Capítulo 23
El ruido que queda
La primera declaración duró cuarenta y siete minutos.
La segunda, casi dos horas.
La tercera comenzó cuando el amanecer ya estaba convirtiendo las ventanas del aeropuerto en espejos menos eficaces y terminó sin que nadie supiera decirme qué hora sentía mi cuerpo.
Habíamos salido de Dubái durante la noche, atravesado varias franjas horarias y aterrizado en una ciudad donde el día parecía dispuesto a empezar sin esperar a que nosotros termináramos el anterior.
Me interrogaron en una sala de reuniones situada junto a una zona operativa del aeropuerto.
No tenía barrotes, espejos falsos ni una lámpara dirigida hacia la cara.
Había una mesa ovalada, seis sillas, una cafetera apagada y una fotografía de la Acrópolis que alguien había elegido para recordar a los visitantes que Atenas existía más allá de terminales, pistas y formularios de emergencia.
La ventana daba a una plataforma secundaria.
Desde allí podía ver el Sierra Mike rodeado por vehículos, escaleras, técnicos y agentes.
El A380 parecía todavía más grande detenido en tierra que durante el embarque, quizá porque ahora conocía la cantidad de espacios que podía esconder: dos cubiertas, zonas de descanso, escaleras interiores, cocinas, baños, compartimentos técnicos y una cabina en la que un hombre sin habilitación había terminado sentado solo.
Cada vez que un motor de otro avión se encendía en la distancia, el cristal vibraba ligeramente.
Mi cuerpo lo agradecía antes de que yo me diera cuenta.
La primera persona que tomó declaración fue un responsable de seguridad aeroportuaria griego, acompañado por una intérprete y un enlace de la compañía.
Después se incorporaron dos agentes españoles de enlace destinados en Atenas, contactados a través de la unidad a la que pertenecía Damián.
Ninguno parecía conocer toda la investigación.
Eso me tranquilizó menos de lo que quizá pretendían.
Empezamos en el hotel.
El silencio sin turbinas.
Samuel en el ascensor.
Llorente junto al ventanal.
Damián entregándole o recibiendo un sobre.
Repetí después el trayecto en autobús, la reunión de tripulación, la fotografía de Llorente en el teléfono de Samuel, el artículo especial, la caja húmeda, la botella dentro de la bolsa de papel y el hombre de traje gris que subió al avión antes de aparecer más tarde como pasajero de 7A.
Cada vez que terminaba una parte, uno de los agentes me pedía volver atrás.
No porque creyera necesariamente que mentía, sino porque la memoria no era una grabación.
Cambiaba de forma cuando se la obligaba a recorrer muchas veces el mismo lugar.
Un gesto que la primera vez parecía seguro se volvía dudoso en la tercera.
Un minuto adquiría duración distinta después de compararlo con registros.
La bolsa podía tener un logotipo o quizá yo había visto el lado liso.
Samuel podía parecer nervioso o solo impaciente.
Damián había dicho cabina o camisa antes de que finalmente entendiera la segunda palabra.
Descubrí que contar la verdad no consistía en hablar con seguridad.
Consistía en reconocer dónde terminaba lo que había visto y empezaba lo que deducía después.
—¿Cuándo supo que Samuel Orduña estaba implicado? —preguntó uno de los agentes españoles.
Se llamaba Íñigo Vela y tenía una voz baja que obligaba a escuchar con atención. No llevaba uniforme. Sobre la mesa había colocado una libreta, dos teléfonos y una carpeta que no abrió durante casi una hora.
—No lo supe en un momento concreto.
—¿Cuándo empezó a sospechar?
—Antes de despegar.
—¿Por la botella?
—Por cómo preguntó si Llorente la aceptaría después de saber que había pasado por sus manos.
—Eso puede explicarse por responsabilidad profesional.
—Sí.
—Entonces no era una prueba.
—No.
Vela anotó algo.
—¿Qué otras señales observó?
Enumerarlas en tierra las convertía en una secuencia demasiado limpia.
Samuel había estado solo con la caja. Conocía a Mara.
Había volado las rutas sanitarias. Ayudó a Álex a sustituir el precinto del carro.
Preguntó si Llorente había bebido. Salió de la cabina durante el intervalo del vídeo.
Sabía que la tarjeta podía esconderse en un lomo.
El blíster plateado estaba bajo su control.
Había comunicado Atenas a Alvear y abandonado el puesto de pilotaje para recuperar la tarjeta.
Juntas formaban una línea.
Dentro del avión habían llegado mezcladas con mentiras, coincidencias, miedo y otras personas que también ocultaban cosas.
—Lo más difícil —dije— fue que casi todas sus explicaciones podían ser ciertas en parte.
—¿Cree que intentaba investigar la red por su cuenta?
—Creo que quería que esa fuera la versión final.
—No le he preguntado qué quería que creyéramos.
—No puedo saber qué pensaba realmente.
—Pero sí qué hizo.
Miré hacia el avión.
—Utilizó la red mientras decía investigarla. Sabía que Alvear manipularía la botella y permitió que me la entregaran. Después protegió la operación porque necesitaba encontrar la tarjeta. Aunque no quisiera matar a Llorente, creó el método que lo mató.
Vela cerró la libreta.
—Eso coincide con parte del material recuperado.
Era la primera información real que me ofrecían desde que bajamos.
—¿Qué han encontrado?
—Antes necesito que complete su relato sobre la tarjeta.
Volví a explicar el libro.
Damián había introducido la microSD entre las capas del lomo de Muerte en la vicaría.
Alvear destruyó la encuadernación buscando una cavidad evidente, pero no separó el cartón.
Lucía y yo la encontramos, yo la escondí dentro de la camisa y después bajo las listas de comprobación del asiento derecho.
—Ocultó una prueba a la jefa de cabina, al comandante y al primer oficial —dijo Vela.
—Sí.
—También comunicó a control que no la tenía.
—No recuerdo que control me preguntara.
—A Samuel sí se lo negó.
—Samuel intentaba recuperarla.
—En ese momento no tenía pruebas concluyentes de que fuera responsable de las muertes.
—Tenía a Alcázar muerto por una tableta de su blíster y a Damián empujado después de acudir a una cita relacionada con la tarjeta.
—Tenía indicios.
—Y él tenía el control del avión.
Vela me observó sin hostilidad.
—¿Volvería a hacerlo?
La respuesta inmediata era sí.
La respuesta honesta necesitó algo más.
—Volvería a mantenerla lejos de Samuel. No sé si volvería a ocultársela a Eva durante tanto tiempo.
—¿Por qué?
—Porque ella ya estaba tomando decisiones pensando que la tarjeta no existía. Podía haber provocado un error.
—Pero no lo provocó.
—Eso no convierte la decisión en buena.
La intérprete griega levantó ligeramente la vista. Vela volvió a abrir la libreta.
—La autocrítica suele llegar tarde.
—En mi caso acostumbra a llegar antes, durante y después.
No sonrió, aunque dejó de escribir un segundo.
El interrogatorio continuó con la cabina de mando.
Cada instrucción recibida.
Cada frecuencia.
El momento en que declaré la emergencia.
La salida de Samuel.
La mentira sobre el número de pilotos disponibles y la corrección posterior.
La configuración del descenso.
La aproximación degradada.
El aterrizaje.
Aquella parte podía comprobarse casi por completo mediante las grabaciones de cabina, las comunicaciones con control y los datos del avión. Aun así, me pidieron describir qué había entendido, qué creía estar haciendo y por qué decidí continuar en lugar de interrumpir la aproximación.
—El avión estaba estabilizado —respondí—. La pista era visible, las condiciones eran favorables y el instructor confirmó que podíamos continuar.
—También podía frustrar y realizar otra aproximación.
—Sí.
—¿Influyó el riesgo de que Samuel recuperara el acceso si prolongaba el vuelo?
Pensé antes de responder.
—Intenté que no.
—No le pregunto qué intentó.
—Sí. Influyó.
—Entonces su decisión no fue puramente operacional.
—Ninguna decisión dentro de aquel avión era puramente operacional después de la primera muerte.
Vela se reclinó.
—¿Consideró que demostrar que podía aterrizar sin Samuel ayudaría a desenmascararlo?
La pregunta encontró una vergüenza que llevaba varias horas esperando.
—Durante unos segundos, sí.
—¿Y continuó por eso?
—No. Precisamente tuve que apartarlo. Si hubiera seguido para demostrar algo, habría estado utilizando el avión igual que él.
El agente me observó durante más tiempo.
Después abrió por fin la carpeta.
Dentro había fotografías impresas de los objetos recuperados: la botella original, el tapón modificado, el blíster plateado, los teléfonos de Samuel y Damián, la herramienta de Alvear y la microSD dentro de su bolsa.
—La tarjeta contenía los archivos de Llorente y varias claves parciales —explicó—. La grabación de Mena es otra cosa.
—¿Damián escribió en ella?
—Guardó un documento breve y una grabación.
Sentí que el aire de la sala cambiaba.
—¿Cuándo?
—La grabación empezó cuatro minutos antes de que acudiera a la escalera trasera.
Damián sabía que iba a una trampa.
No había activado el micrófono para salvarse. Lo había hecho para que alguien pudiera escuchar después.
Vela colocó uno de los teléfonos sobre la mesa.
—Antes de acudir a la cita, Mena activó una grabación cifrada en su teléfono y dejó el dispositivo registrando todo lo que ocurriera a su alrededor.
—Alvear se lo llevó.
—Sí. Y lo llevaba encima cuando lo detuvieron. El archivo seguía en la memoria cifrada del dispositivo.
—¿Puedo oírla?
Vela no respondió inmediatamente.
—Aparece su nombre.
—Por eso quiero oírla.
El agente consultó a su compañero. Después abrió un archivo.
La voz de Damián salió por el altavoz.
Al principio solo había respiración, pasos y el ruido del avión. Reconocí la cubierta superior por la profundidad de las turbinas y el crujido de los paneles durante la turbulencia.
Después habló.
—Si Baeza encuentra esto, la tarjeta ha llegado más lejos de lo que esperaba.
La frase me obligó a bajar la vista.