Capítulo 15 #3
—Tiene signos de traumatismo torácico —dijo Mara—. Puede haber hemorragia interna, lesión cerebral grave o ambas cosas.
—¿Una caída provoca eso? —pregunté.
—Puede.
—¿Y un golpe antes de caer?
Mara observó la herida situada detrás de la oreja.
—Esta lesión no encaja bien con los escalones.
—¿Por qué?
—Es estrecha y profunda. Parece producida por un objeto antes del impacto mayor.
Lo habían golpeado.
Después lo empujaron.
La turbulencia solo había terminado el trabajo.
Continuamos durante más de veinte minutos.
Esta vez nadie necesitó ordenar a Eva que se detuviera.
Mara alternó con ella y Lucía, mientras yo mantenía el oxígeno y observaba el monitor sin encontrar nada que pudiera confundirse con una recuperación.
La actividad eléctrica permanecía mínima, incapaz de producir un pulso.
A las cuatro diecinueve, Mara retiró las manos.
—No responde.
Eva miró el reloj.
—Continúa.
Mara negó despacio.
—No podemos revertir las lesiones que tiene.
—Continúa.
La médica sostuvo su mirada.
La escena se repetía, pero Eva no era la misma que cuando Llorente murió.
Aquella vez había intentado proteger a un pasajero.
Ahora tenía delante a un agente que había llenado su avión de secretos, que había fallado en su misión y que, aun así, había muerto intentando entregar algo que podía salvar a otra persona.
—Eva —dije.
Ella no me miró.
—Dos minutos más.
Nadie discutió.
Fueron los dos minutos más largos del vuelo.
Cuando terminaron, Mara comprobó por última vez el pulso, observó las pupilas y apagó el flujo adicional de oxígeno.
—Hora de la muerte, cero cuatro veintiuno.
La frase quedó absorbida por el ruido de los motores.
Eva permaneció arrodillada unos segundos. Después se levantó, se limpió las manos y empezó a dar órdenes: trasladar el cuerpo a la zona de descanso superior, documentar las lesiones, conservar la ropa, cerrar la escalera trasera y comunicar al comandante un segundo fallecimiento confirmado.
Un segundo fallecimiento. No dijo asesinato; ya no hacía falta.
Me quedé junto a Damián mientras los demás preparaban el traslado.
Su rostro había perdido la tensión habitual y parecía más joven, aunque la sangre seca y las heridas impedían cualquier clase de serenidad.
La chaqueta estaba abierta. El bolsillo interior donde había guardado el teléfono se encontraba vacío.
—Su móvil —dije.
Eva comprobó la ropa.
No estaba.
La persona que lo había empujado se lo había llevado.
—Contenía el mensaje de la cita —recordé—. También las comunicaciones con sus superiores y la fotografía de la botella.
—El asesino tiene todo eso ahora —dijo Lucía.
—O lo tenía antes.
Miré los restos de mi libro dentro de la bolsa transparente.
El lomo había desaparecido. La tarjeta podía estar ya en manos del culpable. Damián había muerto, el teléfono desechable estaba inutilizado y su dispositivo personal había sido robado. Todo lo que permitía seguir la comunicación se había cortado en menos de veinte minutos.
Alguien no quería únicamente recuperar la tarjeta.
Quería dejarme sin la persona que podía explicarla.
—Jero —dijo Eva—. Tenemos que informar a Alcázar.
—Primero quiero revisar la ropa de Damián.
—Ya lo hemos hecho.
—No toda.
Me arrodillé y examiné la camisa sin mover el cuerpo más de lo imprescindible.
Faltaba un botón cerca del pecho, probablemente el que habíamos encontrado en la escalera.
Los bolsillos estaban vacíos. La corbata se había soltado durante la caída.
En la manga izquierda había una mancha oscura que no parecía sangre.
Café.
—El atacante olía a café —dije.
—Medio avión huele a café —respondió Eva.
—La camisa encontrada en el baño también.
Observé la mancha. No estaba derramada sobre Damián desde arriba. Aparecía en forma de huellas irregulares cerca del codo, como si hubiera agarrado a alguien cuya ropa estaba húmeda.
—Forcejeó con él.
Lucía acercó una bolsa.
—Podemos analizarlo en tierra.
—Dentro de cuatro horas.
—Menos, si desviamos.
La segunda muerte obligaría al comandante a reconsiderar la ruta. También podía ser exactamente lo que el asesino había intentado evitar con la primera nota.
Damián había dicho que el destino quizá no importara, solo el tiempo.
Ahora ya había conseguido tiempo suficiente para matar otra vez y registrar mi libro.
Me puse en pie.
—Quien lo atacó oyó que la tarjeta estaba en Christie.
—O Damián se lo había contado antes —dijo Eva.
—¿A quién?
—A sus superiores. A Llorente. A cualquier persona implicada en la operación.
—Pero supo que la bolsa estaba en el compartimento trasero.
—Eso podía verlo cualquier miembro de la tripulación.
—Y accedió a 2A sin que Amira lo detectara.
—Disfrazado de piloto —añadió Lucía.
Miramos el fragmento de tela con líneas doradas, guardado ya dentro de una bolsa.
—Damián dijo que la camisa no era… algo —recordé—. Quizá intentaba decir que no era un piloto.
—O que la camisa no era de la persona que la llevaba —dijo Eva.
—Eso significa que vio su cara.
—Y no llegó a decirnos quién era.
El cuerpo fue trasladado con cuidado hacia la zona de descanso.
Cuando desapareció detrás del panel, la cocina recuperó una parte de su aspecto habitual.
Superficies metálicas, armarios cerrados, una cafetera asegurada y carros inmóviles.
Solo las manchas de sangre en el suelo y el material médico indicaban que un hombre acababa de morir allí.
El interfono sonó.
Procedía de la cabina de mando.
Eva respondió.
Alcázar había recibido el aviso y quería que subiéramos inmediatamente. Samuel continuaba con él. El comandante iba a iniciar una solicitud de desvío por emergencia médica y posible amenaza de seguridad.
—Por fin —murmuró Lucía.
La primera nota había ordenado que no cambiáramos de rumbo.
Ahora íbamos a hacerlo.
Eso significaba que el asesino tendría que reaccionar.
Antes de marcharnos, regresé al baño delantero. Necesitaba comprobar una última cosa. Revisé otra vez las hojas, las cubiertas y el espacio donde habían arrancado el lomo. La papelera tenía un doble fondo destinado a aislar residuos líquidos. Lo levanté.
Debajo encontré una tira estrecha de cartón.
El lomo de Muerte en la vicaría.
Estaba cortado longitudinalmente y abierto por uno de los extremos. A simple vista parecía vacío. Quien lo había registrado debía de haber llegado a la misma conclusión, porque lo había dejado allí en lugar de llevárselo.
Recordé la edición.
Era barata, de cubierta flexible y con un lomo más grueso de lo necesario porque las páginas estaban agrupadas en cuadernillos. Damián no habría escondido una tarjeta suelta dentro de una cavidad evidente. Sabía que quien la buscara conocería el método de Llorente.
Pasé los dedos por el cartón.
En el centro había una zona ligeramente más rígida.
Separé con cuidado las dos capas.
Entre ellas apareció una lámina negra, tan fina que parecía parte del adhesivo. Al inclinarla bajo la luz distinguí los contactos metálicos de una tarjeta microSD envuelta en cinta mate.
Lucía soltó el aire detrás de mí.
—La tenía.
—El otro no la encontró.
—Porque buscó dentro del lomo.
—Damián la pegó entre las capas.
La tarjeta cabía sobre la punta de mi dedo.
Un objeto diminuto por el que ya habían muerto dos personas.
La guardé dentro de una bolsa y la sellé.
—¿La llevamos a la cabina? —preguntó Lucía.
Miré hacia la parte delantera, donde Alcázar y Samuel esperaban nuestro informe. Uno aparecía en dos de los registros sanitarios. El otro en nueve. Ambos conocían la existencia de la tarjeta. Al menos uno sabía que habíamos estado buscándola dentro del maletín.
Damián había escondido la única copia en mi libro, no en el suyo, no en una caja de seguridad y no junto al comandante.
Antes de morir me había dicho que la encontrara.
No que la entregara.
—No —respondí—. A la cabina llevaremos el lomo vacío.
Lucía me observó.
—¿Y la tarjeta?
La introduje en el bolsillo interior de la camisa, detrás de mi licencia de piloto privado.
—Hasta que sepamos quién llevaba el uniforme, no se la enseñamos a nadie.