Capítulo 17 #2
—Atenas —repitió Alcázar—. No cambies.
—No vamos a cambiar —dijo Eva.
Los ojos del comandante se desplazaron hacia Samuel.
—Él sí.
La frase llegó rota, pero todos la entendimos.
Samuel se quitó los auriculares por completo.
—Mauro está desorientado.
—Te está señalando —dije.
—Está sufriendo una emergencia neurológica o una intoxicación. No podemos tratar cada palabra como una declaración fiable.
—Hace unos minutos era bastante fiable para decidir el desvío.
—Y ahora no puede mantenerse consciente.
Mara intervino sin levantar la vista.
—Necesito silencio.
El monitor volvió a alarmar.
La frecuencia cardíaca de Alcázar descendía. Mara pidió el desfibrilador, medicación adicional y el botiquín avanzado. Eva salió esta vez. Samuel no podía abandonar los controles y yo sostenía la mascarilla mientras la médica preparaba una vía.
La puerta se cerró detrás de Eva.
Durante unos segundos quedamos Samuel, Mara, Alcázar y yo.
—Jero —dijo Samuel—, si quieres ayudar, deja de mirarme y sujeta bien el oxígeno.
—Estoy haciendo ambas cosas.
—No tienes idea de lo que ocurre en estas pantallas.
Las conocía mejor de lo que él creía, aunque no de la forma que necesitaba un piloto habilitado en aquel avión.
Podía leer la altitud, el rumbo, la velocidad y el estado general del piloto automático.
Reconocía la página de navegación y sabía que la ruta activa seguía llevando a Madrid.
Atenas estaba cargada en un plan secundario que todavía no había sido activado.
—Seguimos hacia Madrid —dije.
Samuel miró las pantallas.
—Hasta recibir autorización.
—Alcázar había decidido desviar.
—Y yo he comunicado la solicitud.
—No has introducido la nueva ruta.
—Porque no se activa un desvío antes de coordinarlo.
—Puede prepararse.
—Está preparado.
Señaló la página secundaria.
—Entonces actívalo cuando llegue la autorización.
—Gracias por el consejo.
Mara me miró.
—Jero.
Volví a concentrarme en Alcázar.
La puerta se abrió. Eva entró con el material y la bloqueó detrás.
Mara conectó el equipo, administró medicación y comprobó de nuevo el pulso.
Durante unos minutos el comandante pareció estabilizarse.
La respiración seguía siendo débil, pero la saturación dejó de caer y la presión recuperó una cifra menos alarmante.
Alcázar abrió otra vez los ojos.
—Mauro —dije—. Mara está aquí.
No reaccionó a su nombre. Miraba hacia el asiento izquierdo, vacío, y después hacia mí.
—Te sentaste ahí una vez.
Recordé la visita a la cabina durante mi formación, muchos años antes, cuando Alcázar todavía era instructor y yo no había recibido el resultado médico que terminaría cerrando la ruta comercial.
Me había permitido ocupar el asiento derecho de un simulador detenido y tocar los mandos mientras me explicaba que un piloto no luchaba contra el avión, sino que conseguía que el avión entendiera lo que necesitaba de él.
—En el simulador —dije.
—Demasiadas preguntas.
—Eso también lo recuerda.
Una sombra de sonrisa apareció y desapareció en su boca.
—Sabías… suficiente.
—No para estar ahí.
—Para no quedarte quieto.
Sus ojos se cerraron.
—Mauro.
Volvió a abrirlos con esfuerzo.
—Si él sale…
La respiración se interrumpió durante un segundo.
—¿Samuel?
Alcázar no contestó directamente.
—No dejes… solo el rumbo.
Mara miró el monitor.
—No hable más.
—Atenas —murmuró—. La máquina puede.
—Autoland —dije.
Samuel se volvió hacia nosotros.
—No necesita explicarte cómo aterrizar un A380.
—No está haciéndolo.
—Acaba de mencionar la automatización.
—Porque sabe que puede quedar un solo piloto.
Samuel se puso los auriculares.
—Ya queda uno.
La frase me recorrió con más frío que cualquier amenaza escrita.
El monitor emitió un tono continuo.
Mara buscó el pulso.
—No lo tengo.
Eva retiró el asiento auxiliar, preparó espacio y ayudamos a colocar a Alcázar sobre la espalda.
La cabina era demasiado estrecha para realizar compresiones correctamente, pero no podíamos abrir la puerta y trasladarlo mientras Samuel seguía solo en los mandos y control aéreo esperaba nuestra respuesta.
—Necesito sacarlo —dijo Mara.
—No podemos moverlo por el pasillo con la cabina abierta —respondió Eva.
—Aquí no puedo reanimarlo.
Samuel tomó una decisión sin apartar las manos del panel.
—Trasladadlo a la cocina delantera. Jero se queda conmigo hasta que Eva vuelva.
Lo miré.
—¿Por qué yo?
—Porque sabes leer los instrumentos básicos, conoces las comunicaciones y Alcázar confía en ti. No vas a pilotar. Vas a sentarte, no tocar nada y avisar si pierdo la consciencia.
La propuesta era razonable.
También me dejaba encerrado con él.
—Eva puede quedarse.
—Eva tiene que organizar el traslado y la cabina.
—Otro tripulante.
—Ninguno tiene licencia de piloto.
La palabra se clavó en el punto exacto.
Samuel sabía que llevaba la licencia. Podía haberlo aprendido del expediente de tripulación, de Alcázar o de alguna conversación anterior. Aun así, escuchar que la utilizaba como argumento para sentarme junto a él me produjo la impresión de que llevaba horas esperando ese momento.
—Jero —dijo Eva—, necesitamos mover al comandante.
Miré a Alcázar.
Mara ya había iniciado compresiones. El cuerpo respondía bajo sus manos, desplazándose unos centímetros sobre la moqueta a cada presión. Samuel seguía frente a los mandos. Las pantallas mostraban un avión perfectamente estable mientras el hombre responsable de él moría a menos de un metro.
—De acuerdo.
Samuel se levantó lo suficiente para deslizarse al asiento izquierdo. Yo ocupé el derecho.
El lugar que había deseado durante años no se parecía a nada de lo que había imaginado.
No había orgullo, ni uniforme de piloto, ni un horizonte limpio al otro lado de las ventanillas. Solo noche, instrumentos, el olor del café casi intacto y el sonido de las compresiones detrás.
Ajusté el asiento sin acercar las manos a los mandos.
—No toques nada —repitió Samuel.
—Lo has dicho.
—Necesito saber que lo entiendes.
—Entiendo que el avión está en piloto automático, que mantenemos nivel de crucero, que Atenas continúa en el plan secundario y que control espera una confirmación.
Samuel me miró.
—Has estado estudiando.
—Nunca dejé de hacerlo.