Capítulo 16
Cambio de rumbo
La tarjeta pesaba menos que mi licencia de piloto privado, pero fue lo primero que sentí al bajar hacia la cabina de mando.
La llevaba dentro de una pequeña bolsa sellada, pegada al plástico de la licencia y oculta en el bolsillo interior de la camisa.
Cada vez que descendía un peldaño, ambas piezas golpeaban suavemente contra mi pecho: el documento que demostraba que podía pilotar un avión pequeño y el objeto por el que dos hombres habían muerto dentro de uno enorme.
Una parte de mí consideraba que juntar aquellas cosas era una broma de mal gusto.
Otra agradecía tener la tarjeta junto a algo que llevaba años protegiendo y que nunca entregaba sin saber exactamente quién la recibiría.
Eva caminaba delante de mí con el lomo vacío de Muerte en la vicaría guardado en una bolsa transparente.
No sabía que Lucía y yo habíamos encontrado la microSD entre las capas del cartón.
Había decidido ocultárselo durante los pocos minutos necesarios para llegar a la cabina, no porque creyera que estuviera implicada, sino porque Damián acababa de morir después de confiar en demasiadas personas por separado y en ninguna por completo.
Cada dato compartido había terminado convertido en una ventaja para el asesino.
Por primera vez desde el despegue, nosotros conservábamos una información que él no parecía poseer.
O eso necesitaba creer.
Atravesamos la cubierta principal mientras la señal de cinturones continuaba encendida.
La turbulencia se había reducido a movimientos leves, pero la mayoría de los pasajeros permanecía sentada, todavía pendiente de cualquier cambio en el tono de los motores.
Algunos habían vuelto a las pantallas. Otros observaban a la tripulación con esa atención nueva que aparece cuando alguien descubre que el vuelo puede contener sucesos no incluidos en el precio del billete.
La puerta de la cabina se abrió después de que Eva se identificara.
Samuel estaba sentado frente a los mandos.
Alcázar se encontraba en su posición habitual, con los auriculares colocados y varias páginas de navegación abiertas en las pantallas laterales.
El radar meteorológico mostraba la zona que acabábamos de atravesar alejándose detrás del avión.
Delante, la ruta magenta seguía apuntando hacia el oeste.
Sobre la mesa del comandante había aparecido una nueva hoja.
AEROPUERTOS ALTERNATIVOS.
Atenas figuraba rodeada por un círculo.
—Cerrad —ordenó Alcázar.
Eva bloqueó la puerta.
El comandante no preguntó primero por Damián. Miró nuestras caras, la bolsa con el lomo y comprendió la respuesta antes de formularla.
—¿Confirmado?
—A las cuatro veintiuno —dijo Eva—. Traumatismo craneal y torácico. Mara cree que recibió un golpe antes de caer por la escalera.
Alcázar cerró los ojos apenas un segundo. Cuando volvió a abrirlos, la expresión personal había desaparecido y solo quedaba el comandante.
—Entonces desviamos.
Samuel mantuvo la vista en las pantallas.
—Todavía no hemos recibido confirmación de aparcamiento compatible.
—La recibiremos durante el descenso.
—Un A380 no puede presentarse en cualquier posición y esperar que improvisen.
—Atenas puede recibirnos.
—Puede recibir el aparato. Eso no significa que tenga preparados seguridad, asistencia médica, custodia para quinientos pasajeros y una investigación de homicidio.
—No comunicaremos homicidio por el canal ordinario.
Samuel giró la cabeza.
—¿Qué comunicaremos?
—Dos emergencias médicas, un fallecimiento traumático y una amenaza de seguridad a bordo. El resto se transmitirá mediante enlace restringido.
—Eso bastará para movilizar a media terminal.
—Es la idea.
La respuesta de Alcázar no admitía discusión.
Samuel volvió al panel, aunque la tensión en sus hombros no disminuyó.
Había defendido la continuación de la ruta desde la primera muerte con argumentos razonables: infraestructura, coordinación, protección de los archivos y riesgo de entregar la operación a personas no preparadas.
Aquella vez no podía hacerlo sin parecer que obedecía la amenaza.
—¿Cuándo iniciaremos el descenso? —preguntó Eva.
—En aproximadamente treinta y cinco minutos, si recibimos la autorización esperada. No se anunciará el destino hasta que estemos establecidos y el cambio resulte evidente. Diremos que desviamos por una emergencia médica.
—Los pasajeros verán el mapa.
—Desactivaremos la información de ruta unos minutos antes.
—Eso también llamará la atención —dijo Samuel.
—Menos que anunciar que alguien está matando personas dentro del avión.
La frase quedó suspendida entre los instrumentos.
Alcázar miró el lomo dentro de la bolsa.
—¿La tarjeta estaba ahí?
—No —respondí.
La mentira salió limpia.
No me produjo orgullo. Solo una ligera náusea que podía atribuirse al final de la turbulencia.
—¿Estaba vacío cuando lo encontrasteis? —preguntó Samuel.
—Habían arrancado las cubiertas, dividido las páginas y abierto el libro.
—¿Y el lomo?
La pregunta llegó demasiado rápido.
Yo no había mencionado que Damián hubiera señalado aquella parte concreta.
Alcázar sabía que buscábamos algo en el libro porque Eva se lo había comunicado, pero no recordaba que nadie hubiera hablado del lomo delante de Samuel.
El primer oficial podía haberlo deducido.
Si alguien quería esconder una tarjeta en un libro, era uno de los lugares más lógicos.
También era exactamente el lugar que Damián había utilizado.
—Lo encontramos cortado dentro del baño —dije—. Estaba vacío.
Samuel asintió y volvió la vista hacia los instrumentos.
No preguntó por las páginas.
No preguntó por la cubierta.
Había preguntado directamente por el único sitio que importaba.
Alcázar extendió una mano y Eva le entregó la bolsa. Examinó el cartón sin abrirla.
—¿Mena pudo haberla retirado antes de la cita?
—Su teléfono ha desaparecido —respondí—. También la persona que lo atacó registró mi equipaje y destruyó el libro. Quien fuera sabía qué buscaba.
—¿Quién conocía el escondite?
—Damián. Quizá sus superiores. Llorente, si acordaron el método. Y cualquiera que escuchara cuando me dijo que lo revisara.
—¿Dónde te lo dijo? —preguntó Samuel.
—En la cubierta superior.
—¿Quién estaba presente?
—Eva.
Ella asintió.
—Lucía estaba cerca. Amira podía oír desde la cocina. Había pasajeros con las suites abiertas.
—¿Montalbán?
—Bajo vigilancia médica —respondió Eva—. Tiene una conmoción y no abandonó la suite durante la turbulencia.
—Según la persona que lo vigilaba.
Eva lo miró.
—Según dos tripulantes, Mara y el registro del panel.
—Los registros también dijeron que la botella estaba donde debía.
—No todos los sistemas han fallado porque uno fuera manipulado.
—No podemos saber cuáles.
Alcázar dejó el lomo sobre la mesa.
—¿Encontrasteis algo más junto a Mena?
Saqué la bolsa con el fragmento de galón.
—Esto estaba atrapado debajo del cuerpo.
Samuel lo observó desde su asiento.
—Dos barras.
—Primer oficial —dije.
—O una pieza arrancada de cualquier camisa con dos barras.
—¿Cuántos uniformes de repuesto hay a bordo?
—No llevo la cuenta.
—Encontramos una camisa sin identificación en un baño. Damián intentó decir que la camisa no era de la persona que la llevaba.
Samuel frunció el ceño.
—¿Lo dijo antes de morir?
—Sí.
—¿Y concluyes que el atacante se disfrazó de piloto?
—Varios pasajeros lo vieron.
—Vieron una camisa blanca, una mascarilla y algo dorado en el hombro durante turbulencias. Podían haber visto a un tripulante, un pasajero o un reflejo.
—Nuria lo vio seguir a Damián.
—Nuria ha mentido sobre sus movimientos desde antes del despegue.
—También tú.
La frase salió antes de que Alcázar pudiera detenerme.
Samuel giró lentamente el asiento.
—¿Sobre qué he mentido?
—Dijiste que no conocías la parte sanitaria de la investigación, pero sabías lo de los vuelos.
Dijiste que las iniciales de la botella podían ser tuyas hasta que operaciones identificó a otro S.
O. Dijiste que solo te asomaste a la cocina, aunque el registro demuestra que permaneciste fuera más de un minuto.
Y acabas de preguntar por el lomo antes de que nadie te dijera que allí estaba el escondite.
La cabina quedó en silencio.
Samuel no parecía asustado. Parecía estar ordenando cada acusación antes de responderla.
—Sabía que buscabais algo dentro de un libro —dijo—. Un lomo es el lugar más evidente para esconder una tarjeta. Lo demás ya lo he explicado.
—Explicar una mentira no la convierte en verdad.
—Tampoco repetir una sospecha la convierte en prueba.
—Basta —dijo Alcázar.
Esta vez no necesitó golpear ningún reposabrazos. La palabra fue suficiente.
—Samuel permanece en su puesto —continuó—.
Eva, nadie accede a la cabina salvo tú o Jero y siempre después de identificación visual.
Quiero un tripulante vigilando ambas escaleras.
El atacante ha utilizado uniformes para moverse.
Desde ahora, cualquier miembro de la tripulación fuera de su zona deberá comunicarlo antes.
—Eso alertará a quien esté implicado —dije.
—Quien esté implicado ya sabe que buscamos un uniforme.
Alcázar se llevó una mano a la nuca y la mantuvo allí unos segundos. Parecía agotado. La piel del rostro tenía un tono algo más pálido que antes y una sombra oscura se extendía bajo los ojos.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Eva.
—Dolor de cabeza.
—Mara puede examinarlo.
—No voy a abandonar la cabina.
—Puede subir.
—Tenemos que preparar el desvío y coordinar la llegada.
Samuel miró al comandante.
—Llevas horas sin comer.
—No es el momento.
—Precisamente.
Alcázar retiró la mano de la nuca.
—Café. Solo.
La petición me pareció tan ordinaria que durante un instante olvidé todo lo relacionado con botellas, medicamentos y recipientes manipulados. Después recordé a Llorente diciendo que las cosas confesaban más que las personas.
—Lo preparo yo —dije.
Samuel soltó una risa seca.
—¿También vas a custodiar el café?
—Sí.
—Jero —intervino Eva—, puedo hacerlo.
—Quiero utilizar una taza nueva.
Alcázar me observó.