El pecado del marqués (Las trillizas de Essex nº 1) PRÓLOGO #2
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PRÓLOGO #2

—¿Y qué crees que significa eso? —Roselyn alzó la voz, llena de frustración—.

¡Un hombre al que nunca hemos visto ahora posee todo lo que una vez nos perteneció!

Nuestro padre era adicto al juego, Blue.

¡Es obvio que lo perdió todo con ese hombre!

—sus ojos ardían de furia mientras continuaba—.

¡Solo un necio ignoraría lo que Steven calló!

El duque reclamó las deudas, nuestro padre lo firmó todo, ¡y luego se pegó un tiro!

¿Por qué Blue y Red no se inmutaron ante la revelación?

Porque en el fondo, lo sabían desde hacía tiempo.

La adicción al juego de su padre había empeorado con los años, y hacía mucho que sospechaban que terminaría en tragedia.

Simplemente no habían imaginado que sería tan cobarde como para quitarse la vida en lugar de afrontar la desgracia con dignidad.

—Por eso no me quedaré aquí —confesó Redlyn, sirviéndose una taza de té—. Prefiero tomar las riendas de mi propia vida que luchar contra un hombre frente al que no tengo ningún poder.

—¿Y tú? —Bluelyn se volvió hacia Roselyn—. ¿Qué vas a hacer?

Roselyn alzó la barbilla y entrelazó las manos con compostura frente a ella.

—Me quedo —dijo—. Y haré que ese duque pague.

Redlyn casi derramó el té. Se volvió hacia su hermana con una expresión de absoluta incredulidad.

—¿De qué estás hablando? Estamos haciendo todo lo posible por escapar del control de este hombre, ¿y tú piensas meterte directamente en su guarida?

—Alguien tiene que hacerlo sufrir —respondió Roselyn con frialdad, arqueando una ceja—. Y yo seré quien defienda el nombre de nuestra familia.

—¡Te has vuelto loca! —Bluelyn se incorporó, con la voz temblorosa—. No hay honor en la venganza. ¡Te destruirá!

—No lo hará —respondió Roselyn con voz acerada.

Había pensado en ello toda la noche, desde su conversación con Steven. No había dormido; se había pasado las horas dando vueltas por su habitación, consumida por la rabia y la determinación. La historia que Steven le había contado lo aclaraba todo de forma dolorosa. Y su decisión estaba tomada.

—No os preocupéis —dijo con una calma escalofriante—. Ya he hablado con Steven. Me quedaré aquí para recibir al duque cuando llegue.

No contó todo a sus hermanas, todavía no.

No había necesidad de agobiarlas con aquello.

Su papel siempre había sido protegerlas, y eso era exactamente lo que pretendía hacer.

El maldito duque podía quedarse con la casa, las tierras, el título, pero ella se aseguraría de que lo lamentara cada día de su miserable vida. Viviría para eso.

Redlyn le tendió una taza de té a Bluelyn, quien la aceptó con manos temblorosas.

—Gracias —susurró.

Todavía estaba conmocionada por la muerte de su padre, y las decisiones que sus hermanas acababan de tomar no hacían sino aumentar su ansiedad. No estaba segura de querer ir a la costa. Estar lejos de ellas... la aterrorizaba. Siempre habían sido su escudo frente al mundo.

—¿Cuándo te vas? —preguntó Roselyn a Redlyn.

—El marqués me quiere en Carteham Hall lo antes posible. Quería hablar con vosotras antes de responder y asegurarme de que estaréis a salvo. Steven me aseguró que se está encargando de todo, como siempre. Él sabe lo que más nos conviene —dijo, y volvió a la bandeja para servirse un poco de té.

Todas deseaban que Steven estuviera allí. Era el hermano mayor que nunca habían tenido: firme, sabio y más protector con ellas de lo que su propio padre lo había sido jamás. Pero estaba en Londres, ocupándose de los asuntos relacionados con la muerte del conde.

—Escríbele ahora —ordenó Roselyn—. Envía un mensajero y hazle saber que partirás por la mañana.

—¿Por qué tanta urgencia? —preguntó Bluelyn, con la voz cargada de nervios.

—Porque el duque llegará en cuestión de días —dijo Roselyn con frialdad—.

Y quiero que ambas os hayáis ido antes de que comience nada —no añadió más—.

También enviaremos una carta a la tía Audrey.

Les diré a las doncellas que empiecen a preparar vuestros baúles: os lo llevaréis todo.

No sabemos qué clase de hombre es este duque.

Puede que incluso intente apoderarse de las joyas de madre, las que nos repartimos entre las tres.

—Tienes razón —dijo Redlyn, bebiendo su té como si hablaran de vestidos y no del destino de sus vidas—. Debemos partir cuanto antes.

—Excelente —dijo Roselyn, visiblemente complacida de que ninguna pusiera objeciones. Todo estaba saliendo tal como lo había planeado.

—¿Cómo voy a vivir sin vosotras? —susurró Bluelyn, y una vez más las lágrimas le rodaron por las mejillas.

Redlyn dejó la taza de té y se sentó junto a su hermana. Roselyn la siguió, y entre las dos tomaron las manos de Bluelyn.

—Nos escribiremos a menudo —prometió Roselyn con voz cálida y afectuosa—. Siempre estaremos unidas; nuestro amor nos mantendrá cerca.

—Soy una llorona sin remedio, ya lo sabéis —Bluelyn consiguió esbozar una pequeña risa entre lágrimas—. Todo está pasando tan rápido... No estaba preparada para esta separación tan repentina. Lo siento.

—Todo va a salir bien —dijo Roselyn con seguridad—. Ahora estamos protegidas. El duque no puede hacerme nada, no de la forma que él cree. Y vosotras dos encontraréis vuestro propio camino. El marqués será un buen esposo para Red, y la tía Audrey te ayudará a encontrar el partido perfecto.

—¿Quién puede pensar en matrimonio ahora mismo? —Bluelyn suspiró hondo—. Lo único que quiero es encerrarme en una habitación tranquila, leer mis libros y olvidar que el mundo se ha derrumbado a nuestro alrededor...

—No te preocupes —dijo Redlyn con serena firmeza—.

Hemos caído hoy, sí, pero mañana nos levantaremos.

No lo olvidéis nunca: somos las trillizas Essex.

Nada puede destruirnos —alzó la barbilla con orgullo—.

Padre nos dijo una vez que habíamos venido a este mundo para marcar la diferencia.

Quizá ahora sea el momento de demostrar que tenía razón.

Las tres sonrieron y se fundieron en un abrazo sentido, aferrándose como si soltarse fuera a destrozarlo todo.

Lo que más dolía era saber que tendrían que separarse, quisieran o no.

Pero no importaba lo que les deparara el futuro, siempre que algún día encontraran el camino de vuelta las unas a las otras.