Capítulo 3
-¡ E stele, no le des de comer a ese chucho debajo de la mesa! No lo voy a permitir, Delphine, ¿tienes intención de comerte los huevos mientras están bien calientes o tu plan es simplemente darles vueltas en el plato? ¿Y dónde está Colette? ¡Colette!
—Sigue sentada delante del espejo, Eleanor. ¿Dónde si no? —respondió Véronique mientras bajaba apresuradamente las escaleras y entraba en la acogedora y cálida cocina, donde la sufrida ama de llaves de los Langford permanecía de pie, sacudiendo la cabeza, con los puños apoyados en la ancha cintura.
—¿Delante del espejo, eh? —respondió Eleanor con desaprobación y un acento rústico de Cornualles tan espeso como la nata cuajada.
Frunció aún más su ya arrugado rostro—. Nunca he visto a una jovencita, por muy guapa que sea, dedicar tanto tiempo a arreglarse para empezar el día.
¡Es una desvergüenza, te lo digo, y siendo la hija del buen párroco!
—Bueno, si no es una maldad, como mínimo es una lástima de pérdida de tiempo.
Pensando en cómo se había levantado de un salto de la cama al despertarse y se había vestido a toda prisa, sin apenas detenerse a pasarse los dedos por el pelo revuelto antes de recogérselo en un moño en la nuca, Véronique añadió por encima del hombro —lo bastante alto para que su hermana de quince años la oyera desde arriba—:
—Me imagino que Colette va a encontrarse fregando los platos del desayuno si no baja pronto, ¿verdad, Eleanor?
—¡Claro que sí, y esta noche también! —asintió la ama de llaves con entusiasmo mientras Véronique se inclinaba sobre la mesa para coger una tostada de cebada.
Demasiado apresurada para sentarse, lanzó una mirada de advertencia a su hermana pequeña cuando la traviesa niña de nueve años le tiró un trozo de beicon frito a su jadeante chucho, Luther, e intentó disimularlo con una sonrisa demasiado cautivadora.
—Estele…
La sonrisa se desvaneció y sus grandes ojos color avellana se volvieron suplicantes.
—Pero tiene hambre, Véro. Míralo, pobrecito. Todo costillas y bigotes.
Luther era todo un espectáculo, tuvo que reconocer Véronique. Una pequeña criatura de pelo áspero y raza indeterminada que contemplaba expectante la tostada a través de un flequillo gris y erizado.
—Quizá sea así, pero ya has oído a Eleanor. Tienes que hacer caso a lo que dice. Y, Delphine, ya que está claro que no te interesan los huevos, ¿por qué no vas a buscar a Colette?
—Ya sabes que no vendrá —respondió Delphine, encogiéndose de hombros con total naturalidad.
Era una niña delgada y desgarbada que acababa de cumplir doce años, con los delicados rasgos de su madre y el pelo castaño rojizo que compartían todas las chicas Langford. Bueno, excepto Colette, cuyos mechones tenían un matiz más intenso de rojo.
Delphine apartó el plato con desinterés.
—No hasta que se haya cepillado el pelo doscientas veces.
—Bueno, se va a quedar sin pelo en un santiamén si sigue así. —Eleanor volvió a colocarle el plato delante—. ¡Y tú, come ya! Tu papá pensará que no te estoy alimentando como es debido…
—Véro, echo de menos a Phoebe.
La suave afirmación de Delphine no podría haber acallado el alboroto de la cocina de forma más repentina.
Mientras Eleanor suspiraba y volvía la vista hacia la chimenea, y hasta Estele se quedaba inmóvil, olvidándose por un momento de los gemidos de su sabueso, Véronique miró pensativa a su hermana menor.
—Todas echamos de menos a Phoebe, cariño. No puedo creer que lleve tres días fuera. Parece una eternidad.
—Bueno, ahora mismo estaría aquí, desayunando con nosotras, riéndose y contándonos historias maravillosas, si no se hubiera ido a Londres.
—Delphine levantó el pequeño y puntiagudo mentón, con los ojos llenos de una mezcla de enfado y dolor—.
Las cosas nunca volverán a ser igual, ya lo sabes. Puede que nunca vuelva…
—Y, si no lo hace, será porque ha encontrado algo que la hace muy, muy feliz. No puedo creer que eso no te alegre, Delphine… ¿Y sabes qué más creo que te alegraría?
Delphine negó con la cabeza. Su semblante sombrío dejaba claro que dudaba de que nada pudiera hacerla sentir mejor.
—Leeremos sus cartas juntas, tú y yo…
—¡Y yo! —exclamó Estele.
—Sí, y Colette también, si quiere unirse a nosotras. Phoebe dijo que escribiría tan a menudo como pudiera… Así que será casi como si estuviera aquí con nosotras, ¿no crees?
Delphine tardó en asentir, y aún más en esbozar una sonrisa a regañadientes, pero Véronique comprendió al abrazarla que se había suavizado un poco.
Sin embargo, el rostro de Delphine se iluminó con una amplia sonrisa cuando Colette bajó de repente las escaleras, solo para detenerse en seco junto a la mesa de la cocina al darse cuenta de que todos la miraban fijamente.
—¿Qué miras, Delphine Langford? —le espetó a la hermana con la que en otro tiempo había pasado tantas horas y que ahora le parecía más una pesada que otra cosa desde que había cumplido la avanzada edad de quince años.
Delphine se limitó a soltar una risita y señaló la cabeza de Colette.
—¿Qué has dicho…?
—Es tu pelo, chica —la interrumpió Eleanor con evidente satisfacción, como si quisiera decir «te lo dije»—. ¡Te lo has cepillado tanto que se te ha puesto de punta y revolotea alrededor de la cabeza! ¡Un poco más y te juro que te habrías quedado completamente calva!
Con el bonito rostro enrojecido por las risas que estallaban a su alrededor, Colette se llevó las manos al pelo para intentar alisárselo.
—Ya está, ahora siéntate con tus hermanas y date prisa. Solo tienes unos minutos para comer antes de que tengas que ir a la escuela de la iglesia.
Colette hizo lo que le dijeron, pero no sin antes tirar de la trenza de Delphine al pasar junto a su silla y pisar deliberadamente la cola de Luther, lo que hizo que el perrito se pusiera a ladrar y que Estele se apresurara tanto a consolarlo que acabó tirando el plato al suelo con gran estruendo.
Mientras la cocina estallaba en discusiones y confusión, y la voz de Eleanor volvía a alzarse por encima de aquel estruendo infernal, Véronique dio un último bocado a la tostada, apuró media taza de té tibio y flojo y salió corriendo por el pasillo.
Como era de esperar, la puerta del estudio de su padre permanecía cerrada. Matthew Langford estaba tan ajeno a los quehaceres cotidianos de sus hijas que semejante alboroto rara vez lograba apartarlo de sus lecturas y de la preparación de sus sermones.
Véronique llamó a la puerta, como hacía todas las mañanas desde la muerte de su madre.
Como de costumbre, no recibió ninguna invitación para entrar, lo que seguía doliéndole, aunque ya debería haberse acostumbrado hacía mucho tiempo al involuntario descuido de su padre.
Todo había cambiado durante aquellos miserables días de ocho años atrás, cuando la fiebre se abatió sobre la vicaría como un fuerte vendaval y Véronique se vio repentinamente empujada por la necesidad a asumir el papel de cabeza de familia a la tierna edad de once años, lo que le impuso preocupaciones y responsabilidades muy superiores a las propias de una niña de su edad.
Gracias a Dios, Eleanor Prowse, una viuda que había perdido a su marido en un accidente minero muchos años antes, accedió a venir a ayudar, trabajando como ama de llaves más por la bondad de su corazón que por la mísera suma que Véronique podía permitirse pagarle.
Y se había quedado, bendita fuera —pensó Véronique al abrir la puerta del estudio—, mientras la severa orden de Eleanor para que Colette y Delphine dejaran de pelearse rivalizaba con la de cualquier general, pues resonaba por todo el vestíbulo.
Pero el caos de la cocina quedó en el olvido cuando la atención de Véronique se centró una vez más en el único ocupante de la pequeña habitación con contraventanas: su padre, sentado ante el escritorio con la cabeza inclinada y un libro abierto frente a él, mientras la luz vacilante de una vela caía como una bruma dorada sobre su cabello plateado.
Matthew Langford se había quedado blanco como la nieve poco después de la muerte de su amada esposa; sus hombros, antaño anchos, llevaban mucho tiempo encorvados bajo una carga invisible, y su paso era el arrastrar lento e inseguro de un hombre que doblara su edad de cuarenta y dos años.
Pero su mente se había mantenido lúcida, al menos en lo que respectaba a los libros y a la Biblia, y el púlpito aún resonaba los domingos con el poder de la Palabra.
De no haber sido por eso, seguramente habría perdido su parroquia, pues junto con su cabello blanco había aparecido una vena excéntrica que había vaciado los bancos como si el mismísimo diablo se hubiera plantado sonriendo ante el altar, con la cola agitándose y la horca en la mano...
al menos hasta que los feligreses supersticiosos se acostumbraron a los murmullos ininteligibles de su párroco, sus sesiones de jardinería a la luz de la luna, sus visitas nocturnas al cementerio y otras excentricidades de su carácter.
Otra de ellas era que Matthew Langford prefería que su estudio permaneciera cerrado a cal y canto, como una cueva, mientras que Véronique siempre anhelaba abrir de par en par las ventanas para dejar entrar el aire fresco y la luz del sol.
Pero nunca lo hacía, respetando la extraña y aislada existencia en la que se había convertido la vida de su padre.
—¿Papá?
Se sobresaltó, como siempre; aquella pregunta lo arrancaba de su mundo privado con la misma certeza que si ella hubiera gritado. Por un momento pareció desconcertado, pero luego una sonrisa cariñosa iluminó su rostro, que aún conservaba gran parte de su antigua belleza.
—Ah, Véronique. ¿Vienes de camino?
Era la misma pregunta, repetida tantas veces que ya había perdido la cuenta, pero aun así aquellas palabras le calentaban el corazón.
Las pronunciaba con tanta confianza porque, incluso en su desafortunado estado, sabía que Véronique había hecho todo lo posible por salvar su parroquia y mantener un techo sobre sus cabezas: visitando a su rebaño como su madre había hecho en otro tiempo de forma tan desinteresada, velando por el buen funcionamiento de la escuela parroquial y del asilo, ocupándose de los detalles de bautizos, entierros y bodas, y asegurándose de que el registro parroquial y las cuentas se llevaran correctamente.
Solo en los tres últimos años Véronique había empezado a hacer aún más, involucrándose en el peligroso contrabando de mercancías para beneficio de toda la parroquia, y, si su padre había adivinado su participación, nunca lo había dejado entrever.
Pero cada vez que había ternera hervida en la mesa, té aromático de calidad en la tetera o un trago de brandy para disfrutar junto al fuego, la miraba con una silenciosa complicidad en los ojos y un atisbo de preocupación mezclado con orgullo.
Era todo lo que ella necesitaba para seguir adelante, más decidida que nunca a continuar haciendo lo que creía correcto.
—Sí, papá, me voy ya. Tengo mucho que hacer hoy.
—Que Dios te acompañe, entonces.
Dos frases familiares, y él volvió a girarse, absorto una vez más en su libro antes de que Véronique hubiera cerrado la puerta.
Pero ella también estaba ya inmersa en sus propios asuntos y salió con paso decidido, cogió la capa y abandonó la casa, con los agudos ladridos de Luther y las risitas de sus hermanas siguiéndola al exterior, hacia una gloriosa mañana bañada por el sol.
Al menos estaban de mejor humor, se alegró al oírlo, preguntándose qué tontería habría hecho Estelle para que Delphine y Colette dejaran de pelearse sin cesar; quizá equilibrar una cuchara sobre la nariz de Luther o alguna nueva travesura ideada para atormentar a Eleanor.
La última había sido dejar caer una gran araña peluda y marrón en el cuenco de amasar, justo encima de un montón de masa que estaba levando y desprendía un intenso olor a levadura. Cómo había gritado Eleanor...
—Igual voy a gritar yo si no encuentro a ese sinvergüenza de Stephen Carew —murmuró Véronique al entrar en el pequeño establo que flanqueaba la casa parroquial de los Langford.
Un fuerte relincho la recibió; Biscuit, su robusto caballo pío, movía la cabeza con entusiasmo, como si supiera que pronto saldría al galope por el páramo en dirección a Arundale's Kitchen.
¿Y por qué no iba a pensar que se dirigían a la mina?
, pensó Véronique irritada mientras colocaba la vieja silla de montar de cuero sobre el lomo encorvado del poni.
Solo había ido allí tres mañanas seguidas buscando a aquel maldito capataz para poder cantarle las cuarenta de una vez por todas.
Pero en ninguna había encontrado rastro de él.
Probablemente se había metido en uno de los pozos para evitarla a propósito, ese bastardo despreciable, y sin duda estaría tan satisfecho de su astucia como una serpiente.
Tampoco había conseguido encontrar al agente de la familia Arundale, Andrew Gilbert, cuando fue a aquella monstruosidad de casa de estilo Tudor donde residía.
La huraña criada que le abrió la puerta solo le dijo que Gilbert no estaba, escondiéndose de ella, estaba convencida Véronique.
Aquel agente de cara de hurón era tan cobarde como astuto, igual que Stephen Carew.
Al fin y al cabo, Andrew Gilbert era quien había dado carta blanca a Carew para dirigir la mina como le pareciera, y sus órdenes, como agente de la familia, sin duda procedían directamente del duque de Arundale.
—Sí, Biscuit, quizá estemos perdiendo el tiempo yendo a la mina en busca de Carew —reflexionó Véronique en voz alta mientras acariciaba el mentón barbudo del caballo, cuyo aliento cálido soplaba sobre su mano—.
Quizá deberíamos encontrar a Andrew Gilbert y alegrarle el día con una buena muestra del temperamento de Cornualles.
Puede que no sirva de mucho, pero al menos dejaré de sentir que voy a explotar. ¿Qué te parece?
El resoplido complacido de Biscuit la hizo sonreír, pero la sonrisa se desvaneció al montar y espolearlo para que se pusiera al trote; el paso irregular del caballo, que en el mejor de los casos garantizaba un viaje lleno de sacudidas, no hacía más que echar leña al fuego.