Capítulo 1 #3
Véronique cerró los ojos con fuerza, sintiendo que su hombre ideal iba a parecer soso al lado del de Phoebe. Lo cual, en realidad, le parecía bien. De confianza, fiable. Un compañero que la ayudara, nada más. Aún no podía imaginar su rostro, pero le importaba poco que fuera guapo o no…
—No es justo que te lo guardes para ti, Véro. Tienes que decir en voz alta lo que quieres —la instó Phoebe con impaciencia.
—Bueno, yo querría un hombre al que le importaran las mismas cosas que a mí —comenzó Véronique con firmeza, partiendo de lo que más le importaba—.
Alguien dispuesto a trabajar codo con codo conmigo para ayudar a mejorar la vida de quienes nos rodean.
—Le dedicó una pequeña sonrisa a Phoebe—.
Ahora que tú vas a estar ocupada viajando por el mundo, claro.
Y debe preocuparse tanto como yo por corregir los agravios.
Dios sabe que hay tanta injusticia en esta parroquia como para hacer llorar a los ángeles…
—Pero ¿y el amor, Véro? ¿No te gustaría que un hombre te enamorara perdidamente?
Véronique se quedó desconcertada, aunque debería haber esperado una pregunta tan inquietante por parte de Phoebe.
¿Estar tan enamorada de alguien? Su padre había amado profundamente a su madre, de origen francés, lo que probablemente explicaba por qué se había convertido en un hombre excéntrico y solitario tras la muerte de ella, ocho años atrás.
La misma fiebre virulenta que se había llevado a Adèle Langford también había acabado con la madre de Phoebe.
Pero, mientras que sir Richard se había vuelto a casar —aunque seguramente se arrepintiera de ello—, Matthew Langford no lo había hecho.
No, Véronique no estaba segura de querer un amor que pudiera causarle tanto dolor.
De hecho, no quería enamorarse de nadie, algo que ni siquiera le había contado a Phoebe. Solo de pensar en su padre…
—Sin duda, tendría que respetar a un hombre antes de casarme con él —respondió, eludiendo por completo el tema del amor—. Tendría que ser honorable, desinteresado…
—Suena tan aburrido como un santo.
Véronique soltó una pequeña risa mientras abría los ojos.
—Bueno, no tan aburrido como para tener miedo de arriesgarse. El comercio justo no es cosa para los débiles de corazón.
—Y tú, desde luego, no eres la mujer adecuada para ningún hombre de corazón débil, digas lo que digas —dijo Phoebe con un resoplido.
Soltó las manos de Véronique y saltó ágilmente al suelo—.
Tendrías pretendientes revoloteando a tu alrededor como abejas si tan solo aprendieras a controlar tu temperamento.
—¡Y tú podrías haberte casado felizmente varias veces si te hubieras conformado con un marido de buena estirpe de Cornualles! Pero no; solo te vale un aventurero audaz con un destello de osadía en los ojos —replicó Véronique, saltando junto a Phoebe.
Ambas se miraron fijamente durante un largo rato y luego se echaron a reír.
—Yo diría que ya hemos terminado con los pactos secretos por hoy, ¿no crees?
Véronique asintió, entrelazando su brazo con el de Phoebe mientras reanudaban el paseo por el acantilado.
—Así que voy a tener veinte años cuando empiece mi primera temporada —dijo Phoebe con un alegre movimiento de cabeza—. Mejor eso que ser una chica ingenua y sin experiencia que no tiene ni idea de lo que quiere.
—Así que soy conocida por mi temperamento. —Véronique se encogió de hombros con indiferencia mientras contemplaba la bahía de Mount, bañada por el sol—. Al menos me ha ayudado a sacar las cosas adelante.
Justo lo que estaría haciendo a primera hora de la mañana siguiente, pensó para sí. Ya había decidido cabalgar hasta Arundale's Kitchen en cuanto viera que Phoebe se acomodaba felizmente en su carruaje y partía rumbo a Londres.
Dudaba que pudiera pegar ojo aquella noche, con la llegada prevista del barco de Anthony Collingwood desde Bretaña y la partida de Phoebe a primera hora de la mañana.
Pero la noticia que había recibido apenas unas horas antes reclamaba a gritos su atención.
Esta vez, aquel maldito capitán de la mina, Stephen Carew, había ido demasiado lejos al recortar a la mitad los sueldos de los mineros porque se habían retrasado en su trabajo debido al mal tiempo.
¿Estaba loco ese hombre? ¿Cómo esperaba que los mineros alimentaran a sus familias, las vistieran y les dieran cobijo con lo que ya de por sí era una mísera paga?
Era una lástima que no fuera el propietario de la mina el blanco de su reprimenda. El empeoramiento de las condiciones dejaba claro que el nuevo duque de Arundale poseía las mismas cualidades innobles que su padre, recientemente fallecido.
Llevaba tres años deseando decirle a aquel viejo bastardo tacaño lo que pensaba de un hombre capaz de pagar a sus trabajadores tan poco que se veían obligados a vivir con sus familias en chozas miserables…
pero la comadreja se había muerto. Ahora no le quedaba más remedio que reservar sus palabras más escogidas para su hijo, el duque…
si es que este se atrevía a asomar la cabeza por Cornualles. De hecho, soñaba con ese día…
—¡Véro, estás frunciendo el ceño otra vez!