El pasajero de la 3K Capítulo 13
56%

Capítulo 13

El agente

El mensaje permaneció encendido dentro de la bolsa transparente mientras ayudábamos a Álex a subir la escalera.

YA TENÉIS UN CULPABLE. DEJAD DE BUSCAR.

La pantalla se apagó antes de que llegáramos a la cubierta principal, pero las palabras continuaron visibles dentro de mi cabeza, no como una amenaza sino como la confirmación de algo que empezaba a resultar más inquietante: el responsable no reaccionaba a nuestros movimientos, los anticipaba.

Había preparado la botella, había convertido una infracción menor de Álex en el acceso perfecto al carro, había colocado el envase original dentro de su mochila y había enviado una nota que lo empujaría directamente hacia la prueba.

No necesitaba observarnos a cada instante porque ya conocía el recorrido que seguiríamos al encontrar lo que había dejado.

Subimos despacio. Álex apoyaba parte del peso sobre mí, aunque insistía en que podía caminar sin ayuda y lo demostraba perdiendo el equilibrio cada vez que el avión modificaba mínimamente su posición.

Damián avanzaba detrás con la botella original, el teléfono desechable y el tapón modificado repartidos en bolsas distintas.

Parecía cargar una versión desmontada del crimen, como si todas las piezas esenciales estuvieran ya en nuestras manos y solo faltara entender el orden correcto.

Los pasajeros apenas nos prestaron atención.

Desde sus asientos, Álex podía parecer un tripulante indispuesto al que acompañábamos hacia una zona de descanso.

Su camisa abierta, el corte en la frente y la sangre seca junto a la oreja llamaron alguna mirada, pero la iluminación baja y el cansancio hicieron el resto.

Una mujer se apartó para dejarnos pasar y después volvió a colocarse los auriculares.

Un hombre observó la botella dentro de la bolsa, quizá intentando averiguar si formaba parte de un servicio que no había recibido. Nadie preguntó.

Me impresionaba la facilidad con que una emergencia podía atravesar una cabina llena sin alterar más que unos centímetros el espacio de cada pasajero.

Bastaba con caminar a un ritmo constante, no correr y llevar uniforme.

Mientras siguiéramos pareciendo personas que sabían lo que hacían, los demás podían aceptar casi cualquier imagen.

Al llegar a la cubierta superior, Eva nos esperaba junto a la cocina delantera.

Mara estaba con ella, ya sin el libro electrónico ni la expresión defensiva que había mantenido durante la primera parte del vuelo.

La médica vio la herida de Álex, se puso guantes y lo condujo hasta una suite libre antes de que él pudiera protestar.

—No quiero quedarme solo con ella —dijo.

—El sentimiento es mutuo —respondió Mara—. Siéntese.

—Alguien me ha golpeado.

—Y, si continúa moviéndose, el suelo terminará el trabajo.

Álex se sentó.

Mara le examinó las pupilas, palpó la zona del golpe y le hizo varias preguntas sobre el nombre, la fecha y el lugar en el que nos encontrábamos. Cuando le preguntó quién era el presidente del Gobierno, Álex tardó demasiado.

—Eso no significa nada —dijo—. Nunca me acuerdo.

—¿Dolor de cabeza?

—Sí.

—¿Náuseas?

—Un poco.

—¿Visión doble?

Álex miró hacia mí.

—Veo dos Jeros.

—Eso sería un castigo desproporcionado —dije.

Mara no sonrió, pero Álex sí, y el gesto terminó en una mueca de dolor.

—Probable conmoción leve —concluyó ella—. Tiene que permanecer despierto y vigilado. Si vomita, pierde consciencia o empeora la confusión, me llaman inmediatamente.

Damián dejó las pruebas sobre una superficie de la cocina, lejos del material de servicio.

—No saldrá de la suite.

Mara levantó la vista.

—No está detenido.

—Sus movimientos quedan restringidos.

—Tiene una lesión craneal. No voy a permitir que lo interrogue durante media hora.

—No necesito media hora.

—Entonces no necesitará hacerlo ahora.

Damián la observó con el mismo entusiasmo con que habría contemplado una puerta bloqueada. Mara le sostuvo la mirada sin apartarse. Al final, el agente se volvió hacia Eva.

—Alguien debe vigilarlo.

—Claudia se quedará en la entrada —decidió ella—. La puerta permanecerá abierta y Álex no utilizará el teléfono.

—No tengo teléfono —respondió él—. Lo dejé arriba.

La frase nos hizo mirar hacia Damián.

—Claudia dijo que lo estabas utilizando antes de marcharte —dije.

—Sí.

—¿Dónde está?

Álex se palpó los bolsillos. Después miró hacia la suite como si esperara encontrarlo apoyado sobre la mesa.

—No lo sé.

—¿Lo llevabas cuando bajaste?

—Creo que sí.

—¿Crees?

—Leí la nota en la pantalla, la despegué y me fui. Después alguien me golpeó. Perdona si no he mantenido un inventario completo.

—La nota estaba pegada al teléfono —recordó Damián—. Quien la colocó tuvo acceso al aparato.

—No tiene código.

—Entonces pudo leer sus mensajes, escribir desde él o llevárselo.

—No había nada importante.

—Eso lo decide quien lo tiene.

Eva envió a Amira a buscar el dispositivo en la cocina trasera y ordenó a Claudia que no apartara la vista de Álex. Mara terminó de limpiar la herida, colocó una tira adhesiva sobre el corte y se retiró sin esperar agradecimiento.

—¿Puedo hablar con Nuria? —preguntó Álex.

—No —respondieron Eva y Damián al mismo tiempo.

El tripulante se recostó con cuidado.

—¿Sabéis que uno de los dos empieza a caerme peor que el otro?

Eva cerró parcialmente la puerta.

—Descansa sin dormir.

—Eso no existe.

—Entonces considéralo una tarea adaptada a tus capacidades.

Regresamos a la cocina.

Lucía había aislado la zona con el pretexto de preparar el segundo servicio, aunque todavía faltaban varias horas.

Las superficies metálicas estaban despejadas y el material relacionado con Llorente ocupaba un espacio cada vez mayor: la botella falsa, la original, dos tapones, el pastillero, la cámara de Nadia, el teléfono desechable y las notas guardadas en bolsas.

La escena empezaba a parecer el laboratorio improvisado de una investigación que no debería existir dentro de un avión.

Damián colocó el teléfono desechable dentro de una caja metálica de servicio y cerró la tapa.

—¿Eso impedirá que reciba mensajes? —pregunté.

—Debería reducir la señal.

—Ha vibrado dentro de una bolsa, debajo de una cubierta y cerca de cientos de dispositivos. No parece tímido.

—No quiero que quien lo controla sepa que seguimos leyéndolo.

—Acaba de enviarnos un mensaje que demuestra que sabe dónde estamos.

—Puede haberlo programado.

—O puede estar mirándonos.

Damián recorrió la cocina con la vista. Amira trabajaba más atrás.

Lucía estaba junto al pasillo. Eva permanecía frente al terminal.

Ningún pasajero podía observar el interior completo, aunque bastaba con acercarse al baño, abrir una puerta o utilizar el reflejo de una superficie para saber quién entraba y salía.

—A partir de ahora, nadie habla de la investigación fuera de una suite cerrada —dijo.

Eva dejó la tableta sobre la encimera.

—Las suites no son insonorizadas.

—Entonces hablaremos más bajo.

—Llevamos horas haciéndolo y alguien continúa escuchando.

—Porque su tripulación comenta demasiado.

—Mi tripulación no sabía nada hasta que empezaron a aparecer cadáveres, amenazas y agentes armados que se identifican delante de periodistas.

Damián se tensó.

—Entregué el arma.

—Después de pasearla por todo el avión.

—Era mi trabajo.

—El suyo era mantener vivo a Llorente.

La frase produjo un silencio diferente de los anteriores. Damián no reaccionó de inmediato. Miró la botella original, el tapón vacío y el espacio donde debía haber estado la tarjeta.

—Sí —dijo al final—. Lo era.

No se defendió.

Quizá por eso Eva no continuó.

Me acerqué al envase original. Sin la tira numerada, la cápsula abierta y el tapón desmontado, había perdido la apariencia de un producto de lujo.

Solo era una botella fría, casi llena, que alguien había transportado desde Francia hasta un aeropuerto, introducido en una caja especial y utilizado para esconder un compartimento diminuto.

La persona que la había sustituido conocía su función, pero no había encontrado lo que buscaba.

—Si la tarjeta no estaba en el tapón, ¿por qué Llorente envió una fotografía y pidió que solo confiara en ese número? —pregunté.

Damián no respondió.

—Creía que podía colocarla ahí —continué—, pero debió cambiar de método. Usted lo sabía.

—Sabía que cambiaba de método constantemente.

—No es lo mismo.

—Esta noche nada parece ser lo mismo.

—Samuel mencionó los vuelos sanitarios.

La expresión del agente se cerró.

Eva lo observó.

—También reaccionó antes cuando Jero los mencionó.

—Porque Orduña no debería conocer esa información.

—Pero la conoce —dije—. Y usted continúa decidiendo qué podemos saber después de que alguien haya muerto por no compartirla.

Damián miró hacia el pasillo, comprobó que Lucía controlaba el acceso y después nos indicó que entráramos en 1K. Eva ordenó a Amira que permaneciera en la cocina y nos siguió. Cerramos la puerta casi por completo, dejando solo una abertura estrecha para que Lucía pudiera avisarnos.

La suite parecía más pequeña cada vez que la utilizábamos.

El ordenador seguía sobre la mesa, desconectado de cualquier red, y mi esquema de la cubierta permanecía junto al teclado, lleno de nombres, horarios y flechas que ya no representaban un servicio sino movimientos potencialmente criminales.

Damián se sentó frente a nosotros. Durante varios segundos no dijo nada.

—La red de Llorente empezó con carga médica —explicó al fin—.

No con drogas ni dinero. Su empresa gestionaba transporte urgente de medicamentos, muestras biológicas, material de ensayo y componentes destinados a hospitales.

Cargas pequeñas, sensibles a la temperatura y con prioridad en los controles.

Cuando un contenedor lleva plasma, vacunas o tejido humano, nadie quiere ser el responsable de retrasarlo durante una hora para desmontarlo.

—Utilizaban esa prioridad para introducir otras cosas —dijo Eva.