El pasajero de la 3K Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Dentro había un soporte de espuma con una cavidad rectangular.

Vacía.

El tamaño correspondía a una tarjeta de memoria o a un pequeño dispositivo cifrado.

—La llevaba aquí —dijo Damián.

—O pensaba guardarla aquí después de sacarla del tapón —respondí.

—La espuma tiene una marca.

Bajo la luz se distinguía la silueta de un objeto que había permanecido allí durante un tiempo. No podíamos saber cuándo lo habían retirado ni quién.

Debajo de la espuma encontramos un sobre blanco.

Solo llevaba una letra escrita a mano.

M.

Damián se quedó inmóvil.

—Es para usted —dije.

—Puede ser para Mara.

—O para Mauro Alcázar.

—O para Montalbán —añadió Eva.

La letra no resolvía nada. Dentro de aquel vuelo teníamos demasiados nombres que empezaban por la misma inicial.

Damián abrió el sobre delante de la cámara.

Contenía una sola hoja.

No era una carta larga ni una confesión. Llorente había escrito tres líneas.

Si me ocurre algo, no sigas el plan acordado.

No confíes en una verdad que aparezca demasiado fácil.

El hombre que viaja delante de la carga sabe por qué faltan nueve minutos.

Leí la última frase dos veces.

—Los nueve minutos del envío sanitario —dije.

Damián negó.

—La carga desapareció durante nueve horas.

—Entonces habla de otra cosa.

Eva tomó uno de los manifiestos. Varias líneas incluían horarios de carga, cierre y salida. En el documento del vuelo de Fernando, existía una diferencia de nueve minutos entre el registro del contenedor y el cierre final de la bodega.

—Aquí —señaló.

El contenedor había sido registrado a las 19:14. La puerta de carga figuraba cerrada a las 19:23.

Nueve minutos.

—¿Qué ocurrió durante ese intervalo? —pregunté.

—Según la investigación, una comprobación adicional de temperatura —respondió Damián—. El registro estaba firmado por Fernando.

—¿Y la verdad demasiado fácil?

Damián miró la hoja.

—La botella en la mochila de Álex —dijo Eva—. Nos señalaron un lugar y allí apareció exactamente lo que esperábamos encontrar.

—Una prueba verdadera en el lugar perfecto para fabricar un culpable —dije.

Damián asintió sin entusiasmo.

Eso sí podía haberlo previsto Llorente sin conocer la maniobra concreta. Había vivido durante años entre registros auténticos utilizados para sostener mentiras y sabía que una verdad demasiado oportuna podía ser la forma más eficaz de dirigir una investigación.

—El mensaje llegó al teléfono de Álex —dije—. Tenemos que averiguar quién pudo enviarlo.

—Su teléfono ha desaparecido —recordó Eva.

—Porque puede contener la respuesta.

Damián guardó la hoja.

—La tarjeta sigue sin aparecer.

—Llorente dice que no siguiéramos el plan acordado —dije—. ¿Cuál era ese plan?

El agente me miró.

—El tapón.

—Entonces cambió de método antes de subir.

—O antes de que yo pudiera volver a hablar con él.

—Y no le dijo el nuevo escondite.

—No confiaba en que mi teléfono fuera seguro.

—Pero le envió la fotografía.

—Para comprobar si la botella del señuelo llegaba. No para beber de ella.

—Quizá la tarjeta nunca estuvo en el avión.

—Entonces las amenazas no tendrían sentido.

—Las amenazas solo demuestran que el asesino cree que está aquí.

—O que sabe que está aquí.

Eva recogió la caja vacía.

—¿Llorente pudo entregársela a Nadia?

—Ella afirma que no habló con él durante el vuelo.

—La cámara grabó el pasillo, no el interior del aeropuerto.

—¿Y a Mara?

—La evitaba.

—Quizá porque ya le había dado algo.

Cada posibilidad abría otra sin cerrar ninguna. La tarjeta podía estar en el teléfono, en una prenda, dentro de un documento, entregada a otra persona o escondida en un lugar que todavía no habíamos examinado. También podía haber pasado por nuestras manos sin que reconociéramos su forma.

Pensé en el sobre del hotel.

—Usted dijo que Llorente solo le dio un número de teléfono y que lo destruyó.

Damián sostuvo mi mirada.

—Sí.

—Abra la cartera.

Eva se volvió hacia mí.

—Jero.

—Si la tarjeta estuvo dentro del sobre, es el único que tuvo oportunidad de recibirla antes de la muerte.

—Ya registraron mis pertenencias cuando entregué el arma —dijo Damián.

—¿Quién?

—Eva.

Ella asintió.

—No había ninguna tarjeta.

—¿Revisaste cada costura?

—No desmonté sus zapatos.

—Entonces no fue un registro completo.

Damián dio un paso hacia mí.

—¿Cree que maté al hombre que debía proteger y después organicé una búsqueda para recuperar algo que ya tenía?

—Creo que usted conoce el método, recibió la fotografía, ocultó información y permitió que yo llevara la botella.

—También podría haberlo matado en el hotel.

—Samuel hizo la misma pregunta.

—Porque es evidente.

—Quizá lo necesitaban muerto dentro del avión.

—¿Para qué?

—Para que nadie pudiera abandonar la escena, para obligar a continuar hasta Madrid o para eliminar a otra persona antes de aterrizar.

—¿A quién?

Pensé en la segunda parte de la promesa.

Llorente no será el último.

—Todavía no lo sabemos.

Damián abrió la chaqueta y sacó la cartera. La dejó sobre la mesa, vació los bolsillos y retiró incluso la correa del reloj. Eva revisó cada objeto mientras yo observaba. No encontramos ninguna tarjeta, pero sí un pequeño sobre doblado dentro de un compartimento interior.

Estaba vacío.

—El del hotel —dije.

—Sí.

—Afirmó que lo había destruido.

Damián miró el papel.

Por primera vez pareció haber cometido un error real.

—Dije que destruí el número.

—No. Alcázar dijo que había destruido el sobre.

—El comandante lo entendió mal.

—O usted permitió que lo entendiera mal.

—Conservé el sobre porque podía contener huellas.

—Y no lo añadió a las pruebas.

—No existía un crimen en ese momento.

—Ya existía una amenaza.

Damián recogió el sobre, aunque Eva se lo quitó antes de que pudiera guardarlo.

—Ahora queda registrado.

El agente no discutió.

Su autoridad había empezado a desgastarse.

Seguía siendo quien más conocía la investigación, pero también quien había decidido cuánto compartir, qué objetos conservar y qué versión ofrecer a cada persona.

Llorente no confiaba en él. Samuel quería que sospecháramos de él.

Y el propio Damián acababa de demostrar que podía ocultar una pieza mientras afirmaba haberla destruido.

Una llamada sonó en el interfono de la suite.

Eva respondió.

Era Amira.

El teléfono de Álex no estaba en la cocina trasera, ni debajo del asiento, ni en el camino hacia la escalera. La última conexión al sistema interno del avión se había producido cuatro minutos después de que abandonara su puesto. Después, el dispositivo dejó de emitir.

—Lo apagaron —dije.

—O retiraron la batería —respondió Damián.

—Los modelos actuales no permiten retirarla fácilmente.

—Entonces lo envolvieron, lo rompieron o lo guardaron en algún compartimento que bloquee la señal.

—Como la caja metálica donde ha metido el teléfono desechable.

Damián miró hacia la cocina.

—Compruébelo.

Salimos de 1K.

Lucía vigilaba el pasillo. Amira permanecía junto al terminal y Mara seguía cerca de la suite de Álex. La cabina continuaba en penumbra. El mapa de vuelo indicaba que nos acercábamos al Mediterráneo oriental y faltaban poco más de cuatro horas para Madrid.

Eva abrió la caja metálica.

El teléfono desechable estaba dentro.

La pantalla permanecía apagada.

Lo sacamos y pulsamos el botón lateral. No respondió.

—Se ha quedado sin batería —dije.

—Tenía casi toda.

Damián examinó el borde. La carcasa mostraba una pequeña marca junto al puerto de carga.

—Lo han inutilizado.

—La caja no estaba vigilada todo el tiempo.

—La cocina sí.

—Por tripulantes que entraban y salían.

—Nadie sabía qué había dentro.

—El responsable sí.

Lucía se acercó.

—Mientras estabais en 3K ha subido un piloto.

Todos la miramos.

—¿Samuel? —pregunté.

—No. El comandante.

Sentí que el suelo se desplazaba, aunque el avión continuaba estable.

—¿Alcázar ha salido de la cabina?

—Ha llegado hasta la parte superior de la escalera y ha hablado con Amira. Preguntó por Eva.

—¿Entró en la cocina?

Amira negó.

—No completamente. Se quedó junto al descansillo.

—¿Cuánto tiempo?

—Menos de un minuto.

—¿Quién pilotaba?

—Samuel, supongo.

—¿Qué quería? —preguntó Eva.

—Dijo que necesitaba saber si habíamos encontrado la tarjeta.

Damián se volvió hacia mí.

—Esa información no se la habíamos dado.