Capítulo 14
Turbulencias
La turbulencia llegó antes de que pudiera decidir si obedecer a Damián.
El avión se inclinó hacia la derecha, corrigió unos segundos después y atravesó una corriente que hizo vibrar los paneles, las copas y los objetos que todavía no habíamos conseguido asegurar.
No fue una sacudida violenta, pero sí lo bastante brusca para que varias puertas de las suites se abrieran y aparecieran rostros alarmados en el pasillo.
El rumor estable de las turbinas cambió bajo la presión del aire, no porque los motores funcionaran peor, sino porque todo el fuselaje parecía haberse convertido en una caja de resonancia.
Los crujidos de la estructura se mezclaron con el tintineo de la vajilla y el sonido de las llamadas de pasajeros, que empezaron a encenderse casi al mismo tiempo.
Damián continuó caminando hacia la parte posterior de la cubierta superior.
Yo di un paso detrás de él.
—Jero —me llamó Eva desde la cocina.
Fingí no escucharla.
—Baeza.
La segunda vez utilizó el tono que reservaba para las emergencias, los pasajeros violentos y los tripulantes que intentaban convertirse en parte del problema. Me detuve.
Damián no volvió la cabeza. Se sujetó al respaldo de una suite cuando el avión volvió a descender ligeramente y desapareció detrás de la cortina que separaba primera clase de ejecutiva.
—Tengo que seguirlo —dije.
—Tienes que asegurar la cabina.
—Alguien le ha enviado un mensaje diciendo que tiene la tarjeta.
—Y quinientos pasajeros acaban de recibir un mensaje del avión diciendo que se sienten.
Una nueva sacudida desplazó una bandeja sobre la superficie de la cocina. Eva la sujetó antes de que cayera y cerró el seguro de un armario que había quedado abierto durante la revisión del maletín.
—Damián va solo —insistí.
—Por decisión propia.
—Alguien lo está esperando.
—Y tú no sabes quién, dónde ni con qué intención.
—Precisamente.
Eva me agarró del brazo cuando intenté pasar.
No utilizó fuerza innecesaria. Tampoco le hizo falta. Toda su autoridad se encontraba concentrada en aquellos dedos.
—Escúchame. Las turbulencias han aumentado y el comandante ha ordenado que la tripulación ocupe posiciones en cuanto aseguremos la cabina.
Hay pasajeros levantados, carros fuera y un hombre con una conmoción cerebral en una suite.
Si corres detrás de Mena y alguien se rompe el cuello porque no estabas haciendo tu trabajo, no habrá ninguna investigación capaz de arreglarlo.
Tenía razón.
Era una de las cualidades más irritantes de Eva.
—Me dijo que, si no volvía en diez minutos, revisara el lomo de mi libro.
—¿Qué libro?
—El de Christie.
—¿Por qué iba a esconder algo en tu libro?
—No lo sé.
—Entonces el libro puede esperar.
—Él quizá no.
La expresión de Eva se endureció, aunque no por falta de preocupación.
También había visto cómo se alejaba Damián y comprendía que la cita podía ser una trampa.
La diferencia era que ella todavía conseguía ordenar los peligros por prioridad, mientras mi cabeza los amontonaba hasta que todos parecían exigir una respuesta inmediata.
—Aseguramos la cabina —decidió—. Después voy contigo.
—Ha dicho diez minutos.
—Han pasado treinta segundos.
—Cuarenta y cinco.
—No cuentes.
Ya estaba contando.
Lucía apareció desde el pasillo con una bandeja llena de vasos.
—La pasajera de 9K se ha levantado para ir al baño y dice que no puede esperar.
—Que espere sentada —respondió Eva.
—Dice que es urgente.
—Todo el mundo cree que su vejiga tiene prioridad operacional.
Otra corriente atravesó el avión. Lucía tuvo que apoyar la bandeja contra la pared para que los vasos no salieran despedidos.
Varias personas gritaron más atrás. No eran alaridos de pánico, sino exclamaciones involuntarias producidas cuando el cuerpo siente que el suelo se aleja una fracción de segundo antes de regresar.
—Guarda eso y ocupa tu posición —ordenó Eva—. Amira comprobará primera clase conmigo. Jero, ejecutiva derecha. Nadie permanece de pie después de la revisión.
—¿Y Álex?
—Mara y Claudia están con él. La suite tiene cinturón.
—¿Mena?
Eva me miró.
—Cinco minutos.
Acepté porque discutir consumiría dos.
Atravesé la cortina.
La cubierta superior había perdido la calma artificial que habíamos conseguido mantener desde la muerte de Llorente.
Las luces continuaban bajas, pero casi todas las puertas estaban abiertas y los pasajeros miraban hacia el pasillo buscando una explicación distinta a la ofrecida por el comandante.
Algunos llevaban ya el cinturón abrochado.
Otros se encontraban de pie, recogiendo ordenadores, cerrando compartimentos o intentando llegar a los baños antes de que la tripulación pudiera impedírselo.
La turbulencia no era todavía peligrosa para el avión. Lo sabía por la clase de movimiento, por el tono de los motores y por la ausencia de cambios bruscos en la actitud. Para las personas que caminaban sin sujeción, sin embargo, incluso una sacudida moderada podía resultar suficiente.
—Señoras y señores, regresen a sus asientos y abróchense los cinturones —dije mientras avanzaba—. Los baños quedan temporalmente fuera de servicio.
Un hombre situado junto a la fila doce levantó una mano.
—Solo necesito un minuto.
—El avión no negocia por minutos.
—Es que llevo esperando desde antes.
—Y le aseguro que preferirá continuar esperando sentado.
La aeronave se movió hacia la izquierda. El hombre chocó con un respaldo y aceptó de pronto que mi recomendación contenía experiencia.
Ayudé a cerrar un compartimento, aseguré un ordenador y pedí a una mujer que sacara a su hijo del suelo, donde jugaba con unos auriculares.
Ella respondió que el niño tenía miedo al cinturón.
El avión decidió intervenir con una vibración más fuerte y el pequeño trepó al asiento sin que necesitáramos debatir sus preferencias.
Mientras trabajaba miraba hacia el fondo.
Damián no aparecía.
Había recorrido al menos la mitad de ejecutiva antes de que yo entrara.
Podía haber bajado por la escalera trasera, entrar en la cocina, dirigirse a la zona de descanso o detenerse junto a cualquier asiento sin que yo lo viera desde allí.
Su traje oscuro se confundía con la penumbra, aunque la camisa clara debería haber destacado entre las puertas abiertas.
No lo hizo.
—Cinturón, por favor —dije a un pasajero.
—Lo tengo.
Estaba sentado encima.
Le ayudé a encontrar los extremos mientras mi cabeza seguía contando.
Dos minutos y doce segundos.
Una llamada se encendió en 14A.
La atendí de camino.
—Mi pantalla se ha apagado —dijo el pasajero.
—Estamos atravesando turbulencias.
—¿Eso afecta al entretenimiento?
—En este momento, el entretenimiento es la turbulencia.
Me miró sin saber si hablaba en serio.
—Mantenga el cinturón abrochado. Revisaremos la pantalla cuando sea seguro.
Continué.
Al llegar a la parte posterior encontré a Nuria asegurando la cocina. Cerraba los compartimentos con movimientos rápidos mientras otro tripulante guardaba una cafetera portátil y bloqueaba los carros.
—¿Has visto a Mena? —pregunté.
—¿El agente?
—Sí.
—Ha pasado hace un momento.
—¿Hacia dónde?
Señaló la escalera trasera.
—Abajo.
—¿Solo?
Nuria cerró un seguro.
—Creo.
—¿Crees?
—Había un hombre detrás, pero puede que fuera un pasajero.
—¿Qué hombre?
—No lo vi bien. Camisa blanca.
Todo regresaba siempre a una camisa blanca.
—¿Uniforme?
—No sé. Llevaba algo oscuro sobre el hombro.
—¿Una chaqueta?
—O una bolsa.
—¿Galones?
Nuria me miró con impaciencia.
—Jero, el avión se movía, yo cerraba un horno y no sabía que tenía que elaborar un retrato robot.
La luz de cinturones parpadeó sobre nosotros. La señal acústica sonó dos veces, una indicación interna que el comandante utilizaba para advertir a la tripulación de que el movimiento podía intensificarse.
—Ocupa tu asiento —dijo Nuria.
—Tengo que bajar.
—Eva ha ordenado que nadie se mueva.
—Mena ha bajado con alguien detrás.
—Mena hace lo que le da la gana desde que se identificó.
—Y alguien acaba de citarlo para entregarle la tarjeta.
La irritación desapareció de su cara.
—¿La tarjeta de Llorente?
—Sí.
Nuria miró hacia la escalera.
—He visto al segundo hombre detenerse en el descansillo. Puede que no bajara.
—¿Por qué no lo dijiste antes?
—Porque no me lo habías preguntado antes.
Me acerqué al acceso. La escalera descendía hacia la cubierta principal, iluminada por pequeñas luces laterales. No veía a nadie. Desde abajo llegaba el murmullo de la cabina inferior, más denso que el de arriba, junto con algunas voces de tripulantes pidiendo a los pasajeros que se sentaran.
El avión volvió a sacudirse.
Me sujeté al pasamanos.
—Baeza —dijo Nuria.
—Dos minutos.
—No puedes bajar.
—Ya llevo más de tres trabajando desde que Mena se fue.
—Eso no convierte la escalera en segura.
—Tampoco convierte su cita en menos peligrosa.
Puse un pie en el primer peldaño.
La voz de Eva llegó por el interfono de la cocina.
—Toda la tripulación a posiciones. Movimiento fuerte previsto en dos minutos.
Nuria descolgó.
—Cocina superior trasera, recibido.
Después me miró.
—Ahora sí.
La normativa no dejaba espacio. Cuando el comandante ordenaba ocupar posiciones por turbulencia, ningún tripulante podía decidir que su investigación privada merecía una excepción. Bajé el pie.
—¿Dónde está tu asiento? —pregunté.
—Junto a la salida trasera superior.
—¿Ves la escalera desde allí?
—Una parte.
—Si aparece Mena, avísame.
—¿Cómo, si todos tenemos que estar sentados?
—Interfono.
—También han ordenado no utilizarlo salvo emergencia.
—Esto es una emergencia.
—No para el comandante.