Capítulo 21 #3
El ruido de las turbinas ya no era un fondo que ocultaba pensamientos. Era el sonido de cuatro motores manteniendo en el aire a quinientas personas mientras yo esperaba la orden de asumir lo que el sistema había dejado de hacer.
—Ahora.
Desconecté.
El aviso sonoro fue inmediato.
Cancelé la advertencia como me habían explicado.
Durante el primer segundo no sentí nada distinto. El avión continuó descendiendo con la misma actitud y la pista permaneció inmóvil frente a nosotros.
Después apareció una desviación mínima.
—Corrección muy suave a la derecha —dijo Lamas—. Solo presión. No movimiento amplio.
Apliqué menos fuerza de la que habría utilizado para desplazar una taza.
La pista regresó al centro.
—Ahí. Mantenga.
Mi respiración iba demasiado deprisa.
La aeronave descendía y cada pequeño cambio tardaba una fracción de segundo en traducirse en movimiento. La tentación era corregir antes de ver el efecto, añadir otra orden porque la primera parecía no haber ocurrido. Lamas me obligaba a esperar.
—No persiga la referencia. Déjela venir.
Otra cifra automática.
Las luces laterales de la pista se extendían hacia nosotros. Podía distinguir el asfalto, las marcas blancas y el reflejo de las balizas sobre una superficie ligeramente húmeda.
—Velocidad correcta —dijo Lamas—. Trayectoria correcta.
No miré la cámara, ni a Samuel, ni pensé en la tarjeta.
Solo en mantener las alas, la línea y el descenso.
Una ráfaga empujó el avión ligeramente.
La pista se desplazó.
Corregí demasiado.
—Menos —dijo Lamas—. Suelte presión. Deje que vuelva.
Aflojé.
La masa del avión respondió despacio y con una estabilidad que la avioneta nunca había tenido. No necesitaba que la obligara. Necesitaba que dejara de interferir.
—Bien. Así.
La voz automática anunció una altura menor.
El terreno parecía ascender.
—Mantenga. No levante todavía.
Mis manos querían hacerlo. Toda experiencia anterior decía que el suelo se acercaba demasiado rápido y que debía iniciar la recogida. Pero aquel avión, aquella geometría y aquella altura no se correspondían con nada que mi cuerpo conociera.
Esperé.
—Ahora, suavemente —dijo Lamas.
Elevé apenas el morro.
La pista desapareció parcialmente bajo el panel.
—No más. Mantenga.
El sonido del aire cambió. Los motores continuaban ajustando potencia. La voz automática pronunció otra palabra que había escuchado miles de veces en simuladores y vídeos.
Reduje conforme me indicaron.
El avión flotó.
No mucho.
El tren principal tocó la pista con un impacto profundo que atravesó el asiento, el suelo y mi pecho. No fue delicado. Tampoco brutal. Una serie de vibraciones recorrió la estructura mientras las ruedas empezaban a girar a una velocidad imposible.
Estábamos en tierra.
Todavía no habíamos terminado.
—Mantenga el eje —dijo Lamas—. Deje bajar el morro suavemente.
Lo hice.
El tren delantero tocó.
El avión empezó a frenar mediante los sistemas configurados. El ruido aumentó de forma violenta, mezclando ruedas, aire, motores y cientos de objetos vibrando detrás. La pista corría frente a nosotros a una velocidad que seguía pareciendo de vuelo.
—No abandone el centro. Corrección pequeña.
La aeronave se desvió apenas hacia la izquierda.
Corregí.
Demasiado tarde para dudar, pero a tiempo para hacerlo bien.
La velocidad descendió.
Los vehículos de emergencia se distinguían a ambos lados. Luces azules, rojas y amarillas acompañaban nuestra carrera desde las calles paralelas.
El avión continuó frenando.
Cien nudos.
Menos.
La dirección empezó a responder de forma distinta conforme la velocidad bajaba. Lamas ajustó sus instrucciones. Yo repetía, actuaba y esperaba.
En la cámara exterior, Samuel forcejeaba contra las correas.
No podía alcanzar la puerta.
Alvear permanecía inmóvil, quizá comprendiendo que el avión había aterrizado sin ninguno de los dos.
La pista seguía delante.
La velocidad cayó hasta una cifra que ya no pertenecía al aire.
—Muy bien, Jero —dijo Lamas—. Mantenga recto. No intente abandonar la pista hasta que se lo indiquemos.
El avión redujo todavía más.
Las vibraciones se hicieron lentas.
El ruido de los motores bajó hasta un nivel que nunca había escuchado durante aquella noche.
Finalmente nos detuvimos en mitad de la pista y, durante un segundo, no ocurrió nada: ni instrucciones, ni avisos, ni movimientos.
Solo el zumbido de los sistemas, mi respiración dentro de los auriculares y el reflejo de los vehículos de emergencia acercándose desde ambos lados.
Habíamos aterrizado.
No sentí alivio de inmediato.
Sentí la ausencia del ruido que había sostenido todo el vuelo.
La misma ausencia que me despertaba en los hoteles.
Solo que aquella vez no había nada que temer en el silencio.
Lamas habló por radio.
—Orbe dos uno siete, aeronave detenida. Excelente trabajo. Mantenga la puerta bloqueada y no mueva ningún control. Seguridad está aproximándose.
Apoyé las manos sobre los muslos.
Temblaban.
En la cámara, Eva levantó la vista hacia el objetivo.
Samuel dejó de forcejear.
Alvear cerró los ojos.
Y debajo de las listas del asiento derecho, la tarjeta que había convertido el avión en una escena del crimen acababa de llegar a tierra.