Capítulo 19 #2
Samuel me la había entregado personalmente dentro de la cabina.
—¿Qué había en el agua? —pregunté.
Alvear señaló al piloto.
—Pregúntale a él. Eligió algo que pareciera una parada cardíaca porque conocía el historial de Llorente.
Samuel miró hacia la cámara.
—No sabía que estaba contaminada.
—La llevaste durante media hora junto a tu asiento y preguntaste cinco veces si había bebido.
—Porque la tarjeta podía estar en el tapón.
—No en el de la falsa.
Samuel dejó de hablar.
Alvear se volvió ligeramente, intentando mantenerlo a la vista mientras continuaba dirigiéndose a mí.
—El plan era recuperar la original antes del despegue, sacar la tarjeta y dejar que Llorente llegara a Madrid creyendo que todo seguía intacto. Cuando el compartimento apareció vacío, Samuel decidió que había cambiado el escondite. Ya no podía permitir que hablara.
—Fuiste tú quien preparó el veneno —dijo Samuel.
—Por orden tuya.
—No existe ninguna orden.
—Está en el teléfono de Mena.
La grabación.
La frase sobre la botella y el segundo escondite.
—¿Por qué mataste a Damián? —pregunté.
Alvear apretó la mano dentro de la chaqueta.
—Porque encontró el libro.
—Damián escondió la tarjeta allí.
—Después de quitársela a Llorente.
—¿Cuándo?
—En el hotel. El sobre no llevaba un número de teléfono. Llevaba la tarjeta.
Aquello explicaba por qué el tapón y la caja estaban vacíos.
Llorente había cambiado el método antes de subir, quizá porque sospechaba que el circuito de la botella estaba comprometido.
Damián había recibido el objeto, lo había ocultado en mi libro durante el vuelo y había mantenido la ficción de que seguía buscándolo para descubrir quién se movía.
—Damián fingió no tenerla —dije.
—Quería ver quién reaccionaba al tapón vacío —respondió Alvear—. Me hizo creer que Llorente había utilizado un segundo escondite.
—Y tú seguiste sus movimientos hasta mi bolsa.
—No sabía que la había metido allí hasta que te lo dijo.
—Entonces estabas escuchando.
—Robé el teléfono de Álex cuando salió de la cocina. Lo dejé oculto cerca del interfono, con una llamada abierta hacia otro dispositivo, y utilicé el micrófono para escucharos. Después lo recuperé y lo apagué.
El dispositivo desaparecido había sido un oído dentro de la cubierta superior. Mientras nosotros interrogábamos, registrábamos el maletín y hablábamos de la tarjeta, Alvear escuchaba desde otro aparato los fragmentos que captaba el teléfono oculto.
—¿Las notas también eran tuyas?
—Las físicas, sí.
—¿Y los mensajes del teléfono desechable?
Alvear miró a Samuel.
—Él los enviaba desde cabina.
Samuel descendió el último peldaño.
—No te acerques más.
Alvear sacó la mano de la chaqueta.
Sostenía una herramienta estrecha, de mango negro y punta metálica. No era un arma diseñada como tal, pero podía explicar la herida de Damián. La mantuvo junto al cuerpo, sin apuntar todavía a nadie.
Eva retrocedió un paso.
—Déjala en el suelo —ordenó.
—Quiero la tarjeta.
—No la tenemos.
—Baeza sí.
Me observó directamente a través de la cámara.
La tarjeta seguía oculta bajo las listas de comprobación, a menos de medio metro.
—Registraste el libro —dije—. Estaba vacío.
—Llegaste después y encontraste algo.
—Encontré el lomo.
—Y dejaste de buscar.
Samuel señaló la herramienta.
—Gonzalo, se acabó.
—Para ti quizá.
—No vas a salir de Atenas.
—Tú tampoco.
—Si el avión no aterriza, ninguno sale.
Alvear sonrió.
—Por eso vas a abrir la puerta.
La lógica de ambos dependía de lo mismo: mi miedo a quedarme solo en la cabina.
Samuel necesitaba que creyera imposible aterrizar sin él.
Alvear necesitaba que aceptara su entrada porque solo el primer oficial podía salvarnos.
Mientras compartiéramos aquella certeza, cualquiera de los dos podía utilizar a quinientas personas como argumento.
La radio llamó de nuevo.
—Orbe dos uno siete, tenemos al comandante instructor en enlace. Confirme que puede escucharnos con claridad.
La voz que apareció después era española, masculina y serena. Se identificó como capitán instructor de la compañía, habilitado en el modelo. No recuerdo su nombre la primera vez. Mi cabeza lo convirtió inmediatamente en una función: alguien que sabía qué debía tocar y, sobre todo, qué no.
—Jero, vamos a mantener el avión exactamente como está durante unos minutos —dijo—. No necesitamos correr. Quiero que me confirme tres indicaciones de la pantalla principal.
Las leí.
—Perfecto. El avión está estable y responde correctamente. Nadie necesita entrar en cabina ahora. Mantenga la puerta bloqueada.
Samuel escuchaba a través del interfono abierto.
—Dile que no estás habilitado —dijo.
Pulsé la comunicación exterior.
—Ya lo sabe.
—No puede guiarte en un aterrizaje completo por radio.
La voz del instructor regresó por los auriculares.
—Podemos preparar una aproximación automática y acompañarle durante todo el procedimiento. Necesitaremos tiempo, disciplina y que no modifique nada sin confirmación. ¿Comprendido?
—Comprendido.
Samuel oyó la respuesta.
Algo se quebró en su expresión. No miedo todavía, sino la pérdida de la certeza sobre la que había construido su control. Ya no era el único camino hacia tierra.
Alvear también lo comprendió.
—No van a conseguirlo —dijo.
—Eso espero que penséis —respondí—. Así podréis seguir discutiendo mientras nosotros lo intentamos.