El peligro de entregar tu corazón (El precio de Amar 1) Capítulo 20
57%

Capítulo 20

¡H ombres!

Por si no bastara con que Declan ocupara constantemente la mente de Véronique, aquella interminable semana había resultado ser una prueba como ninguna otra que hubiera vivido, ahora que el paradero de Anthony Collingwood también la atormentaba y su preocupación aumentaba por momentos.

Con la mirada fija en la ventana, hacia la noche completamente oscura, Véronique se abrazó a sí misma mientras buscaba la señal que llevaba tres días esperando. Aún no eran las diez, pero, aun así, no podía evitar mirar.

Véronique suspiró y miró por encima del hombro hacia el pequeño reloj dorado que había sobre la repisa de la chimenea.

No, solo eran las diez menos cuarto. Aún le quedaban quince minutos para preguntarse y preocuparse por si Anthony y la tripulación de veinte hombres del Fair Betty habían regresado sanos y salvos de Francia. Dios mío, ¿qué podía haberlos retenido?

Anthony no había zarpado el miércoles pasado a primera hora de la mañana, como tenía previsto; el vendaval que tanto le había alegrado se había convertido en una feroz tormenta primaveral que había azotado el mar y la costa de Cornualles con lluvias torrenciales, retrasando su partida hasta el viernes, antes del amanecer.

Aquellos dos días habían sido los peores para Véronique, cuando se había visto encerrada en casa con Declan porque el tiempo era sencillamente demasiado malo para aventurarse a salir.

Oh, él la había dejado sola. De hecho, la había dejado sola toda la semana, aquellos primeros días lluviosos, pasándose la mayor parte del tiempo en su biblioteca y diciendo que tenía trabajo que hacer.

Así que ella había hecho de esposa complaciente y también lo había dejado en paz, dedicando el tiempo a leer viejas novelas polvorientas y a explorar la casa con Elen Biddle.

No había sido idea suya, pero la ama de llaves parecía ansiosa por ponerse manos a la obra con lo que aún quedaba por hacer en la casa y quería conocer la opinión de Véronique.

Por supuesto, Véronique no sabía nada sobre las últimas tendencias en cortinas y telas de tapicería ni sobre las mejores formas de distribuir los muebles, pero intentó mostrar el interés adecuado.

Sin embargo, mientras tanto, no podía evitar volver a pensar en cómo, en cuestión de semanas, todas las habitaciones estarían cerradas con las contraventanas bajadas, y la casa volvería a quedar sumida en el polvo y el desuso.

Por extraño que pareciera, ese pensamiento la había inquietado. Todo parecía inquietarla, así que intentó apartar de su mente aquellas reflexiones tan molestas.

Como el hecho de que Declan rara vez le hablara.

No, ni siquiera delante de los sirvientes, lo que había hecho que su tarea de parecer contenta fuera aún más difícil.

Él se mostraba especialmente callado por la noche, cuando llegaba ese temido momento en que tenían que retirarse a la cama, pero, afortunadamente, gran parte de la incomodidad se había aliviado de inmediato cuando él había dicho con tono gruñón que ya no importaba dónde la encontraran durmiendo por la mañana, ahora que la habían «acostado como es debido».

Desde entonces, él no había vuelto a mencionar aquella noche desconcertante, claramente sin deseo de seguir hablando del tema, y ella tampoco.

Eso también la molestaba. No era que él no quisiera hablar de lo que había pasado, sino que hubiera pasado en primer lugar.

Oh, Dios, todavía no podía creer que hubiera estado a punto de permitir que Declan la besara.

Él podría haberlo hecho antes, pero esta vez había sido diferente, inquietantemente diferente.

No le gustaba admitirlo, pero había querido que él la besara.

Al menos durante una fracción de segundo, antes de recobrar el sentido común.

Era una situación tan ridícula. ¡Qué tonta! Pensar que había creído, aunque fuera por un instante, que Declan podía haber hablado con sinceridad… ¡Ese canalla sarcástico y egocéntrico! Y luego ella enfadándose tanto, incluso llorando. ¡Qué ridículo!

Con el rostro encendido al recordarlo, Véronique volvió a mirar hacia fuera, pero no vio nada, solo una oscuridad total. Suspirando más profundamente esta vez, empezó a dar vueltas de un lado a otro, aunque sin alejarse mucho de las ventanas.

Cuando la tormenta por fin había pasado y había podido ocuparse de sus asuntos, se había sentido como si la hubieran liberado de la cárcel.

Pero no sin antes haber tenido que aguantar que Declan insistiera el viernes por la mañana en que viera primero el documento que había redactado, en el que se establecía que a los hojalateros se les seguiría pagando de forma justa independientemente de la situación de sus asuntos personales o de su paradero, lo cual también la había molestado.

¡Y le molestaba que eso la molestara! Así que a Declan no se le ocurría otra cosa que anular su matrimonio y volver a España. ¡Que le fuera bien! ¿Y dónde estaba Anthony, ese pícaro canoso? El Fair Betty debería haber sido avistado a última hora del sábado, y ya era martes por la noche…

Véronique dio un manotazo a las cortinas de terciopelo azul cuando otra mirada al exterior resultó infructuosa; con otros diez minutos que matar, necesitaba algo para despejarse.

Un rayo de luz durante la semana había sido una carta de Phoebe, enviada el mismo día en que Véronique le había escrito sobre Declan, por lo que Phoebe aún no sabía nada de su matrimonio temporal.

Retrasada en Helston a causa de la tormenta y entregada en la casa parroquial el viernes, la carta le había sido llevada a toda prisa a la iglesia —donde estaba trabajando en las cuentas— por una Estele sin aliento y risueña, una Delphine indignada y Colette pisándoles los talones.

—¡Una carta, Véro! ¡De Phoebe!

—¡Yo la tuve primero, pero Estele me la quitó! —se había quejado Delphine, frunciendo el ceño a su hermana menor para luego mirar a Véronique con gesto suplicante—. ¿Te acuerdas, Véro? Dijiste que la leeríamos juntas…

—¡Y yo! —había intervenido Estele.

—¡Yo también! —Mostrándose tan impaciente como las demás, Colette había mirado expectante la carta, con sus preciosos ojos marrones llenos de ilusión—. Quiero que me cuentes cosas de Londres, Véro. ¡Venga, ábrela!

Así que Véronique lo había hecho, ojeando la carta muy rápidamente para asegurarse de que no hubiera ninguna referencia a Declan ni a su matrimonio ficticio antes de leerla en voz alta, deleitándose con cada palabra.

Ahora se dirigió al escritorio y sacó aquella misma carta, sonriendo para sus adentros mientras se dejaba caer sobre la cama.

De repente, le pareció como si Phoebe estuviera allí, en la habitación con ella, contándole sin aliento todo lo que había visto desde que se había ido a Londres, con su letra un tanto descuidada derramándose en una cascada tan animada y vivaz como su forma de hablar…

¡Oh, Véro, casi no puedo creer que esté aquí! Tengo tantas cosas que contarte… ¿Por dónde empezar?

Londres es tan, tan grandioso, ¡y mucho más grande de lo que esperaba!

Nunca he visto a tanta gente… Ah, pero ya hablaremos de eso más adelante.

La tía Winifred es un encanto, aunque está terriblemente intimidada por Lavinia, pobrecita.

Parece que recibió montones de instrucciones sobre adónde tengo que ir, cómo debo comportarme, cómo debo vestirme, a qué gente debo conocer…

¡Qué tonterías! Ya sabes que espero valerme por mí misma, pero la tía Winnie es bastante nerviosa, incluso más de lo que recordaba…

¡Dios mío, su doncella, Matilda, no se atreve a salir de casa sin las sales en la mano! Así que debo tener cuidado…

¡Oh, Véro, no te vas a creer lo que tengo que contarte!

Algunas cosas aquí son tan extrañas. ¡He visto caballeros con corsés!

Sí, corsés, con las cinturas apretadas tan fuerte que parecen palomas de pecho regordete, y los cuellos tan almidonados que no pueden mirar ni a la izquierda ni a la derecha con más facilidad que si llevaran el cuello enyesado…

Véronique dejó caer la carta sobre el regazo, imaginando cómo debía de ser contemplar cosas tan sorprendentes.

Por supuesto, no se arrepentía de no haber ido a Londres; nunca habría conocido a Declan y…

¡Y, por el amor de Dios, esa tampoco era la cuestión!

No habría podido ayudar a los hojalateros a tan gran escala si no fuera por Declan, ¡y esa era prácticamente la única cosa por la que tenía que estar agradecida de haberlo conocido!

Véronique volvió a centrar la atención en la carta de Phoebe, pero volvió a sentirse molesta y sin ganas de leer. Y aún le quedaban cinco minutos, vio con irritación al echar un vistazo al reloj. Dios mío, si esa señal no llegaba aquella noche…

—Véro, ¿puedo pasar?

Se quedó paralizada, con la mirada clavada en la puerta del salón, una puerta que había dejado deliberadamente cerrada toda la semana como clara señal de que Declan no era bienvenido. Él no había hecho ningún intento por molestarla hasta entonces.

Maldito fuera, ¿por qué aquella noche, de todas las noches?

Eran casi las diez y, ay, se había retirado temprano alegando un dolor de cabeza. Y allí estaba ella, vestida con su ropa más resistente y lista para salir a la primera señal...

Véronique solo tuvo un instante para lanzarse a la cama, aún con la carta de Phoebe en la mano, completamente vestida, zapatos incluidos, y subirse las sábanas hasta la barbilla antes de oír a Declan entrar en la habitación.

Cerró los ojos con fuerza mientras el corazón le latía a toda velocidad.

No se movió ni un ápice cuando él se acercó a la cama, pero supo de inmediato que no se había creído que estuviera dormida al oírlo suspirar profundamente.

—No te has molestado en apagar las lámparas, Véro, y te he oído caminar por la habitación hace solo unos instantes. No puedes haberte dormido tan deprisa.

No abrió los ojos enseguida; en su lugar, dejó escapar un gemido.

—Por... por supuesto que estaba dando vueltas. Me duele muchísimo la cabeza...