El pasajero de la 3K Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Utilizamos el código de Olmedo porque seguía activo en los terminales antiguos. El hombre llevaba meses cobrando por dejarnos accesos, pero no estaba en Dubái. Yo introduje la transferencia.

—Cállate —dijo Samuel.

—Tú me pediste que el lote no coincidiera para que pareciera un error de catering si alguien lo revisaba.

—Cállate.

—Después moviste la tira numerada.

Samuel tiró de las correas con tanta fuerza que el asiento crujió.

Eva se puso en pie, sin desabrocharse todavía.

—No va a llegar hasta él.

—Está mintiendo.

—Entonces le conviene dejarlo hablar. Cuanto más mienta, más fácil será demostrarlo.

La lógica no calmó a Samuel.

—Yo no ordené matar a Llorente.

Alvear se inclinó hacia delante.

—Dijiste que no podía llegar a Madrid hablando.

—Eso no significa que lo mataras.

—Elegiste el compuesto.

—Te dije que lo durmieras.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

No pertenecía a una pausa en la discusión.

Era una confesión accidental.

Samuel lo entendió al mismo tiempo que nosotros.

Nadia acercó la cámara.

Eva permaneció inmóvil.

Lucía dejó de sonreír.

—¿Querías dormirlo? —pregunté por el interfono.

Samuel miró hacia la cámara.

—Necesitábamos que no pudiera entregar información al aterrizar. Alvear debía administrarle una dosis leve, recuperar el segundo escondite y mantenerlo inconsciente hasta Madrid.

—Mediante una botella que yo llevaría.

—No sabía que te la entregarían a ti.

—Fuiste tú quien me la dio.

—Porque el artículo especial estaba bajo responsabilidad de cabina.

—Lo sacaste de una bolsa y lo pusiste en mis manos.

—No sabía qué había hecho Alvear.

—Preguntaste si había bebido antes de que nadie sospechara que el agua importaba.

Samuel cerró los ojos.

—Quería saber si el plan estaba en marcha.

—El plan de drogar a un pasajero.

—No de matarlo.

La distinción parecía importante para él.

Quizá lo fuera ante un tribunal.

Dentro del avión solo confirmaba que había utilizado a un tripulante, una botella y quinientos pasajeros como piezas de una operación criminal que después intentó presentar como una investigación propia.

Alvear soltó el aire.

—La dosis era la que me diste.

Samuel giró.

—Tú la alteraste.

—Porque Llorente tomaba ansiolíticos. No podíamos saber cuánto resistiría.

—Precisamente por eso te dije que utilizaras menos.

—Querías garantizar que no hablara.

—No que muriera.

Eva se acercó a ambos.

—Se acabó.

No gritó.

La forma seca de pronunciarlo resultó más contundente.

—Todo lo que digan a partir de ahora será delante de seguridad.

El equipo exterior confirmó posición.

Eva desarmó la puerta delantera inferior junto con otro tripulante. Revisó dos veces el indicador. Después autorizó la apertura.

No podía verla directamente desde la cámara de la cabina, pero oí el cambio en el ruido interior, una corriente de aire distinta y varias órdenes pronunciadas desde abajo.

Los primeros agentes entraron sin correr.

Aseguraron la cocina de la cubierta principal, identificaron a la tripulación y comenzaron a subir por la escalera delantera.

Samuel escuchó los pasos.

Por primera vez dejó de mirar la puerta de la cabina.

Miró hacia el corredor por donde llegarían.

—Jero —dijo.

No utilizó el interfono. Elevó la voz y el micrófono exterior la recogió.

—Van a detenerte también.

No respondí.

—Has ocultado una prueba, mentido a control y operado una aeronave sin habilitación.

—Ya me lo has contado.

—La compañía no va a protegerte.

—Tampoco necesito que lo haga ahora.

—Cuando se apaguen las cámaras, cambiarán de versión.

Nadia levantó la suya.

—La mía sigue encendida.

Samuel la miró.

—Una grabación parcial no demuestra nada.

—Demuestra que saliste de la cabina por una tarjeta, que intentaste estrangular a Alvear y que acabas de admitir que querías drogar a Llorente.

—No he admitido eso.

—Lo ha oído medio avión.

Varias puertas de suites estaban abiertas.

Los pasajeros más cercanos habían escuchado.

Otros grababan con sus teléfonos.

La versión ya no pertenecía a una sola voz.

Los agentes aparecieron en la parte superior de la escalera.

Eran seis. Dos se dirigieron hacia Samuel, dos hacia Alvear y los restantes cubrieron el pasillo y la puerta de la cabina. Eva se identificó, explicó dónde se encontraba el arma de Damián y entregó la herramienta utilizada en la escalera trasera.

Alvear no opuso resistencia.

Samuel sí.

No de la forma que habría imaginado. No intentó golpear, escapar ni tomar a nadie como rehén. Se incorporó hasta donde permitían las correas y empezó a dar instrucciones.

—Soy el primer oficial. El comandante ha fallecido. Hay un tripulante no habilitado dentro de la cabina y el avión no está asegurado. Necesitan liberarme para completar el apagado.

Uno de los agentes se detuvo.

La autoridad del uniforme funcionó durante una fracción de segundo más.

—El piloto instructor está guiando el procedimiento desde tierra —respondió Eva—. Samuel Orduña queda bajo custodia por amenaza activa.

—Ella no tiene autoridad para apartarme.

El jefe del equipo miró hacia la cámara.

Control aéreo transmitió directamente por el canal seguro:

—Se confirma que el primer oficial no debe acceder a la cabina. Manténganlo inmovilizado.

La versión oficial llegó desde fuera.

Samuel dejó de hablar.

Los agentes cortaron las correas de los asientos y las sustituyeron por su propio sistema de sujeción.

Registraron a ambos hombres delante de Eva y Nadia.

En la chaqueta de Alvear encontraron el teléfono de Damián, el teléfono apagado de Álex, una placa con su nombre, una mascarilla, dos precintos y la herramienta de acceso utilizada para abrir el panel del baño.

En el pantalón de Samuel encontraron un segundo teléfono.

No era el dispositivo personal registrado por la compañía.

Era pequeño, sin funda y estaba apagado.

Alvear levantó la vista.

—Desde ahí enviaba los mensajes.

Samuel no respondió.

El agente lo guardó dentro de una bolsa de pruebas.

—También comunicó Atenas —añadió Alvear—. Cuando sacaron al comandante, utilizó el enlace de datos y después borró el envío.

—Cállese —ordenó uno de los agentes.

Esta vez obedeció.

Los llevaron hacia la escalera.

Antes de desaparecer, Samuel volvió la cabeza hacia la cámara. No dijo nada. La expresión contenía la misma seguridad con la que había entrado en el ascensor del hotel, bromeado sobre Moriarty y sostenido que el piloto era la única persona capaz de llevar el avión a tierra.

Solo que ahora caminaba escoltado por agentes y el avión ya estaba en tierra sin él.

Alvear pasó detrás.

Nadia mantuvo la cámara hasta que ambos desaparecieron.

Después la bajó.

La cabina quedó en silencio.

Los pasajeros seguían sentados. La tripulación permanecía en posiciones. Eva se acercó a la puerta de mando y apoyó una mano sobre el panel exterior.

—Jero.

Respondí por el interfono.

—Estoy aquí.

—Seguridad ha asegurado a los dos.

—Lo he visto.

—Van a introducir un piloto acompañado por dos agentes. Control te dará la contraseña.

Lamas confirmó el procedimiento.

El piloto que iba a entrar se identificó como Nikos Petrakis, comandante instructor de la compañía asociada que operaba en Atenas y habilitado en el A380.

La cámara mostró su uniforme, su acreditación y a los dos agentes situados detrás.

Recibí la contraseña por radio. Petrakis la repitió por el interfono.

Solo entonces desbloqueé.

La puerta se abrió.

El comandante griego entró despacio, con las manos visibles, como si yo fuera la amenaza que necesitaba tranquilizar. Tenía unos cincuenta años, el pelo gris y una expresión que combinaba concentración con algo parecido al respeto.

—Jerónimo Baeza —dijo en español con acento—. Soy Nikos Petrakis. Voy a sentarme a su izquierda y asegurar el avión. No toque nada hasta que le diga.

Asentí.

Se acomodó en el asiento de Alcázar.

El gesto me produjo un dolor inesperado.

Aquella plaza había permanecido vacía desde que sacamos el cuerpo y, durante el aterrizaje, la ausencia se había convertido en parte del paisaje.

Ver a otro piloto ocuparla confirmó que Mauro no regresaría para terminar las listas ni para decir que había hecho demasiadas preguntas.

Petrakis revisó los sistemas con rapidez contenida. No parecía apresurado, aunque sus manos recorrían los controles con una familiaridad que me recordó todo lo que yo había realizado despacio, repitiendo cada paso y esperando confirmación.

—Ha mantenido una configuración excelente —dijo.

—Lamas me guio.

—Y usted lo escuchó.

Era la misma distinción que había intentado explicar dentro de mi cabeza durante el descenso.

No había pilotado solo.

Tampoco había sido un pasajero.

Petrakis habló con control y ejecutó las acciones necesarias para asegurar la aeronave.

Algunos motores fueron apagándose de forma gradual, sustituidos por otras fuentes de energía.

El ruido descendió por capas. Primero desapareció parte de la vibración, después el tono grave se volvió más lejano y finalmente quedó solo el zumbido de los sistemas eléctricos y la ventilación.

El silencio entró en la cabina.

Mi cuerpo lo reconoció como una amenaza antes que mi cabeza.

El corazón aceleró.

Las manos temblaron de nuevo.

Durante años, el final del ruido había significado hotel, tierra, pensamientos sin fondo y la necesidad de buscar cualquier sonido que ocupara el espacio. Aquella vez, sin embargo, el silencio no indicaba que algo faltara.

Indicaba que los motores podían descansar.

Respiré.

No necesité encender nada.

Petrakis comprobó el freno, terminó la coordinación y miró hacia mí.

—Puede levantarse.

La orden parecía sencilla.

No lo era.

Me había sentado en aquel asiento como un tripulante de cabina atrapado con un sospechoso.

Me levantaba después de haber aterrizado un avión de dos cubiertas, ocultado una tarjeta y acusado al único piloto operativo.

No sabía cuál de esas versiones saldría primero al pasillo ni cuál conservaría cuando todo terminara.

Solté el cinturón.