El pecado del marqués (Las trillizas de Essex nº 1) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Thomas divisó la mansión y espoleó a su caballo para que galopara.

Después de casi dos semanas fuera, anhelaba la comodidad de su cama y un buen descanso.

El viaje había sido breve, pero las ganas de regresar a la finca lo habían acompañado cada día con una urgencia creciente, por dos simples razones: odiaba la casa de Cardigan y no había dejado de pensar en su prometida en toda la semana. Sin poder evitarlo.

No podía olvidar el beso que habían compartido, ni la sensación de llevarla en brazos, su calidez contra él. Esos recuerdos lo habían atormentado hasta casi volverlo loco, especialmente después de recibir una nota de su abuela dos días después de partir:

Sois más parecidos de lo que creéis. Vuelve a casa.

Podría haber regresado al tercer día, ya harto de la vida en la ciudad, pero al leer esas palabras, se había mantenido alejado todo lo posible.

No por miedo —no era ningún cobarde—, sino porque no quería tocar a su prometida antes de tiempo.

Y siendo el hombre que era —viril y deseoso de ella—, sabía que la seduciría demasiado pronto y disfrutaría deshonrándola antes de la noche de bodas.

No es que pretendiera ofenderla, pero ella podría verlo así, considerando lo puritana que era.

Cuando el reverendo Norman le informó de que la licencia matrimonial había llegado, tuvo que ocultar su inmenso alivio.

Se convenció de que era porque pronto podrían tener un hijo y asegurar la herencia y el futuro de la finca de su padre.

Pero sabía que había algo más. Un pensamiento perverso le susurraba que su alivio provenía de las fantasías que había tejido en su mente: su prometida en la cama, lo que podría enseñarle, lo que Redlyn estaría dispuesta a aprender.

Podría haber regresado en carruaje, pero prefirió la velocidad del caballo y cruzó los campos a galope.

Aún era por la mañana cuando llegó y entregó su caballo a un mozo de cuadra.

No había avisado de que volvería ese día, y sabía que su abuela probablemente estaba molesta con él por no atender su petición.

Ya lo entendería algún día. No era un noble inglés tradicional, pero era honorable a su manera.

Mientras caminaba por el sendero de piedra hacia la parte trasera de la casa, se sobresaltó al oír un sonido encantador que resonaba en el aire: una risa tan pura y alegre que se le erizó el vello de la nuca y sintió el calor enroscarse en su vientre.

Se detuvo y frunció el ceño. La risa continuó, y se giró para seguirla.

Dos cosas captaron su atención: primero, lady Fitswalter sentada en el suelo, rodeada de perros que le lamían la cara; segundo, el hombre de pie junto a ella —su entrenador de perros, el señor Palmer—, que sujetaba las correas de algunos otros, en pleno paseo matutino.

Si el propio Thomas se deleitaba con el sonido de esa risa, solo podía imaginar cómo reaccionaría un hombre soltero ante su prometida.

No le gustaba nada verla a solas con él, sin carabina.

Recordó haberle asignado una. ¿Dónde demonios estaba ahora?

Redlyn se había encariñado sorprendentemente con los perros.

Cada mañana desde la partida del marqués, los paseaba; su afecto incondicional le proporcionaba una alegría auténtica.

Eran encantadores. Incluso estaba memorizando todos sus nombres —había muchos, pero estaba segura de que, con el tiempo, lo conseguiría.

Sin embargo, esa mañana la marquesa viuda no se había sentido bien, así que Redlyn decidió ir sola.

Lo que no había previsto era que, al tirarse al suelo para recibir a los animales con los brazos abiertos, se encontraría con la visión del diablo en persona.

Porque eso era exactamente lo que parecía lord Norton: el cabello rojo ondeándole al viento, una expresión mortal tallada en sus duras facciones, los ojos ardientes y el paso decidido de un hombre que marcha a la batalla.

Su sonrisa se desvaneció mientras sostenía a Poppy contra la mejilla —la pequeña pequinés la lamía con entusiasmo—. El señor Palmer siguió su mirada con curiosidad y comprendió al instante lo que ocurría.

Se levantó de un salto, aún con el perro en brazos. Cuando los animales advirtieron la presencia de Thomas, él no tuvo tiempo de decir una palabra: saltaron sobre él, algunos tiraron de las correas con tanta fuerza que Palmer no pudo retenerlos y cayó de rodillas.

—¡Tranquilos! ¡Tranquilos! —exclamó Thomas, abrumado por los entusiastas saludos. Los perros saltaban a su alrededor y le exigían atención.

La conmoción lo distrajo momentáneamente de su indignación: su prometida a solas con otro hombre.

Como era su costumbre, se arrodilló y acarició a los perros, les frotó el lomo hasta que por fin se calmaron.

Palmer se levantó despacio, tomó el control de los perros más grandes y se dispuso a continuar el paseo.

—Perdóneme, Su Excelencia —se disculpó el hombre.

—No hace falta. Les encanta celebrar —respondió Thomas, pero su mirada se desvió hacia Redlyn.

Estaba encantadora, incluso con el vestido negro que la hacía parecer más pálida.

No había esperado aquella oleada de deseo al verla de cerca.

Apretó la mandíbula. Necesitaba mantener el control, no sentir nada por ella.

Ser listo. No tenía sentido malgastar energía en una discusión innecesaria.

Mejor admirar su belleza que dejar que la frustración se apoderara de él.

Ella bajó la mirada ante su evidente escrutinio.

—Su Excelencia —dijo, e hizo una reverencia como exigía la etiqueta delante de los sirvientes.

No sabía si aún podía llamarlo por su nombre. Había pasado tanto tiempo que ni siquiera estaba segura de que él todavía quisiera casarse con ella.

Se contuvo para no estallar delante de Palmer. El impulso de reprenderla era fuerte, pero sabía que era mejor no hacerlo. Si la dejaba en evidencia, él también quedaría expuesto.

—Lady Fitswalter —la saludó con voz gélida.

—Espero que su viaje haya sido placentero —dijo ella con cortesía, tan fría que llegó a irritarlo.

—Perfecto —respondió él secamente.

—Me alegro, milord —dijo ella con la sonrisa educada y tensa que él despreciaba desde la primera vez que la vio: demasiado falsa. ¿Estaba enfadada porque había interrumpido su momentito con Palmer?

Thomas miró fríamente a Palmer y luego dirigió la misma mirada gélida a su prometida.

—Me llevo a los perros y termino el paseo —dijo Palmer, que había captado la tensión—. Disculpen —hizo una reverencia y se alejó con los perros.

Hasta Poppy saltó de sus brazos y lo siguió.

Redlyn los vio alejarse mientras intentaba no mirar a Thomas. No quería fijarse en lo apuesto que estaba, especialmente con aquellos pantalones azul marino. Era la primera vez que lo veía con algo que no fuera un kilt.

—No sabíamos que llegaría hoy —dijo ella con suavidad.

—Supuse que no. No envié aviso —dijo él, y ella se sonrojó ante su respuesta cortante.

—Debe de estar cansado. Entremos. Le pediré a la señora Porter que le traiga algo. ¿Prefiere té?

La esposa perfecta, pensó con desdén. Un noble inglés estaría encantado; él, en cambio, estaba irritado. Si ser esposa fuera una profesión, Lady Redlyn Fitswalter sería la instructora jefe, la que enseñaría a otras mujeres a comportarse con precisión glacial.

—No quiero entrar —espetó.

Su temperamento escocés. Redlyn había aprendido durante esa semana, sobre todo en sus conversaciones con Lady Norton, que su futuro marido no era como los caballeros ingleses.

Su naturaleza fogosa exigiría paciencia.

No tenía muchas opciones. Era mejor aceptar que estaba atada a un hombre que no entendía nada de modales y era impaciente, que intentar cambiarlo o agotarse en el intento.

Aunque la marquesa viuda parecía creer lo contrario. Pero Redlyn no discutía con la abuela de su prometido; no iba con ella. Dejaba que la mujer creyera que la había convencido de querer cambiar algún día la personalidad de Thomas. Eso era imposible, ¿acaso no se había dado cuenta?

—Por favor, Su Excelencia... —comenzó.

—¡Te dije que me llamaras Thomas cuando estemos a solas! —gruñó.

—Por favor, entonces... Thomas —repitió con calma.

—¿Por favor qué? ¡Regreso a mi propiedad y qué me encuentro? ¡A mi prometida revolcándose por el suelo, riéndose como una moza de taberna con el sirviente!

Contuvo el aliento. ¿Estaba insinuando que coqueteaba con el señor Palmer? ¡Absurdo!

—No seas ridículo —dijo serena—. Jamás perdería mi tiempo con un sirviente cuando estoy a punto de casarme con el amo de la casa.

Fue como una bofetada. No esperaba semejante frialdad mordaz.

—¿Desapareces durante quince días sin una sola carta ni nota, y ahora me tratas como a una ramera? —preguntó, avanzando hacia él.

¿Estaba... enfrentándolo?

—No voy a discutir por tonterías. Me niego a seguir con este absurdo —dijo con firmeza, y dio media vuelta.

Oh, no, no iba a dejar que se marchara. Extendió la mano y la atrajo hacia él. El cuerpo de ella chocó contra el suyo: un muro de calor y fuerza que no podía olvidar. Había soñado con ese momento, con que él la sostuviera, la besara... Era indecente, lo sabía, ¡pero no podía evitar lo que soñaba!

Las manos de él le sujetaron los brazos y la mantuvieron apretada contra su cuerpo, ambos cegados por una embriagadora mezcla de deseo e ira.

—¡No he terminado! —gruñó con la boca a un suspiro de la de ella.

—Pero yo sí —espetó—. No voy a permitir que me insultes.

—¿Por qué no me llamas grosero, indigno de mi título? —la retó—. ¿Por qué no me llamas bruto, o maleducado, algo así?

—¿Para qué voy a decir lo que ya sabes?

Una sonrisa asomó a sus labios.

—Seguro que tu idea de un caballero es un hombre que come el maíz con cuchillo y tenedor, ¡o uno que no se quita la ropa en la noche de bodas!

Otra vez ese maldito tema. Ya sospechaba que algo espantoso sucedería esa noche. Pero jamás estaría desnuda delante de él, ¡y desde luego jamás le permitiría a él estarlo! ¡Antes muerta!

—Eres increíblemente grosero —murmuró—. No te pareces en nada al marido con el que soñé.

—Y tú no te pareces en nada a la esposa con la que soñé: fría como el hielo. Así que estamos en paz.

Se miraron fijamente, sin aliento, y entonces la boca de él aplastó la de ella en un beso hambriento. Quería silenciarla... pero más que eso, quería acabar con el deseo que lo atormentaba. Demostrar que no significaba nada. Que se le pasaría. Que pronto sus pensamientos quedarían libres de ella.

El beso... cuánto lo había anhelado en secreto durante aquellos días. A pesar de todas las palabras hirientes, había fantaseado con su reencuentro. Y jamás imaginó que volvería a perder el control, ni que él la besaría de forma tan indecente.

Cuando la lengua de él rozó los labios de ella, instándolos a abrirse, Redlyn dejó escapar un suave gemido y los separó. Él aceptó la invitación. Su lengua se encontró con la de ella, y notó lo inexperta que era, perdida en la misma niebla de necesidad.

Las manos de él se deslizaron hasta la cintura de ella y la atrajeron con fuerza contra su cuerpo; los suaves pechos de Redlyn se apretaron contra su pecho.

Era divino. La inocencia de ella lo embriagaba y le hacía perder la razón.

Al final, tenía que admitir que había anhelado ese momento durante aquellos quince días.

Los ladridos de los perros lo devolvieron a la realidad. Se apartó al recordar que todavía había sirvientes cerca. Aunque le importaban poco las opiniones ajenas, no toleraría que otros hombres lo vieran besar a su mujer y fantasearan con ella.

Suya.

El pensamiento lo sobresaltó. No solo el hecho de que sería su esposa, sino la sensación de posesión. Retrocedió, pero sin soltarle los brazos. Redlyn abrió los ojos, aturdida, con las piernas flojas y la mente a la deriva en una confusión pecaminosa.

—Eso es solo un adelanto de lo que te espera en la noche de bodas, Red —bromeó.

Parpadeó, estupefacta. ¿Se besarían así? ¿Y él estaría desnudo? Aquello no pintaba bien. Retrocedió; por suerte él aún la sostenía, o se habría caído.

Lo miró como si fuera el mismísimo diablo. Y quizá lo era: el tentador que había venido a perderla. O quizá era ella quien lo tentaba a él, porque Thomas estaba dispuesto a ir mucho más allá de un beso.

Se liberó y le sostuvo la mirada con su frialdad habitual, enmascarando el tumulto de su interior. Después se dio la vuelta y echó a andar con paso rápido por el sendero de piedra hacia la casa.

Thomas la observó alejarse con una sonrisa de triunfo... y también de tormento. Porque el dulce sabor de Redlyn aún le quemaba en los labios y lo hacía desearla todavía más.