Capítulo 13 #4
—Sabía que buscábamos algo dentro del maletín.
—No sabía que era una tarjeta, salvo que Samuel se lo hubiera contado.
—Samuel estaba en la cabina cuando lo hablamos por primera vez.
—Entonces podía saberlo.
La visita de Alcázar no demostraba nada. Sin embargo, había salido de la cabina después de ordenar que Samuel permaneciera dentro, había subido en el momento exacto en que dejábamos las pruebas sin vigilancia y había preguntado por el objeto que todos querían encontrar.
—¿Tocó la caja? —preguntó Damián.
Amira negó.
—No lo vi.
—¿Entró alguien más después?
—Dos tripulantes, Lucía y Mara.
Mara levantó las manos.
—Vine a buscar material para Álex. No me acerqué a la caja.
Lucía asintió.
—Yo tampoco.
Damián encendió otra vez el teléfono. Nada.
—Alguien lo inutilizó para cortar la comunicación con quien enviaba los mensajes.
—O para impedir que descubriéramos que los mensajes se enviaban desde el propio teléfono de Álex —dije.
—Necesitaremos herramientas forenses en tierra.
—Dentro de cuatro horas.
La cifra quedó flotando como una distancia excesiva.
Eva miró el reloj.
—También necesitamos organizar el descanso de la tripulación. Llevamos demasiadas horas despiertos y la situación no va a mejorar si todos empiezan a cometer errores.
—Nadie implicado duerme solo —dijo Damián.
—Eso incluye a todos según su teoría.
—Incluye a quienes tuvieron acceso a las pruebas.
—Entonces nadie duerme.
Una vibración leve atravesó el suelo.
No fue turbulencia todavía, solo una ondulación suave que hizo temblar el agua de un vaso sobre la superficie.
Las luces de cinturones se encendieron unos segundos después y la voz del comandante sonó por megafonía, anunciando una zona de aire inestable y pidiendo a los pasajeros que regresaran a sus asientos.
Alcázar hablaba con la serenidad habitual.
Era difícil imaginar que, menos de dos minutos antes, había estado allí preguntando por una tarjeta relacionada con vuelos donde aparecía su propio nombre.
Damián recogió el sobre del hotel y la nota de Llorente.
—Voy a hablar con él.
—No puede entrar armado —dijo Eva.
—Ya no lo estoy.
—Tampoco puede acusar al comandante mientras atraviesa turbulencias.
—Solo voy a hacerle una pregunta.
—Sus preguntas suelen parecer interrogatorios.
—Porque lo son.
Se dirigió hacia la escalera.
—Voy contigo —dije.
—No.
—Alcázar pidió que no entrara nadie sin autorización. Si necesita un tripulante para abrir el acceso, tendrá que llevarme.
—Eva puede hacerlo.
—Eva tiene una cabina que dirigir.
Damián miró hacia ella. Eva no parecía encantada con la lógica, pero tampoco podía abandonar otra vez la cubierta.
—Jero va con usted —decidió—. No entráis en cabina durante una fase inestable. Habláis con el comandante cuando él lo autorice y regresáis.
Las luces parpadearon levemente cuando el avión atravesó otra corriente. Esta vez el movimiento fue más perceptible. Varios compartimentos crujieron, una copa se desplazó sobre una mesa y, en la cabina, algunas puertas de suite comenzaron a abrirse mientras los pasajeros comprobaban qué ocurría.
Damián aguardó junto a la escalera hasta que el pasillo quedó despejado.
Antes de empezar a bajar, sacó su teléfono personal. Una notificación acababa de aparecer en la pantalla.
No pude leerla entera. Solo vi el comienzo.
TENGO LA TARJETA.
Damián bloqueó el dispositivo y lo guardó.
—¿Quién lo ha enviado? —pregunté.
—Nadie.
—He visto el mensaje.
—No lo suficiente.
—Decía que alguien tiene la tarjeta.
—Vuelva con Eva.
—Acaba de decir que iba a hablar con Alcázar.
—He cambiado de plan.
La turbulencia aumentó un poco. Damián se sujetó al pasamanos y miró hacia la parte trasera de la cubierta superior, no hacia la cabina.
—¿Dónde le han citado?
No respondió.
—La persona que envía esos mensajes sabe que está buscando la tarjeta y que ya no lleva el arma.
—Precisamente por eso no viene conmigo.
—No sabe quién es.
—Sé dónde quiere que vaya.
—Eso no es una ventaja.
Damián empezó a caminar hacia la parte posterior del avión.
—Quédese aquí, Baeza.
—No pienso dejarlo solo.
Se detuvo.
Durante un instante vi en su rostro algo que no había mostrado desde la muerte de Llorente. No miedo por sí mismo, sino la certeza de que cualquier persona que lo acompañara podía convertirse en la siguiente promesa cumplida.
—Si no regreso en diez minutos —dijo—, entregue el sobre a Eva y dígale que revise el lomo de su libro.
—¿Mi libro?
—El de Agatha Christie.
—¿Qué tiene que ver mi libro?
Damián no respondió.
El avión descendió bruscamente unos centímetros. No fue una caída real, aunque el estómago tardó un instante en acompañarnos. Varias voces se alzaron en la cabina y la señal de cinturones comenzó a parpadear.
Cuando recuperé el equilibrio, Damián ya se alejaba por el pasillo.
Hacia la escalera trasera.
Hacia el lugar donde alguien afirmaba tener la tarjeta.
Y hacia una cita a la que acababa de decidir acudir sin decirme que, en algún momento antes de que Llorente muriera, había escondido algo dentro del único objeto de todo el avión que me pertenecía solo a mí.