía. Solo una línea de texto.

El club sabe lo que tu esposo no puede contarte.

Valeria le pidió permiso antes de fotografiar la pantalla. Luego le pidió que reenviara el mensaje original sin borrar el número.

—¿Puede encontrarlos? —preguntó la mujer.

—Puedo establecer cómo obtuvo la información quien lo envió. Encontrar a esa persona es otra pregunta.

—Suena a una forma de decir que no.

—Es una forma de decir que no voy a prometer algo antes de tener pruebas.

La mujer miró más allá de Valeria, hacia el campo de entrenamiento. Adrián estaba cerca del portón, lo bastante lejos para respetar la conversación y lo bastante cerca para intervenir si hacía falta.

—Vigila a todo el mundo —dijo ella.

—Es el capitán.

—No me refería a eso.

Valeria lo miró. —No. Ya veo que no.

Esa noche envió el mapa de accesos a una dirección segura y añadió una línea al registro de la investigación.

Lo escribió en el pequeño escritorio de su departamento temporal, donde el aire acondicionado se encendía y apagaba sin alterar la temperatura.

El mensaje de la esposa de Rueda seguía abierto en su teléfono.

Valeria había aprendido a desconfiar del miedo cuando llegaba convertido en conclusión, pero no desconfiaba de sus pruebas físicas: el agua sin abrir, la mandíbula rígida, las miradas hacia cada entrada.

El primer muro del club no era técnico. Era cultural. Todo el mundo creía que proteger significaba decidir qué podían saber los demás.

A la mañana siguiente, la entrada para las familias se comunicaba con la cafetería mediante un pasillo que olía a salsa de tomate y jabón industrial. Valeria lo recorrió con Clara y vio que la vida corriente del club continuaba alrededor de la investigación.

Una nutricionista discutía con un repartidor por la fruta que faltaba.

Dos jugadores de la cantera caminaban demasiado rápido con sus bandejas y derramaron arroz al suelo.

Una mujer con una chaqueta del club consolaba a un niño que había empezado a llorar porque su padre se había ido por la puerta equivocada.

—La gente siempre imagina las instituciones como oficinas —dijo Clara.

—En su mayoría son pasillos.

—Y cocinas.

La observación cambió la forma en que Valeria leía el mapa de accesos.

La información sensible no circulaba solo entre directivos y programas informáticos.

Circulaba entre personas que sabían qué jugador se marchaba temprano, qué conductor había sido reasignado o qué familiar había dejado de comer en el club.

Desde una mesa de una esquina, Mamadou saludó a Adrián a través del vidrio. Adrián levantó el café en respuesta. El gesto era tan corriente que pasaba inadvertido.

Valeria lo notó de todos modos.

La revisión de seguridad exigía algo más que registros. Exigía hablar con quienes sabían qué ocurría cuando los registros fallaban.

Valeria entrevistó a la supervisora de lavandería, al encargado del material deportivo, al conductor nocturno y a quien preparaba las salas de recuperación. Cada persona describió el club como un edificio diferente.

La supervisora de lavandería sabía qué camisetas volvían del entrenamiento antes de que terminara la sesión.

El encargado del material sabía qué jugadores cambiaban de botines después del calentamiento.

El conductor nocturno sabía qué puertas se abrían solas y cuáles requerían una llamada.

Quien preparaba las salas de recuperación sabía que un jugador podía revelar una limitación con solo pedir una comida diferente.

—El sistema no es solo el programa —dijo Valeria.