Capítulo 14 #2
La frase me recordó algo que llevaba demasiado tiempo intentando olvidar: el comandante aparecía en dos manifiestos de los vuelos sanitarios, había salido de la cabina para preguntar por la tarjeta y se encontraba ahora junto a Samuel, el hombre que acumulaba más conexiones con Llorente.
Ambos controlaban las comunicaciones internas y la intensidad de la turbulencia prevista.
No podían crear las corrientes de aire, pero sí sabían exactamente cuándo nos obligarían a permanecer sujetos a los asientos.
—¿Quién ha dado la orden? —pregunté.
—Alcázar.
Por supuesto.
No significaba nada. Era el comandante y aquel era su trabajo. Sin embargo, la coincidencia se instaló junto a las demás.
Regresé hacia mi posición mientras comprobaba las últimas filas. Los pasajeros estaban ya sentados, los compartimentos cerrados y las mesas recogidas. Lucía me llamó desde el otro lado del pasillo.
—¿Lo has encontrado?
—Ha bajado.
—¿Vas detrás?
—No nos dejan movernos.
Lucía miró hacia el techo, como si el avión estuviera aplicando personalmente la prohibición.
—Puede que sea eso lo que buscan.
—¿Qué?
—Mantenernos sentados.
La idea no había necesitado mis novelas.
—Si alguien conocía la previsión de turbulencias, podía citarlo justo antes.
—Los pilotos la conocían.
—También cualquier persona con acceso al mapa meteorológico o a los avisos del vuelo.
—Los pasajeros pueden verlo en algunas aplicaciones.
—No con suficiente precisión dentro del avión.
—Nadia tiene conexión.
—Y una periodista siempre sabe más de lo que admite.
La señal acústica volvió a sonar.
Ocupamos los asientos de tripulación situados cerca de la salida central superior, enfrentados al pasillo.
Tiré del arnés, lo ajusté y comprobé que Lucía hiciera lo mismo.
La cabina quedó casi inmóvil, salvo por el temblor de los paneles y las cabezas que continuaban girándose en busca de la tripulación.
—¿Cuánto lleva fuera? —preguntó Lucía.
Miré el reloj.
—Cinco minutos y cuarenta segundos.
—Todavía puede volver.
—Dijo diez.
—La gente dice diez minutos cuando quiere decir que no la sigas.
—También dijo que revisara mi libro.
—Eso es más específico.
—¿Dónde está mi equipaje?
—En el armario delantero.
A casi toda la longitud de la cubierta.
—Cuando podamos levantarnos, ve tú a por él.
—¿Por qué yo?
—Porque si la nota pretendía enviarme detrás de Mena, quizá alguien esté esperando que abandone el asiento.
Lucía me observó con una mezcla de preocupación y admiración que no estaba justificada.
—Empiezas a sonar como uno de tus detectives.
—No es un cumplido.
—No pretendía que lo fuera.
La turbulencia aumentó.
El primer movimiento fuerte nos elevó ligeramente contra los arneses.
Varias personas gritaron y una botella cayó en alguna parte de la cocina, aunque no llegó a romperse.
Los motores modificaron el tono cuando el avión ajustó velocidad para atravesar la zona inestable.
Conocía el procedimiento: reducir dentro de los márgenes recomendados, mantener actitud, evitar correcciones innecesarias y permitir que el aparato absorbiera las variaciones.
Desde mi asiento no podía ver los instrumentos, pero imaginaba las manos de Alcázar y Samuel, las pantallas de navegación y el radar meteorológico mostrando manchas de color delante de la ruta.
Aquella era la clase de momento en que siempre había deseado estar en la cabina.
La idea me produjo vergüenza.
Un hombre podía estar caminando hacia una trampa, Llorente yacía detrás de una puerta y yo seguía sintiendo, bajo todo aquello, el impulso antiguo de saber qué ocurría delante.
El avión descendió de nuevo.
No una caída libre, aunque los cuerpos la interpretaron así.
El estómago quedó suspendido, varios objetos golpearon dentro de los compartimentos y las máscaras de una fila vibraron detrás de sus paneles sin llegar a desplegarse.
Una mujer empezó a llorar. Un hombre se desabrochó el cinturón por reflejo, como si liberarse del asiento fuera a mejorar su relación con la gravedad.
—Señor, cinturón abrochado —ordené.
No me oyó.
—¡Cinturón!
Esta vez obedeció.
Lucía mantenía la vista en el extremo del pasillo.
—¿Ves algo? —pregunté.
—No.
—Nuria debería avisar.
—Quizá no puede.
—Quizá Damián ya está abajo.
—Eso sabemos.
—Quiero decir que puede haber llegado a la cubierta principal y seguir caminando.
—¿Hacia dónde?
—La zona de descanso inferior, las cocinas, la bodega técnica, la escalera delantera.
—O alguien lo ha citado en la propia escalera.
Recordé el plan inicial que habíamos construido antes de que la historia empezara a desviarse bajo nuestros pies.
Damián debía acudir a una cita cerca de la escalera de servicio durante la turbulencia.
Allí, un empujón podía parecer una caída.
El movimiento del avión justificaría el golpe, el ruido cubriría cualquier forcejeo y todos los tripulantes permanecerían sujetos a sus asientos.
No era una oportunidad improvisada.
Era un mecanismo.
—La escalera —dije.
Lucía me miró.
—¿Qué pasa?
—Si querían matarlo, no necesitaban llevarlo a ningún compartimento. Solo conseguir que estuviera de pie cuando empezara el movimiento.
—Damián sabe moverse en un avión.
—No puede defenderse de alguien y sujetarse al mismo tiempo.
Intenté liberar el arnés.
Lucía me agarró la mano.
—Ni se te ocurra.
—Puede estar en la escalera.
—Y tú puedes acabar encima de él.
—Si cae desde la parte superior…
—El avión está atravesando turbulencia fuerte. No vas a recorrer cincuenta metros sin sujeción porque has tenido una idea.
—No es una idea. Es la mejor oportunidad que ha tenido el asesino desde el despegue.
—Entonces también es una oportunidad para matarte a ti.
El pasillo se elevó delante de nosotros cuando el avión atravesó otra corriente. Los paneles crujieron, una puerta mal cerrada se abrió en la cocina y varias bandejas chocaron dentro. La iluminación parpadeó una vez. No se apagó, pero el breve cambio bastó para provocar nuevas exclamaciones.
Mi reloj marcó siete minutos y nueve segundos.
Damián no había regresado.
—Interfono —dije.
Lucía negó con la cabeza.
—Solo emergencia.
—Un agente desaparecido durante una amenaza de muerte cuenta.
Pulsé la llamada a la cocina trasera. Nadie respondió.
Lo intenté otra vez.
Nada.
—Nuria debería estar sentada junto al terminal —dijo Lucía.
—Entonces puede que no esté allí.
Llamé a la cubierta inferior.
La respuesta llegó después de varios tonos, acompañada por el ruido de fondo.
—Cocina central.
—Soy Baeza, cubierta superior. ¿Habéis visto pasar al agente Mena?
—¿A quién?
—Hombre de traje oscuro, unos cincuenta años. Ha bajado por la escalera trasera hace menos de diez minutos.
Hubo una pausa.
—No lo hemos visto.
—¿Está libre la escalera?
—No podemos comprobarla durante la turbulencia.
—Mirad desde vuestra posición.
—No tenemos ángulo.
La comunicación se cortó con una sacudida.
Volví a llamar.
Nada.
—Está allí —dije.
Lucía no discutió esta vez.
La turbulencia continuó durante otros dos minutos que parecieron diseñados para demostrar cuánto podía durar una persona dentro de su propia cabeza.
No podía moverme. No podía ver la escalera.
No podía saber si Damián permanecía en pie, inconsciente o muerto.
Solo podía escuchar el avión, las respiraciones de los pasajeros y las instrucciones del comandante, que habló brevemente por megafonía para asegurar que el aparato se encontraba en condiciones normales y que el movimiento disminuiría pronto.
Su voz era firme.
Demasiado firme para juzgarla.
Ocho minutos y cuarenta segundos.
Nueve.
Nueve minutos.
La frase de Llorente regresó.
El hombre que viaja delante de la carga sabe por qué faltan nueve minutos.
No hablaba necesariamente del antiguo registro sanitario.
Podía hablar también de aquel vuelo, de un intervalo preparado dentro del tiempo narrativo.
Nueve minutos durante los cuales el comandante mantendría a la tripulación sentada.
Nueve minutos en que alguien podría recorrer una escalera sin testigos.
La coincidencia era absurda.
También lo habían sido el número transferido, la caja húmeda y la botella equivocada.
A los nueve minutos y veintiséis segundos, el movimiento empezó a reducirse.
No terminó de golpe. Las sacudidas se hicieron más espaciadas, el fuselaje dejó de crujir con cada corriente y las vibraciones regresaron poco a poco al nivel habitual.
Algunos pasajeros aplaudieron cuando comprendieron que la parte peor había pasado.
Otros se enfadaron con ellos, como si celebrar que el avión siguiera en el aire resultara de mal gusto.
La señal de cinturones permaneció encendida.
Esperé la indicación para la tripulación.
No llegó.
—No voy a esperar más —dije.
Solté el arnés.
Lucía hizo lo mismo.
—Yo voy contigo.
—Tú tienes que buscar el libro.
—Pensaba que alguien podía estar esperándote.
—Por eso lo buscas tú.
—Y tú persigues a un asesino.
—Todavía no sabemos que haya uno en la escalera.
—Entonces no sabes que necesites ir solo.
No tuvimos tiempo de discutir. Eva apareció al final del pasillo, avanzando despacio y sujetándose a los respaldos. Había abandonado su asiento sin autorización, lo cual confirmaba que también había llegado al límite de espera.
—El movimiento ha bajado a moderado —dijo—. El comandante mantiene la señal, pero nos permite revisar la cabina. ¿Dónde está Mena?
—Abajo. Posiblemente en la escalera trasera.
—¿Por qué?
—La cita coincidió con la turbulencia. Nadie de la cubierta inferior lo vio llegar.
Eva entendió antes de que terminara.
—Lucía, primera clase. Jero conmigo.
—El libro —recordé.
—Después.
—Mena dijo…
—Si está herido, el libro no va a reanimarlo.
Caminamos hacia la parte posterior.