Capítulo 23 #2
—La recibí de Llorente en el hotel. El sobre no contenía ningún número.
Le pedí que mantuviera la botella como señuelo y que no bebiera de ella porque creíamos comprometido el canal de catering, aunque no sabíamos hasta qué punto.
Durante mi primera subida al avión tuve acceso unos minutos a la zona donde la tripulación había dejado sus pertenencias; el libro de Baeza sobresalía de su bolsa.
Había revisado su perfil antes del vuelo: formación de piloto, capacidad de observación y ninguna relación conocida con Llorente, la compañía de carga ni la unidad.
Oculté la tarjeta entre las capas del lomo porque era el único lugar que no pertenecía a ninguna de las partes.
El único lugar.
No la persona en quien confiaba.
El lugar.
La distinción dolió más de lo esperado.
—No le informé —continuaba Damián— porque cualquier reacción podía señalarlo. Si algo ocurre, que sepa que lo utilicé sin su consentimiento y que no existe una forma correcta de justificarlo.
La grabación quedó unos segundos ocupada por sus pasos.
Después se oyó el interfono, una puerta y la respiración más fuerte de alguien que caminaba durante el movimiento del avión.
La voz de Alvear apareció.
—Vienes solo.
—Eso pediste.
—La tarjeta.
—Primero dime quién manipuló la botella.
—Ya lo sabes.
—Quiero oírlo.
Alvear soltó una risa.
—Samuel preparó el cambio. Yo conseguí el acceso y la dosis.
—Llorente está muerto.
—No debía morir.
—¿Quién aumentó la cantidad?
La respuesta quedó parcialmente cubierta por una sacudida.
—…quería asegurarse de que no hablara.
—¿Samuel?
—Los dos queríamos llegar a Madrid.
—¿Y Alcázar?
Alvear tardó en responder.
—El piloto se ocupará del piloto.
La grabación continuó con un ruido de tela.
Damián habló otra vez.
—No tengo la tarjeta.
—La escondiste.
—Sí.
—En el libro del tripulante.
Silencio.
—Has estado escuchando.
—El teléfono de Montalbán sirve para algo más que mandar fotografías a Nuria.
Damián debió de moverse.
—¿Dónde está el dispositivo?
—Ya no importa.
—A Samuel sí le importará saber que estás improvisando.
—Samuel lleva años improvisando con otras personas.
—También contigo.
Una alarma del avión sonó a lo lejos. El comienzo de la turbulencia fuerte.
—Dame el libro —dijo Alvear.
—No está conmigo.
—Entonces vas a decirme dónde.
—No.
La siguiente voz no pertenecía a ninguno de los dos.
Llegó a través del teléfono de Damián.
Samuel.
Distante, filtrada por una llamada.
—Gonzalo, no hay tiempo. Haz que hable y sal de la escalera antes de que empiece lo fuerte.
El primer oficial estaba en la cabina.
Coordinando la cita.
—¿Y si no habla? —preguntó Alvear.
—No puede llegar consciente a Atenas.
—Todavía no han anunciado el desvío.
—Lo harán.
Alcázar seguía vivo cuando Samuel pronunció aquello.
Sabía que el avión cambiaría de rumbo.
La grabación se llenó de una sacudida, un golpe y el roce de cuerpos contra la pared. Damián respiró con fuerza. Alvear maldijo. Se escuchó un impacto metálico, seguido por un gemido.
—La tarjeta no está donde crees —dijo Damián.
—¿Dónde?
—Baeza sabrá encontrarla.
Hubo otro golpe.
Después el sonido de la caída.
La grabación siguió varios segundos más con el ruido del avión y pasos alejándose. Finalmente terminó.
Nadie habló dentro de la sala.
Vela apagó el dispositivo.
Yo miraba la fotografía de Damián sobre uno de los documentos.
No era una imagen personal, solo la obtenida de su identificación.
Aun así, me resultó difícil aceptar que la voz acabara de salir de un archivo y no de un hombre situado a mi lado, corrigiendo cada conclusión y recordándome que todas las pruebas podían significar otra cosa.
—Sabía que lo matarían —dije.
—Sabía que existía el riesgo.
—No es lo mismo.
—No.
Vela cerró la carpeta.
—La llamada sitúa a Samuel en contacto directo con Alvear antes del ataque. El segundo teléfono encontrado en su ropa contiene además mensajes borrados que los técnicos han empezado a recuperar. Hay referencias a la botella, al precinto, al destino y a la medicación de Alcázar.
—¿La pastilla?
—Todavía se está analizando. El blíster fue abierto y vuelto a sellar. En el teléfono aparece una fotografía tomada antes del vuelo donde se distingue la tableta plateada junto al equipaje del comandante.
—Samuel la colocó.
—Eso parece.
—¿Y Llorente?
—Alvear admite haber preparado la botella falsa. Afirma que Samuel le proporcionó la sustancia y la información médica de la víctima. Discuten sobre la cantidad. Cada uno culpa al otro del resultado.
—Los dos sabían que podían matarlo.
—Eso será objeto de la acusación.
—Damián dijo que no debía llegar consciente a Atenas.
—Samuel ya sabía que Alcázar desviaría después de una segunda víctima. El plan parece haber evolucionado durante el vuelo. Primero querían continuar hasta Madrid. Cuando Mena empezó a acercarse, Samuel preparó la incapacidad del comandante y Alvear intentó recuperar la tarjeta antes del aterrizaje.
—La segunda víctima era Damián.
—Sí.
—Entonces Alcázar debía morir después.
—O quedar incapacitado. De nuevo, Samuel sostiene que las dosis solo pretendían dormir.
—Ha tenido mala suerte con la cantidad de personas que intentó dormir.
Vela no respondió.
La prudencia legal era distinta a la prudencia narrativa. Yo podía ordenar los hechos y llamar asesino a quien había diseñado el mecanismo. Él debía esperar informes, autopsias, análisis y decisiones judiciales.
—¿Qué contenían los nueve minutos? —pregunté.
—Los registros originales muestran que Alvear accedió a la zona de carga, Samuel confirmó desde el teléfono operativo y Fernando Ledesma firmó después sin estar presente durante parte del proceso. Llorente fabricó la versión que responsabilizó al marido de Mara.
—¿Fernando era inocente?
—No completamente. Había bebido, había falsificado otros registros y aceptó firmar sin comprobar. Pero no sustituyó el envío sanitario ni dirigió la operación.
Un culpable conveniente.
Lo mismo que Álex.
La red no necesitaba personas inocentes. Necesitaba personas culpables de algo menor, suficientemente desordenadas para que el resto pareciera posible.
—Mara tenía razón —dije.
—En parte.
Otra vez.
Todo era cierto en parte.
Llorente había arruinado a Fernando para protegerse, pero Fernando también había contribuido a su propia caída.
Samuel podía haber empezado investigando irregularidades y terminado utilizándolas.
Alvear quizá pretendía recuperar la tarjeta sin matar, hasta que el miedo a ser descubierto convirtió la dosis, las notas y la escalera en otra cosa.
Las personas no pasaban de inocentes a culpables mediante una puerta.
Llegaban poco a poco, justificando el paso anterior con el siguiente.
—¿Por qué Llorente decidió hablar? —pregunté.
—La red llevaba meses apartándolo. Había perdido acceso a contratos, algunos intermediarios habían desaparecido y existían órdenes de detención que podían alcanzarlo. Quería negociar inmunidad parcial.
—No se volvió bueno.
—No.
—Solo llegó tarde al miedo.
—Es una forma de expresarlo.
La puerta de la sala se abrió.
Eva esperaba fuera. Llevaba ya ropa prestada por el aeropuerto, aunque conservaba la camisa de uniforme debajo.
La manga estaba limpia; alguien había conseguido quitar la sangre o cambiarle la prenda.
Parecía más cansada sin la chaqueta, como si el uniforme completo hubiera sostenido parte de ella durante el vuelo.
—Necesitamos un descanso —dijo.
Vela consultó la hora.
—Terminaremos por ahora.
—¿Por ahora? —pregunté.
—Habrá más declaraciones.
—Eso ya lo había advertido Eva.
—En ese caso, dispone de una jefa de cabina bien informada.
Salí.
El pasillo operativo estaba lleno de personas que se movían con carpetas, chalecos y teléfonos.
Algunos pasajeros continuaban en salas cercanas, esperando autorizaciones, asistencia o vuelos alternativos.
Otros habían sido trasladados a hoteles.
La tripulación permanecía separada en pequeños grupos.
Lucía estaba sentada junto a una máquina expendedora con dos cafés.
Me entregó uno.
—No lo he abierto yo —dijo—. Lo ha servido la máquina delante de tres testigos.
Miré el vaso.
—¿Número de lote?
—Bébelo antes de que te lo tire encima.
Lo probé.
Era malo.
Extrañamente reconfortante.
Eva se sentó al otro lado.
Durante unos minutos ninguno habló. Después de horas de preguntas, el silencio entre nosotros no parecía una ausencia que hubiera que llenar. A través de una ventana más pequeña se veía parte de la pista y la cola del Sierra Mike por encima de varios vehículos.
—¿Álex? —pregunté.
—En observación. La conmoción es leve. Nuria está con él.
—¿Ya sabe lo que contamos?
—Sabe que él contó lo que no debía.
—Entonces la conmoción puede ser el menor de sus problemas.
Lucía bebió café.
—Mara ha hablado con los agentes sobre Fernando. Dice que declarará todo lo que recuerde.
—¿Y Nadia?
—Discutiendo sobre copias, custodia y libertad de prensa con tres personas que ya se arrepienten de haberle permitido bajar del avión.
—Eso significa que está bien.
Eva me miró.
—¿Qué contenía la grabación?
Les conté lo esencial.
Damián había recibido la tarjeta en el hotel.
La había escondido en mi libro antes del embarque.
Alvear utilizó el teléfono de Álex para escuchar.
Samuel dirigió la cita desde la cabina.
Alvear golpeó a Damián y lo empujó durante la turbulencia.
El primer oficial sabía que Alcázar desviaría y había preparado su medicación.
Cuando terminé, Lucía observaba el café sin beber.
—Damián te eligió antes de subir —dijo.
—No me eligió. Eligió mi bolsa.
—También revisó tu perfil.
—Porque no tenía vínculos.
Eva apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Y porque sabía que observarías.
—Podía haberme dicho algo.
—Entonces habrías actuado distinto.
—Esa era la idea.
—Y habrías muerto antes.
No respondí.
La utilización de Damián me enfadaba.
También me había mantenido vivo.
No porque su decisión fuera noble, sino porque Alvear tardó horas en entender que el objeto estaba en manos de alguien que ni siquiera sabía que lo tenía.
—Pidió perdón —dije—. A su manera.