El pasajero de la 3K Capítulo 18
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Capítulo 18

La pérdida de un uniforme completo no convertía automáticamente a Gonzalo Alvear en piloto, pero le permitía parecerlo durante el tiempo suficiente para acercarse a una puerta que casi nadie se atrevía a cuestionar.

Samuel permaneció inmóvil frente a los instrumentos después de que Eva comunicara la desaparición.

El avión continuaba orientándose hacia Atenas mediante una curva suave, sostenida por el piloto automático, y las pantallas mostraban una normalidad que ya empezaba a resultarme ofensiva.

Altitud estable. Velocidad dentro de parámetros.

Motores funcionando sin anomalías. Ruta modificada.

Ningún sistema entendía que el comandante acababa de morir, que el primer oficial podía haberlo envenenado y que un supervisor de logística vestido con uniforme de piloto recorría alguna parte del aparato.

—¿Cómo pudo entrar en la zona de descanso? —pregunté.

Samuel no apartó la vista del panel.

—El código se introduce en el teclado exterior.

—Eso ya lo sé.

—Entonces sabrás que cualquiera que lo observe puede memorizarlo.

—¿Alvear estuvo cerca cuando entrasteis?

—No lo sé.

—Lleva sentado en 6A desde Dubái, a pocos metros de la escalera delantera. Ha tenido horas para observar quién entra y sale.

—Ahí tienes la respuesta.

—No. Tengo una posibilidad.

Samuel ajustó la frecuencia de radio y comprobó una nueva comunicación de control.

Su forma de trabajar seguía siendo precisa.

No movía una mano sin una finalidad clara, no repetía verificaciones ni parecía distraerse por la muerte de Alcázar.

Aquella competencia no demostraba culpabilidad, pero tampoco inocencia.

Solo confirmaba que el hombre sentado a mi izquierda era capaz de realizar varias cosas bajo presión sin que ninguna alterara la siguiente.

—Alvear trabajaba con Llorente —dije.

No reaccionó.

—Su nombre está en los archivos.

Esta vez la mano que descansaba sobre el selector se detuvo.

—¿Qué archivos?

—Los de los vuelos sanitarios.

—La tarjeta estaba en el libro.

No lo preguntó.

Lo afirmó.

La diferencia fue tan pequeña que quizá otra persona no la habría advertido. Yo llevaba toda la noche escuchando cómo la gente convertía certezas en preguntas y preguntas en formas de ocultar una certeza.

—He dicho que el lomo estaba vacío.

—También has dicho que Alvear aparece en los archivos.

—Puede aparecer en los documentos del maletín.

Samuel me miró.

—No estaba en las copias que vimos.

—Tú no revisaste todas.

—Mena sí.

—Mena ya no puede decirte qué encontró.

La expresión de Samuel se endureció.

—¿La tienes encima?

No respondí.

—Jero, si esa tarjeta está en la cabina, necesito saberlo.

—¿Para aterrizar?

—Para evitar que Alvear entre aquí buscándola.

—Alvear no sabe que está aquí.

—Puede saber que tú la tienes.

—¿Cómo?

—Porque has dejado de comportarte como alguien que no ha encontrado nada.

La observación se pareció demasiado a la que él mismo había hecho antes de la llamada de Eva.

Mi mano llevaba varios minutos cerca del bolsillo interior.

No lo tocaba de manera consciente, pero el cuerpo intentaba comprobar que la bolsa seguía allí cada vez que mi atención se desviaba hacia otra cosa.

La aparté.

—No la tengo.

Samuel soltó una respiración breve.

—Enséñame los bolsillos.

—Estás pilotando.

—El avión está en piloto automático.

—Esa frase ha matado bastante confianza en los últimos años.

—Vacía los bolsillos sobre la consola lateral.

—¿Y si no quiero?

—Entonces tendré que asumir que ocultas un objeto por el que alguien ya ha matado a tres personas.

—Dos.

—Alcázar también ha muerto por ella.

—Alcázar ha muerto después de tomar una pastilla que estaba dentro de tu blíster.

Samuel giró el asiento unos centímetros.

—Alguien sustituyó las tabletas.

—Igual que sustituyó la botella, falsificó un registro, colocó notas, robó uniformes y consiguió estar siempre donde tú necesitabas no estar.

—¿Crees que no me doy cuenta de cómo suena?

—Creo que te das cuenta desde el principio.

El aviso de acceso a la cabina interrumpió la conversación.

No era la llamada habitual del interfono, sino la señal del teclado exterior. Tres tonos breves aparecieron acompañados por una indicación en el panel de la puerta.

Samuel y yo miramos la pantalla de la cámara.

Un hombre con uniforme de comandante esperaba al otro lado.

Llevaba chaqueta, corbata, cuatro barras doradas sobre los hombros y una mascarilla negra que cubría la mitad inferior del rostro.

La gorra estaba demasiado baja y proyectaba sombra sobre los ojos, pero no necesitábamos verle la cara para saber que no era Mauro Alcázar.

El uniforme le quedaba ancho en los hombros y corto en las mangas.

Una de las barras se había desprendido parcialmente del lado derecho.

El hombre de 6A.

Alvear levantó la vista hacia la cámara.

Después pulsó el interfono.

Samuel mantuvo el acceso bloqueado.

—Cabina —respondió.

La voz llegó distorsionada por el altavoz.

—Abre.

Alvear ya no intentaba parecer piloto. Hablaba con la seguridad de quien conocía al hombre al otro lado.

—Identifíquese —dijo Samuel.

—No tenemos tiempo para esto.

—Identifíquese.

Alvear miró hacia el pasillo, fuera del campo de la cámara.

—Gonzalo.

No dijo el apellido.

No le hizo falta.

Samuel apoyó un dedo sobre el bloqueo de emergencia.

—Regrese a su asiento.

Alvear soltó una risa baja.

—Mi asiento ya no existe.

—La tripulación lo está buscando.

—También te buscan a ti.

Samuel no respondió.

Yo observaba su perfil. La mandíbula permanecía tensa, pero no había sorpresa en sus ojos.

Aquello no era el encuentro entre un piloto y un pasajero cuyo nombre acababa de descubrir en una tarjeta.

Era una conversación entre dos personas que llevaban años esperando que alguna operación terminara de aquel modo.

—¿Dónde está? —preguntó Alvear.

—¿Qué cosa?

—No me hagas perder el tiempo.

—No sé de qué hablas.

—El libro estaba vacío.

Mi pecho se endureció.

Alvear sabía que habían registrado el lomo.

Samuel me miró.

—Te lo dije.

—No has dicho nada que explique cómo lo sabe él.

Alvear golpeó una vez la puerta con la palma.

—Baeza la encontró. Lo vi entrar en el baño después.

El hombre había permanecido cerca. Quizá disfrazado, quizá ya sin la camisa de piloto. Había observado cómo Lucía y yo recuperábamos los restos y después nos siguió hasta la cocina. También podía haber escuchado la conversación en 1K o visto la forma en que guardaba algo dentro de la camisa.

—No está aquí —dijo Samuel.

—Entonces abre y deja que lo compruebe.

—No entrarás en la cabina.

—Tú dijiste que continuaríamos hasta Madrid.

Samuel desconectó el altavoz.

El silencio posterior resultó más acusador que cualquier explicación.

—La primera nota —dije—. No cambies de rumbo.

—Yo no la escribí.

—Pero el mensaje era tuyo.

—No.

—Alvear acaba de decir que se lo prometiste.

—Ha dicho que dije que continuaríamos. Antes de la muerte de Llorente, ese era el plan de vuelo.

—No habla del plan de vuelo.

Alvear volvió a pulsar el interfono.

Samuel no respondió.

El hombre introdujo una secuencia en el teclado exterior.

El panel mostró una solicitud de acceso de emergencia y comenzó una cuenta atrás.

Si dentro no se rechazaba manualmente, la puerta se desbloquearía después del tiempo establecido, un procedimiento pensado para permitir la entrada cuando quienes se encontraban en la cabina no podían responder.

Samuel pulsó la denegación.

La cuenta desapareció.

Alvear observó la cámara y negó lentamente.

—Sabía que harías esto —dijo a través de la puerta, aunque el interfono seguía desconectado y solo pudimos leer el movimiento de sus labios.

Después sacó algo de debajo de la chaqueta.

No era un arma.

Era el teléfono de Damián.

Lo sostuvo frente a la cámara y mostró la pantalla. Había un mensaje abierto.

ATENAS. TREINTA MINUTOS.

La información del desvío había salido de la cabina.

Solo Alcázar, Samuel, Eva y yo conocíamos el destino. Lucía lo había visto en las pantallas, pero no había tenido tiempo de comunicarse con Alvear. Alcázar estaba muerto. Eva permanecía con Mara.

—¿Se lo enviaste tú? —pregunté.

Samuel no respondió.

—La fecha del mensaje estará registrada.

—No he utilizado ningún teléfono.

—Puedes enviar comunicaciones desde aquí.

—No a un dispositivo personal sin pasar por la red de la compañía.

—Alguien lo ha hecho.

Alvear guardó el teléfono y volvió a hablar, esta vez más cerca de la cámara.

—Dame la tarjeta y bajo.

Samuel conectó el interfono.

—No la tengo.

—La tiene él.

La cabeza de Alvear se inclinó ligeramente hacia mi lado de la puerta, como si pudiera verme a través del panel.

—Baeza está aquí porque Alcázar ha muerto.

—Baeza está ahí porque lo necesitabas sentado.

Samuel cortó la comunicación.

—Está intentando enfrentarnos.

—Lleva varias horas haciéndolo con bastante ayuda.

—¿Qué esperas que haga? ¿Que abra la puerta?

—Espero que me expliques por qué conoce el destino.

Samuel miró los instrumentos.

—Damián podía haber recibido la información antes de morir.

—El desvío se decidió después.

—Eva pudo comunicarlo.

—No lo hizo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque estaba conmigo.

—Lucía.

—También.

Samuel guardó silencio.

La respuesta existía en la propia cabina.

Alguien había enviado Atenas a Alvear desde allí.

Podía haber sido Alcázar antes de desplomarse, aunque no tenía ningún motivo para hacerlo y había insistido en mantener el destino restringido.

Podía existir un sistema automático comprometido.

O Samuel lo había comunicado mientras yo ayudaba a sacar al comandante, durante los segundos en que todos mirábamos el cuerpo y él permanecía junto al panel.

—Vacía los bolsillos —repitió.

—¿Por qué?

—Porque Alvear cree que tienes la tarjeta y no se marchará mientras siga creyéndolo.

—¿Y si la tengo?

—Me la entregas.

—¿Para qué?

—La guardamos en la cabina hasta aterrizar.

—Dentro del lugar donde murió el único hombre que podía impedirte controlar el avión.

Samuel cerró los ojos un instante.

—No maté a Mauro.

—La pastilla estaba en tu blíster.