El peligro de entregar tu corazón (El precio de Amar 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

V éronique se convenció aún más de ello al llegar a la carretera principal que conducía al pueblo.

Gente a la que había conocido toda la vida asomaba la cabeza por puertas y ventanas de las casitas o se volvía desde sus jardines para mirarlos boquiabiertos mientras ella y Declan pasaban a caballo.

Y, como era de esperar, una de ellas era Rose Polkinghorne, aquella regordeta mujer con forma de manzana que, en su prisa por llegar a la verja y hacerles señas para que se detuvieran, se había ladeado la cofia blanca almidonada.

—Oh, Dios mío. —gimió Vero.

—¿Una conocida, amor mío? —Preguntó él sonriente.

Véronique giró bruscamente la cabeza para mirar a Declan, cuya expresión afable contrastaba con la tensión que de repente percibió en su cuerpo.

—No te atrevas a decirme…

—Baja la voz, mujer, y pon una sonrisa de adoración en ese bonito rostro —la interrumpió él con un gruñido sordo que exigía obediencia inmediata—. Estamos interpretando un maldito papel, ¿recuerdas? ¿No te he robado el corazón? Ahora bien, ¿quién es esa señora tan alterada?

—La señora Rose Polkinghorne. —Véronique esbozó una sonrisa forzada que parecía más bien una mueca tensa—. La mejor costurera del pueblo y la chismosa más notoria que ha conocido jamás esta parroquia.

—Perfecto. Justo la mujer indicada para conocer nuestras felices noticias.

Véronique gimió para sus adentros mientras Declan dirigía el caballo hacia la pulcra casita encalada de la izquierda, obligándola a mantener la sonrisa pegada al rostro incluso cuando él la rodeó posesivamente por la cintura.

Tan posesivamente, de hecho, que hasta la señora Polkinghorne se dio cuenta.

Sus brillantes ojos azules se abrieron como platos mientras miraba alternativamente a Declan y a Véronique.

—Oh, Dios…

—Déjame esto a mí —murmuró Declan, haciéndola callar con un seco comentario mientras saludaba cordialmente a la mujer boquiabierta.

¿Dejárselo a él?, pensó Véronique, furiosa, tan ofendida por su tono como por su desmesurada confianza.

¡Bastardo arrogante! ¿Acaso creía que podía irrumpir como un vendaval del suroeste en la parroquia y ser aceptado sin más?

Era un completo desconocido, por el amor de Dios, mientras que ella había vivido allí toda la vida y, sin embargo, era evidente que ni siquiera consideraba necesaria una presentación en condiciones…

—Ah, señora Polkinghorne, hoy tiene muy buen aspecto. Es la señora Polkinghorne, ¿verdad?

¿Verdad? Véronique imitó para sus adentros el tono galante de Declan, echándole una mirada fulminante por encima del hombro.

Pero, en lugar de eso, se encontró mirándolo boquiabierta, con el aliento suspendido, mientras el hombre sonreía con el mismo encanto que había desplegado en el establo y parecía aún más atractivo bajo el brillante sol del mediodía.

Aunque no le sonreía a ella, como comprobó enseguida con una inesperada punzada de irritación cuando el nervioso tartamudeo de la señora Polkinghorne rompió el hechizo mientras la mujer intentaba, en vano, recolocarse la cofia.

—Vaya… s-sí, señor, así es, de hecho. Y es muy amable por su parte decirlo. Q-que tengo buen aspecto, quiero decir. Oh, sí, muy amable…

—Lord Declan Ravenshaw.

—¡Vaya, lord Declan! ¿De la familia Arundale?

—Exactamente. Pero lamento decirle, señora Polkinghorne, que mi futura esposa y yo disponemos de muy poco tiempo para charlar. ¿No es así, cariño?

Atónita al comprobar que una entrometida como Rose Polkinghorne podía sonrojarse de manera tan ridícula como una jovencita, Véronique no se dio cuenta de que Declan se dirigía a ella hasta que volvió a rodearle la cintura con el brazo.

—Ya te lo he dicho, ¿verdad, cariño?

—Oh… sí, claro… amor mío.

A punto de atragantarse con las palabras, Véronique se libró por fortuna de tener que añadir nada más cuando Declan prosiguió con toda cortesía.

—Mi futura esposa irá a visitarla esta misma tarde, señora Polkinghorne.

Me gustaría que confeccionara para Véronique el mejor vestido de novia que sea capaz de hacer, y lo antes posible.

Ah, y también necesitará algunos vestidos nuevos, a la última moda, si no le importa.

Envíe las facturas a mi agente, Andrew Gilbert, y él se encargará de que se paguen sin demora.

Véronique oyó un extraño sonido de succión, pero ninguna respuesta por parte de Rose Polkinghorne, como si la mujer fuera incapaz de llenar los pulmones de aire.

Declan, en cambio, no pareció necesitar contestación alguna.

Espoleó a Samson para ponerlo al trote y siguió su camino, dejando a la pobre costurera contemplándolos con las regordetas mejillas encendidas mientras los vecinos acudían corriendo desde todas las direcciones para rodearla.

—Te ha gustado, ¿verdad? —lo acusó Véronique entre dientes, agradecida de que Declan hubiera aflojado, aunque solo fuera un poco, el férreo abrazo con que la sujetaba—. Todo el pueblo estará zumbando como un enjambre de abejorros dentro de menos de una hora…

—Probablemente mucho antes, por lo que parece. Pero, al menos, la noticia ya corre por todo el pueblo.

Y lástima que el viento no pudiera llevar aquella maravillosa historia directamente hasta Arundale Hall, pensó Declan con mal humor, preguntándose cómo reaccionaría Benedict —probablemente con un alivio desenfrenado— cuando supiera que había encontrado una novia dispuesta prácticamente de la noche a la mañana.

Bueno, no exactamente dispuesta, pero una novia al fin y al cabo.

Una novia con un cabello fino y sedoso que olía a aire fresco y a limones, se sorprendió pensando, lo que hizo que frunciera el ceño.

También le molestaba descubrir lo bien que la señorita Véronique Langford encajaba entre sus brazos, con aquella figura ágil y esbelta, y cómo la sensación de su firme y redondeado trasero rozándolo a cada paso del caballo había alterado sus sentidos más de una vez durante el trayecto hacia Porthleven.

También había notado el suave vaivén de sus pechos, altos y turgentes, contra sus brazos cada vez que movía las riendas…

—¿Cuál es tu casa? —preguntó con brusquedad, pensando que debería haber dejado que Véronique montara su caballo manchado.

—La casa parroquial, por supuesto, junto a la iglesia y la escuela —respondió ella con la misma sequedad.

Señaló la sencilla aguja de ladrillo que se alzaba sobre los dispersos tejados que descendían por la ladera hasta el puerto—.

En el límite del brezal, al otro lado del pueblo.

Y, si quieres que parezcamos una pareja feliz, será mejor que utilices un tono más amable.

Cuando el viento no sopla desde el mar, aquí se oye absolutamente todo.

—Reconozco mi error.

Al parecer, ni siquiera aquella respuesta consiguió apaciguarla, porque volvió a tensarse entre sus brazos, con la espalda tan recta como un mástil.

—Mira, a mí tampoco me gusta este plan más que a ti. Pero fue idea tuya, así que al menos podrías hablarme con un poco de cortesía, igual que yo estoy intentando hacer contigo.

Declan no respondió, preguntándose si ella también tenía intención de controlar aquel temperamento escandaloso. Por lo que había visto hasta el momento, lo dudaba.

No tuvo tiempo de seguir pensando en ello cuando llegaron a la casa parroquial.

Era una atractiva vivienda de piedra de dos plantas, con contraventanas de un azul brillante y enredaderas de geranios que ya trepaban hasta media fachada.

El lugar tenía un aspecto cálido y acogedor que consiguió aliviar ligeramente su mal humor.

—¿No dijiste que tenías hermanas?

—Tres, todas más pequeñas que yo.

Véronique esperaba, además, que siguieran aplicándose en sus estudios en el modesto edificio de piedra situado al otro lado de la iglesia.

Lo último que deseaba en aquel momento era verse asediada por sus miradas de asombro y sus interminables preguntas.

Su padre era su principal preocupación mientras Declan detenía el caballo y Biscuit trotaba obediente hacia el pequeño establo y la comodidad de su cuadra.

¿Qué diría él? ¿Se opondría al matrimonio? Cumpliría veinte años en septiembre, pero aún le faltaba un año para poder casarse sin su consentimiento. Aunque, bien pensado, ella siempre había hecho exactamente lo que quería…

—Por cierto, todavía no me has dicho cuántos años tienes.

Cruzó la mirada con Declan, tan absorta en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que él ya había desmontado. Cuando él se acercó para ayudarla a bajar, rodeándole la cintura con facilidad, respondió con toda naturalidad:

—Veintiuno.

Contuvo la respiración mientras él la bajaba al suelo, tan desconcertada por la fuerza de aquel hombre —al fin y al cabo, no era precisamente la mujer más delicada del mundo, pero él la manejaba como si fuera ligera como el aire— como por la forma en que le estudiaba el rostro.

Pero, si pensó que acababa de mentir, no dijo nada, como si estuviera reflexionando sobre su respuesta, hasta que, un momento interminable después, habló con un encogimiento de hombros.

—Entonces no me molestaré en pedirle la mano a tu padre.

Quería exhalar de alivio mientras una euforia nerviosa la invadía.

La verdad era que sabía muy poco sobre las complejidades de las anulaciones, salvo que a veces eran difíciles de conseguir, al menos para la gente común.

Y aunque suponía que, con suficiente dinero, un hombre como Declan Ravenshaw podía comprarse cualquier cosa que deseara, incluida una anulación, no quería correr ningún riesgo.