El pasajero de la 3K Capítulo 21 #2
91%

Capítulo 21 #2

—Jero —dijo Lamas—, vamos a continuar con el piloto automático conectado mientras mantenga la guía correctamente.

Más adelante pueden ocurrir dos cosas. El sistema puede conservar capacidad suficiente para realizar la toma, o puede pedirle que asuma el control.

Quiero que se prepare para ambas sin anticiparse.

—Nunca he aterrizado un avión de este tamaño.

—No. Pero ha aterrizado otras aeronaves y comprende qué estamos intentando hacer.

Si necesita asumir, los movimientos serán pequeños.

No intentará corregir cada sensación ni luchar contra el aparato.

Mantendrá la referencia, seguirá mis instrucciones y dejará que los sistemas de potencia continúen trabajando mientras sea posible.

Las palabras eran casi las mismas que Alcázar había utilizado años antes.

No luchar contra el avión.

Conseguir que entendiera lo que necesitábamos.

—¿Qué pasa si no puedo? —pregunté.

Lamas tardó un segundo.

—Todavía podemos interrumpir la aproximación mientras tengamos altura suficiente. Si el sistema se degrada antes del punto de decisión y no se siente preparado, ejecutaremos una maniobra automática de ascenso y volveremos a intentarlo con otro plan.

—¿Y después?

—Después tendremos combustible, tiempo y más información.

No dijo que Samuel tendría otra oportunidad de obligarnos a abrir. Tampoco que una segunda aproximación podía presentar los mismos problemas. Lamas hablaba únicamente de aviación porque era la parte que podía controlar.

—¿Cuál es el punto de decisión?

—Se lo indicaré. Hasta entonces, no tiene que decidir nada.

La pista ocupaba ya una parte importante de las ventanillas.

Las luces de aproximación parecían ascender hacia nosotros mientras el avión descendía.

Las superficies de las alas habían extendido su geometría de aterrizaje y el ruido del aire era ahora más fuerte que el de los motores.

La cabina emitía avisos y confirmaciones esperados.

Cada uno llegaba precedido por la explicación de Lamas, salvo el primero de los automáticos de altura.

Una voz sintética anunció una cifra.

Me sobresaltó a pesar de saber que ocurriría.

—Esperado —dijo Lamas—. Continúe supervisando.

Respiré.

Otra cifra.

La pista seguía alineada.

El sistema lateral mantenía el centro.

La guía vertical descendía correctamente.

No necesitaba tocar nada.

Durante varios segundos creí que el aterrizaje automático, aunque degradado, completaría al menos la toma. La aeronave parecía saber exactamente dónde estaba, qué pista tenía delante y cómo debía llegar hasta ella. La tensión dentro de mis hombros empezó a aflojarse.

Entonces sonó otro aviso.

La indicación de capacidad descendió de nuevo.

Esta vez desapareció cualquier referencia a aterrizaje automático.

Lamas habló antes de que pudiera hacerlo.

—Lo tenemos. Mantenga la calma. La guía de aproximación continúa, pero la toma automática ya no está disponible.

—¿Interrumpimos?

—Todavía podemos. La pista está a la vista, la aeronave permanece estable y las condiciones son favorables. La decisión es suya.

La decisión era mía, no del comandante fallecido, del primer oficial atado fuera, de la compañía ni del controlador.

Mía.

Podíamos ascender, alejarnos y comprar tiempo.

Samuel utilizaría ese tiempo para seguir convenciendo a los pasajeros y a la tripulación de que solo él podía terminar el vuelo.

Quizá intentaría liberarse. Quizá Alvear encontraría otra forma de actuar.

Tendríamos combustible, pero también dos hombres peligrosos fuera de la cabina y ninguna garantía de que el sistema recuperara capacidad en un segundo intento.

Podíamos continuar.

Eso significaba asumir el control antes de la toma y aterrizar manualmente un aparato que pesaba cientos de toneladas, guiado por una voz que no podía mover la palanca por mí.

—Jero —dijo Lamas—, no decida por lo que ocurre detrás. Decida por la situación del avión. La aproximación está estabilizada, la pista es visible y el viento es moderado. Si continúa, le acompañaremos. Si interrumpe, también.

Miré las luces.

No necesitaba demostrar que podía aterrizar.

Aquella era otra trampa, distinta de la de Samuel.

La idea de convertirme por fin en piloto comercial durante una emergencia podía ser tan peligrosa como el miedo a no serlo.

No debía continuar para cumplir un sueño, vengarme de quien sí había obtenido la licencia ni demostrar que mi ojo defectuoso nunca importó.

Debía continuar únicamente si el avión estaba donde debía, con la velocidad correcta, la pista alineada y una posibilidad razonable de terminar.

Lo estaba.

—Continuamos —dije.

—Confirmado. A partir de ahora siga únicamente mis instrucciones. Coloque las manos donde le he indicado, pero no desconecte todavía.

Lo hice.

La palanca lateral parecía más pequeña de lo que había imaginado y, al mismo tiempo, capaz de mover todo el mundo. La sostuve sin ejercer presión. La otra mano permaneció cerca de los controles de potencia, aunque el sistema todavía los gestionaba.

La voz automática anunció otra altura.

Lamas confirmó que todo seguía estable.

—Cuando desconecte, el avión conservará la actitud actual. No tire. No empuje. Mantenga las referencias y realice solo las correcciones que le pida.

—Entendido.

—Prepárese.

La palabra abrió un espacio vacío dentro de mí.