El pasajero de la 3K Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

—Era bastante mala —respondió Lucía.

—Sí.

—Pero era una.

Eva miró hacia el avión.

—Alcázar presentó informes sobre los vuelos sanitarios.

—Lo vimos en la tarjeta.

—La compañía los cerró.

—Sí.

—Eso saldrá.

No era una pregunta.

—Nadia se encargará aunque todos los demás intenten impedirlo.

Eva asintió.

—Bien.

Nunca la había oído pronunciar aquella palabra con tanta falta de satisfacción.

El teléfono que me habían devuelto vibró.

Un número desconocido.

Respondí.

—¿Jerónimo Baeza? —preguntó una voz.

La reconocí.

El capitán Lamas.

Me levanté por reflejo, como si pudiera verme al otro lado.

—Sí.

—Me han dicho que ha terminado la primera ronda de declaraciones.

—Creo que ha sido la tercera.

—Entonces estará descubriendo que aterrizar era la parte breve.

—Bastante.

Lamas guardó silencio un instante.

—Quería comprobar cómo se encuentra.

Miré mis manos.

Todavía temblaban un poco cuando sostenía el vaso, aunque podía deberse al café.

—No lo sé.

—Es una respuesta razonable.

—Durante la aproximación sí sabía qué tenía que hacer.

—Porque cada cosa tenía un orden.

—Ahora no.

—Ahora no tiene que aterrizar nada.

La frase era sencilla, pero mi cuerpo tardó en aceptarla.

—Gracias —dije.

—Hizo un trabajo extraordinario.

—Usted me guio.

—Sí.

No intentó negarlo para regalarme una heroicidad.

—El avión hizo la mayor parte —añadí.

—También.

Esperó.

—Y usted se quedó en el asiento —concluyó—. Las tres cosas son ciertas.

Miré el Sierra Mike al otro lado de la ventana.

—¿Volveré a volar?

No sabía si le preguntaba por mi empleo, por la licencia o por algo más difícil de nombrar.

—Eso no puedo decidirlo. La investigación llevará tiempo y la compañía deberá responder muchas preguntas.

Pero no permita que nadie convierta lo que hizo en una fantasía de piloto frustrado.

Usted no entró en la cabina para cumplir un sueño.

Entró porque había una emergencia, siguió instrucciones y mantuvo el avión bajo control.

Samuel había utilizado exactamente aquella versión para desacreditarme.

Lamas parecía saberlo.

—Quería estar allí —admití.

—Por supuesto.

—Eso podía haber afectado a la decisión.

—Por eso lo reconoció y continuó solo cuando la situación del avión lo permitía. Los pilotos también desean cosas. La formación no elimina el ego, el miedo ni la ambición. Enseña a detectarlos antes de que muevan la mano.

Samuel había tenido formación de sobra.

Lo que no había hecho era detectar nada que no le resultara útil.

—Descanse —dijo Lamas—. Y no repase el aterrizaje durante las próximas doce horas.

—Eso va a ser complicado.

—Entonces repáselo mal. La memoria necesitará tiempo para decidir qué ocurrió de verdad.

La llamada terminó.

Lucía levantó una ceja.

—¿El instructor?

—Sí.

—¿Te ha ofrecido trabajo?

—Me ha dicho que deje de pensar.

—Entonces no te conoce.

Eva se puso en pie.

—Nos trasladan a un hotel cercano. La tripulación quedará apartada de servicio hasta nueva orden.

—¿Suspendidos? —pregunté.

—Preventivamente.

—Samuel dijo que ocurriría.

—Samuel también dijo que no podrías aterrizar.

Recogimos los vasos.

Antes de marcharnos pedí acercarme al avión una última vez. Un agente nos acompañó hasta una zona delimitada de la plataforma. No pudimos subir. El interior seguía siendo examinado y cada compartimento podía contener huellas, dispositivos o pruebas.

Desde abajo, las ventanillas parecían demasiado pequeñas para haber contenido tantos rostros.

La suite 3K quedaba en la cubierta superior, invisible desde nuestra posición.

Allí había empezado el vuelo real, aunque el avión llevara ya horas preparándose para despegar.

Un hombre desconfiaba de una botella, otro fingía protegerlo, un piloto esperaba que todos siguieran la ruta prevista y yo creía que mi mayor problema consistía en controlar la ansiedad hasta Madrid.

—¿Qué título le pondría Fairbanks? —preguntó Lucía.

La miré.

—¿A qué?

—A todo esto. Siempre estás hablando de cómo titula sus novelas.

Pensé en La ley del ático, todavía dentro de mi mochila, recuperada junto al cuerpo de Llorente. Sherlock también había sobrevivido. Christie no.

—Probablemente algo desagradable sobre la botella.

—No parece muy comercial.

Eva señaló hacia la parte superior.

—El pasajero de la 3K.

Lucía asintió.

—Ese sí.

Miré la fila de ventanillas donde debía encontrarse la suite.

César Llorente había sido víctima, criminal, informante y origen de una investigación que quizá nunca habría comenzado si la red no hubiera decidido prescindir de él. No merecía convertirse en héroe. Tampoco reducirse al cadáver que encontramos en un asiento.

Era el pasajero de la 3K.

La descripción más exacta y menos indulgente.

Un avión despegó desde otra pista.

Los motores aumentaron hasta que el sonido atravesó la plataforma y llegó a nosotros como una corriente grave. Mi pecho se relajó. Durante un instante regresó la calma conocida, esa forma de silencio interior que solo aparecía cuando algo exterior hacía suficiente ruido.

Después el avión se elevó.

El sonido disminuyó.

Esperé la ansiedad.

Llegó una parte.

No toda.

El espacio que dejaron las turbinas fue ocupado por la mañana, las voces lejanas de los agentes, un vehículo que retrocedía y la respiración de Lucía junto a mí. No era silencio verdadero. Nunca lo había sido. Yo solo había aprendido a escuchar una ausencia más fuerte que todo lo demás.

Eva empezó a caminar hacia el vehículo que nos llevaría al hotel.

Lucía la siguió.

Yo permanecí un momento frente al Sierra Mike.

Las luces de la cabina de mando seguían encendidas. Desde abajo no podía distinguir los asientos, pero sabía dónde había quedado el izquierdo, dónde escondí la tarjeta y qué parte de la pista ocupaba cuando las ruedas tocaron tierra.

No necesitaba volver a entrar para comprobar que había ocurrido.

Tampoco necesitaba que nadie cambiara mi licencia.

El ruido terminó de alejarse.

Esta vez no faltaba nada.