El pasajero de la 3K Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—No necesito que conviertas el servicio en una operación quirúrgica.

—Dos hombres han muerto después de confiar en procedimientos que parecían normales.

El comandante no discutió.

—Una taza nueva —aceptó—. Café solo.

Samuel señaló el portavasos situado a la izquierda.

—Tiene su termo.

El recipiente metálico personal de Alcázar estaba allí, cerrado, con las iniciales M. A. grabadas en la tapa.

—No lo utilizaremos —dije.

—Lo ha utilizado durante todo el vuelo.

—Precisamente por eso no sabemos quién lo ha tocado.

Samuel me miró con una mezcla de irritación y algo más difícil de definir. Quizá desprecio. Quizá preocupación porque la paranoia empezaba a interferir con el trabajo.

—Trae un vaso desechable —decidió Alcázar—. Lo abrirás delante de mí y se acabó.

Eva y yo salimos.

La puerta se cerró detrás. Esperamos hasta oír el bloqueo y subimos unos pasos hacia la cocina delantera de la cubierta principal. No habíamos recorrido todavía la mitad cuando Eva me agarró del brazo.

—Has mentido.

No preguntó.

—Sí.

—La tarjeta estaba en el lomo.

Miré alrededor. El pasillo permanecía vacío, aunque varias cortinas estaban abiertas más atrás.

—No aquí.

—Jero.

—Damián murió porque la persona que lo atacó sabía qué buscaba. Alguien escucha todo lo que compartimos.

—Yo no soy alguien.

—Eres la jefa de cabina y tienes que hablar con el comandante, con la tripulación y con seguridad en tierra. No podía arriesgarme a que reaccionaras delante de Samuel.

—¿La tienes tú?

No respondí.

Eva me sostuvo la mirada.

—Si te registran, la encontrarán.

—No saben que existe.

—Acaban de destruir tu libro para buscarla.

—Creen que llegaron antes que nosotros y que el lomo estaba vacío.

—Samuel no lo cree.

—Samuel sabe demasiado.

La mandíbula de Eva se tensó.

—¿Quién más lo sabe?

—Lucía.

—¿Nadie más?

—Nadie.

Eva soltó el aire lentamente.

—Enséñamela.

—Después de preparar el café.

—Ahora.

—El comandante está esperando y Samuel sabe cuánto tarda en llenarse un vaso.

—Eso no significa que pueda observarnos.

—No sabemos qué puede observar.

Continuamos hasta la cocina.

Preparé el café delante de Eva. Abrí un vaso nuevo, retiré una tapa sellada y utilicé una cápsula del suministro que todavía permanecía dentro de su envoltorio.

No añadí azúcar, leche ni ningún otro elemento.

Cuando terminó, marqué la tapa con una línea diagonal para reconocerla y coloqué el vaso sobre una bandeja limpia.

—Nadie lo toca salvo tú —dijo Eva.

—Lo sé.

—Lo digo también por mí.

La miré.

—Gracias.

—No era un gesto de confianza. Era una orden.

Llevé el café a la cabina.

Alcázar abrió después de comprobar la cámara. Samuel permanecía en el asiento derecho y no se volvió cuando entré. Enseñé al comandante la tapa marcada, retiré el protector delante de él y le entregué el vaso directamente.

—¿Satisfecho? —preguntó.

—No especialmente.

Bebió un sorbo.

Samuel observó la escena de reojo.

—Si seguimos así, tendremos que analizar el aire antes de respirarlo.

—El aire no ha matado a nadie todavía —dije.

—Todavía.

La palabra pareció una broma hasta que comprendí que era la misma con la que había terminado mis pensamientos antes de encontrar muerto a Llorente.

Salí.

Eva me esperaba en 1K con Lucía. Cerramos la puerta dejando una abertura mínima y colocamos el ordenador sobre la mesa. Antes de sacar la tarjeta, revisé el panel, el asiento, la ventilación y hasta el hueco destinado a los auriculares.

—Si encuentras un asesino dentro del reposabrazos, prometo empezar a respetarte —dijo Lucía.

—No necesito que empieces en un momento de estrés.

Saqué la bolsa del bolsillo interior.

Eva vio la licencia detrás de la microSD.

—¿La llevabas pegada a eso?

—Era el lugar menos probable para que me registraran sin que lo notara.

—También el más probable para que perdieras las dos cosas si te golpeaban.

No había pensado en ello.

—Gracias por esperar hasta ahora.

Introdujimos la tarjeta mediante un adaptador. El ordenador seguía completamente desconectado. Aparecieron seis carpetas numeradas, un archivo de texto y varios documentos cifrados. El primer archivo no pedía contraseña.

SI ESTÁS LEYENDO ESTO, MENA HA FALLADO O YO NO HE LLEGADO.

No era una frase especialmente reconfortante.

Abrí.

El texto estaba firmado por César Llorente y fechado aquella misma tarde.

La tarjeta contiene los registros originales de las operaciones sanitarias, las transferencias que se utilizaron para pagar a los intermediarios y los accesos a plataforma de los últimos cinco años.

Parte de la información está cifrada. La clave no viaja conmigo.

Mena sabe cómo solicitarla si sigue vivo.

Lucía miró hacia la cubierta posterior.

—Ya no puede solicitarla.

—Quizá sus superiores sí —dijo Eva.

Continué leyendo.

No confío en que la unidad de Mena esté limpia.

Tampoco confío en la compañía. Los nombres que figuran en los manifiestos no demuestran participación.

Algunos son escudos. Otros son testigos que todavía no saben que lo son.

El responsable aparecerá repetido donde no debería y ausente donde todos crean haberlo visto.

—Eso parece escrito para complicarlo deliberadamente —dijo Eva.

—Llorente llevaba años viviendo entre registros falsos —respondí—. Para él, la claridad debía de parecer una forma de exponerse.

El último párrafo contenía una advertencia.

Si el vuelo se desvía antes de que la tarjeta salga del avión, observad quién intenta impedirlo. Si se desvía después de mi muerte, observad quién necesita conocer el destino antes del anuncio.

Nos miramos. Solo cinco personas conocíamos Atenas en aquel momento: Alcázar, Samuel y Eva de forma directa; Lucía y yo acabábamos de deducirlo por la hoja de la cabina, aunque no se había anunciado.

—No se lo diremos a nadie —dije.

—La tripulación necesitará preparar la llegada —respondió Eva.

—Diles que habrá desvío, no dónde.

—Eso puedo mantenerlo durante veinte minutos, no durante el descenso.

—Veinte minutos bastan para ver quién intenta averiguarlo.

Abrimos la carpeta de vuelos.

Los documentos coincidían con los manifiestos del maletín, aunque contenían capas anteriores de cada archivo: horarios originales, accesos, modificaciones y usuarios que habían alterado los datos.

El nombre de Samuel aparecía repetido como miembro de la tripulación en catorce operaciones. El de Alcázar figuraba en dos.

Sin embargo, junto a los vuelos de Alcázar había una anotación.

Reporte interno presentado por M. Alcázar. Sin respuesta.

Abrí uno de los archivos adjuntos.

El comandante había informado de una discrepancia en el peso de un contenedor sanitario cuatro años antes.

El aviso fue cerrado por operaciones como error de calibración.

En el segundo vuelo, había pedido una inspección adicional después del aterrizaje.

Tampoco constaba ninguna investigación posterior.

—No estaba participando —dije—. Estaba intentando denunciarlo.

—Eso explica por qué su nombre aparece —respondió Eva—. Llorente lo utilizó como testigo.

—Y quizá por eso confiaba en que pilotara este vuelo.

Samuel no tenía anotaciones semejantes.

En cambio, varias modificaciones realizadas después de sus vuelos utilizaban la misma identificación que había registrado la entrega manual de la botella.

OP-4471. Sergio Olmedo.

El hombre que llevaba horas de baja médica.

—Alguien utiliza su código desde hace años —dijo Lucía.

—O Sergio participa y la baja es una coartada —respondió Eva.

—Pero el código aparece en aeropuertos distintos el mismo día. No puede estar físicamente en todos.

Las operaciones se realizaban mediante identidades prestadas. La persona no aparecía donde actuaba y aparecía donde no podía haber estado, exactamente como advertía Llorente.

Abrí la carpeta de pagos.

La mayoría de las empresas eran nombres sin significado: consultoras, transportes regionales, servicios técnicos. Una hoja vinculaba varios pagos a personas físicas mediante abreviaturas. Entre ellas aparecía S. O., pero la referencia podía corresponder otra vez a Sergio Olmedo o a Samuel Orduña.

Más abajo encontré un nombre completo.

GONZALO ALVEAR.

Me quedé inmóvil.

—6A —dije.

Eva consultó la lista de pasajeros.

—Gonzalo Alvear, cincuenta y tres años. Consultor de logística.

—El hombre que dijo haber visto entrar a un tripulante en 7A.

—Y quien describió el olor a café —añadió Lucía.

Abrimos el archivo asociado.

Alvear había sido supervisor externo de plataforma para Llorente Aerologística.

Figuraba en seis envíos sanitarios y había recibido pagos a través de una empresa registrada en Malta.

Una fotografía lo mostraba sin barba, varios años más joven, junto a un contenedor blanco y un hombre con uniforme de piloto.

Samuel.

No estaban posando. La imagen parecía extraída de una cámara de seguridad. Samuel sostenía una carpeta. Alvear señalaba la puerta de carga.

—El hombre que viajaba delante —murmuré.

—Y el que trabajaba detrás —dijo Eva.

Revisé la hora de la fotografía. Correspondía al vuelo donde habían desaparecido los nueve minutos.

Un registro de accesos mostraba que la acreditación de Fernando había abierto la zona de carga a las 19:14. A las 19:17, la identificación de Alvear accedía al mismo sector. A las 19:21 aparecía una comunicación desde el teléfono operativo asignado a Samuel. A las 19:23 se cerraba la bodega.

Nueve minutos.

Fernando había firmado el documento final.

Alvear había estado físicamente allí.

Samuel había confirmado la operación desde delante.

—Los dos —dijo Lucía.

—Eso parece.

—Alvear colocó las notas y atacó a Damián —añadió Eva—. Samuel controlaba desde la cabina.

—Todavía no sabemos quién mató a Llorente.

—Samuel recibió la botella.

—Alvear trabajaba con catering y conocía los accesos.

—Pudieron hacerlo juntos.

La explicación encajaba con demasiadas cosas.