Capítulo 20 #2
No era una risa alegre ni estable. Tenía las manos sujetas, el labio herido y acababa de comprender que todas las versiones dependían de quién hablara más alto.
—Diles lo de la botella —gritó—. Diles quién se la dio a Llorente.
Samuel dejó el teléfono y fue hacia él.
Eva se interpuso.
—No se acerque.
—Ese hombre ha matado a un agente.
—Y llegará vivo a tierra.
—Puede estar fingiendo estar reducido.
—Tiene cuatro personas alrededor.
—También tenía a Damián delante.
Alvear levantó la cara hacia Samuel.
—No quieres que llegue vivo porque puedo explicar la pastilla.
El primer oficial dio un paso.
Lucía y otro tripulante aumentaron la tensión de las correas.
—¿Qué pastilla? —preguntó Nadia.
Alvear miró directamente a su cámara.
—Samuel la preparó antes de salir de Dubái. Sabía que Alcázar desviaría si había una segunda víctima.
—Cállate —dijo Samuel.
—La guardó en su propio blíster porque nadie registraría a un piloto.
—Fuiste tú quien accedió a la zona de descanso.
—Con el código que me diste.
Los pasajeros más cercanos escuchaban.
Samuel volvió hacia el teléfono de megafonía, pero Eva lo desconectó desde el panel. El primer oficial pulsó varias teclas sin conseguir recuperar la línea.
—La megafonía queda bajo mi control —dijo ella.
—Está poniendo en peligro el avión.
—El avión está descendiendo.
La frase hizo que Samuel levantara la vista.
A través de la cámara no podía ver los instrumentos, pero conocía la hora, la posición y la distancia. Sabía que el sistema habría iniciado el descenso y que cada minuto reducía el tiempo disponible para obligarme a abrir.
Volvió al interfono de la puerta.
—Jero.
No respondí.
—Sé que me escuchas. Dentro de pocos minutos tendrás que configurar la aproximación. Hay cientos de modos, restricciones y comprobaciones que no conoces. Una voz por radio no puede ver lo que tú estás viendo ni corregir un error a tiempo.
El capitán Lamas lo oyó.
—No responda —dijo—. Estamos recibiendo datos del avión a través de operaciones y control. No vemos cada pantalla exactamente como usted, pero sabemos qué configuración debería mostrar. Usted la confirmará en voz alta.
Samuel continuó.
—El autoland no significa pulsar un botón y esperar. Si una señal falla, si el viento cambia o si el sistema se degrada, tendrás que reaccionar. No podrás hacerlo.
Era cierto.
Podían fallar cosas.
Lamas no me había prometido que la automatización resolviera cualquier problema. Solo que las condiciones actuales permitían intentarlo y que el avión estaba diseñado para realizar gran parte de la aproximación.
Samuel no necesitaba crear una imposibilidad.
Le bastaba con recordarme todas las que todavía podían aparecer.
Miré la pantalla principal.
No había avisos.
La altitud descendía conforme a lo previsto.
La ruta seguía activa.
—Orbe dos uno siete —dijo control—, descienda al nuevo nivel autorizado.
Repetí la cifra.
Lamas me guio.
Introduje el valor y confirmé la respuesta.
El avión continuó bajando.
Nada falló.
Samuel golpeó la puerta.
—Jero, abre ahora y nadie tendrá por qué saber que has mentido a control.
Aquella frase encontró un lugar distinto.
No hablaba del aterrizaje. Hablaba de después.
De la investigación, la compañía y la posibilidad de que mi decisión se interpretara como una insubordinación.
Había declarado una emergencia, acusado a un piloto sin una sentencia y ocupado un asiento para el que no estaba habilitado.
Aunque consiguiéramos aterrizar, podrían decir que había aumentado el peligro.
Samuel podía presentarse como el profesional apartado por un tripulante obsesionado.
Quien controlara la historia al llegar podía convertir el valor en imprudencia con la misma facilidad con que había convertido un asesinato en un fallo cardíaco.
—La comunicación está grabada —dijo Lamas, como si hubiera leído el pensamiento—. Las instrucciones de control también. Mantener la puerta cerrada es una orden operacional y de seguridad. No está actuando por su cuenta.
Respiré.
—Recibido.
—Y, Jero, no piense todavía en la investigación. Piense en la siguiente confirmación.
La siguiente confirmación. No Madrid, ni la cárcel, ni si volvería a trabajar: la siguiente cifra, el siguiente selector y la siguiente respuesta.
En la cámara, Nadia seguía grabando. Los pasajeros cercanos empezaron a retirarse después de que Eva los amenazara con inmovilizarlos si no regresaban a sus asientos.
El uniforme de Samuel aún ejercía autoridad, pero la cámara de la periodista, las acusaciones de Alvear y la puerta cerrada habían abierto grietas en su versión.
Entonces Samuel cambió de estrategia.
Dejó de discutir.
Se quitó la chaqueta, la dobló con cuidado y la colocó sobre una superficie de la cocina. Después se retiró la corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa. El gesto parecía demostrar que renunciaba a cualquier intento de imponerse por el uniforme.
Se acercó al interfono.
—Jero, Alcázar confiaba en ti.
No respondí.
—Te dejó dentro porque sabía que podías ayudarme, no sustituirme.
La frase era más peligrosa que las anteriores porque utilizaba algo que yo deseaba creer.
Alcázar había hablado conmigo en el suelo.
Había recordado el simulador, había dicho que sabía suficiente y que no debía quedarme quieto.
Pero nunca me había ordenado ocupar el asiento solo ni mantener al primer oficial fuera.
También había dicho: Si él sale…
Y había mirado a Samuel con miedo.
—Mauro sabía que yo había investigado la red —continuó Samuel—. Sabía que Alvear intentaría implicarme si la operación fallaba. Por eso me mantuvo en cabina incluso después de la primera muerte.
—Porque necesitaba dos pilotos —dije, sin activar el interfono.
Samuel no podía oírme.
—Si me considerara culpable, me habría apartado. No lo hizo.
Hasta que tomó la pastilla.
Hasta que ordenó el desvío.
Hasta que murió.
Samuel apoyó la frente contra la puerta.
—No te conviertas en la razón por la que este avión no llega a tierra.
La frase habría funcionado una hora antes.
Quizá diez minutos antes.
Ahora ya no dependíamos únicamente de él.
—Jero —dijo Lamas—, vamos a preparar la aproximación. Quiero que localice la página que le hemos descrito y lea la pista seleccionada. No confirme todavía.
Seguí la instrucción.
El sistema mostraba la pista asignada, la aproximación cargada y varios datos que control aéreo había proporcionado. Los leí con cuidado.
Lamas confirmó.
Después comprobamos la frecuencia automática, la altitud prevista y la disponibilidad de los sistemas.
No tuve que introducir largas secuencias ni recordar códigos.
La mayor parte ya había sido preparada mediante el enlace de la compañía y las entradas realizadas por Samuel antes de salir.
Mi trabajo consistía en verificar que lo mostrado coincidiera con lo esperado.
Uno de los indicadores no lo hacía.
—Solo aparece un piloto automático conectado —dije.
Lamas tardó una fracción de segundo.
—Recibido. Para la aproximación automática necesitaremos el segundo sistema. No haga nada todavía. Confirme que el otro aparece disponible, sin aviso de fallo.
Lo comprobé.
—Disponible. Sin fallo.
—Perfecto. Cuando se lo indique, conectará el segundo piloto automático mediante el mando que tiene identificado. No toque ningún otro.
La mano me tembló al acercarse.
Esperé.
—Ahora.
Pulsé.
El segundo indicador se encendió.
Durante un instante no ocurrió nada más. Después el sistema mostró la configuración prevista.
—Ambos conectados —dije.
—Confirmado por operaciones. Muy bien.
Samuel había dejado solo uno activo antes de abandonar la cabina.
Podía ser normal durante el crucero. También podía haber esperado regresar antes de la aproximación y conectar el segundo él mismo. No constituía sabotaje.
Pero, si no hubiera sabido dónde mirar, la aproximación automática no habría quedado completamente preparada.
—Él sabía que necesitaría dos —dije.
—Por supuesto —respondió Lamas—. También nosotros. Ya está resuelto.
Su manera de reducir el descubrimiento a un estado corregido me ayudó más que cualquier promesa. El problema había existido. Lo habíamos identificado. Ahora ya no existía.
Detrás de la puerta, Samuel oyó el cambio de tono del sistema.
Conocía los sonidos de la cabina incluso desde fuera.
Volvió al teclado e introdujo la secuencia de acceso de emergencia.
El panel mostró la solicitud y comenzó la cuenta atrás.
—Está intentando entrar —informé.
—Rechace el acceso —ordenó control—. Puerta bloqueada.
Pulsé la denegación.
La cuenta desapareció.
Samuel lo intentó otra vez.
Volví a rechazarlo.
A la tercera, Eva agarró su mano y lo apartó del teclado. Samuel se soltó con brusquedad. No la golpeó, pero el movimiento la hizo chocar contra la pared.
Lucía avanzó.
Dos pasajeros volvieron a levantarse.
Alvear gritó desde el suelo:
—¡No quiere aterrizar! ¡Quiere recuperar la tarjeta antes!
Samuel giró hacia él.
—Tú no sabes lo que quiero.
—Te conozco desde hace quince años.
—Me utilizaste.
—Nos utilizamos.
La frase dejó de distinguir entre informante, cómplice y responsable.
Samuel se acercó a Alvear.
Eva se interpuso otra vez.
—Si lo toca, lo inmovilizamos también.
—Soy el único piloto del avión.
—Ya no está pilotando.
Samuel levantó la vista hacia la cámara.
Por primera vez vi miedo.
No el miedo a que el avión no pudiera aterrizar. El miedo a que pudiera hacerlo sin él.
Toda su posición dependía de ser necesario.
Mientras creyéramos que solo Samuel podía llevarnos a tierra, sus conexiones con la botella, Alvear y las pastillas podían esperar.
El avión era su rehén aunque no necesitara amenazar con derribarlo.
Bastaba con recordarnos que ningún otro estaba cualificado para salvarlo.
Cada minuto de descenso destruía una parte de aquella protección.
Samuel volvió a coger el teléfono de megafonía, pero Eva había bloqueado la línea general. Utilizó el canal interno de la tripulación.