Capítulo 15 #2
La etiqueta de mantenimiento continuaba adherida al panel.
Detrás se encontraba César Llorente, trasladado allí después de la reanimación y cubierto por una sábana.
Nadie debía haber entrado desde entonces.
Claudia había vigilado la zona hasta que la enviamos con el equipo médico, y durante la turbulencia la cabina había quedado atendida por Amira desde la cocina.
—No puede estar ahí —dijo ella.
—¿Por qué?
—La puerta no se ha abierto.
—¿Lo sabes o lo supones?
Amira miró el indicador del panel.
—No tenemos registro individual de cada apertura.
Deslicé la puerta.
La luz estaba apagada.
Durante un segundo solo distinguí la forma reclinada bajo la sábana, más alta en la zona del pecho y completamente plana a partir de los pies.
El aire conservaba un olor frío a oxígeno, tela limpia y algo dulzón que podía proceder de los productos de cabina o del comienzo de un proceso que prefería no identificar.
Encendí la luz mínima.
La bolsa no estaba a la vista.
La sábana, sin embargo, se había desplazado.
Cuando habíamos dejado a Llorente allí, Eva la había colocado hasta los hombros y había recogido los bordes junto al cuerpo.
Ahora el lado derecho colgaba hacia el suelo.
Podía haberse movido con la turbulencia, aunque el cadáver permanecía sujeto mediante el cinturón y el panel lateral protegía la cama.
—Alguien ha entrado —dije.
Lucía se quedó en la puerta.
—¿Estás seguro?
—No.
Me acerqué.
No quería tocar el cuerpo. Tampoco apartar una sábana que cubría a un hombre con quien había hablado menos de dos horas antes. Pero debajo del borde caído distinguí una esquina de tela negra.
Levanté la sábana utilizando dos dedos protegidos por una servilleta.
Mi mochila estaba colocada junto al costado de Llorente, atrapada entre el cuerpo y la pared.
—Dios —murmuró Amira.
El asesino no la había escondido allí porque esperara que nunca la encontráramos. Había elegido el único lugar del avión que nadie quería registrar con rapidez y la había colocado junto al cadáver de la persona cuya tarjeta buscábamos.
La saqué con cuidado.
La cremallera principal estaba abierta. La cinta gris seguía en el asa y no había manchas de sangre ni daños visibles. La depositamos sobre la mesa de 1K para examinarla lejos del cuerpo.
Dentro estaban la camisa de recambio, el neceser, la documentación y dos libros.
Las aventuras de Sherlock Holmes.
La ley del ático, de Norman Fairbanks.
El de Agatha Christie había desaparecido.
—Sabían cuál —dijo Lucía.
—O probaron primero con el que Damián mencionó.
—¿Dónde lo llevaron?
—No muy lejos. No tuvieron tiempo.
—También podían haberlo entregado a otra persona.
Miré hacia la puerta abierta de 2A.
Quien había escondido allí la bolsa había tenido que entrar en primera clase, abrir la suite donde yacía el cadáver, colocarla junto al cuerpo y salir mientras todos permanecíamos sujetos o atendíamos a Damián.
Después podía continuar con el libro bajo la camisa, dentro de otra bolsa o sobre una bandeja.
—Revisa el lomo de los otros —dijo Lucía.
—Damián especificó Christie.
—Quizá sabía que alguien escuchaba y utilizó el título equivocado.
La idea encajaba con la desconfianza del agente, pero no con la urgencia de sus últimas palabras. Aun así, examiné ambos ejemplares.
El de Conan Doyle era una edición de bolsillo antigua, con el lomo pegado y varias grietas producidas por las lecturas.
No había espacio para ocultar nada sin despegarlo por completo.
La ley del ático tenía una encuadernación más rígida, aunque el interior del lomo permanecía intacto.
Pasé los dedos por las cubiertas, agité ambos libros y revisé las páginas.
Nada.
—Christie —dije—. Tiene que ser Christie.
Amira seguía junto a la entrada, observando el pasillo.
—Alguien viene.
Cerramos la mochila.
Era Nadia.
La periodista se había levantado pese a que la señal de cinturones continuaba encendida y llevaba una manta sobre los hombros. Sus ojos recorrieron la puerta abierta de 2A, la mochila sobre la mesa y nuestras expresiones.
—¿Qué ha ocurrido?
—Regrese a su asiento —dijo Lucía.
—He visto trasladar equipo médico hacia la parte trasera. ¿Ha muerto alguien más?
Nadie respondió.
Nadia miró hacia 2A.
—¿Mena?
—¿Por qué piensa en él? —pregunté.
—Porque no está en su asiento y ustedes buscan algo que claramente no pertenece al servicio.
—¿Ha visto a un piloto con una bolsa negra?
La pregunta la sorprendió.
—Sí.
—¿Dónde?
—Cerca de 4A, durante la turbulencia. Creí que comprobaba las suites.
—¿Le vio la cara?
—No.
—¿Mascarilla?
—Sí.
—¿Llevaba algo más?
Nadia pensó.
—Un libro.
La tensión me atravesó el pecho.
—¿Cuál?
—No vi la portada. Era pequeño, de bolsillo.
—¿Hacia dónde fue?
—Entró en el baño delantero.
Damián y yo habíamos encontrado una camisa de uniforme abandonada en un baño de la parte trasera. Si el mismo hombre utilizaba ahora el delantero, podía estar cambiándose de nuevo.
Me dirigí hacia allí.
Lucía me siguió. Amira permaneció vigilando las suites.
La puerta del baño estaba cerrada, pero el indicador mostraba libre. Golpeé.
—Tripulación.
No hubo respuesta.
Utilicé el desbloqueo exterior.
La luz se encendió al abrir.
No había nadie.
El espacio parecía limpio, salvo por varias gotas de agua alrededor del lavabo y una toalla de papel arrugada dentro de la papelera. Abrí el compartimento de residuos. Encontré envases, pañuelos, una botella pequeña de colonia y una mascarilla quirúrgica.
Debajo había hojas arrancadas.
Las reconocí antes de tocar ninguna.
El papel amarillento, la tipografía pequeña y el margen estrecho pertenecían a mi edición de Muerte en la vicaría. Alguien había dividido el libro en varias secciones y las había introducido dentro de la papelera después de arrancar la cubierta.
Saqué los fragmentos utilizando guantes.
Faltaba el lomo.
—No está —dijo Lucía.
Revisamos el resto del baño. El suelo, los compartimentos, detrás del espejo, el depósito de residuos y la pequeña cavidad donde se guardaban los productos de cortesía. Encontramos la cubierta delantera doblada bajo el lavabo y la trasera dentro de un cajón.
El lomo había sido retirado con una herramienta afilada.
—Llegó antes que nosotros —dije.
—¿Y encontró la tarjeta?
—No lo sabemos.
—Si la encontró, no necesitaba esconder la mochila junto al cadáver.
—Eso ocurrió antes de destruir el libro.
—Entonces utilizó la bolsa para ganar tiempo. Sabía que buscaríamos primero junto a Llorente mientras él revisaba el lomo.
La secuencia encajaba.
El atacante empujó a Damián durante la turbulencia.
Escuchó o conocía la instrucción sobre el libro.
Subió vestido como piloto o utilizando una camisa con galones.
Retiró mi mochila del compartimento.
La escondió en 2A para retrasarnos.
Sacó el libro y entró en el baño delantero.
Allí lo destruyó.
Después se cambió o se quitó la mascarilla y salió convertido otra vez en cualquier pasajero o miembro de la tripulación.
—¿Cuánto tiempo estuvo dentro? —pregunté a Nadia.
—No lo sé. Me ordenaron sentarme y cerré la puerta.
—¿Vio salir a alguien?
—No.
—Pudo salir sin la camisa.
—¿Qué camisa?
Le mostré la mascarilla.
—Alguien lleva uniformes que no le pertenecen.
Nadia perdió parte de la firmeza.
—¿Encontraron algo en el libro?
—Todavía no.
—Llorente utilizaba libros para enviar mensajes.
La miré.
—¿Cómo lo sabe?
—En una ocasión me mandó una clave dentro de una edición antigua de Conrad. Cortó varias páginas y pegó un sobre en el lomo.
—¿Qué libro?
—El agente secreto.
—Sutil.
—A Llorente le gustaban las bromas que solo él entendía.
—¿Sabía que Damián había escondido algo en el mío?
—No sabía que Mena tocaba sus pertenencias.
—Pero sabía que podía utilizar un lomo.
—Sabía que Llorente lo había hecho antes.
—Eso convierte a cualquiera de sus contactos en alguien capaz de buscar allí.
Nadia cruzó los brazos bajo la manta.
—También a mí. Ya lo ha pensado.
—Sí.
—Yo estaba en mi suite durante la turbulencia.
—Con la puerta cerrada y sin cámara.
—Había pasajeros delante.
—Que vieron a un piloto.
—No sé pilotar.
—Solo necesitaba una camisa.
Nadia me sostuvo la mirada.
—Si hubiera encontrado esa tarjeta, no estaría aquí preguntando si ustedes la tienen.
—Eso también diría alguien que ya la hubiera encontrado.
—Empieza a parecerse a Mena.
—No lo considero una mejora.
Una llamada llegó por el interfono portátil de Lucía.
Eva.
La situación de Damián había empeorado durante el traslado. Mara necesitaba despejar la cocina trasera y preparar el desfibrilador.
Guardamos los restos del libro en una bolsa y regresamos.
No corrimos. La señal seguía encendida, algunos pasajeros nos observaban y el suelo conservaba movimientos ocasionales.
Sin embargo, cada paso parecía demasiado lento.
Atravesamos ejecutiva mientras las puertas se abrían a nuestro paso.
Varias personas preguntaron qué había ocurrido. No respondimos.
Al llegar a la parte posterior, Damián ya había sido trasladado desde la escalera hasta el suelo de la cocina. Llevaba un collarín, la cabeza inmovilizada y una mascarilla conectada al oxígeno. Mara se encontraba arrodillada junto a él, con dos dedos sobre el cuello.
—No tiene pulso —dijo.
Eva inició las compresiones.
El cuerpo de Damián se movió bajo sus manos del mismo modo que se había movido el de Llorente.
La diferencia era que yo acababa de escucharlo hablar, sentir su mano sobre mi muñeca y verlo caminar hacia una decisión que sabía peligrosa.
Aquella cercanía no dejaba espacio para la negación inicial.
Comprendí lo que ocurría desde el primer segundo.
Lucía preparó el desfibrilador.
—Analizando ritmo.
Nos apartamos.
—Ritmo no desfibrilable.
Mara administró medicación, comprobó la ventilación y volvió a pedir compresiones. Eva mantuvo el ritmo mientras el avión continuaba atravesando movimientos menores. Cada vez que el suelo cambiaba, tenía que ajustar la posición sin interrumpir.