El pasajero de la 3K Capítulo 22
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Capítulo 22

Puertas desarmadas

Aterrizar no significaba haber terminado.

El avión estaba detenido en mitad de la pista, rodeado por vehículos de emergencia, con los motores todavía funcionando y más de quinientas personas esperando una instrucción que no podía improvisar.

Las luces azules y rojas se reflejaban sobre las ventanillas de la cabina, desplazándose por los instrumentos y por el asiento vacío de Alcázar.

El ruido de las turbinas había descendido hasta un nivel más grave, pero seguía atravesando el suelo, las paredes y el cuerpo, recordándome que la máquina aún no descansaba.

El capitán Lamas continuaba al otro lado de la radio.

—Jero, el aterrizaje ha terminado, pero todavía necesitamos asegurar la aeronave. No toque nada hasta que se lo indiquemos. Los equipos de tierra se acercarán por el exterior y colocarán calzos. Mantenga el freno como está y confirme que la puerta de la cabina sigue bloqueada.

Miré el panel.

—Puerta bloqueada.

En la cámara, Samuel y Alvear permanecían sujetos a los asientos auxiliares.

Eva estaba sentada frente a ellos con el arnés abrochado, aunque ya no existía una turbulencia que justificara aquella posición.

Lucía se encontraba al otro lado del pasillo.

Nadia continuaba grabando desde su suite, limitada por el cinturón y por dos tripulantes que le impedían acercarse más.

Las luces de la cabina se habían encendido por completo y, detrás de las puertas abiertas, aparecían rostros que intentaban comprender por qué el avión permanecía inmóvil en la pista sin permitir que nadie se levantara.

Samuel miraba hacia la cámara.

Ya no parecía un piloto atrapado fuera de su puesto.

Parecía un hombre sentado frente a una puerta que había utilizado durante años como símbolo de autoridad y que ahora se negaba a reconocerlo.

Pulsó el interfono.

—Jero.

No respondí.

—Tenemos que apagar los motores.

Lamas lo oyó a través de la línea abierta.

—No responda —dijo—. Nosotros le guiaremos. Nadie exterior necesita acceder todavía.

Samuel volvió a llamar.

—El avión no puede quedarse así en mitad de la pista. Hay que configurar el sistema eléctrico, asegurar el combustible y completar las listas.

Su voz había recuperado el tono profesional. No pedía entrar para recuperar la tarjeta ni para convencer a los pasajeros de que yo era un aficionado encerrado. Pedía entrar porque un avión de aquel tamaño no podía abandonarse con los motores encendidos y los sistemas en configuración de aterrizaje.

La parte peligrosa era que tenía razón.

No toda.

La suficiente.

—Control está coordinando el procedimiento —respondí por el interfono—. No vas a entrar.

Samuel se inclinó contra las correas.

—Una voz por radio no puede comprobar cada selector.

—Tampoco podía aterrizar el avión y aquí estamos.

Alvear soltó una risa débil.

Samuel giró la cabeza.

—Tú cállate.

—Ya no puedes callar a nadie —respondió el hombre de 6A.

Su voz había perdido la seguridad que mostraba delante de la puerta.

Tenía la camisa abierta, una herida en el labio y el uniforme de Alcázar le colgaba sobre el cuerpo como una piel robada que ya no convencía a nadie.

Aun así, parecía más tranquilo que Samuel.

Quizá porque había comprendido antes que la única posibilidad que le quedaba consistía en hablar más que su cómplice.

—Voy a declarar —dijo, mirando hacia Nadia—. Todo.

—Vas a inventar lo que necesites para reducir tu condena.

—No necesito inventar la pastilla.

Samuel tiró de las correas.

—Tú entraste en la zona de descanso.

—Con tu código.

—Lo memorizaste.

—Me lo enviaste junto con el cambio de guardia.

Eva levantó una mano.

—Ninguno de los dos vuelve a hablar hasta que suba seguridad.

—Él va a construir una versión —dijo Samuel.

—Lleva toda la noche haciéndolo —respondió ella—. Ahora espere su turno.

El primer oficial volvió la vista hacia la cámara.

—Jero, si apagas mal los sistemas puedes dejar el avión sin alimentación y bloquear comunicaciones.

La frase encontró una parte de mí que todavía no había dejado de temer cada selector.

Había conseguido llegar a tierra guiado por instrucciones precisas, pero el aterrizaje contenía una lógica visible: altura, velocidad, pista, respuesta.

Apagar una aeronave comercial era otra secuencia llena de dependencias que desconocía.

Podía interrumpir un sistema demasiado pronto, perder la comunicación con Lamas o dejar sin energía un equipo necesario para la apertura segura de las puertas.

—Está intentando que dude —dijo el instructor—. No necesitamos realizar un apagado completo todavía. Mantendremos la alimentación necesaria hasta que llegue un piloto habilitado acompañado por seguridad. Usted solo efectuará las acciones imprescindibles y todas estarán confirmadas desde tierra.

—Recibido.

Samuel había oído.

—¿Van a meter a otro piloto en la cabina mientras yo estoy fuera? —preguntó.

—Van a meter a alguien que no esté acusado de asesinato —dije.

—No estoy acusado formalmente.

—Podemos preguntar a Eva si quiere hacerlo más oficial.

Ella levantó la mirada hacia la cámara.

—Samuel Orduña, queda apartado de toda función operativa y bajo custodia interna por riesgo para la seguridad del vuelo, manipulación de pruebas y posible participación en tres muertes. ¿Suficientemente oficial?

El primer oficial cerró la boca.

No era una detención judicial. Eva tampoco podía formular cargos. Pero dentro de aquel avión continuaba siendo la máxima responsable de la cabina, y sus palabras acababan de retirar el último resto de autoridad que Samuel intentaba conservar ante la tripulación.

Los vehículos de emergencia se detuvieron alrededor.

Una escalera móvil se acercó a la puerta delantera inferior mientras varios agentes permanecían junto a ella, protegidos por cascos y chalecos.

No llevaban armas visibles en posición de uso, pero su formación se percibía en la distancia que mantenían, en la forma de repartirse los ángulos y en la paciencia con que esperaban que el avión quedara asegurado antes de aproximarse más.

Control aéreo me pidió confirmar el número de personas peligrosas conocidas.

—Dos inmovilizadas fuera de la cabina —respondí—. Samuel Orduña, primer oficial, y Gonzalo Alvear, pasajero de 6A vestido con uniforme de comandante. Alvear utilizó una herramienta metálica para atacar a un agente de seguridad. La herramienta está asegurada por la tripulación.

—¿Existen armas de fuego a bordo?

Pensé en la pistola de Damián.

—El agente llevaba una. La entregó a la jefa de cabina antes de morir. Está custodiada.

Eva levantó la mano en la cámara para confirmar.

—¿Alguna amenaza explosiva o indicio de dispositivos?

—Ninguno conocido.

Samuel se removió.

—Alvear manipuló compartimentos técnicos.

Lo dijo lo bastante alto para que el interfono abierto lo recogiera.

—¿Qué compartimentos? —pregunté.

—El del baño delantero. La zona de descanso. El equipo de catering. No sabes qué más pudo tocar.

Alvear negó.

—No había ningún explosivo.

—Eso dirías.

—El plan necesitaba que el avión llegara a Madrid.

La primera nota.

No cambiar de rumbo.

Llorente no será el último.

El objetivo nunca había sido destruir el aparato. Necesitaban tiempo, acceso a los escondites y un destino donde todavía controlaran parte de la operación. Un accidente habría eliminado la tarjeta, los registros y a cualquiera capaz de entregarlos.

—No existe ninguna amenaza explosiva conocida —repetí a control—. El pasajero Alvear afirma que no colocó dispositivos y que el plan dependía de que el avión llegara a destino.

—Recibido. Los equipos realizarán una inspección exterior y la evacuación se decidirá una vez asegurados los sospechosos. Mantenga a los pasajeros sentados.

La palabra evacuación provocó movimiento fuera. Samuel la había oído. También Eva.

—No abriremos puertas hasta que seguridad esté preparada —dijo ella por el canal interno—. Toda la tripulación mantiene posiciones. Puertas armadas hasta nueva orden.

El anuncio me recordó el comienzo del vuelo.

Habíamos armado aquellas puertas en Dubái cuando todos los pasajeros estaban vivos, la botella seguía cerrada y el mayor problema visible era conseguir que quinientas personas guardaran sus pertenencias.

Ahora el avión estaba en tierra, pero las puertas continuaban preparadas para desplegar los toboganes si alguien las abría de forma incorrecta.

Una puerta armada podía salvar cientos de vidas durante una emergencia.

También podía convertir una apertura precipitada en otra.

Samuel se aferró a esa posibilidad.

—Eva, si seguridad intenta abrir desde fuera con la puerta armada, desplegará el tobogán.

—Lo saben.

—No sabes qué información han recibido.

—La misma que control.

—Jero puede haber transmitido mal.

Ella lo miró.

—Ha aterrizado el avión. Creo que puede explicar el estado de una puerta.

La respuesta produjo algo parecido a una sonrisa en Lucía.

El interfono de la cabina sonó.

Esta vez no procedía de Samuel ni de Eva.

Era una comunicación exterior codificada.

Control confirmó que el jefe del equipo de intervención estaba en posición junto a la puerta delantera inferior.

Eva debía verificar visualmente su identidad mediante una cámara de servicio y recibir una contraseña transmitida por el canal seguro.

Solo después desarmaría la puerta y permitiría la entrada.

El procedimiento llevó varios minutos.

No porque resultara complicado, sino porque cada persona repitió nombres, códigos y posiciones hasta eliminar cualquier duda.

Samuel escuchaba desde su asiento y comprendía que no existiría una apertura improvisada que pudiera aprovechar.

La puerta inferior se abriría lejos de él, con varios tripulantes bloqueando el acceso a la escalera y agentes preparados para subir.

Durante la espera, Alvear volvió a hablar.

—La botella falsa llegó en la bolsa con el logotipo —dijo hacia la cámara de Nadia—. Samuel la cambió por otra lisa antes de entregársela a Baeza.

El primer oficial no reaccionó.