Capítulo 21
La altura de decisión
El mensaje ocupaba una sola línea en la pantalla.
No era rojo. No ordenaba abandonar la aproximación ni anunciaba que el avión hubiera dejado de responder. Su color ámbar sugería algo más incómodo: todavía podíamos continuar, pero una de las certezas sobre las que habíamos construido el aterrizaje acababa de desaparecer.
Leí el texto exactamente como había pedido el capitán Lamas.
—Capacidad de aterrizaje automático degradada.
Samuel sonreía al otro lado de la puerta.
No era una sonrisa amplia ni triunfal. Apenas una contracción en una esquina de la boca, el gesto de quien acaba de oír confirmada una información que los demás todavía están intentando comprender.
—Orbe dos uno siete, no toque nada —respondió Lamas—. La aproximación continúa estable. Confirme los dos pilotos automáticos conectados y lea la indicación de capacidad que aparece en la parte superior de la pantalla.
Lo hice.
Ambos sistemas continuaban activos. La aeronave seguía descendiendo sobre la guía de la aproximación, alineada con la pista, pero la indicación que unos segundos antes prometía un aterrizaje completamente automático había cambiado a un nivel inferior.
—Recibido —dijo el instructor—. El avión puede mantener la aproximación, pero ya no garantiza completar automáticamente todas las fases hasta detenerse. Estamos revisando el origen de la degradación.
—¿Tengo que desconectar?
—No. Mantenga exactamente la configuración actual. Con la visibilidad disponible podemos continuar y tomar una decisión más adelante. Nadie le pedirá que haga nada sin explicárselo antes.
Más adelante.
La pista crecía frente a las ventanillas, rodeada por una ciudad que ya no parecía una línea luminosa sino una extensión real de edificios, carreteras y vehículos. Cada segundo nos acercaba a una altura en la que más adelante dejaría de ser un concepto tranquilizador.
Miré la cámara exterior.
Samuel continuaba sentado en el suelo, junto a Alvear, con las muñecas sujetas delante del cuerpo.
Eva se había colocado entre ambos y la puerta.
Lucía vigilaba las correas mientras Nadia mantenía la cámara levantada.
El primer oficial no podía ver las pantallas, pero había reconocido el aviso por el sonido.
Pulsé el interfono.
—¿Por qué has sonreído?
Eva levantó la cabeza hacia la cámara. Samuel también.
—No he sonreído.
—Sabías que ocurriría.
—Sé qué significa el aviso.
—Lamas también y no parece divertido.
Samuel se acercó cuanto le permitían las correas.
—El aterrizaje automático completo depende de varios sistemas redundantes. Si uno se degrada, la capacidad baja.
—Eso puede leerlo cualquiera en un manual.
—Tú los lees.
—Tú volaste este avión antes.
Su expresión cambió apenas.
—Muchos pilotos lo han volado.
—¿Había aparecido este fallo?
No respondió.
Eva se inclinó hacia él.
—Samuel.
—Hubo una indicación intermitente en el vuelo anterior —admitió—. Desapareció después de reiniciar el sistema.
—¿La notificaste? —pregunté.
—No volvió a aparecer.
—Eso no responde.
—El procedimiento no exigía dejar el avión en tierra por una indicación que había desaparecido.
—¿La notificaste?
Samuel miró hacia Nadia y su cámara.
—La anoté para comunicarla al finalizar la rotación.
Alvear soltó una risa ronca.
—No anotaste nada.
Samuel giró hacia él.
—Tú no estabas en cabina.
—Me dijiste que este avión era perfecto porque el automático podía fallar.
La frase produjo un silencio que ni siquiera el ruido de los motores consiguió llenar.
Eva miró a Samuel.
—¿Qué ha dicho?
—Está intentando salvarse.
—¿Te lo dijo o no? —preguntó Nadia.
Alvear levantó las manos sujetas.
—Necesitaba que el aterrizaje dependiera de él. Si algo salía mal antes, seguía siendo el único imprescindible. El comandante no sabía que la avería había aparecido.
—Mientes —dijo Samuel.
—Tú elegiste esta rotación cuando cambiaste con otro primer oficial.
El dato encajó con demasiada facilidad. Samuel había aparecido en la reunión del hotel como parte natural de la tripulación. Nadie había explicado que no debía operar originalmente aquel vuelo.
—¿Cambiaste el turno? —pregunté.
Samuel no respondió.
—Figura en el sistema —dijo Eva—. Podremos comprobarlo.
—Lo cambié por un asunto personal del otro piloto.
—Y terminaste en el avión donde viajaba Llorente —dije.
—Sabía que viajaba. Ya lo he admitido.
—También sabías que existía un fallo capaz de convertirte en la única persona que podía aterrizar.
—No sabía que se repetiría.
Alvear volvió a reír.
—Esperabas que lo hiciera.
Corté el interfono.
No necesitaba escuchar otra versión mientras el avión seguía descendiendo.
La sonrisa de Samuel ya había respondido mejor que cualquiera de sus explicaciones.
Quizá no hubiera provocado la avería. Quizá ni siquiera pudiera hacerlo.
Pero sabía que existía, la había ocultado y había construido parte de su seguridad sobre la posibilidad de que apareciera cuando más lo necesitáramos.
El capitán Lamas regresó por radio.
—Jero, operaciones confirma que hubo una indicación semejante en el sector anterior, pero no quedó registrada en el parte técnico definitivo. Estamos revisando los datos. Lo importante ahora es que el sistema mantiene correctamente la guía lateral y vertical.
—Samuel lo sabía.
—Control y seguridad se ocuparán de eso. Usted se ocupará de la pista.
La forma en que separó ambas cosas me devolvió al siguiente paso.
La pista era lo único que importaba: no Samuel, ni la tarjeta, ni lo que ocurriría después.
—Confirme tren de aterrizaje todavía arriba —dijo Lamas.
Lo confirmé.
La aeronave se acercaba a la fase donde el perfil exterior debía cambiar: ruedas, superficies de las alas, mayor resistencia y un ruido distinto alrededor del fuselaje.
Lamas me explicó cada acción antes de pedirme que la realizara.
No nombraba posibilidades innecesarias ni describía lo que sucedería si me equivocaba.
Me decía qué debía localizar, qué indicación esperar y cuándo retirar la mano.
La primera configuración de las alas produjo un cambio leve en la vibración.
La segunda hizo que los motores corrigieran potencia.
Cuando bajamos el tren, un ruido profundo recorrió la estructura bajo mis pies, seguido por golpes amortiguados que habrían parecido alarmantes si Lamas no me hubiera advertido que llegarían. En la pantalla aparecieron las confirmaciones esperadas.
—Tren abajo y bloqueado —leí.
—Correcto. El avión está configurándose bien.
Fuera, las luces de Atenas se extendían hasta los bordes de las ventanillas. La pista ya no parecía estrecha, aunque sí demasiado cercana. Podía distinguir las luces blancas de aproximación, las laterales y los destellos de los vehículos de emergencia alineados junto a una calle de rodaje.
—Quedan pasajeros sin asegurar —dijo Eva por el interfono.
La miré en la cámara.
Varias puertas de suites seguían abiertas. Nadia continuaba de pie con la cámara y dos pasajeros observaban desde el límite de ejecutiva.
—Tienes que sentarlos —respondí.
—Samuel y Alvear necesitan vigilancia.
—Atadlos a los asientos de tripulación.
—No puedo dejarlos juntos.
—Separadlos.
Eva asintió.
La vi organizar el movimiento con una rapidez que no permitía discutir.
Dos tripulantes llevaron a Alvear hacia un asiento auxiliar de la cocina, sujetaron su cintura y aseguraron las muñecas.
Samuel fue colocado en otro, al lado contrario del pasillo.
Protestó, pero dejó de hacerlo cuando comprendió que cada palabra quedaba registrada por Nadia.
—Todos a posiciones —ordenó Eva—. Preparación de cabina para aterrizaje inmediato.
Su voz se difundió por ambas cubiertas.
Esta vez los pasajeros obedecieron.
No porque la situación estuviera clara, sino porque la pista era ya visible desde algunas ventanillas y el cambio en el ruido del avión anunciaba que las discusiones debían esperar.
Las puertas se cerraron, los cinturones se ajustaron y las pantallas se apagaron.
Lucía entró un momento en el campo de la cámara y levantó otra vez el pulgar antes de dirigirse a su asiento.
Eva permaneció frente a la puerta unos segundos más.
—Jero.
—Sí.
—La cabina está asegurada.
—Ocupa tu posición.
—La tarjeta sigue contigo.
No era una pregunta.
—Sí.
Samuel levantó la cabeza desde el asiento donde lo habían inmovilizado.
Había oído.
—¿La tienes dentro? —gritó.
Eva no le respondió.
—¡Jero! ¡No aterrices con ella en cabina! ¡Si ocurre algo, desaparecerá con el avión!
El intento era distinto. Ya no pedía que se la entregara por seguridad ni porque él fuera el piloto. Intentaba que temiera destruir la única prueba si el aterrizaje fallaba.
—Eva —dije—, si no abro después de detenernos, seguridad entrará y la encontrará bajo las listas del asiento derecho.
Ella miró hacia la cámara.
—Recibido.
Samuel también oyó la ubicación.
Comprendí el error en cuanto pronuncié las palabras.
Se inclinó contra las correas, midiendo la distancia hasta la puerta y la posibilidad de liberarse durante el aterrizaje. Eva debió de pensar lo mismo, porque ordenó a otro tripulante que reforzara la sujeción.
—No va a entrar —dijo.
—Ocupa tu asiento.
Esta vez obedeció.
La zona exterior quedó vacía salvo por Samuel y Alvear inmovilizados en extremos opuestos. La cámara mostraba una parte de ambos. El falso piloto miraba hacia el suelo. Samuel continuaba observando la puerta.
El capitán Lamas me pidió confirmar la configuración final.
Leí cada indicación.
La aproximación seguía estable.
El sistema automático degradado continuaba guiando el avión, aunque ya no podía confiarse en que completara el aterrizaje y la carrera sobre la pista sin intervención. Las condiciones meteorológicas eran buenas, la pista estaba completamente visible y el viento no exigía una corrección compleja.
Todo aquello convertía la maniobra en posible.
No en sencilla.