Capítulo 15
El lomo
La bolsa había desaparecido durante los nueve minutos en que permanecimos sujetos a los asientos.
No antes.
Lucía la había visto dentro del compartimento cuando regresamos de revisar el vídeo de Nadia.
Eva recordaba haber cerrado la puerta al ordenar que la tripulación ocupara posiciones.
Yo mismo había mirado hacia aquel armario antes de ir a asegurar ejecutiva, pensando que el libro podía esperar mientras Damián no.
Cuando volvimos de la escalera trasera, el panel estaba abierto, los demás equipajes seguían dentro y el espacio reservado para mi bolsa había quedado vacío.
Alguien había aprovechado la turbulencia para llevársela.
Damián continuaba tendido varios metros más abajo, encajado entre el pasamanos y los escalones mientras Mara intentaba mantenerle abierta la vía aérea sin moverle el cuello.
La sangre había empapado las servilletas que Nuria presionaba contra su cabeza.
Cada respiración llegaba más débil que la anterior y producía un sonido húmedo que no pertenecía únicamente a una herida en el cuero cabelludo.
—Necesitamos sacarlo de la escalera —dijo Mara—. Puede tener una lesión cervical, pero aquí no puedo ventilarlo bien ni controlar una hemorragia interna.
Eva pidió una tabla de inmovilización y ordenó bloquear los dos accesos.
Dos tripulantes descendieron desde la parte superior con el equipo, sujetándose a cada movimiento residual del avión.
La turbulencia había disminuido, aunque el suelo continuaba oscilando lo suficiente para convertir cualquier maniobra en una suma de riesgos.
Yo miraba hacia arriba.
El compartimento abierto quedaba fuera de mi vista desde el descansillo, pero sabía exactamente qué faltaba. No ropa, documentación ni dinero. El único objeto que Damián había mencionado antes de acudir a la cita.
Mi ejemplar de Muerte en la vicaría.
—Ve —dijo Eva.
La miré.
—¿Qué?
—Busca la bolsa. Aquí ya somos suficientes.
—Damián…
—Mara se ocupa de él.
La médica no levantó la vista. Estaba colocando una mascarilla de oxígeno mientras comprobaba de nuevo el pulso.
—Tiene razón —dijo—. No puedes ayudarme en esta posición.
No era verdad del todo. Podía sostener material, transmitir información o colaborar en el traslado. Lo que no podía hacer era ninguna de aquellas cosas sin mirar cada pocos segundos hacia la cubierta superior, donde la persona que había empujado a Damián podía estar abriendo mi equipaje.
Eva señaló a Lucía.
—Ve con Jero. Nadie se mueve solo.
Nuria continuó presionando la herida. Su uniforme tenía manchas de sangre en las mangas y en la falda, pero parecía no darse cuenta.
—Yo vi al hombre —dijo.
—¿Qué hombre? —preguntó Eva.
—El que iba detrás de Mena. Antes de sentarme.
—Dijiste que no estabas segura.
—Ahora recuerdo que llevaba una bolsa oscura cruzada sobre el hombro.
—¿La de Jero?
—No. Más pequeña. Como una funda de ordenador.
—¿Uniforme?
Nuria cerró los ojos un instante.
—Camisa blanca. Pantalón oscuro. Algo dorado aquí.
Se tocó el hombro.
—¿Cuántos galones? —pregunté.
—No lo sé. El avión se estaba moviendo.
—¿Le viste la cara?
—Solo de perfil. Llevaba una mascarilla.
La misma protección que el supuesto empleado de catering que había entregado la botella falsa a Samuel.
—¿Color del pelo?
—Oscuro.
—Eso incluye a casi todos —dijo Lucía.
—Era más bajo que Samuel.
—¿Y que Alcázar?
—No sabría decirte.
Damián emitió un sonido bajo.
Todos miramos hacia él.
Sus dedos se cerraron sobre el aire, buscando algo que ya no estaba. Mara se inclinó.
—Damián, ¿me oye?
Abrió los ojos apenas.
—La camisa —murmuró.
Esta vez no tuve dudas.
No había dicho cabina.
—¿Qué ocurre con la camisa? —pregunté.
Sus pupilas intentaron encontrarme. Una de ellas seguía reaccionando con lentitud y la otra parecía fija bajo la luz.
—No era… —susurró.
La voz desapareció antes de completar la frase.
Mara comprobó otra vez la respiración.
—Tenemos que moverlo ya.
La tabla llegó desde arriba. Eva me empujó suavemente hacia el primer tramo.
—Busca el libro. Nosotros subiremos por el otro lado cuando esté inmovilizado.
Obedecí.
No porque la bolsa importara más que el hombre tendido en la escalera, sino porque Damián había utilizado sus últimas palabras conscientes para enviarme hacia ella.
No me había pedido que encontrara a quien lo empujó.
Tampoco que confiara en Eva, Alcázar o el organismo al que pertenecía.
Me había hablado de un libro y de una camisa que no era lo que parecía.
Subí con Lucía.
La cocina trasera permanecía vacía. Las servilletas que habían caído durante la turbulencia seguían extendidas por el suelo, una puerta de armario continuaba abierta y el interfono se balanceaba todavía ligeramente sobre su cable.
El asiento donde debía estar Nuria tenía el arnés suelto.
Todo parecía mostrar una interrupción repentina.
Nos acercamos al compartimento de equipajes.
Mi bolsa era una mochila de tripulación negra, idéntica a centenares de bolsas utilizadas por empleados de la compañía salvo por una cinta gris atada al asa.
Dentro llevaba una camisa de recambio, artículos de aseo, documentación, el ordenador y tres libros.
El portátil había quedado en 1K después de revisar el vídeo, por lo que quien se la llevó no buscaba tecnología ni un objeto de valor evidente.
Buscaba algo pequeño.
—¿Quién sabía qué libros llevabas? —preguntó Lucía.
—Nadie.
—Yo sí.
La miré.
—Me enseñaste el de Fairbanks en el autobús. Dijiste que lo releías porque el autor escondía pistas en las cosas desagradables.
No recordaba haberlo hecho. Podía ser cierto. Cuando estaba nervioso hablaba más de lo necesario o no hablaba en absoluto, y aquella mañana había alternado ambas posibilidades.
—¿Viste el de Christie?
—Sobresalía de la bolsa durante la reunión.
—Entonces cualquiera cercano pudo verlo.
—Damián también.
—Y la persona que oyó cuando me dijo cuál debía revisar.
Lucía observó el pasillo.
—Eva estaba allí.
—También Amira, pasajeros con las puertas abiertas y quien estuviera al otro lado de la cortina.
—No he dicho que sospeche de Eva.
—Todavía no he preguntado.
—Pero lo has pensado.
No respondí.
Revisamos primero la cocina. Abrimos los armarios donde cabía la mochila, comprobamos los carros de servicio, el espacio detrás de los hornos y los compartimentos destinados a residuos.
No encontramos nada. La turbulencia había desplazado algunos objetos, pero ninguno mostraba señales de que alguien hubiera introducido una bolsa con prisa.
El primer pasajero despierto se encontraba en 18K. Era un hombre joven con auriculares grandes y una manta hasta la cintura. Al vernos, pausó la película.
—Disculpe —dije—. ¿Ha visto pasar a alguien con una mochila negra durante los últimos minutos?
—Ha pasado mucha gente.
—Durante la turbulencia.
—Yo tenía los ojos cerrados.
La pantalla mostraba una película detenida en mitad de una escena.
—¿Y después?
—Un piloto.
Lucía y yo nos miramos.
—¿Cómo sabe que era piloto?
—Por las rayas de los hombros.
—¿Cuántas?
—No las conté.
—¿Llevaba una mochila?
El pasajero pensó.
—Una bolsa negra en la mano.
—¿En qué dirección iba?
Señaló hacia la parte delantera.
—¿Le vio la cara?
—Llevaba mascarilla.
—¿Uniforme completo?
—Camisa y pantalón. No chaqueta.
—¿Altura?
—Normal.
Lucía tuvo que intervenir antes de que le explicara que normal no era una medida aceptada en ninguna investigación.
—¿Más alto que él? —preguntó, señalándome.
El pasajero me observó.
—Parecido.
Samuel era algo más alto que yo. Alcázar, ligeramente más bajo. Álex tenía mi estatura. Cualquier persona podía parecerse desde atrás cuando vestía una camisa blanca.
—¿Entró en alguna suite? —pregunté.
—Creo que en la zona de delante.
—¿Primera clase?
—Sí.
Le agradecimos la información y continuamos.
Las puertas de ejecutiva permanecían abiertas porque muchos pasajeros aún no habían recuperado la tranquilidad suficiente para encerrarse.
Preguntamos en tres filas más. Una mujer había visto a un miembro de la tripulación caminando con una bolsa.
Otro pasajero recordaba una camisa blanca.
Nadie había visto el rostro. Dos coincidían en la mascarilla.
Al llegar a primera clase encontramos a Amira dentro de la cocina delantera, asegurando material que había quedado desplazado.
—¿Has visto mi bolsa? —pregunté.
—No.
—Alguien la ha sacado del compartimento trasero.
—He estado aquí desde que empezó la turbulencia.
—¿Ha entrado alguien?
Amira señaló el pasillo.
—Lucía antes de ir a su asiento. Eva. Mara cuando buscó el equipo médico. El comandante subió antes.
—Eso fue antes del movimiento fuerte —dije.
—Sí.
—¿Durante los últimos diez minutos?
—Nadie.
—Los pasajeros han visto a un hombre de uniforme venir hacia aquí con una bolsa.
Amira palideció.
—No ha entrado en la cocina.
—¿Pudo utilizar la escalera delantera?
—Habría pasado por delante.
—¿Y una suite?
Miramos hacia el pasillo.
1K estaba vacía, aunque la puerta permanecía casi cerrada desde que la utilizamos para revisar el vídeo.
2A seguía señalizada como averiada y contenía el cuerpo de Llorente.
3K era la escena donde había muerto. Las demás pertenecían a pasajeros que habían visto interrumpida su noche por una emergencia médica, una turbulencia y demasiados tripulantes caminando con prisa.
—Empieza por 1K —dijo Lucía.
Abrimos.
El ordenador continuaba sobre la mesa, exactamente donde lo había dejado. El esquema de la cubierta permanecía al lado y la silla estaba ligeramente desplazada, quizá por el movimiento. No había ninguna mochila.
Revisé debajo del asiento, los compartimentos laterales y el espacio destinado al equipaje. Vacío.
—El portátil sigue aquí —dijo Lucía—. No buscaba robarte.
—Eso ya lo sabíamos.
—Quería que lo dijeras tú.
La suite siguiente era 2A.