El pasajero de la 3K Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—La hizo desde un número desechable.

—Como el teléfono que encontramos en la litera.

Samuel apartó la vista.

Todo lo que decía podía contener una parte cierta. Alvear podía haber actuado por su cuenta al descubrir que el tapón estaba vacío. Samuel podía haber intentado infiltrarse en la red. Podía incluso haber querido salvar a Llorente antes de que la operación escapara a su control.

Pero Alcázar había tomado una pastilla colocada dentro de su blíster después de ordenar el desvío.

Damián había sido empujado justo cuando recibió un mensaje desde un dispositivo al que Alvear accedía.

Y Samuel era el único de los tres que seguía en el lugar desde el que podía controlar cuánto tiempo teníamos.

—¿Qué había en la tableta? —pregunté.

—No lo sé.

—Alcázar te señaló.

—Estaba intoxicado.

—Dijo que cambiarías el rumbo.

—Y lo he cambiado hacia Atenas.

—Después de que muriera.

Samuel levantó una mano hacia el panel de navegación.

—El avión va a Atenas. Estoy intentando aterrizarlo. Si quisiera continuar hasta Madrid, podría haber ignorado la autorización.

—Con Eva, Mara y quinientos pasajeros sabiendo que Alcázar había ordenado el desvío.

—Siempre tienes una respuesta.

—Llevo toda la vida preparándolas y pronunciándolas demasiado tarde.

Alvear se apartó de la puerta.

En la cámara vimos a Eva acercarse varios pasos, hablando con él. Lucía permanecía a un lado. Nadia seguía observando desde más atrás. Alvear levantó ambas manos, quizá para demostrar que no llevaba ningún arma visible.

Después señaló hacia la parte superior.

La cocina donde estaba el lomo.

Samuel siguió el gesto.

—Va a buscarlo.

—Eva no lo dejará.

—No puede impedirlo sin arriesgar a los pasajeros.

—Entonces que lo acompañe.

—Y si encuentra la tarjeta, la tomará como rehén.

—Una tarjeta no puede ser rehén.

—Tú sabes a qué me refiero.

El primer oficial tomó una decisión.

Ajustó el rumbo, verificó el piloto automático, revisó combustible, frecuencias y altitud.

Después abrió una página de comunicaciones y transmitió a control que necesitaba atender una incidencia en cabina durante unos minutos, manteniendo la aeronave en modo automático.

No explicó que iba a abandonar la cabina ni que el único hombre sentado a su lado poseía una licencia que no lo habilitaba para aquel aparato.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Voy a recuperar el lomo antes que Alvear.

—No puedes salir.

—El avión está estable, la ruta activa y faltan más de veinte minutos para el descenso.

—Yo no puedo sustituirte.

—No vas a sustituirme. Vas a vigilar.

—Alcázar acaba de morir después de confiar en que volverías.

La frase lo detuvo.

No durante mucho.

Samuel se desabrochó el cinturón.

—Escúchame. No toques los mandos, no modifiques la altitud y responde a control si llaman diciendo que el piloto está atendiendo una incidencia. Volveré en dos minutos.

—Eso dijo Damián antes de irse.

—Damián no sabía con quién iba a encontrarse.

—Tú sí.

Samuel se puso en pie.

—Precisamente.

—Si sales, la puerta se cerrará detrás.

—Conozco el código.

—También Alvear.

—Bloquea cualquier solicitud salvo la mía.

—¿Cómo distinguirla?

—Llamaré dos veces por interfono antes de introducirla.

Podía tratarse de una clave improvisada o acordada con Alvear. Ya no existía ninguna forma de saberlo.

—Eva no te dejará pasar —dije.

—Eva quiere que el avión aterrice. Me dejará.

—¿Y si el lomo está vacío?

Samuel se inclinó hacia mí.

—Entonces regresaré y seguiremos hacia Atenas.

—¿Y si contiene la tarjeta?

—La guardaré aquí.

—No.

Su expresión cambió.

—No estás en posición de decidirlo.

—Mientras estés fuera, sí.

La puerta volvió a recibir una llamada. Esta vez procedía de Eva.

Samuel respondió.

—Cabina.

—Alvear se dirige hacia la escalera superior —dijo ella—. Afirma que la tarjeta continúa en el libro y que puede demostrarlo. Necesitamos instrucciones.

Samuel me miró.

Yo mantuve la expresión inmóvil.

La mentira estaba funcionando mejor de lo que esperaba y empezaba a resultar demasiado peligrosa.

Alvear también creía que la tarjeta podía seguir allí, o fingía creerlo para obligar a Samuel a salir.

Ambos se dirigían hacia el mismo objeto vacío mientras la verdadera tarjeta permanecía bajo una lista de comprobación a treinta centímetros de mi mano.

—No le permitáis llegar a la cocina —ordenó Samuel—. Voy a salir.

Eva guardó silencio.

—¿Quién se queda en cabina?

—Baeza.

—Jero no está habilitado.

—El avión está en crucero y volveré antes del descenso.

—Samuel, no abras.

La súplica confirmó que Eva había comprendido el plan.

—No puedo dejar que Alvear encuentre lo que busca.

—Nosotros lo detendremos.

—Ya ha matado a dos personas bajo vuestra vigilancia.

El golpe fue injusto y efectivo.

Samuel comprobó la cámara. Alvear se alejaba hacia la escalera, escoltado a distancia por Lucía. Eva permanecía delante de la puerta.

—Retírate —le ordenó.

—No.

—Eva, necesito salir.

—El comandante ha muerto y eres el único piloto habilitado. No abandonarás la cabina.

Samuel apoyó la mano sobre el control de apertura.

—Me apartaré solo si Jero confirma que lo solicita por seguridad operacional —dijo ella.

Él me miró.

Aquella era la oportunidad de mantenerlo dentro.

También la única de obligarlo a elegir entre el avión y la tarjeta.

—Eva —dije por el interfono—, deja libre la puerta.

Su rostro apareció parcialmente en la cámara cuando levantó la vista.

No necesitaba verme para comprender.

Sabía que la tarjeta no estaba en el lomo.

Sabía que yo quería que Samuel saliera.

—Recibido —respondió.

Retrocedió.

Samuel abrió la puerta.

Antes de cruzar, volvió hacia mí.

—Dos llamadas.

—Dos.

—No toques nada.

—Vuelve rápido.

La frase sonó obediente.

Era exactamente lo que necesitaba escuchar.

Samuel salió.

La puerta se cerró detrás de él y el bloqueo automático entró en funcionamiento. Durante unos segundos vi su espalda en la cámara, avanzando hacia Eva. Después ambos desaparecieron fuera del ángulo.

Quedé solo.

Solo de verdad.

No en un simulador detenido, ni durante una visita autorizada, ni sentado unos minutos mientras un piloto permanecía a mi lado. Delante de mí había un A380 en vuelo, orientado hacia Atenas, con más de quinientas personas detrás de la puerta y ningún piloto habilitado dentro de la cabina.

El piloto automático seguía funcionando.

La altitud permanecía estable.

Las turbinas continuaban produciendo el mismo ruido grave que me había calmado desde que era niño.

Entonces sonó una alarma.

No era una advertencia de fallo crítico. Era el aviso de que nos aproximábamos al punto donde debíamos iniciar el descenso y el sistema esperaba una acción de la tripulación.

Control aéreo llamó por radio.

Al mismo tiempo, en la cámara exterior, vi a Samuel llegar al pie de la escalera.

Alvear lo esperaba arriba.

Eva y Lucía se cerraron detrás de ambos.

Samuel levantó la vista hacia la cámara y comprendió demasiado tarde que no había salido a buscar una tarjeta.

Había salido de la única habitación del avión donde todavía podía decidirlo todo.

Respondí a la radio con una mano que temblaba menos de lo que habría esperado.

—Atenas Control, Orbe dos uno siete. El piloto está atendiendo una incidencia. Mantendremos nivel unos minutos más.

La voz del controlador llegó limpia.

—Orbe dos uno siete, confirme número de pilotos disponibles.

Miré el asiento vacío.

Después la lista bajo la que había escondido la tarjeta.

—Uno —respondí.

Era mentira.

Y, por primera vez aquella noche, necesitaba conseguir que pareciera verdad.