Capítulo 17
Un solo piloto
Samuel no volvió a llamar.
No hizo falta. La urgencia de su voz había atravesado el interfono con suficiente claridad para que Eva, Lucía y yo echáramos a andar antes de decidir quién debía quedarse vigilando la cubierta.
Alvear seguía desaparecido, el panel del baño continuaba abierto y la placa de Álex permanecía sobre el lavabo, pero el hombre que controlaba el avión acababa de desplomarse dentro de la única habitación que no podíamos permitirnos dejar sin mando.
Eva reaccionó antes que nosotros.
—Lucía, localiza a Mara y llévala a la cabina principal. Después vuelve arriba y no pierdas de vista 6A, las escaleras ni la zona donde está Álex. Amira mantendrá primera clase. Nadie comunica todavía el desvío ni la situación del comandante.
—¿Y Alvear? —preguntó Lucía.
—Si aparece, no te acerques sola.
—Eso reduce bastante las opciones de detenerlo.
—No quiero que lo detengas. Quiero saber dónde está.
Lucía corrió hacia la parte posterior. Eva y yo descendimos por la escalera delantera mientras la señal de cinturones seguía encendida y los pasajeros nos observaban desde sus asientos.
El movimiento del avión se había reducido casi por completo, aunque quedaban ondulaciones suaves que desplazaban el peso de un pie al otro y hacían temblar el café derramado en algunas mesas.
La tarjeta continuaba dentro de mi camisa.
No había olvidado su presencia ni un solo segundo.
La notaba junto a la licencia cada vez que respiraba, como si ambas hubieran adquirido bordes más duros.
El impulso de entregársela a Eva creció mientras descendíamos.
Alcázar podía necesitar información, Samuel podía estar actuando solo bajo presión y nosotros acabábamos de decidir ocultar el objeto que explicaba parte de la amenaza.
Sin embargo, Damián había muerto minutos después de que alguien descubriera dónde estaba escondida.
La única ventaja que conservábamos era que el asesino creía haber llegado antes.
No estaba dispuesto a perderla corriendo hacia una cabina donde uno de los sospechosos principales acababa de quedarse solo con el comandante.
La puerta permanecía cerrada.
Eva pulsó el interfono y se identificó. La cámara situada sobre el marco nos observó durante varios segundos. Demasiados. Imaginé a Samuel comprobando que no llevábamos a Damián, decidiendo si abrir y quizá moviendo algo al otro lado antes de permitirnos entrar.
Finalmente sonó el bloqueo.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Samuel estaba detrás, con una mano sobre el borde y la otra cerca del panel de acceso.
—Mara viene —dijo Eva.
—Que se dé prisa.
Nos dejó pasar.
Alcázar se encontraba en el suelo, detrás del asiento izquierdo.
Samuel había conseguido apartarlo de los mandos y reclinar parcialmente el respaldo, pero el espacio seguía siendo demasiado estrecho.
El comandante yacía de lado, con una mejilla apoyada contra la moqueta, los auriculares todavía alrededor del cuello y el brazo derecho extendido hacia el pedestal central.
Respiraba, aunque de manera irregular. Cada inspiración parecía costarle más que la anterior.
El avión continuaba en piloto automático.
Las pantallas mostraban altitud y rumbo estables. El radar meteorológico conservaba detrás la mancha de color que acabábamos de atravesar. Delante, la línea de la ruta seguía orientada hacia Madrid, no hacia Atenas.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Eva mientras se arrodillaba.
—Dijo que veía borroso, intentó levantarse y perdió el conocimiento —respondió Samuel—. Lo aparté antes de que cayera sobre los controles.
Me acerqué al comandante.
La piel tenía un tono ceniciento. Había sudor junto al nacimiento del pelo y las pupilas parecían pequeñas, aunque no tanto como las de Llorente. Busqué el pulso en el cuello. Estaba presente, rápido y débil.
—¿Cuánto hace?
—Menos de dos minutos.
—¿Qué había tomado?
Samuel señaló el portavasos izquierdo.
El café continuaba allí.
La línea diagonal que yo había dibujado sobre la tapa seguía intacta. El vaso estaba casi lleno. Alcázar apenas había bebido uno o dos sorbos.
—Solo eso —dijo Samuel.
Miré el termo personal del comandante. Continuaba cerrado en el segundo portavasos.
—¿Nada más?
—Se tomó una tableta para el dolor de cabeza.
Levanté la vista.
—¿Qué tableta?
Samuel abrió un compartimento lateral y sacó un blíster plateado al que le faltaba una dosis.
—Un analgésico.
Eva lo cogió sin tocar directamente el aluminio.
—¿Era suyo o de Alcázar?
—Estaba en su bolsa.
—¿Se la diste tú?
—Me pidió algo para el dolor. Le recordé que guardaba esto en el compartimento.
—Antes dijo que solo había tomado café.
—Me preguntaste qué había ocurrido, no que enumerara cada cosa que había ingerido.
La forma de responder consiguió que una omisión pareciera culpa nuestra por haber preguntado mal.
—¿Viste cómo la sacaba? —pregunté.
Samuel me miró.
—Sí.
—¿Del blíster?
—Sí.
—¿Y se la tomó con el café?
—Con agua.
—¿Qué agua?
Señaló una botella pequeña situada junto al asiento izquierdo. Era del suministro habitual de la tripulación y estaba abierta desde antes del despegue.
—Llevaba horas bebiendo de esa botella —dijo—. No empieces.
—No he empezado nada.
—Has entrado mirando cada recipiente como si fuera un arma.
—Porque uno ya lo ha sido.
La puerta de la cabina sonó.
Samuel comprobó la cámara, abrió y dejó entrar a Mara con el equipo médico. Lucía permaneció fuera. Eva le ordenó regresar a la cubierta superior y cerrar el acceso en cuanto saliera.
Mara se arrodilló junto a Alcázar. Le abrió la camisa, valoró la respiración y pidió oxígeno. Yo preparé la mascarilla mientras Eva retiraba objetos del suelo para darle más espacio. Samuel volvió al asiento derecho, se colocó los auriculares y comprobó los instrumentos.
—Necesito saber todo lo que ha tomado —dijo Mara.
—Café, agua y una tableta analgésica —respondió Eva.
—¿Cuál?
Le entregó el blíster.
Mara leyó la información impresa.
—Esto no debería producirle una pérdida de conciencia tan rápida.
—Puede haber sufrido un ictus o una arritmia —dijo Samuel sin volverse.
—Puede. También puede haber ingerido otra cosa.
—Lleva horas dentro de la cabina.
—Con usted.
Samuel giró la cabeza.
—¿Está insinuando algo?
—Estoy describiendo el espacio.
Mara colocó el pulsioxímetro, comprobó la presión y volvió a observar las pupilas. Su expresión se volvió más grave.
—La saturación está cayendo. Necesito una vía y el botiquín avanzado.
Eva empezó a salir.
—Lo traigo.
—No —dije.
Todos me miraron.
—No podemos dejar a Samuel solo con Alcázar ni abrir la puerta más veces de las necesarias. Yo voy.
—No sabes dónde está cada cosa —respondió Eva.
—Mara puede indicármelo.
—Jero —dijo Samuel—, tengo que volar el avión. No voy a levantarme para asesinar al comandante mientras tres personas me observan.
—No he dicho eso.
—Lo estás pensando otra vez lo bastante alto.
Alcázar emitió un gemido.
La discusión desapareció.
Sus párpados temblaron y abrió los ojos apenas. Miró primero el techo, después a Mara y finalmente hacia las pantallas. Parecía no comprender por qué estaba en el suelo.
—Mauro —dijo Eva—. No se mueva.
Intentó incorporarse.
—El rumbo.
—Está estable —respondió Samuel—. Sigo con el control.
Alcázar giró la cabeza hacia él. La confusión de su rostro se transformó durante un instante en algo parecido al miedo.
—No…
La palabra apenas tuvo sonido.
Me acerqué.
—¿Qué ocurre?
Sus ojos encontraron los míos. Tardó unos segundos en reconocerme.
—Jero.
—Estoy aquí.
—La pastilla.
Mara se inclinó.
—¿Qué pasa con la pastilla?
Alcázar tragó con dificultad.
—No era… mía.
Samuel retiró uno de los auriculares.
—Estaba en tu compartimento.
El comandante intentó mirarlo, pero los ojos no consiguieron fijarse.
—No.
—Mauro, llevas ese blíster desde el vuelo de Johannesburgo. Te he visto utilizarlo antes.
Alcázar movió la cabeza apenas.
—El mío… azul.
Todos miramos el blíster plateado.
Samuel permaneció quieto.
—Puede estar confundido —dijo—. Acaba de recuperar la consciencia.
Mara tomó la bolsa personal del comandante, situada detrás del asiento izquierdo. La abrió delante de Eva y volcó el contenido sobre una superficie libre. Documentación, gafas, un estuche pequeño, un cargador y dos blísteres.
Ambos tenían una franja azul.
La médica los comparó con el plateado.
—No son la misma marca.
—Entonces el otro sería mío —dijo Samuel.
La respuesta llegó sin titubeo.
—¿Le diste una tableta de tu medicación? —preguntó Eva.
—Le dije que había un analgésico en el compartimento. No sabía que era mi blíster.
—Acabas de afirmar que lo habías visto utilizarlo antes.
Samuel se volvió hacia ella.
—He visto a Mauro tomar analgésicos antes. No llevo un inventario de colores.
—Hace treinta segundos sí parecía el mismo desde Johannesburgo.
—Estoy intentando mantener un A380 en vuelo mientras vosotros convertís cada error de memoria en una acusación.
Un aviso sonó en los auriculares. Samuel se volvió hacia la radio y respondió a control aéreo con una voz limpia, profesional, sin ninguna huella de la tensión que acababa de llenar la cabina.
Confirmó nivel, posición y la necesidad de coordinar un posible desvío médico.
No mencionó que el comandante se encontraba tendido en el suelo ni que él era el único piloto operativo.
Mara abrió el blíster plateado por un extremo utilizando guantes.
—Las tabletas no tienen marca visible.
—Muchas no la tienen —dijo Samuel.
—Estas deberían.
Examinó la cavidad vacía.
—El aluminio parece vuelto a sellar.
Nadie habló.
—¿Puede hacerse? —preguntó Eva.
—Sí. También puede deteriorarse con el calor o la presión. No puedo afirmar nada sin analizarlo.
—Pero no parece normal.
—No.
Alcázar empezó a toser bajo la mascarilla. El monitor emitió una alarma breve. Mara pidió que lo colocáramos mejor y administró la medicación disponible para mantener la presión. El comandante intentó levantar una mano hacia los mandos, aunque no tenía fuerza suficiente.
—Atenas —murmuró.
Samuel terminó la comunicación.
—Estamos esperando autorización final.