Capítulo 14 #3
Los pasajeros nos detuvieron dos veces. Uno quería saber si el avión había caído «varios cientos de metros».
Otra mujer aseguraba haberse golpeado el cuello y exigía que Mara la examinara inmediatamente.
Eva respondió sin reducir el paso, prometiendo atención cuando la señal se apagara y recordando que debían permanecer sentados.
La cocina trasera estaba vacía.
Nuria no se encontraba en su asiento.
—Nuria —llamó Eva.
No hubo respuesta.
El interfono colgaba de su soporte, balanceándose todavía por el movimiento. Una puerta de compartimento permanecía abierta y varias servilletas se habían extendido por el suelo.
—También ha desaparecido —dije.
—O ha ido a buscar a Mena.
—Sin avisar.
—Como tú pensabas hacer.
—Yo aviso cuando desobedezco.
—Eso no lo mejora.
Nos acercamos a la escalera.
Desde arriba seguía pareciendo vacía. La iluminación lateral estaba encendida y los peldaños no mostraban nada fuera de lugar. El pasamanos derecho tenía una marca oscura a media altura, quizá café, grasa o sangre, aunque desde allí no podía distinguirlo.
—Bajo yo primero —dijo Eva.
—No.
—Soy la responsable de la tripulación.
—Y yo soy quien conoce la cita.
—Eso no te protege de caer.
—Tampoco a ti.
La aeronave volvió a moverse levemente. Ambos nos sujetamos.
Eva me miró.
—Juntos.
Empezamos a descender.
Los primeros peldaños estaban vacíos. La mancha del pasamanos resultó ser sangre, todavía húmeda. Había otra en la pared, más abajo, y una tercera sobre el borde metálico de un escalón.
—Damián —llamé.
Nadie respondió.
Continuamos.
La escalera trasera descendía en dos tramos, con un pequeño descansillo intermedio que impedía ver la parte inferior desde arriba. Al acercarnos, distinguí algo oscuro junto a la pared.
Un zapato.
No estaba suelto. Pertenecía a una pierna extendida sobre el segundo tramo.
Bajé más deprisa.
—Jero, despacio.
Ignoré a Eva.
Al girar en el descansillo lo vi.
Damián yacía de lado varios peldaños más abajo, con el cuerpo encajado entre la pared y el pasamanos.
Tenía una pierna doblada bajo la otra, el brazo derecho extendido hacia arriba y la cabeza apoyada en un ángulo imposible contra el borde de un escalón.
La sangre le cubría parte del rostro, descendía desde el cuero cabelludo y había empapado el cuello de la camisa.
Nuria estaba arrodillada junto a él.
Le presionaba una servilleta contra la herida mientras intentaba mantenerlo consciente.
—Lo he encontrado así —dijo al vernos—. Estaba en mi asiento, escuché un golpe cuando bajó el movimiento y vine a mirar.
—¿Respira? —preguntó Eva.
—Sí, pero apenas.
Me arrodillé en el peldaño superior. Damián tenía los ojos entreabiertos. Uno parecía enfocar; el otro se desviaba hacia la pared. Su pecho se movía de forma irregular y cada respiración producía un sonido húmedo.
—Damián.
Sus labios se separaron.
No salió ninguna palabra.
—Soy Jero. No se mueva.
Era una instrucción innecesaria. No parecía capaz de hacerlo.
Eva pidió por interfono asistencia médica y equipo de inmovilización. Mara respondió desde la cubierta superior. Mientras esperábamos, comprobé el pulso de Damián. Era rápido, débil y difícil de localizar.
—¿Se ha caído durante la turbulencia? —preguntó Nuria.
Miré los peldaños.
La sangre empezaba en el descansillo, no en la parte superior. Había una marca en la pared, un botón arrancado junto al pasamanos y algo más atrapado debajo del cuerpo: una tira de tela blanca con dos líneas doradas cosidas en el borde.
Galones.
No pertenecían al traje de Damián.
Los recogí con una servilleta antes de que Eva pudiera detenerme.
—Había alguien con él.
Nuria palideció.
—Vi a un hombre detrás.
—¿Un piloto?
—No sé.
Damián movió la mano.
Sus dedos buscaron mi muñeca y la sujetaron con una fuerza que no parecía posible en su estado.
—El libro —murmuró.
Tuve que acercar el oído.
—¿Qué hay dentro?
Sus labios volvieron a moverse.
Escuché dos palabras.
La primera fue mi nombre.
La segunda pudo ser cabina.
O camisa.
El ruido del avión y su respiración rota se tragaron el resto.
—¿Quién lo empujó?
Damián apretó mi muñeca.
Sus ojos se fijaron en los míos durante un instante, y comprendí que no intentaba responder a la pregunta. Intentaba advertirme de algo que todavía no habíamos visto.
—Arriba —susurró.
Después perdió la consciencia.
Mara apareció en el descansillo con el equipo médico, seguida por Claudia y otro tripulante. Eva ordenó bloquear ambos extremos de la escalera, devolver a los pasajeros a sus asientos y no permitir que nadie atravesara la zona.
Mientras Mara valoraba a Damián, miré hacia arriba.
La escalera estaba vacía.
Más allá, en la cubierta superior, permanecían el cadáver de Llorente, la botella original, el teléfono inutilizado, Álex herido y mi libro dentro de un armario.
Todo lo importante se encontraba arriba.
También la persona que había empujado a Damián, si su última palabra significaba lo que parecía.
Un movimiento tenue agitó la cortina al final de la cocina superior.
No vi a nadie detrás.
Pero el panel del compartimento donde guardábamos los equipajes de la tripulación estaba abierto.
Y desde el lugar donde me encontraba pude ver que mi bolsa ya no estaba dentro.