El pasajero de la 3K Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Alvear pudo entrar en la zona de descanso, robar mi medicación y sustituirla.

—¿Por qué sabría que Alcázar tendría dolor de cabeza?

—Porque llevaba años volando con nosotros. Sabía nuestras rutinas.

—¿Alvear volaba con vosotros?

Samuel se dio cuenta demasiado tarde de la elección de palabras.

—Trabajaba en las operaciones de tierra de muchas rutas.

—Eso no explica que conociera la medicación del comandante.

—Observaba. Igual que tú.

Alvear se alejó de la cámara.

Durante unos segundos solo vimos una parte del pasillo y el borde del uniforme. Después apareció otra figura al fondo. Lucía avanzaba con las manos visibles y mantenía varios metros de distancia. No podía oír lo que decía, pero parecía pedirle que se apartara de la puerta.

Alvear se volvió hacia ella.

Samuel activó el interfono general de la cabina.

—Lucía, retroceda. No se acerque.

Ella miró hacia la cámara.

—Eva está detrás —respondió desde el panel exterior—. Alvear quiere hablar contigo.

—Ya hemos hablado.

—Dice que tiene el teléfono de Mena y una prueba relacionada con Alcázar.

—Que la deje en el suelo.

Alvear negó.

—Quiere que salga Jero.

Samuel me miró.

—No vas a salir.

—Qué considerado.

—Si abro la puerta, puede intentar entrar.

—Y si no la abres, puede hacerle daño a Lucía.

—Eva no la habría enviado sola.

La cámara mostraba solo una parte del pasillo. No veíamos a Eva, Amira ni a ningún otro tripulante. Alvear podía estar rodeado o podía haberlos obligado a mantenerse lejos. Tampoco sabíamos si llevaba un objeto escondido bajo el uniforme.

—No parece armado —dije.

—Damián tampoco parecía estarlo después de entregar la pistola y acabó muerto.

—Alvear lo mató.

—Probablemente.

—Por orden de alguien.

Samuel no contestó.

Apoyé la mano derecha sobre la consola lateral, como si necesitara estabilizarme. En realidad, intentaba encontrar un lugar donde ocultar la tarjeta antes de que Samuel consiguiera obligarme a vaciar los bolsillos.

Junto al asiento había una carpeta con listas de comprobación laminadas, un compartimento estrecho para documentación y una pequeña cavidad donde se guardaban bolígrafos.

Deslizar la tarjeta allí resultaría demasiado visible.

Debajo del reposabrazos existía una ranura entre el asiento y el panel, pero podía caer hasta un mecanismo inaccesible.

Moví la licencia dentro del bolsillo.

La microSD estaba pegada detrás mediante la bolsa sellada. Si sacaba ambas cosas juntas, Samuel vería el volumen.

—Voy a enseñarte lo que llevo —dije.

—Despacio.

Saqué primero el teléfono de la compañía, un bolígrafo y una pequeña libreta. Los coloqué sobre la consola. Después extraje la cartera. Samuel vigilaba mis manos y las pantallas alternativamente.

—El bolsillo interior.

Metí dos dedos.

En lugar de sacar la licencia, separé la bolsa de la tarjeta con la uña. El adhesivo cedió. La lámina quedó atrapada entre el índice y la palma, mientras la licencia salió sola.

La puse junto a los demás objetos.

Samuel la miró.

—¿Eso es todo?

—Documentación, teléfono y una colección de decisiones cuestionables.

—El otro bolsillo.

Vacío.

—Ponte en pie.

—¿Pretendes registrarme mientras vuelas?

—El piloto automático continúa activo.

—Alvear sigue delante de la puerta.

—Precisamente.

Me levanté despacio. Mientras ajustaba el asiento hacia atrás, fingí que la turbulencia residual me obligaba a apoyar la mano sobre el borde del panel.

Deslicé la tarjeta bajo la primera lista laminada del compartimento lateral.

Quedó pegada entre dos hojas, invisible salvo que alguien retirara todo el conjunto.

Samuel se inclinó desde su asiento y comprobó visualmente la cintura, los bolsillos y el espacio bajo las piernas. No podía tocarme sin abandonar los mandos, y no parecía dispuesto a hacerlo mientras Alvear permaneciera fuera.

—No la llevas —dijo.

—Llevo media noche repitiéndolo.

—Entonces la tiene Eva.

—O sigue en el libro y Alvear no supo encontrarla.

—El lomo estaba cortado.

—Puede haber un segundo compartimento.

Samuel me observó.

La idea acababa de aparecer en voz alta, pero vi cómo entraba en su razonamiento.

Si Alvear había registrado el lomo de manera apresurada, podía haber pasado por alto el mismo escondite que nosotros encontramos.

Samuel no sabía cuánto habíamos revisado, quién había recuperado los restos ni qué parte le habíamos enseñado a Alcázar.

—¿Dónde está el lomo? —preguntó.

—Con Eva.

—¿Lo ha revisado?

—Por fuera.

—¿Y tú?

Dejé que la duda apareciera en mi rostro.

No resultó difícil. La diferencia entre fingir inseguridad y sentirla había sido siempre pequeña.

—Damián dijo que revisara el libro —respondí—. No que lo destruyera. Alvear pudo abrirlo de forma equivocada.

Samuel miró hacia la puerta.

Alvear seguía hablando con Lucía. La periodista Nadia había aparecido más atrás, asomada desde la entrada de primera clase, y Eva intentaba obligarla a regresar al asiento.

La presencia de varios testigos reducía la posibilidad de que Alvear atacara abiertamente, pero también impedía que la tripulación se abalanzara sobre él sin saber qué llevaba bajo la chaqueta.

—¿Dónde guardó Eva el lomo? —preguntó Samuel.

—En la cocina superior.

—¿Compartimento?

—No lo sé.

—Tú estabas allí.

—Había un segundo cadáver y bastante movimiento.

Samuel volvió a mirar las pantallas. Faltaban veinticuatro minutos para el inicio previsto del descenso. El avión continuaba estable. Control aéreo no requeriría una intervención inmediata durante los siguientes minutos si se mantenía la ruta.

La oportunidad existía.

También la necesidad.

Si Samuel creía que la tarjeta seguía dentro del lomo, no podía permitir que Alvear la encontrara primero ni que Eva la entregara a seguridad al aterrizar. Permanecer en la cabina lo protegía de la investigación, pero lo alejaba del único objeto capaz de destruirlo.

—Llama a Eva —dijo.

—¿Para qué?

—Que traiga el lomo.

—No abrirá la puerta con Alvear delante.

—Que lo entregue a Lucía y ella lo deje en el suelo.

—Alvear lo cogerá.

Samuel comprendió la trampa de su propia propuesta.

—Entonces dile que lo guarde.

—Ya está guardado.

—En un compartimento al que Alvear puede acceder disfrazado de piloto.

—Eso parece preocuparle bastante.

—Nos preocupa a todos.

—A unos más que a otros.

Alvear volvió a golpear la puerta.

—Se acaba el tiempo —dijo por el interfono.

—¿Qué tiempo? —preguntó Samuel.

—El de seguir fingiendo que esto no era tuyo.

Sacó el teléfono de Damián y reprodujo una grabación.

La voz de Samuel llenó la cabina.

No era una conversación completa, solo un fragmento de mala calidad, quizá recuperado de una llamada anterior.

—…la botella llegará por el circuito previsto. No la toques hasta que esté arriba.

Después se escuchó la voz de Alvear.

—¿Y si la tarjeta no está?

—Entonces seguimos hasta Madrid y buscamos el segundo escondite.

La grabación terminó.

Samuel permaneció inmóvil.

—Está manipulada —dijo.

—Tu voz parece bastante bien manipulada.

—Son frases extraídas de otra conversación.

—¿Sobre qué otra botella y qué otra tarjeta hablabas?

Samuel no contestó.

Alvear sonrió detrás de la mascarilla, visible solo por la forma en que se estrecharon sus ojos.

—Abre y terminamos —dijo.

—No vas a entrar.

—Entonces sal tú.

Samuel desconectó el interfono.

La cabina quedó otra vez reducida al sonido de los sistemas y los motores.

—Él preparó la botella —dijo—. Utilizó el acceso de catering, la identificación de Olmedo y los precintos. Yo sabía que Llorente transportaría información, pero no que lo mataría.

—La grabación dice que la botella llegaría por el circuito previsto.

—Le pedí que identificara el envase.

—Y preguntaste si la tarjeta no estaba.

—Porque trabajaba como informante.

La explicación me sorprendió lo suficiente para mirarlo.

—¿Informante de quién?

—Mío.

—Eres piloto.

—Y durante cuatro años recopilé información sobre la red.

—¿Para entregarla a quién?

—A la compañía al principio. Después a un investigador privado.

—¿Damián?

—No confiaba en Damián.

—Qué coincidencia. Nadie confiaba en nadie, pero todos terminaban utilizando al mismo supervisor corrupto.

Samuel apretó las manos sobre los reposabrazos.

—Alvear me proporcionó registros. Yo permití que creyera que continuaba colaborando. Llorente supo que investigaba y decidió utilizar este vuelo para obligarnos a elegir.

—¿Elegir qué?

—Quién se quedaba con la tarjeta.

—Y para facilitar la decisión le diste a Alvear acceso al avión, al uniforme, al código y a la botella.

—No le di el código.

—Pero sí sabías que estaba a bordo.

Samuel guardó silencio.

Aquello era suficiente.

—No figuraba como pasajero protegido ni como parte de la operación —continué—. Aun así, no mostraste ninguna sorpresa cuando apareció su nombre.

—Había visto la lista.

—Nadie te había dicho qué asiento ocupaba.

—Puedo consultar el manifiesto.

—También sabías que Mara viajaba y la avisaste de Llorente. Sabías que Damián estaba a bordo antes de que se identificara. Sabías del método del lomo. Sabías que la tarjeta podía no estar en la botella. Sabías demasiado para ser alguien que observaba desde fuera.

Samuel comprobó el tiempo restante hasta el descenso.

—No puedo resolver esto mientras Alvear siga delante de la puerta.

—Entonces deja que Eva lo detenga.

—Puede tener un arma o una sustancia.

—No parecía importarte cuando enviaste a Jero Baeza a servir una botella.

—No sabía que estaba contaminada.

—Pero sabías que había sido sustituida.

Samuel me miró.

La pausa fue mínima.

Demasiado.

—No lo sabías —dije—. Al menos no hasta que Llorente murió. Alvear debía recuperar la tarjeta sin matarlo, pero improvisó cuando no la encontró.

—Exacto.

—Y tú decidiste protegerlo porque todavía lo necesitabas.

—Decidí mantener el vuelo estable mientras averiguaba qué había hecho.

—Ayudaste a ocultar el sello que Álex rompió.

—Para evitar un retraso.

—Permitiste que Alvear accediera al carro.

—No sabía que colocaría una amenaza.

—Le enviaste el destino del desvío.

—No.

—La grabación demuestra que hablaste con él.

—Antes del vuelo.

—Entonces debería existir una llamada.