El peligro de entregar tu corazón (El precio de Amar 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

V éronique se quedó completamente inmóvil, incapaz de respirar en ese momento, igual que cuando había luchado en vano bajo las olas.

Fijó la mirada en Declan, en sus labios, ahora tan cerca de los suyos, segura de que su corazón latía con la misma intensidad que el de él, cuyo latido desenfrenado resonaba en su oído.

Y cuando su boca tocó la de ella, con tanta ternura, con tanta delicadeza, más como un susurro que como un beso, supo que quería quedarse.

Estar cerca de él, saber que él también estaba a salvo, sentir la maravilla de sus brazos rodeándola hasta bien entrada la noche…

—¡No!

Se zafó del abrazo de Declan con tanta violencia que cayó al suelo; el grito que se le había escapado de la garganta era tan entrecortado y desesperado como su repentino y abrumador pensamiento de que debía escapar. ¡Dios mío, no, no quería esos sentimientos! ¡No los quería!

Con nuevas lágrimas cegándola, se puso en pie a toda prisa.

Incluso cuando oyó a Declan venir tras ella y sintió cómo la agarraba del brazo, se zafó de un tirón y corrió a toda velocidad hacia la puerta del salón.

Pero él estaba allí bloqueándole el paso, y ella se lanzó en dirección contraria, sin dirigirse a la puerta que daba al pasillo por miedo a que también le cortara el paso allí, sino avanzando a tientas a lo largo de las ventanas, entre las cortinas, hasta que encontró los lisos tiradores y abrió de un tirón las puertas del balcón.

En cuestión de segundos, se aferró a la barandilla de hierro, con la lluvia torrencial azotándole la cara mientras miraba frenéticamente hacia el camino de entrada que se extendía abajo.

No estaba muy lejos. Podría saltar y luego correr y correr y correr sin parar nunca…

—¡Véro! ¡Por Dios, mujer, ¿qué estás haciendo?!

Con una pierna ya por encima de la barandilla, Véronique se resistió con todas sus fuerzas mientras Declan la agarraba por la cintura y la arrastraba de vuelta al balcón, haciéndola girar para que quedara frente a él.

La sacudió con fuerza, no una, sino dos veces, con tal dolor en la voz que ella se quedó inmóvil mientras él la sacudía por tercera vez.

—¿Por qué me tienes tanto miedo? ¿Por qué? ¡Nunca te haría daño!

—¡Yo… yo no te tengo miedo!

—Entonces, ¿por qué huyes de mí?

Ella no respondió, no pudo responder, mirando hacia atrás y pensando, enloquecida, que la barandilla seguía lo bastante cerca como para alcanzarla si tan solo…

Véronique gritó cuando Declan la estrechó contra sí, con los dedos hundiéndose en su pelo empapado por la lluvia y su voz ronca, casi suplicante.

—Véro, no te resistas. No huyas de mí. Déjame demostrarte que nunca te haría daño. ¡Que puedes confiar en mí! Déjame demostrártelo…

Su boca encontró la de ella antes de que pudiera hablar; su beso estaba lleno de una pasión tan desenfrenada que supo al instante que estaba perdida, esos mismos sentimientos volviendo con una vehemencia contra la que ahora se sentía lamentablemente incapaz de luchar.

De repente, no podía estar más cerca de él, más unida a él; sus manos se deslizaron por su pecho húmedo y enmarañado hasta la enorme amplitud de sus hombros, mientras sus brazos la apretaban con fuerza.

La lluvia era fría, pero todo lo demás estaba tan caliente: sus labios se movían con tanta avidez sobre los de ella, su lengua se adentraba profundamente en su boca, su piel parecía estar en llamas.

Ella también se sentía en llamas, a pesar de su camisón empapado, cuya resistente franela se ceñía pesadamente a su cuerpo.

Tan pesadamente que Declan pronto gimió de frustración contra su boca, moviendo las manos sobre ella con urgencia, como si buscara alguna forma de llegar a su piel.

—Vamos. Hay que quitarse esta maldita ropa.

Sin que sus labios se separaran de los de ella, la levantó de un modo tan inesperado que sintió que el corazón se le subía a la garganta y le rodeó el cuello con los brazos; las puertas del balcón se cerraron de un portazo tras ellos mientras él la llevaba de vuelta al interior.

Pero apenas percibió el ruido, pues la sangre le latía con fuerza en los oídos, ni se dio cuenta de que, de repente, ya no la llevaba en brazos, sino que estaba tumbada sobre la cama.

Solo cuando sintió un ligero pellizco en el pecho abrió los ojos de par en par y vio a Declan arrodillado a horcajadas sobre ella, más moreno y apuesto de lo que jamás lo había recordado, con los ojos tan negros como el azabache, igual que su pelo.

—Cosas inútiles, los camisones. ¿Nos deshacemos de este?

Había susurrado con una voz tan ronca que ella se estremeció, mirándolo como si estuviera bajo algún hechizo seductor.

Mirándolo mientras él inclinaba la cabeza para besarla, pasando primero la lengua lánguidamente por sus labios antes de presionar su boca con aire posesivo contra la de ella.

Pero no la besó durante mucho tiempo; se arrodilló de nuevo sobre ella, cogió dos puñados de franela y, lentamente, con los ojos fijos en ella, rasgó la tela empapada desde el cuello hasta el dobladillo, mientras Véronique jadeaba al quedar su cuerpo al descubierto ante su mirada.

Declan también contuvo el aliento, incapaz de apartar los ojos de ella…

desde la blancura translúcida de su piel y sus pezones de un marrón oscuro hasta los rizos castaños rojizos entre sus muslos, dulces rizos oscuros que ansiaba tocar, ansiaba sentir húmedos y cerrándose alrededor de su miembro, pero aún no, aún no.

Ella yacía ante él como un regalo, un regalo raro y exquisito, y él no se precipitaría, por mucho que ya estuviera tan duro y excitado que creyera que iba a explotar. No, no se precipitaría.

Podía ver que ella temblaba; él también temblaba, y su repentina y maravillosa entrega le daba algo más que esperanza: que ella le confiaría su cuerpo, esta mujer a la que ya no consideraba una esposa temporal.

Que Dios le ayudara: si aquella noche la convertía en su esposa en todos los sentidos de la palabra, tal vez algún día ella también le confiara su corazón…

—¿Tienes frío, Véro? —preguntó en voz baja, desviando la mirada una vez más hacia sus pechos, unos pechos pequeños, hermosos y atrevidos, con gotitas de humedad que debían de haber resbalado desde sus hombros.

Cuando ella negó con la cabeza, él se inclinó sobre ella y retiró con la lengua una diminuta gota cristalina, sintiendo cómo se estremecía debajo de él, con los ojos entrecerrados por la sensación.

Encontró otra gotita y también la recogió, continuando despacio, de forma provocativa, por encima de sus preciosos pezones tensos, por debajo de ellos y alrededor de ellos, pero sin tocarla aún allí.

Todavía no. Solo cuando llegó a la última gotita de humedad hizo girar suavemente la lengua alrededor de un pezón.

Véronique arqueó la espalda y gimió profundamente mientras él se maravillaba ante la dulzura, con aroma a rosas, de su piel.

—¿Nada de lavanda? —no pudo resistirse a burlarse de ella en un susurro, sin sorprenderse cuando ella abrió mucho los ojos.

—N-no, a mí tampoco me gusta.

Él soltó una carcajada profunda, pero volvió a ponerse serio al inclinarse para besar sus labios entreabiertos, luego el rápido latido de su pulso en la garganta y, después, sus pechos.

—Ah, pero esto sí que te va a gustar, Véro, te lo prometo.

Comenzó a deslizar suavemente los dedos por su cuerpo, rozándola apenas; sus manos recorrieron sus costillas y su vientre, para luego subir por el esternón hasta su cuello y sus hombros, con ligereza, con suavidad, tomándose un momento para liberar sus brazos de las mangas empapadas y arrojar el camisón rasgado fuera de la cama antes de deslizar las yemas de los dedos por todo el camino hacia abajo, a lo largo de su hermoso torso, hasta la sedosa parte interior de sus muslos.

Se sintió recompensado cuando Véronique comenzó a temblar aún más, con la respiración cada vez más acelerada, igual que la suya.

—Ah, Véro, ¿a ti también te gusta esto?

Volvió a subir las manos hasta sus pechos, tocándola, oh, con tanta delicadeza, las yemas de sus dedos acercándose a sus pezones y luego alejándose en círculos, en un seductor juego del gato y el ratón, hasta que ella intentó apartar sus manos y se retorció bajo él.

Pero dio un respingo y gritó cuando él, por fin, le rozó los pezones con las uñas, y él también cedió al impulso que casi lo volvía loco e inclinó la cabeza para chuparlos con avidez mientras Véronique enredaba los dedos en su pelo y pronunciaba su nombre entre jadeos.

Él gimió en respuesta unos largos y deliciosos momentos después, cuando, con los pezones de ella húmedos y enrojecidos hasta adquirir un tono marrón más intenso por sus caricias, por fin se levantó de la cama para deshacerse de los calzones, dejando al descubierto su miembro erecto.

Vio cómo se le abrían los ojos, pero, para su alivio, ella no se desmayó.

Sabía que era un hombre grande, incluso cuando no estaba plenamente excitado, pero no tenía intención alguna de precipitarse, de correr el más mínimo riesgo de hacerle daño, salvo para hacerla sufrir dulcemente, muy dulcemente.

Rápidamente regresó a la cama y la envolvió entre sus brazos.

—Shh, Véro, tenemos toda la noche. Déjame demostrarte que puedes confiar en mí. Déjame...

Véronique contuvo el aliento cuando, una vez más, Declan encontró sus labios y la besó profundamente; ya estaba tan perdida en la maravilla de todo lo que él le había estado haciendo que ni se le pasó por la cabeza protestar.

Se sentía tan extraña como nunca antes, lánguida y, sin embargo, con la piel hormigueando ante cada una de sus caricias provocadoras.

Justo cuando él la estaba provocando de nuevo, apartó la boca de la de ella para girarla suavemente sobre un costado y, a continuación, desplazó su cuerpo hasta quedar casi pegado al suyo.

De nuevo, sus manos comenzaron a recorrerla, acariciando la parte baja de su espalda y sus nalgas con un toque tan ligero como una pluma que sintió cómo se le erizaba la piel.

Pero inspiró bruscamente cuando una de sus manos se deslizó entre sus piernas por detrás, con los dedos rozando suavemente su piel sensible, mientras su aliento sobre el cuello de ella era increíblemente cálido cuando le susurró al oído:

—Shh, mujer, creo que a ti también te gusta esto.

Así era; no podía negarlo mientras Declan la tocaba suavemente, haciéndola retorcerse contra él, con un extraño calor en su interior que se hacía cada vez más intenso.

Deslizó los dedos hacia atrás, extendiendo la mano sobre sus nalgas y luego llevándolos hacia delante una vez más, hasta que ella no solo se retorcía, sino que temblaba sin control ante las sensaciones que la invadían.

Una y otra vez la provocó, hasta que apenas podía abrir los ojos cuando Declan, por fin, la tumbó de espaldas; se sentía aturdida por el placer.

Pero casi gritó cuando sintió que algo muy duro la empujaba en el centro de sus muslos, en ese lugar lleno y hormigueante donde sus dedos habían estado apenas un instante antes; se quedó atónita al ver que Declan sostenía su enorme cuerpo con un solo brazo mientras yacía medio tumbado sobre ella, con las piernas de ella bien abiertas.

Y se estaba sosteniendo a sí mismo, con los ojos clavados en los de ella mientras, lenta y suavemente, frotaba con su miembro ese punto suave y dolorido.

Fue su último pensamiento consciente mientras gritaba, con los dedos clavándose en el colchón…

...y casi el último pensamiento consciente de Declan.

Tener a Véronique tumbada debajo de él, temblando, gimiendo, con su hermoso cuerpo abierto para él, su carne de mujer tan húmeda, caliente y estremecida para aceptarlo, era la tortura más dulce que jamás había soportado.

Pero se obligó a moverse con mucha suavidad, aunque se moría de ganas de penetrarla hondo, muy hondo, entrando en ella solo un poco antes de deslizarse hacia fuera, haciéndola sufrir también, tan dulcemente como sabía que lo haría.

La provocó una y otra vez hasta que ella jadeó su nombre y se aferró salvajemente a sus hombros, suplicándole que la liberara de algo que él sabía que nunca había experimentado antes.

Suplicándole desesperadamente mientras su cuerpo había empezado a temblar igual que el de él. Su miembro palpitaba con tanta intensidad que le resultaba lo más difícil que jamás había hecho no hundirse en su calor, en su estrechez y suavidad, y concederse el alivio que tanto ansiaba.

Solo sus gemidos, cada vez más intensos, le hicieron aguantar, mientras la carne de ella comenzaba a palpitar, temblar y contraerse a su alrededor hasta que Véronique echó la cabeza hacia atrás y, de repente, arqueó las caderas para encontrarse con las de él.

Declan fue incapaz de contenerse por más tiempo cuando ella gritó incoherentemente en el momento álgido de su rendición.

Con un jadeo entrecortado, atravesó su himen; su cuerpo se quedó rígido mientras se veía sacudido por el clímax más profundo y pleno que jamás había experimentado.

—¡Ah, Dios, Véro! ¡Véro...!

Véronique oía los gritos roncos de Declan solo vagamente a través del éxtasis que la consumía, expandiéndose desde una increíble plenitud en lo más profundo de su ser, de la que apenas se dio cuenta de que era el cuerpo de él hasta que abrió los ojos mucho tiempo después, sintiéndose por completo saciada.

Declan descansaba apoyado en los codos, con su peso presionándola contra el colchón, una tierna sonrisa en los labios, aunque sus ojos mostraban preocupación.

—¿Te he hecho daño, Véro?

Ella negó con la cabeza, recordando una punzada de dolor, pero no había sido nada comparado con el placer. Al instante sintió que él se relajaba sobre ella, y ella también se relajó, incapaz de evitar cerrar los ojos.

—Ah, no, mujer. Todavía no te duermas.

Notó cómo él levantaba lentamente las caderas de encima de ella y abrió los ojos de par en par, sorprendida, cuando volvió a hundirse con la misma lentitud dentro de ella, aunque no hasta el fondo; su cuerpo rozaba el de ella, provocando una vez más ese lugar suave y sensible que le dolía y le hormigueaba otra vez.

Se estremeció, jadeando, y Declan sonrió con aire bastante diabólico.

—Tenemos toda la noche, Véro, ¿te acuerdas?