El pasajero de la 3K Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Corté el interfono.

El instructor empezó a explicarme cómo preparar el descenso sin activarlo todavía.

No se trataba de volar manualmente, sino de comprobar datos, confirmar una ruta, seleccionar valores y permitir que los sistemas hicieran el trabajo para el que habían sido diseñados.

Cada indicación incluía una pausa, una verificación y una pregunta. Yo repetía antes de actuar.

No había heroicidad en aquello.

Había obediencia cuidadosa.

La clase de obediencia que siempre había confundido con falta de valor hasta comprender que, en una emergencia, hacer exactamente lo necesario podía exigir más coraje que improvisar.

En la cámara, Samuel hablaba con Eva. Alvear permanecía junto a la escalera.

Lucía se había movido hacia un panel lateral, todavía con la bandeja contra el cuerpo.

Detrás empezaban a aparecer pasajeros, atraídos por las voces y por la presencia de dos pilotos enfrentados frente a una cabina cerrada.

Eva les ordenó regresar.

Alvear utilizó la distracción.

Agarró a Samuel por el hombro y tiró de él hacia la escalera.

El primer oficial perdió el equilibrio, chocó contra el pasamanos y consiguió sujetar la muñeca que sostenía la herramienta.

Ambos quedaron trabados durante unos segundos, uno intentando recuperar la distancia y el otro acercar la punta al cuello.

Eva avanzó.

—¡Atrás! —gritó Samuel.

No sabía si se lo decía a ella o a Alvear.

Lucía levantó la bandeja y golpeó la mano del supervisor. La herramienta cayó al suelo. Eva la empujó con el pie hacia la pared, lejos de ambos.

Alvear soltó a Samuel y giró hacia Lucía.

El primer oficial lo golpeó en el abdomen. No fue un movimiento defensivo improvisado, sino un impacto seco, dirigido, que dejó a Alvear sin aire. Después lo empujó contra el panel y le rodeó el cuello con el antebrazo.

—Samuel —dijo Eva—. Suéltalo.

No obedeció.

Alvear forcejeó, arañó la manga del uniforme y trató de encontrar apoyo. Samuel aumentó la presión. La cara del hombre empezó a oscurecerse.

—¡Suéltalo! —repitió Eva.

Samuel miró hacia la cámara.

No estaba intentando inmovilizar a un atacante.

Estaba silenciando al único cómplice capaz de declarar contra él.

Pulsé el interfono.

—Si lo matas, no abriré la puerta aunque seas el último piloto vivo.

Samuel aflojó apenas.

—Ha matado a Damián.

—Y tú a Alcázar.

—No.

—Entonces deja que llegue vivo a tierra y lo demuestre.

Alvear respiró de manera convulsa. Eva consiguió introducir una mano entre ambos y Samuel terminó soltándolo.

Lucía recogió la herramienta con una servilleta y la guardó dentro de un compartimento cerrado.

Dos tripulantes aparecieron desde ejecutiva y ayudaron a reducir al supervisor, sujetándole los brazos con correas de extensión de cinturones.

Samuel permaneció frente a la puerta.

—Abre ahora.

—No.

—Alvear está inmovilizado.

—Tú no.

—Soy el primer oficial.

—También eres el hombre que recibió la botella falsa, conocía el segundo escondite, envió mensajes desde cabina y tenía la pastilla que mató al comandante.

—Nada de eso está demostrado.

—Por eso seguirás fuera hasta que lo esté.

Samuel acercó el rostro a la cámara.

—No puedes aterrizar este avión.

El instructor hablaba por radio al mismo tiempo.

—Jero, estamos listos para iniciar el descenso cuando reciba la autorización de control. El sistema está correctamente configurado. Ha hecho todo bien hasta ahora.

Miré al hombre detrás de la puerta.

Durante años había representado todo lo que yo creía haber perdido: el uniforme, la habilitación, el asiento, la capacidad de atravesar una cabina con la seguridad de quien pertenece a ella.

Samuel tenía la vista perfecta, la carrera correcta y miles de horas de vuelo.

Había recibido todas las oportunidades que mi ojo nunca me permitió alcanzar.

Y las había utilizado para transportar mercancía ilegal, encubrir muertes y convertir a otras personas en herramientas.

La licencia no lo había hecho responsable.

Solo le había dado acceso.

—No necesito aterrizarlo solo —le dije—. Necesito escuchar a quienes saben y no abrirte la puerta.

Samuel golpeó el panel con la palma.

La puerta no se movió.

Control aéreo autorizó el descenso.

Repetí la instrucción, confirmé el nivel asignado y llevé la mano hacia el selector indicado. Antes de tocarlo, esperé la confirmación del instructor. Mi dedo temblaba, aunque no tanto como en el hotel cuando el silencio me impedía dormir.

—Ahora —dijo la voz.

Introduje la altitud.

El sistema aceptó el dato.

Activé el descenso.

Los motores redujeron potencia y el tono grave de las turbinas empezó a cambiar. El morro descendió apenas, lo suficiente para que mi cuerpo percibiera una inclinación que los pasajeros quizá no notarían todavía. En la pantalla, la cifra de altitud comenzó a disminuir.

Samuel seguía frente a la cámara.

Alvear estaba sujeto en el suelo.

Eva levantó la vista hacia mí, aunque solo podía ver el objetivo oscuro.

El avión empezó a bajar hacia Atenas.

Y el asiento izquierdo continuaba vacío.