Capítulo 19
El asiento vacío
La pregunta de control aéreo seguía esperando una respuesta correcta.
—Orbe dos uno siete, confirme número de pilotos disponibles.
Yo había dicho uno.
Era la cifra que describía lo que el controlador necesitaba escuchar y no lo que realmente había dentro de la cabina.
Había una persona ocupando el asiento derecho, una licencia privada guardada sobre la consola y suficientes horas de simulador para reconocer los sistemas principales sin confundirlos con decoración.
No había ningún piloto habilitado para aquel aparato.
Samuel se encontraba fuera, Alcázar acababa de morir y el hombre sentado ante los mandos era un tripulante de cabina que, hasta esa noche, había utilizado su formación para detectar movimientos extraños durante el despegue y corregir mentalmente películas donde los aviones hacían cosas imposibles.
La voz regresó por los auriculares.
—Orbe dos uno siete, confirme.
Podía mantener la mentira unos minutos. Samuel había dicho que volvería antes del descenso y, si todo terminaba fuera como él esperaba, nadie necesitaría saber quién había respondido durante su ausencia.
Sin embargo, la persona que acababa de abandonar la cabina podía ser responsable de tres muertes y yo había ayudado deliberadamente a sacarla.
Ocultar mi verdadera situación ya no protegía el vuelo.
Solo protegía la apariencia de que alguien seguía controlándolo.
Pulsé la transmisión.
—Atenas Control, Orbe dos uno siete. Corrijo información.
El comandante está incapacitado y ha fallecido.
El primer oficial se encuentra fuera de la cabina por una amenaza de seguridad.
En los mandos hay un tripulante de cabina con licencia de piloto privado.
Piloto automático conectado. Solicito asistencia inmediata.
El silencio duró menos de tres segundos.
Pareció mucho más.
—Orbe dos uno siete, confirme que ningún piloto habilitado está actualmente en la cabina.
Miré el asiento izquierdo vacío.
La taza de Alcázar seguía en el portavasos.
El café se había enfriado sin que nadie lo retirara y el termo con sus iniciales permanecía cerrado detrás.
El blíster plateado estaba guardado dentro de una bolsa que Mara se había llevado al trasladarlo.
Todo lo demás continuaba en su sitio, como si el comandante hubiera salido momentáneamente al baño y pudiera regresar para preguntar por qué ocupaba yo el asiento de Samuel.
—Confirmo. Ningún piloto habilitado en cabina.
Esta vez el silencio fue distinto. No pertenecía a una radio en espera, sino a varias personas empezando a trabajar al otro lado.
—Orbe dos uno siete, declare emergencia.
—Mayday, mayday, mayday. Orbe dos uno siete.
Comandante incapacitado y fallecido, primer oficial fuera de cabina debido a amenaza de seguridad.
Quinientos seis pasajeros al despegue, tres fallecidos confirmados.
Tripulante de cabina con licencia privada en asiento derecho.
Piloto automático conectado. Solicitamos prioridad y asistencia para aterrizaje en Atenas.
Pronunciar las palabras transformó la situación.
Hasta entonces habíamos mantenido la muerte, las amenazas y la investigación dentro del avión, administrándolas como un problema doméstico que podía ocultarse detrás de cortinas, puertas cerradas y explicaciones médicas.
La declaración de emergencia las lanzó fuera.
Control aéreo, el aeropuerto, la compañía y los servicios de seguridad empezarían a preparar una llegada que ya no podía reducirse a un pasajero enfermo.
—Orbe dos uno siete, mayday recibido. Mantenga nivel y rumbo actual. No modifique ningún sistema salvo que se le indique. Confirme piloto automático y control de velocidad conectados.
Localicé las indicaciones.
—Piloto automático conectado. Velocidad gestionada.
—Confirme combustible remanente si dispone del dato.
Lo leí en la pantalla correspondiente y lo transmití. Mi voz sonaba más firme de lo que me sentía. Quizá fuera el efecto de los auriculares, que devolvían una versión limpia de las palabras y eliminaban el temblor de la respiración.
—Orbe dos uno siete, mantenga puerta de cabina bloqueada. No permita el acceso a ninguna persona hasta nueva instrucción. Estamos coordinando asistencia con operaciones de su compañía y un piloto instructor habilitado. Avise inmediatamente ante cualquier cambio en los sistemas o intento de acceso.
Miré la cámara exterior.
Samuel y Alvear ya no estaban juntos al pie de la escalera.
Eva permanecía delante de la puerta, de espaldas al objetivo, mientras Lucía se encontraba varios metros más atrás.
Alvear había retrocedido hacia la escalera superior y Samuel hablaba con él desde el primer peldaño.
Ambos llevaban uniforme de piloto. Solo uno tenía derecho a utilizarlo, aunque aquel detalle había dejado de servir para decidir cuál era más peligroso.
El interfono sonó dos veces.
La clave de Samuel.
Dos llamadas.
No respondí.
Volvió a marcar.
—Jero —dijo su voz—. Abre.
La orden llegó sin rastro del tono negociador que había utilizado antes de salir.
—Control aéreo ha ordenado mantener la puerta bloqueada.
—Control no sabe lo que ocurre aquí fuera.
—Sabe que el comandante ha muerto y que el primer oficial está implicado en una amenaza de seguridad.
—¿Implicado?
—Es una palabra bastante amplia.
—Alvear tiene un arma.
Miré la cámara. No veía ninguna pistola ni cuchillo. El supuesto comandante mantenía una mano dentro de la chaqueta y la otra sobre el pasamanos. Eva había aumentado la distancia.
—¿Qué arma?
—Una herramienta metálica. La misma con la que golpeó a Mena.
La lesión estrecha detrás de la oreja.
—Que la deje en el suelo.
—No está negociando contigo. Quiere la tarjeta.
—La tarjeta no estaba en el libro.
—Entonces abre y ayúdame a reducirlo.
—Eva y Lucía están fuera.
—No están entrenadas.
—Tú tampoco estás entrenado para detener asesinos.
Samuel guardó silencio durante un instante.
—Estoy entrenado para aterrizar el avión.
—Y has salido voluntariamente.
—Porque me hiciste creer que la tarjeta estaba arriba.
—Tú decidiste que importaba más que permanecer en cabina.
La acusación lo alcanzó. No respondió inmediatamente porque no existía ninguna explicación inocente capaz de borrar aquella elección. El único piloto operativo había abandonado los mandos para recuperar una prueba.
—Abre —repitió—. Discutiremos después.
—No.
Corté la comunicación.
Mis manos habían empezado a sudar. Las apoyé sobre los muslos, lejos de los mandos, y respiré siguiendo el ritmo grave de las turbinas.
El sonido continuaba allí, igual que durante el despegue, pero la tranquilidad que siempre me había ofrecido ya no procedía de sentirme protegido dentro de una máquina.
Procedía de comprenderla lo suficiente para saber que aún no estaba cayendo.
El avión mantenía la altitud.
La ruta hacia Atenas seguía activa.
El piloto automático no necesitaba valor, confianza ni una licencia comercial. Necesitaba energía, datos correctos y que nadie hiciera nada estúpido.
Mi función consistía en evitar ser esa persona.
La radio volvió a activarse.
—Orbe dos uno siete, tenemos en coordinación a un comandante instructor de su compañía. Mantenga frecuencia. Antes necesitamos confirmar su nombre completo y experiencia de vuelo.
Transmití mis datos, el tipo de licencia y las horas aproximadas.
Reconocer en voz alta la modestia de mi experiencia resultó más difícil que declarar tres muertos.
Había volado avionetas monomotor. Había practicado procedimientos instrumentales.
Había utilizado simuladores de reactores comerciales sin una habilitación oficial y había pasado años estudiando sistemas que jamás esperaba tocar.
Nada de aquello me convertía en piloto de A380.
Pero me convertía en alguien capaz de entender una instrucción.
—Recibido, señor Baeza. No realice ninguna entrada en el plan de vuelo. El avión se encuentra estable y dispone de margen suficiente. Le proporcionaremos instrucciones paso a paso. Confirme que puede ver la altitud seleccionada y la página activa de navegación.
Las confirmé.
Mientras hablaba, observé un movimiento en la cámara.
Alvear había descendido un peldaño.
Samuel alzó una mano para detenerlo. Eva se desplazó hacia un lado, intentando mantener libre la puerta. Lucía seguía detrás, sujetando algo contra el cuerpo que podía ser una bandeja o el lomo vacío dentro de la bolsa.
Alvear pulsó el interfono.
Respondí sin desbloquear.
—Jero —dijo—, Samuel te está utilizando.
—Eso empieza a ser una afición colectiva.
—La pastilla de Alcázar era suya.
Samuel se volvió hacia él.
—Cállate.
—La cambió en la zona de descanso antes del vuelo.
—Alvear —dijo Samuel—, no sigas.
El hombre de 6A sonrió detrás de la mascarilla.
Se la retiró y dejó ver por primera vez el rostro que hasta entonces habíamos observado como pasajero, testigo y nombre dentro de los archivos.
Sin la expresión cordial utilizada al hablar de la hoja de periódico, parecía otra persona.
Los ojos estaban hundidos por el cansancio y una pequeña herida le atravesaba el labio inferior, quizá producida durante el forcejeo con Damián.
—Él sabía que Alcázar desviaría —continuó—. Lo conocía desde hacía veinte años. Sabía que denunciaría la botella y entregaría la tarjeta en el primer aeropuerto seguro.
—Tú no sabías que la tarjeta estaba en el avión —respondió Samuel.
—Me dijiste que la buscara.
—Te dije que confirmaras el método.
—Me diste el número de la botella.
—Porque Llorente te lo había enviado antes.
Alvear miró hacia la cámara.
—Samuel organizó la sustitución. Yo conseguí la botella falsa y la identificación de Olmedo. Él retiró la original de la caja cuando Álex y Nuria salieron de la cocina.
El primer oficial subió otro peldaño.
—La retiraste tú.
—Yo la llevé al frigorífico. Tú moviste el número.
—Estás mintiendo.
—Tú le diste la falsa a Baeza.
Aquella parte no podía negarla.