El pasajero de la 3K Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

—Todos los tripulantes de la cubierta principal, diríjanse a la parte delantera. El pasajero de 6A representa una amenaza activa y la persona dentro de la cabina se niega a abrir.

Varias respuestas llegaron desde abajo. Confusas, incompletas. Algunos tripulantes no conocían la investigación ni habían visto las pruebas. Solo sabían que el comandante había sido sacado inconsciente y que el primer oficial pedía acceso a su puesto.

Eva tomó el canal.

—Se anula la instrucción. Todo el personal permanece en sus posiciones. Orden de la jefa de cabina. El acceso al puesto de pilotaje está restringido por control aéreo.

—No tienes autoridad sobre operaciones de vuelo —dijo Samuel.

—Y usted no tiene autoridad sobre la cabina mientras esté bajo investigación por tres muertes.

La palabra tres recorrió las comunicaciones internas.

Las respuestas cesaron.

Samuel miró a Eva como si acabara de cruzar un límite que ambos habían evitado hasta entonces. Ella había pronunciado la acusación ante toda la tripulación. Ya no podía retirarse después ni fingir que solo existía una confusión.

Nadia seguía grabando.

—Tenemos su versión —dijo—. También la de Alvear. Todo se enviará al aterrizar.

Samuel la miró.

—La tarjeta no demostrará que maté a nadie.

—No necesita demostrarlo todo. Solo que mintió.

La frase de Nadia pareció afectarlo más que la amenaza de prisión. Quizá porque llevaba años construyendo una versión en la que cada mentira podía explicarse como parte de una investigación propia, una operación encubierta o un intento por proteger el vuelo.

Las mentiras aisladas eran discutibles.

Juntas formaban una biografía.

El avión continuó descendiendo.

A través de la ventanilla apareció la primera referencia exterior: un conjunto de luces lejanas junto a la costa, pequeñas y dispersas, suspendidas bajo nosotros. Atenas no era todavía una ciudad, solo una línea luminosa que demostraba que debajo había tierra.

Me quedé mirándola un segundo más de lo necesario.

—Jero —dijo Lamas—, mantenga la atención en los instrumentos. Tendrá tiempo de mirar fuera durante la fase final.

—Recibido.

—La aproximación está armada correctamente. En breve el avión interceptará la guía. No realice ninguna corrección manual.

Samuel volvió a pulsar el interfono.

Esta vez habló sin autoridad ni amabilidad.

—Si aterrizas con la tarjeta dentro de la cabina, seguridad la encontrará antes que tú puedas explicar por qué la ocultaste.

No respondí.

—Has mentido a Eva, a Alcázar y a control. Has manipulado una prueba. Cuando se abra esa puerta, no serás el héroe. Serás el tripulante que se encerró con un objeto robado y apartó al piloto.

La tarjeta estaba debajo de las listas.

La había escondido.

Había mentido.

Todo podía narrarse como él decía.

La diferencia era que Samuel no sabía que las conversaciones con control estaban grabadas, que Lucía y Eva conocían el hallazgo ni que Nadia había filmado parte de sus decisiones.

Aun así, podía bastar una investigación lenta, una compañía preocupada por su reputación y un piloto respetado para transformar las dudas en una versión conveniente.

—No importa —dije.

Esta vez pulsé el interfono para que me oyera.

Samuel se acercó.

—¿Qué?

—No importa lo que digas de mí después.

—Debería.

—Me importa que el avión aterrice. Lo demás puede esperar.

—¿Estás dispuesto a perder tu trabajo?

Pensé en las noches de hotel, la ansiedad en tierra, el ruido que faltaba al despertar y los años en que había aceptado que estar cerca de una cabina era lo máximo que conseguiría.

Perder el uniforme me aterraba. No por la compañía, sino porque el avión era el único lugar donde mi cabeza parecía dejar de buscar salidas.

Pero Damián había perdido la vida.

Alcázar también.

Llorente había intentado llegar a Madrid con una tarjeta y había muerto porque todos protegieron demasiado tiempo sus propias posiciones.

—Sí —respondí.

La palabra me sorprendió por su sencillez.

Samuel también pareció sorprendido.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sé que no voy a abrir.

Corté el interfono.

El avión interceptó la aproximación.

Los indicadores cambiaron conforme Lamas había explicado y la aeronave ajustó suavemente su trayectoria.

La costa se acercaba. Las luces se extendieron bajo el morro y, a lo lejos, apareció una línea recta de puntos blancos que todavía podía ser una carretera, una pista o algo que mi deseo estaba convirtiendo demasiado pronto en tierra segura.

—Configuración correcta —dijo Lamas—. Va muy bien. Ahora empezaremos a preparar el avión por etapas. No se adelante.

Fuera, Eva ordenó a Samuel que se sentara junto a Alvear.

Él se negó.

Los dos tripulantes se acercaron para inmovilizarlo.

Samuel levantó las manos, aparentando rendirse. Esperó hasta que uno estuvo lo bastante cerca y lo empujó contra Lucía. En el mismo movimiento giró, apartó a Eva y alcanzó el teclado.

Introdujo otra vez el código.

La cuenta atrás apareció.

Rechacé el acceso.

Samuel volvió a introducirlo.

Lo rechacé.

Eva consiguió agarrarlo por la cintura. Samuel se apoyó contra la puerta y utilizó el peso para mantenerla lejos. Lucía recuperó el equilibrio y tiró de uno de sus brazos. Los pasajeros observaban desde las suites, algunos grabando con sus teléfonos, otros paralizados.

El tercer intento comenzó.

Esta vez Samuel mantuvo el dedo sobre el teclado, preparado para repetir en cuanto lo rechazara.

—No puedo estar pendiente de esto durante la aproximación —dije.

—Existe un bloqueo prolongado —respondió Lamas—. Control le indicará cómo activarlo cuando la aeronave esté estabilizada en la siguiente altitud. De momento rechace la solicitud.

Lo hice.

Control me guio hasta la función correspondiente sin entrar en detalles innecesarios. Confirmé la activación. El panel exterior dejó de aceptar nuevas secuencias durante el intervalo de seguridad.

Samuel golpeó la puerta.

El sonido llegó amortiguado.

Después volvió a golpear.

No consiguió nada.

Eva, Lucía y los otros tripulantes terminaron reduciéndolo. Utilizaron correas de extensión y lo sentaron contra la pared, a poca distancia de Alvear. Los dos hombres quedaron inmovilizados con uniformes de piloto distintos y la misma expresión de odio.

Alvear giró la cabeza hacia él.

—Al final ninguno viajaba delante —dijo—. Solo corríamos detrás de lo mismo.

Samuel no respondió.

Nadia se acercó lo suficiente para grabar ambos rostros.

Eva miró hacia la cámara y levantó una mano.

Pulgar arriba.

La señal habría resultado ridícula en cualquier otra situación. Allí fue lo más parecido a saber que no estaba completamente solo.

La voz de control anunció que el avión quedaba establecido en la aproximación final.

El capitán Lamas habló despacio.

—Jero, a partir de ahora habrá más actividad y algunos avisos de configuración. Todos serán esperados. No interprete ningún sonido como una emergencia si no se lo confirmamos. Seguiremos juntos hasta que el avión se detenga.

—Entendido.

—La pista empezará a ser visible delante. No intente volar mirando solo fuera. Mantenga la supervisión de los instrumentos y repita cada indicación.

Las luces que había confundido con una carretera se alinearon mejor.

Ahora sí.

La pista.

Lejana, estrecha y rodeada por la oscuridad, parecía demasiado pequeña para recibir un avión de dos cubiertas.

Las luces de aproximación formaban una línea que avanzaba hacia nosotros, mientras la ciudad se extendía a ambos lados y varios vehículos de emergencia esperaban junto a las calles de rodaje.

El tren de aterrizaje todavía no estaba abajo, los flaps seguían en una configuración intermedia y quedaban acciones por realizar. La voz de Lamas continuaba guiándome con una secuencia que ya se había convertido en mi único horizonte: localizar, confirmar, esperar y actuar.

El avión respondió a cada entrada con una precisión que contrastaba con todo lo ocurrido detrás. Los motores modificaron potencia. La resistencia aumentó. El morro ajustó su ángulo y el sonido del flujo de aire se volvió más profundo alrededor del fuselaje.

Samuel permanecía en el suelo frente a la puerta.

Samuel no podía entrar, Alvear tampoco y la tarjeta seguía oculta mientras Atenas crecía delante. Entonces apareció un aviso en la pantalla. No era rojo.

Tampoco uno de los mensajes que Lamas me había dicho que esperara.

Leí las palabras dos veces antes de transmitirlas.

—Capitán, aparece una degradación del sistema automático.

Hubo un silencio breve en la frecuencia.

Lamas respondió con la misma calma, pero su voz había perdido una capa de tranquilidad.

—Orbe dos uno siete, lea exactamente el mensaje y no toque nada.

Lo hice.

Al otro lado de la puerta, Samuel levantó la cabeza.

Había reconocido el sonido.

Y sonrió por primera vez desde que el avión empezó a descender.