Capítulo 17 #3
Eva abrió la puerta después de comprobar el pasillo.
Entre ella, Mara y dos tripulantes sacaron a Alcázar mientras continuaban las maniobras.
La puerta permaneció abierta menos de veinte segundos.
En ese intervalo vi pasajeros girando la cabeza, una camilla improvisada y varias personas intentando comprender por qué el comandante salía de la cabina con la camisa abierta y alguien presionándole el pecho.
Después el panel se cerró.
El bloqueo sonó.
Samuel y yo quedamos solos.
Una llamada de control llegó por los auriculares. Él respondió, recibió una autorización y empezó a modificar la ruta. Atenas apareció en la página activa. La línea magenta cambió lentamente de dirección, dibujando un nuevo recorrido sobre la pantalla.
El avión todavía no había girado.
Esperaba la orden.
Samuel introdujo los datos con movimientos seguros. No parecía un hombre nervioso, enfermo ni sorprendido por la pérdida del comandante. Parecía exactamente lo que era: un piloto competente realizando el trabajo para el que había sido entrenado.
Eso era lo más peligroso de él.
—La ruta está cargada —dijo.
—Actívala.
—Cuando corresponda.
—La autorización acaba de llegar.
—También tenemos que coordinar el descenso y la aproximación.
—No he dicho que descendamos. He dicho que cambiemos el rumbo.
Samuel dejó una mano sobre el selector.
—¿No confías en mí?
—No.
La respuesta llenó la cabina con una claridad que ninguna de nuestras conversaciones anteriores había tenido.
Samuel me observó durante varios segundos.
—Al menos eres honesto.
—Es una deformación profesional.
—Tu profesión consiste en obedecer procedimientos.
—También en detectar problemas antes de que se conviertan en emergencias.
—Llegas un poco tarde.
Activó la ruta.
El avión inclinó suavemente el ala izquierda.
La línea hacia Madrid quedó atrás y el morro empezó a orientarse hacia Atenas. A través de las ventanillas no existía ninguna referencia visible, pero el cambio podía sentirse en el cuerpo, una presión lateral leve que anunciaba que por fin habíamos desobedecido la primera amenaza.
Samuel comprobó los parámetros.
—Ya hemos cambiado de rumbo.
—Sí.
—Entonces el asesino tendrá que reaccionar.
—Eso dijo Eva.
—¿Eva o la tarjeta?
No me moví.
Samuel mantuvo la vista en los instrumentos.
—Has dejado de tocarte el bolsillo desde que entraste —dijo.
El golpe de la licencia contra mi pecho pareció volverse audible.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
—La tarjeta no estaba en el libro.
—Eso dijiste.
—Y tú preguntaste por el lomo antes de que nadie lo mencionara.
Samuel sonrió apenas.
—Porque Llorente ya había utilizado uno antes.
Nadia.
El agente secreto de Conrad.
Samuel conocía también aquel método.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no todo lo que investigaba Damián estaba fuera de mi alcance.
—Eso no responde.
—Responde bastante.
Samuel llevó una mano al panel de comunicaciones.
—No voy a registrarte mientras el avión está en vuelo, Jero. Tampoco voy a levantarme del asiento. Si la tienes, estás más seguro aquí que fuera.
—¿Seguro con quién?
—Con el único hombre capaz de aterrizar este avión.
La cabina quedó en silencio salvo por los motores, la ventilación y los avisos discretos de los sistemas. Atenas figuraba ahora delante. Faltaban menos de treinta minutos para iniciar el descenso.
Detrás de la puerta, Eva buscaba a Alvear y Mara intentaba devolverle el pulso a Alcázar. Delante, Samuel controlaba la ruta y sabía que yo podía estar ocultando el objeto que necesitaba.
—¿Alcázar va a morir? —pregunté.
Samuel no apartó la vista.
—Probablemente.
—¿Qué había en la tableta?
—No lo sé.
—Estaba en tu blíster.
—Alguien lo colocó allí.
—La misma persona que coloca pruebas en todas las bolsas.
—Exacto.
—Empieza a ser una excusa bastante concurrida.
Samuel ajustó un parámetro.
—No necesitas creerme todavía.
—¿Cuándo?
—Cuando encontremos a Alvear.
—¿Y después?
—Después me darás la tarjeta.
—No la tengo.
—Entonces alguien morirá por algo que no está en tus manos.
La frase no sonó como una amenaza.
Sonó como la descripción de un plan que continuaría con o sin nosotros.
El interfono de la cabina se encendió.
Samuel comprobó la pantalla.
La llamada procedía de Eva.
Respondió sin abrir la puerta.
—Cabina.
La voz de Eva llegó entrecortada.
—Mauro no ha respondido a la reanimación. Mara ha confirmado el fallecimiento.
Samuel cerró los ojos durante un instante.
Solo uno.
Después preguntó si habían localizado a Alvear.
—No —respondió Eva—. Pero falta un uniforme completo del armario de pilotos de descanso.
Samuel me miró.
La zona de descanso de los pilotos solo podía abrirse desde la parte delantera mediante un código restringido.
—¿Quién conoce el acceso? —pregunté.
Samuel no contestó de inmediato.
Eva lo hizo por el interfono.
—El comandante y el primer oficial.
El hombre sentado a mi izquierda apoyó ambas manos sobre los reposabrazos.
Atenas seguía aproximándose en la pantalla, pero Alcázar había muerto y Alvear llevaba un uniforme de piloto.
Yo estaba encerrado a once mil metros de altura con la única persona que podía haberle facilitado el código, en el asiento que había deseado toda mi vida y del que empezaba a comprender que quizá tendría que levantarme solo después de aterrizar el avión.