Capítulo 3 Capitán #3
Adrián miró la mano de Valeria. La pequeña cicatriz junto al pulgar resaltaba, pálida, contra la funda del teléfono.
—Si le doy algo privado —dijo—, no lo use para hacerme parecer colaborador.
—Si me da algo privado, solo lo usaré para el fin que acordemos.
—¿Y si ese fin cambia?
—Volveremos a negociar.
Él le sostuvo la mirada.
—Póngalo por escrito —dijo.
Valeria abrió la libreta.
La primera regla entre ellos nació junto a una puerta de servicio, debajo de una cámara que no cubría lo que se suponía que debía proteger.
La explicación de Víctor Soria sobre la credencial duplicada apareció demasiado rápido.
El registro del sistema mostraba que la credencial había sido creada por un empleado temporal de seguridad cuyo contrato vencía la semana siguiente. El empleado tenía acceso a la consola de credenciales y lo habían visto cerca del nivel de servicio durante el partido.
Durante cuarenta minutos, el caso pareció resuelto.
Entonces Clara encontró la hoja de horas del empleado. Había salido del estadio antes del entretiempo, y lo habían registrado en un autobús al otro lado de la ciudad cuando se usó la credencial en el pasillo.
—Aun así, pudo haber compartido la credencial —dijo Víctor.
—Pudo haberlo hecho no es una prueba —replicó Valeria.
Adrián se quedó junto al monitor. —¿Qué ganaría con eso?
—Dinero —dijo Víctor.
—¿De quién?
Víctor no respondió.
La pista falsa permaneció en el expediente, marcada como no resuelta y no como descartada.
Valeria insistió en esa formulación. Una persona podía no estar involucrada en un hecho y aun así haber sido descuidada en otro.
La investigación no necesitaba convertir la incertidumbre en inocencia solo porque la primera teoría había fallado.
La comida del primer equipo se convirtió en un intercambio informal de información porque nadie la llamó reunión.
Los jugadores fueron llegando a distintas horas, con los teléfonos boca abajo, mientras hablaban de los partidos del fin de semana. Mamadou se quejó del arroz. Iker se quejó de que Mamadou se quejara. Rueda se sentó al extremo de la mesa con la pierna izquierda estirada debajo del banco.
Adrián se sentó a su lado sin preguntarle por la lesión.
—Estás aprendiendo —dijo Rueda.
—Estoy comiendo.
—Tú no comes cuando investigas.
Adrián miró su plato. —Entonces estoy progresando.
La mesa se relajó. La conversación pasó por los rivales, los representantes, los botines nuevos y el rumor de que el club quizá cambiaría de proveedor de transporte.
El rumor no tenía relación con la vulneración, pero mostraba lo rápido que circulaba la información corriente del fútbol dentro de un equipo.
Cuando terminó la comida, Rueda dejó una servilleta doblada junto al teléfono de Adrián.
Mi esposa quiere hablar con Serrat. A solas.
Adrián no le mostró la nota a nadie antes de preguntarle a Rueda si podía hacerlo.
La pregunta le tomó menos de un minuto.
Cambió la forma en que la confianza entró en la investigación: no mediante una revelación dramática, sino mediante un permiso solicitado antes de transmitir la información.
Adrián había aprendido que el brazalete de capitán no lo hacía responsable de todo. Lo convertía en la persona de quien los demás esperaban una decisión cuando no estaba claro de quién era la responsabilidad.
En la siguiente sesión de entrenamiento, el problema no fue la vulneración. Fue un desacuerdo entre el cuerpo médico y el departamento de rendimiento sobre la carga de trabajo de Rueda.
Quien coordinaba el área médica quería limitarlo al trabajo individual. El técnico de rendimiento quería incluirlo en los ejercicios tácticos porque el esquema del equipo dependía de sus movimientos. Ferrán se quedó entre ambos, escuchando dos versiones de la misma preocupación.
Rueda esperaba junto a la cancha con los brazos cruzados.
—¿Qué quieres tú? —le preguntó Adrián.
—Entrenar.
—Esa no es toda la respuesta.
—Es la respuesta que puedo dar sin convertirme en un problema.
Adrián miró hacia quien coordinaba el área médica. —¿Quién decide?
—El jugador, con orientación médica —respondió aquella persona.
—El cuerpo técnico, según el plan para el partido —dijo el técnico de rendimiento.
Rueda soltó una risa sin humor. —Ahí está.
Valeria observaba desde el borde de la cancha. No intervino. No le correspondía tomar esa decisión.
Adrián comprendió el límite y le desagradó. Quería resolver el conflicto eligiendo la opción más prudente. En vez de hacerlo, le pidió a Rueda que expresara su preferencia frente a ambos departamentos.
Rueda eligió el trabajo individual.
La sesión continuó sin él. El equipo ajustó su esquema. El técnico de rendimiento modificó el ejercicio. Nadie murió. Nadie perdió la temporada. La decisión quedó registrada.
Después, Ferrán le dijo a Adrián que lo había manejado bien.
—No hice nada —dijo Adrián.
—Hiciste que quienes tenían la autoridad hablaran con la persona afectada.
La distinción se le quedó grabada. Liderar no siempre significaba intervenir. A veces significaba negarse a permitir que una decisión se tomara sin contar con la persona que tendría que vivir con ella.