El pasajero de la 3K Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Las piernas respondieron con cierta lentitud. Al ponerme en pie, apoyé una mano sobre el respaldo. Petrakis fingió no notar que necesitaba hacerlo.

La lista laminada seguía en el compartimento lateral.

La tarjeta permanecía debajo.

—Hay una prueba oculta aquí —dije a los agentes—. Quiero que se documente antes de tocarla.

Uno de ellos activó una cámara corporal y se acercó. Eva apareció en la puerta, acompañada por Nadia y Lucía. Expliqué dónde estaba y por qué la había ocultado. El agente retiró las listas una a una hasta encontrar la pequeña bolsa sellada con la microSD.

La fotografió en su posición.

Después la recogió con guantes.

—¿Quién sabía que estaba aquí? —preguntó.

—Eva, Lucía y yo. Samuel oyó la ubicación durante la aproximación.

—¿Ha estado alguien más dentro de la cabina desde que aterrizaron?

—Solo Petrakis y ustedes.

El agente guardó la tarjeta en un contenedor numerado y pidió a Eva y Lucía que confirmaran el hallazgo. Nadia ofreció la grabación completa. También informó de que la cámara había registrado las conversaciones de Samuel y Alvear, la salida del primer oficial y parte del forcejeo.

—Necesitaremos el dispositivo original —dijo el agente.

—Lo tendrá cuando haga una copia delante de ustedes.

—No puede conservar evidencia.

—Tampoco puedo entregar la única grabación a una estructura cuya limpieza todavía no está demostrada.

Damián habría aprobado la frase.

El agente no.

Eva intervino antes de que la conversación se convirtiera en otra escena.

—Se hará una copia certificada con varias personas presentes.

Nadia aceptó.

Salí de la cabina.

Los pasajeros continuaban sentados, aunque la presencia de seguridad y el silencio de los motores habían transformado la espera.

Algunos me observaban con alivio. Otros con curiosidad.

Varios sostenían teléfonos. Una mujer empezó a aplaudir desde 8A, la misma que había intentado dormir con el antifaz violeta mientras alguien dejaba una amenaza delante de ella.

El aplauso no se extendió de inmediato.

Primero se sumó el hombre de la película de 6A, aunque su asiento estaba ya vacío y él se encontraba de pie junto a la puerta de su suite.

Después otros pasajeros empezaron a hacerlo.

No todos. Algunos parecían demasiado cansados, otros no sabían exactamente qué había ocurrido y unos cuantos miraban hacia mí como si todavía consideraran posible que Samuel tuviera razón.

Me habría gustado que no aplaudieran.

También me habría dolido que nadie lo hiciera.

Avancé por el pasillo sin saber dónde colocar las manos.

Lucía caminaba detrás.

—Podrías sonreír —murmuró.

—No sé qué cara corresponde.

—La de no haber matado a quinientas personas.

—Esa suele ser mi cara habitual.

—Hoy tiene más mérito.

Eva esperó hasta que llegamos a la cocina. Después me abrazó.

No era una mujer que abrazara a la tripulación durante el servicio. Tampoco parecía saber hacerlo sin mantener parte del cuerpo preparado para responder a una llamada. Aun así, me rodeó durante dos segundos completos antes de separarse.

—Has desobedecido casi todas mis órdenes —dijo.

—No todas.

—Las importantes.

—El avión está en tierra.

—Eso dificulta que te sancione ahora mismo.

Lucía se acercó.

—Yo sí puedo abrazarlo sin redactar un informe.

Lo hizo.

El ruido de los aplausos disminuyó detrás, sustituido por preguntas y por las instrucciones de la tripulación para iniciar un desembarque controlado.

Las puertas serían desarmadas una a una.

Los pasajeros bajarían por grupos, identificados y separados para que seguridad pudiera recoger testimonios.

Nadie abandonaría el aeropuerto sin proporcionar sus datos y conservar cualquier grabación realizada durante el vuelo.

Puertas desarmadas.

La frase recorrió los interfonos.

Los indicadores cambiaron.

Una después de otra, las salidas dejaron de estar preparadas para una evacuación inmediata y se convirtieron otra vez en puertas normales, capaces de abrirse sin desplegar nada, sin arrojar a nadie a una pista y sin mantenernos encerrados con los muertos.

Mara apareció desde la cubierta superior.

Tenía sangre seca en una manga y el rostro agotado. Se detuvo delante de mí.

—Alcázar murió antes de que aterrizáramos —dijo.

Asentí.

—Lo sé.

—Damián también. Llorente sigue en 2A.

Tres cuerpos.

Tres hombres que habían subido esperando llegar a Madrid.

Mara miró hacia la cabina.

—¿Lo aterrizaste tú?

—El avión hizo la mayor parte.

—Eso no responde.

—Entonces sí.

La médica cerró los ojos un instante.

—Fernando siempre decía que Samuel conseguía que otros firmaran lo que él había hecho.

—Esta vez había demasiadas cámaras.

—Nunca son demasiadas.

Se alejó para ayudar con el desembarque.

Álex apareció después, acompañado por Claudia. Seguía pálido y llevaba la tira adhesiva sobre la ceja. Al verme, miró hacia la cabina y después hacia las ventanas.

—¿Estamos en Atenas?

—Eso parece.

—Me he perdido bastante.

—Te lo resumiré cuando dejes de ver dos Jeros.

—Ahora solo veo uno.

—Mejor para los dos.

Álex señaló hacia la escalera por la que habían bajado a Samuel.

—¿Ha sido él?

—Él y Alvear. Aún tendrán que demostrar quién hizo cada cosa.

—La botella estaba en mi mochila.

—La pusieron allí para que dejáramos de buscar.

Álex soltó el aire, más aliviado de lo que quiso mostrar.

—Nuria va a matarme igualmente por contar lo nuestro.

—Con suerte, después del interrogatorio.

Los primeros pasajeros empezaron a abandonar el avión.

Lo hicieron despacio, acompañados por agentes y personal médico.

Algunos se volvían para mirar el interior como si esperaran descubrir una explicación visible en los asientos, las cocinas o las escaleras.

Otros solo querían pisar tierra y alejarse.

Nadia permaneció hasta que seguridad aceptó el protocolo de copia para sus grabaciones. Antes de bajar, se acercó.

—Llorente quería que la información llegara a Madrid —dijo.

—Ha llegado a Atenas.

—La información no suele respetar rutas.

—Los pasajeros tampoco.

Nadia miró el lugar donde habían guardado la tarjeta.

—Lo que hay dentro puede hundir a mucha gente.

—También puede salvar a quienes cargaron con la culpa.

—Eso tarda más.

—Pero aterriza.

La frase sonó mejor dentro de mi cabeza.

Ella sonrió.

—Procure no utilizar metáforas aéreas cuando lo entrevisten. Ya tendrán suficientes titulares.

Bajó.

Cuando la mayor parte de primera clase quedó vacía, regresé a 2A.

La puerta permanecía cerrada y señalizada.

Detrás estaba Llorente, el hombre que había iniciado todo al desconfiar de una botella correcta.

No entré. No necesitaba volver a ver el cuerpo.

Me quedé delante unos segundos, pensando que había logrado sacar la tarjeta del avión aunque nunca hubiera llegado a tocarla durante el vuelo.

En la cubierta superior, el cuerpo de Damián esperaba en la zona de descanso. Alcázar permanecía en la cocina delantera, cubierto y custodiado hasta que pudieran retirarlo con dignidad. Tres escenas separadas dentro de un aparato que ya no se movía.

Eva se acercó por detrás.

—Van a tomar nuestra declaración en tierra.

—¿Ahora?

—Ahora, dentro de una hora y durante los próximos meses.

—Bien.

—No ha sonado convincente.

—Todavía no he procesado que exista algo después de esta puerta.

Ella miró hacia la salida abierta.

Al otro lado había una escalera, vehículos, agentes y una pista iluminada. La noche de Atenas era más fría que la de Dubái y el aire entraba en la cabina con olor a combustible, asfalto húmedo y tierra.

—Existe —dijo Eva—. Aunque será bastante menos ordenado.

—¿Voy a perder el trabajo?

—Probablemente te suspendan mientras investigan.

—Eso no responde.

—No puedo responder.

—Samuel dijo que construirían una versión.

—Samuel ya no dirige la versión.

—La compañía puede intentarlo.

—Entonces tendrá que explicar por qué un tripulante de cabina aterrizó uno de sus aviones mientras su primer oficial estaba relacionado con una red criminal.

—Pueden decir que actué de forma imprudente.

—Lo hiciste.

La miré.

—Gracias.

—También era necesario.

Eva empezó a bajar.

Me quedé solo unos segundos junto a la puerta abierta.

El avión estaba casi vacío. Sin pasajeros, sin motores y sin la presión del aire sobre el fuselaje, parecía más pequeño.

Solo un conjunto de asientos, pasillos y compartimentos donde habíamos dejado demasiadas cosas: una botella, dos notas, una camisa, un teléfono, tres cuerpos y versiones suficientes para llenar varios procesos judiciales.

Bajé el primer peldaño.

Después el segundo.

Cuando puse los pies sobre la pista, no escuché turbinas.

Solo sirenas lejanas, voces en varios idiomas y mis propios pasos sobre el asfalto.

La ansiedad intentó entrar por el espacio que había dejado el ruido.

No llegó muy lejos.

Por primera vez, la tierra no me pareció el lugar al que me expulsaban cuando terminaba el vuelo.

Era el lugar al que había conseguido traerlos.