El pasajero de la 3K Capítulo 20
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Capítulo 20

La voz de a bordo

El descenso no se parecía a volar.

Se parecía a seguir una voz por una habitación a oscuras mientras intentaba no tocar ningún mueble.

El capitán instructor Lamas permanecía conectado a través de control aéreo y convertía cada acción en una secuencia sencilla: localizar una indicación, leerla en voz alta, esperar su confirmación y solo entonces modificar lo que me pedía.

Nunca daba dos instrucciones seguidas. No suponía que hubiera entendido por el hecho de que utilizara las palabras adecuadas ni permitía que mi impaciencia adelantara un paso.

El avión descendía mediante sus sistemas automáticos, siguiendo la ruta preparada hacia Atenas, mientras yo vigilaba que las cifras cambiaran de la forma esperada y evitaba cualquier gesto nacido del miedo.

Había pasado años imaginando qué sentiría si algún día volvía a ocupar un asiento de piloto.

No había imaginado que lo fundamental consistiría en mantener las manos quietas.

—Orbe dos uno siete —dijo Lamas—, confirme que la velocidad continúa gestionada y que no presenta ningún aviso nuevo.

Comprobé la pantalla.

—Velocidad gestionada. Sin avisos nuevos.

—Perfecto, Jero. Dentro de unos minutos recibirá una nueva altitud. La repetirá, la introducirá cuando se lo indiquemos y verificará que el avión inicia el descenso. Nada más.

Nada más.

Detrás de la puerta, Samuel discutía con Eva.

No podía escuchar todas las palabras desde los auriculares, pero la cámara mostraba suficiente.

El primer oficial permanecía frente al panel de acceso, Eva se interponía entre él y la puerta, y Lucía vigilaba a Alvear con la ayuda de dos tripulantes.

El falso comandante estaba sentado en el suelo, con las muñecas sujetas mediante correas, la chaqueta abierta y una de las charreteras colgando del hombro.

Nadia continuaba varios metros más atrás, grabando con su cámara a pesar de que Eva le había ordenado regresar a la suite.

Samuel levantó la cabeza hacia el objetivo.

Pulsó el interfono.

No respondí.

Llamó dos veces.

La clave que habíamos acordado.

No respondí tampoco.

Vi cómo su expresión cambiaba al comprender que la contraseña solo había servido para sacarlo de la cabina. Se volvió hacia Eva, señaló la puerta y habló con mayor dureza. Ella negó. Samuel insistió. Eva volvió a negar, manteniendo el cuerpo entre él y el teclado.

El capitán Lamas continuaba explicando la siguiente fase.

Intenté escuchar únicamente su voz.

La radio de control transmitió una nueva autorización. La repetí, confirmé la cifra y llevé los dedos hacia el selector correspondiente. Esperé.

—Ahora —dijo Lamas.

Introduje el valor.

El sistema lo aceptó y el avión aumentó ligeramente el régimen de descenso.

Los motores redujeron potencia; el sonido grave cambió y el morro bajó unos grados que mi cuerpo apenas percibió.

En la pantalla de navegación, Atenas se encontraba delante y el mar bajo nosotros no era más que una superficie negra sin referencias.

—Muy bien —dijo el instructor—. No haga nada más. Estamos preparando la aproximación automática. Las condiciones meteorológicas están dentro de los márgenes y el aeropuerto ha activado todos los servicios de emergencia.

Dentro de los márgenes.

Me aferré a la frase.

No prometía que fuera fácil ni que aterrizaríamos sin problemas. Solo decía que el viento, la visibilidad y el estado de la pista no añadían una imposibilidad técnica a las que ya llevábamos dentro.

En la cámara, Samuel dejó de discutir con Eva.

Se alejó.

Durante un instante pensé que había aceptado permanecer fuera. Después lo vi entrar en la cocina delantera y dirigirse al teléfono de megafonía.

Eva comprendió lo que pretendía y fue detrás, aunque llegó tarde.

La voz de Samuel apareció en toda la cabina.

También dentro de la cabina de mando.

—Señoras y señores, les habla Samuel Orduña, primer oficial del vuelo. Permanezcan sentados, mantengan los cinturones abrochados y no se acerquen a los pasillos. Estamos gestionando una situación de seguridad en la cabina de mando.

Utilizaba el tono con el que había dado la bienvenida antes del despegue. Sereno, firme y ligeramente más grave de lo habitual, la voz de alguien acostumbrado a que quinientas personas interpretaran cualquier frase suya como una versión oficial de la realidad.

—El comandante ha sufrido una emergencia médica grave —continuó— y un miembro de la tripulación de cabina se encuentra actualmente dentro del puesto de pilotaje. Esa persona no está habilitada para operar este avión y se niega a permitir el acceso del único piloto cualificado disponible.

No pronunció mi nombre.

Todavía.

Las puertas de las suites empezaron a abrirse en la cámara.

Pasajeros que hasta entonces habían obedecido las instrucciones se inclinaron hacia los pasillos.

En la cubierta principal ocurriría lo mismo.

Algunos podían haber visto cómo sacaban a Alcázar durante la reanimación.

Ahora descubrían que quien hablaba no estaba en los mandos.

Samuel dejó una pausa calculada.

—El avión permanece estable gracias al piloto automático. Sin embargo, tendremos que iniciar en breve una aproximación y un aterrizaje que requieren la presencia de un piloto habilitado. Les pedimos que mantengan la calma mientras la jefa de cabina resuelve la situación.

Eva intentó quitarle el teléfono.

Samuel levantó una mano para mantenerla a distancia y continuó.

—Nadie debe intentar intervenir. La persona dentro de la cabina está sometida a una presión extrema y puede no comprender la gravedad de sus decisiones.

Aquello era lo más eficaz.

No me presentó como un secuestrador, un asesino ni un hombre armado. Me presentó como alguien asustado que se había convencido de poder hacer algo para lo que no estaba preparado.

Era casi toda la verdad.

La mentira se encontraba en la parte que había omitido: por qué el piloto cualificado permanecía fuera y qué había ocurrido con los otros tres hombres.

—Jero —dijo el capitán Lamas por radio—, ignore la megafonía. Control ha escuchado la transmisión. La instrucción sigue siendo mantener la puerta bloqueada.

—Recibido.

Mi voz salió demasiado baja.

—Repítalo.

Comprendí que no me pedía repetir por protocolo. Quería que me oyera decirlo con claridad.

—Mantendré la puerta bloqueada.

—Correcto. El avión está estable. Nosotros conocemos la situación y los servicios de tierra también. La persona que está fuera no tiene autoridad sobre la puerta mientras exista una amenaza de seguridad.

Samuel soltó el teléfono de megafonía.

Las llamadas de pasajeros empezaron a encenderse en el panel de cabina que alcanzaba a ver desde mi asiento. Una, cuatro, nueve. En pocos segundos se extendieron por ambas cubiertas como luces de una ciudad observada desde arriba.

Eva tomó el teléfono.

—Señoras y señores, les habla Eva Roldán, jefa de cabina.

Permanezcan sentados. La aeronave se encuentra bajo control y en comunicación directa con control aéreo y con pilotos de la compañía.

El acceso a la cabina de mando continuará restringido por motivos de seguridad.

No se levanten ni se acerquen a la parte delantera.

Su voz no poseía el peso simbólico de la de Samuel.

Para los pasajeros, un piloto seguía siendo la persona que llevaba el avión.

Una jefa de cabina servía bebidas, atendía emergencias y pronunciaba instrucciones que debían obedecerse porque el piloto las respaldaba.

Cuando ambos ofrecían versiones opuestas, el uniforme con cuatro o tres barras ganaba antes de que nadie analizara los hechos.

En la cámara, un hombre salió de 5A y se acercó a Eva. Otro pasajero apareció desde ejecutiva. Los dos preguntaban algo y señalaban la puerta. Eva ordenó que regresaran. No obedecieron inmediatamente.

Samuel utilizó la duda.

—El hombre que está dentro se llama Jerónimo Baeza —dijo, levantando otra vez el teléfono—.

Es tripulante de cabina. Posee una licencia privada para aeronaves ligeras, pero no una habilitación comercial ni formación oficial para este modelo.

El comandante nunca le entregó el control consciente del vuelo.

Cerré los dedos sobre los muslos.

Cada palabra era cierta por separado.

Juntas construían una versión en la que yo había aprovechado la muerte de Alcázar para encerrarme dentro de la cabina y jugar a ser el piloto que nunca conseguí ser.

La vergüenza llegó antes que el miedo.

Imaginé lo que veían desde fuera. Jero, el tripulante tímido que hablaba poco y miraba demasiado hacia la cabina.

El hombre que coleccionaba manuales, corregía a los pilotos en silencio y llevaba una licencia que ya no le servía para la carrera que había deseado.

Había insistido en participar en la investigación, acusado a Samuel y terminado ocupando su asiento.

No era difícil convertir mi historia en la historia de una obsesión.

—Está intentando que los pasajeros fuercen la puerta —dije.

—La puerta no puede ser forzada por ellos —respondió Lamas—. El riesgo es la presión sobre su tripulación y cualquier intento de acceso autorizado. No desbloquee bajo ninguna circunstancia.

—Eva puede no contenerlos.

—Los servicios de seguridad abordarán el avión al detenerse. Usted solo necesita mantener la puerta cerrada hasta entonces.

Solo.

Otra palabra con una idea demasiado grande detrás.

Nadia apareció junto a Samuel y levantó la cámara.

—He grabado cómo abandonaba la cabina —dijo. El micrófono exterior no transmitía bien, pero pude leer parte de sus labios—. Salió para buscar la tarjeta.

Samuel intentó apartar el objetivo.

Nadia retrocedió.

—También tengo su conversación con Alvear.

Varios pasajeros la miraron.

Samuel respondió algo que no escuché. Nadia elevó la voz.

—El comandante murió después de tomar una pastilla de su medicación.

La frase atravesó la cabina como una corriente distinta a las turbulencias.

Los dos pasajeros que se acercaban a Eva se detuvieron. Uno miró a Samuel. El otro regresó unos pasos, sin sentarse todavía.

Alvear empezó a reír desde el suelo.