Capítulo 11
- S on las once y cuarto, milord…
—¡Ya lo sé, Gilbert! —espetó Declan, con ganas de enrollar el reloj de bolsillo de oro de Andrew alrededor del escuálido cuello de aquel hombre.
Cada vez más incómodo, lanzó una mirada hacia la entrada de la iglesia y después volvió a fijarse en el animado grupo sentado en el primer banco, vestido con sus mejores galas y tocados: Estele y Colette, que alternaban entre sonreírle y sonrojarse; Delphine, incapaz de permanecer quieta y que no dejaba de volverse para comprobar si Véronique llegaba; y Eleanor, empeñada en estirarse la manga porque, al parecer, el kerseymere azul no le quedaba lo bastante liso para su gusto.
Mientras tanto, el reverendo Langford iba y venía entre el altar y la sacristía, aparentemente ajeno al hecho de que su hija llevaba ya quince minutos de retraso para su propia boda… si es que el pobre hombre recordaba siquiera de quién era la ceremonia que había acudido a oficiar.
Pero esa era la menor de las preocupaciones de Declan.
Eleanor le había explicado, cinco minutos antes de las once, que la conversación de Véronique con Rose Polkinghorne se había prolongado bastante la tarde anterior, de modo que aquella mañana se había quedado dormida.
Por culpa de ello había faltado a la última prueba de su vestido de novia, y la pobre costurera había estado al borde de un ataque de nervios cuando Véronique apareció por fin, convencida de que no terminaría el vestido a tiempo.
Tampoco había ayudado que los elegantes botones de perla encargados a Penzance aún no hubieran llegado.
¡Maldita sea!
¿Por qué estaba repasando todo aquello?
El hecho era que Véronique no estaba allí y, probablemente, no tenía la menor intención de presentarse a la boda.
O tal vez pensaba aparecer con uno de sus monótonos vestidos verde guisante, el moño torcido y decirle que podía arrojarse por un acantilado en lo que a ella respectaba. Al diablo con su herencia.
—¡Milord! ¡Milord! ¡Mire!
Declan alzó la vista y casi se olvidó del insistente latido que martilleaba su sien.
Una intensa sensación de alivio lo recorrió al ver entrar a Véronique en la iglesia, vestida de blanco de la cabeza a los pies.
Ella se detuvo un instante. Sus miradas se encontraron por encima de los bancos y le pareció advertir que también ella se sentía súbitamente aliviada.
Luego echó a andar deprisa por el pasillo central hacia él.
Declan hizo ademán de salir a su encuentro, pero terminó inmóvil, contemplándola con auténtico asombro.
Había conocido mujeres hermosas, pero en aquel instante Véronique rivalizaba con cualquiera de ellas.
Ya no era la muchacha desaliñada que parecía vivir al margen del mundo.
La luz del sol que atravesaba los vitrales la envolvía en un resplandor plateado y blanco. El delicado satén de su vestido caía con suavidad sobre el cuerpo, insinuando unas formas femeninas irresistibles: piernas largas, larguísimas; unas caderas deliciosamente redondeadas; una cintura estrecha…
El pulso de Declan comenzó a acelerarse.
¡Por Dios! Aquel no era precisamente el momento de dejarse dominar por la lujuria, y mucho menos dentro de una iglesia, con su padre, el vicario, a escasos pasos de distancia y tratándose de una mujer a la que no tenía la menor intención de tocar.
Pero todo empeoró cuando ella siguió acercándose.
La mirada de Declan descendió, inevitablemente, hacia la delicada curva de sus pechos bajo el escote del vestido —aún recordaba la sensación de aquella firme redondez apoyándose contra su brazo— y después hasta la elegante línea de su cuello desnudo, acariciado por mechones de cabello que brillaban con un intenso tono castaño rojizo sobre la piel blanca.
Jamás habría imaginado que tuviera el pelo tan largo.
Caía casi hasta la cintura bajo un velo transparente de encaje que cubría su cabeza y enmarcaba un rostro de mejillas sonrosadas y unos ojos…
—Oh, Señor…
—¿Milord?
—Nada, Gilbert, nada —murmuró Declan, apartándose de su agente para ir al encuentro de la mujer cuyos preciosos ojos lo miraban con abierta indignación, como si acabara de descubrir los pensamientos poco decorosos que cruzaban por su mente.
Le tendió la mano, preguntándose con resignación si aún sería capaz de plantarlo allí mismo.
Pero Véronique aceptó su mano con una sonrisa tensa y permitió que la condujera hasta el altar.
—No hay motivo para ponerse nerviosa, amor mío.
Declan le estrechó la mano con firmeza, tanto para templar la frialdad de sus dedos como para recordarle que debía relajarse delante de su familia.
—Estás preciosa. Esos quince minutos de espera han merecido la pena.
Quince interminables minutos que habían sido un auténtico infierno para ella.
Todo ese tiempo lo había pasado preguntándose, mientras Rose Polkinghorne cosía y ajustaba frenéticamente aquel ridículo vestido, si Declan llegaría siquiera a presentarse en la iglesia.
Le habían dicho que dos elegantes carruajes habían pasado frente a la casa de Rose, pero se había negado a creer que uno de ellos fuera el suyo hasta verlo con sus propios ojos.
¡Ja!
No tenía por qué haberse preocupado.
Puede que el día anterior hubiera perdido los estribos, pero aquella mañana no parecía haber quedado el menor rastro de ello.
Con aquella elegante levita color burdeos parecía todavía más el atractivo donjuán que ningún hombre debería permitirse ser.
Y, para colmo, no dejaba de dedicarle aquellas miradas descaradamente lascivas.
Al recordar al repugnante terrateniente con el que Dorinda Simmons se había casado apenas una semana atrás —¿solo había pasado una semana?—, Véronique se alegró profundamente de que Phoebe no estuviera allí para presenciar aquella boda, aunque solo fuera una farsa.
¿Y no ponerse nerviosa?
¿Estaba loco?
Que el cielo la ayudara. Ahora tendría que mantenerse alerta, porque aquellos traicioneros ojos oscuros demostraban que Declan no era precisamente un hombre de palabra.
—Toma, Véro. Te he traído unas flores del jardín. Espero que te gusten.
Véronique levantó la vista para aceptar el ramo de fragantes verónicas moradas que le tendía Colette.
La muchacha le dio un rápido beso en la mejilla antes de regresar junto a Eleanor, en el primer banco. Sus tres hermanas le sonreían radiantes. Sí, incluso la sensata Delphine. Aquello hizo que una dolorosa punzada le atravesara el corazón.
Odiaba engañarlas, pero lo hacía por una causa noble. Aquel matrimonio ficticio ayudaría a muchas familias.
Era el momento de mirar hacia delante y, en lugar de lamentarse por lo injusto de toda aquella situación, soportar las próximas semanas junto a Declan con toda la dignidad posible.
Reconocía que durante los últimos días había sido un poco estridente y bastante malhumorada. Sí, podía admitirlo después de haber reflexionado largo y tendido sobre su comportamiento la tarde anterior.
Y Dios sabía que no pensaba poner en peligro un acuerdo capaz de mejorar la vida de tantas personas en toda la parroquia.
El señor Declan Ravenshaw podía ser un donjuán, pero ella le demostraría que, aunque él no fuera un hombre de palabra, ella sí lo era.
¿Interpretar el papel de novia enamorada?
Con mucho gusto.
—Creo que tu padre ya está listo, querida.
Véronique levantó la vista de su dulce y fragante ramo de verónicas y comprobó que, efectivamente, su padre se acercaba con el libro de oraciones abierto en la mano.
Haciendo todo lo posible por ignorar la punzada de culpa que le producía estar engañando al hombre al que tanto quería, se volvió hacia Declan cuando su padre llegó hasta ellos y le dedicó una sonrisa gloriosamente dichosa que habría enorgullecido el talento dramático de Phoebe.
—¡Oh, milord, estoy tan feliz de que por fin haya llegado este momento! De verdad, de verdad que estoy feliz.
De inmediato, Declan se quedó tan sorprendido que a Véronique le entraron ganas de reír, pero la ceremonia nupcial había comenzado y su pequeño grupo de testigos se puso en pie.
Véronique había oído celebrar aquella ceremonia tantas veces desde su infancia que la escuchaba a medias, sin querer concentrarse en unas palabras sagradas que, para ella, en ese momento, no significaban nada.
Respondió cuando debía, procurando mirar a Declan con adoración mientras repetían sus votos. Luego, por fortuna, la breve ceremonia terminó, se firmó el registro matrimonial y la delicada alianza de oro se sintió como un peso frío alrededor de su dedo.
Pero lo que no estaba frío eran los labios de Declan cuando la atrajo hacia sí y la besó, con la boca cálida e insistente moviéndose íntimamente sobre la de ella.
Al principio pensó en apartarse, pero aquello no quedaría bien. No con todo el mundo mirando. En lugar de eso, se abandonó contra él tal y como haría cualquier novia feliz, enroscando los brazos alrededor de su cuello mientras empezaba a devolverle el beso.
La verdad era que no estaba segura de si lo estaba haciendo bien, pues no tenía experiencia previa, salvo la del otro día, pero decidió que debía de andar cerca de acertar cuando lo sintió tensarse como si se hubiera sorprendido.
Ella, en cambio, no estaba tensa en absoluto.
Se sentía de maravilla, casi mareada; besar era mucho más agradable de lo que había imaginado y, maldita fuera, no iba a permitir que él tuviera todo el control. Dos podían jugar a lo mismo...
—Vale, mujer, ya basta. No hace falta exagerar.
Véronique abrió los ojos de golpe. El seco susurro de Declan no era precisamente lo que habría esperado del feliz novio.
Tampoco esperaba encontrar irritación en su mirada cuando retiró los brazos de su cuello, pero desapareció al instante siguiente, cuando Eleanor se abalanzó sobre ella, secándose los ojos con un pañuelo blanco de seda, mientras Delphine, Estelle y Colette se agolpaban a su alrededor para abrazarla.
—¡Oh, Véro, querida! ¡Lord Declan! ¡Estoy tan emocionada por vosotros! ¡Qué boda tan preciosa!
—¡Pero si estás llorando, Eleanor! —exclamó Estelle, momentáneamente preocupada.