Capítulo 12 #3
—No sé.
—¿Uniforme?
—Solo vi una sombra.
Damián se agachó frente a él.
—¿Por qué abandonó su puesto sin avisar?
Álex buscó algo en el bolsillo de la camisa. Sacó la nota que Claudia había encontrado bajo el asiento o, más exactamente, otra parte del mismo papel. Esta conservaba la mitad superior de la frase. Los bordes coincidían.
—La encontré pegada al teléfono —dijo—. Pensé que alguien había metido algo en mi bolsa.
—Y decidió venir solo.
—Si os avisaba y aparecía eso, me acusaríais.
—Ha aparecido y lo acusamos igualmente.
—Por eso vine.
Intentó ponerse de pie, pero perdió el equilibrio. Lo senté en el borde de una litera.
—Necesita que Mara lo examine —dije.
—No quiero a esa mujer cerca.
—Esta noche todo el mundo rechaza a la única médica disponible.
Damián volvió junto a la botella. La giró sin levantarla y estudió la cápsula.
—¿La tocó?
—La bolsa, sí. La botella no.
—¿Sabía que estaba aquí antes de recibir la nota?
—No.
—¿Quién podía acceder a su mochila?
—Cualquier tripulante con el código.
—¿El código es individual?
—No. Lo conoce toda la tripulación.
—También los pilotos —dije.
Álex levantó la cabeza.
—Samuel sabía que esta mochila era mía.
Damián lo observó.
—¿Por qué?
—Me vio guardarla antes del embarque. Me dijo que no la dejara en el pasillo porque bloqueaba el acceso.
—Eso no demuestra que la abriera.
—No he dicho que lo demuestre.
—¿Quién más la vio?
Álex cerró los ojos, intentando recordar.
—Nuria. Amira. Dos compañeros de abajo. El empleado de catering pasó por aquí con cajas.
—¿El mismo de la cocina superior?
—Creo que sí.
—¿Por qué traería catering material a la zona de descanso?
—Hay un frigorífico técnico al otro lado del panel. Guardan algunas comidas de tripulación.
El frigorífico.
Me acerqué al lateral del compartimento. Una pequeña puerta metálica se encontraba integrada en la pared, casi oculta detrás de un armario. La abrí.
Dentro había bandejas, botellas de agua, alimentos destinados al descanso y un hueco vacío en la balda inferior. La superficie mostraba un círculo húmedo del tamaño de la botella de Llorente.
—Estuvo aquí —dije.
Damián comprobó el espacio.
—¿Cuánto tiempo?
—No podemos saberlo, pero explica que siga fría. Alguien la retiró hace poco y la puso en la mochila.
—Álex pudo hacerlo al llegar.
—¿Para qué iba a sacar una prueba del frigorífico y colocarla en su propio equipaje?
—Para esconderla hasta que creyó que lo buscábamos.
—No sabía que conocíamos el lote original.
—Sabía que buscábamos la botella.
Álex abrió los ojos.
—No sabía que existía otra.
Damián se volvió hacia él.
—La vio antes del embarque.
—Vi una caja.
—Y después ayudó a sustituir el precinto del carro donde apareció la amenaza.
—Por dos miniaturas. Ya lo he explicado.
—También abandonó su puesto, bajó hasta aquí y fue encontrado junto al envase original.
—Porque alguien me envió una nota.
—Una nota que podría haber escrito usted.
—¿Y luego me golpeé la cabeza?
—No sería el primer sospechoso que se provoca una lesión.
Álex lo miró con incredulidad.
—¿De verdad cree que soy capaz de organizar todo esto y no de inventar una historia mejor?
La pregunta tenía una lógica extraña, pero bastante convincente.
Me agaché junto a la botella. La cápsula plateada presentaba una pequeña línea irregular alrededor de la base. No estaba abierta, aunque alguien podía haberla retirado y vuelto a colocar. La ausencia de la tira numerada indicaba que la habían despegado para transferirla a la botella falsa.
—Necesitamos comprobar el tapón —dije.
—Puede contener la tarjeta —respondió Damián.
—O lo que queda de ella.
El agente fotografió cada lado antes de manipularlo. Utilizó una servilleta gruesa para girar la cápsula. El cierre cedió con un clic limpio, diferente al sonido que había producido la botella falsa cuando Llorente la abrió. Retiró el tapón y examinó la parte interior.
A simple vista parecía normal.
Después presionó el disco central con la punta de un bolígrafo.
La pieza se desplazó.
Debajo había una cavidad rectangular, apenas mayor que una uña, protegida por una lámina de plástico. El espacio estaba vacío.
—Aquí debía ir la tarjeta —dijo.
Álex miró el tapón.
—Yo no sabía nada de eso.
—La persona que sustituyó la botella sí —respondí—. Sacó la original, abrió el compartimento, descubrió que la tarjeta no estaba y preparó la amenaza.
—Después la ocultó en el frigorífico —añadió Damián—. Más tarde la trasladó a la mochila de Álex.
—¿Por qué no deshacerse de ella?
—Porque el avión estaba en tierra cuando la cambió. Podía sacarla del aparato.
—A menos que no tuviera tiempo, temiera los controles de salida o pensara que todavía podía necesitarla como prueba contra otra persona.
Damián observó a Álex.
—Y ahora esa persona está delante.
El tripulante se puso en pie con esfuerzo.
—No me está escuchando.
—Le escucho. Lo que dice coincide exactamente con lo que diría alguien que hubiera sido descubierto.
—También con lo que diría alguien a quien le han colocado una botella en la bolsa.
—Por eso no he decidido todavía cuál de los dos es.
—Ya lo ha decidido.
Álex intentó pasar, pero Damián bloqueó el corredor.
—No saldrá de aquí sin compañía.
—No puede detenerme.
—Puedo restringir sus movimientos por la seguridad del vuelo.
—Ya no tiene arma.
La frase cambió la postura de Damián. No hizo ningún movimiento brusco, pero el espacio pareció encogerse.
—No necesito un arma para impedir que se marche.
Me interpuse antes de que alguno demostrara la afirmación.
—Álex necesita atención médica. Después Eva decidirá dónde permanece.
—El comandante decidirá —corrigió Damián.
—El comandante está encerrado con el otro sospechoso principal. De momento podemos permitir que Eva siga mandando en su propia tripulación.
Álex se apoyó contra la pared. La sangre había empezado a secarse, pero seguía desorientado.
—Vi algo —dijo.
Damián y yo nos volvimos.
—Antes de que apagaran la luz. En el reflejo del panel.
—¿Qué?
—Una manga.
—¿De qué color?
—Blanca.
—Eso incluye a todos otra vez.
—Tenía galones.
El ruido de la ventilación llenó el compartimento.
—¿Cuántos? —preguntó Damián.
—No lo sé. Solo vi líneas doradas.
—Puede haber sido un piloto.
—O alguien con una camisa de piloto —dije.
La prenda abandonada en el baño no tenía galones, pero podían haberse retirado. Las insignias eran pequeñas, fáciles de llevar en un bolsillo y todavía más fáciles de falsificar para un pasajero que solo necesitaba ser visto de lejos.
—Samuel estaba en la cabina —dije.
—Cuando usted entró —respondió Damián—. No sabemos dónde estuvo durante todos los minutos anteriores.
—Alcázar lo confinó.
—Después de hablar con usted.
—Entonces el comandante habría notado que salía.
—A menos que Alcázar estuviera implicado.
Era la primera vez que alguien pronunciaba aquella posibilidad.
Pensé en el comandante solicitando que entrara solo, retrasando apenas una fracción de segundo la confirmación de que Samuel había iniciado la consulta con operaciones y decidiendo mantener la ruta después de la amenaza.
También pensé en el hombre que conocía desde hacía años, el que me había permitido sentarme en una cabina cuando todavía creía que podía convertirme en piloto y acababa de prometer que llegaríamos a tierra.
La confianza no era una prueba.
La desconfianza tampoco.
—Álex estaba aturdido —dije—. Pudo confundir un reflejo.
—Pude —admitió—. Pero vi oro en el hombro.
Damián guardó el tapón modificado en una bolsa distinta.
—Subiremos la botella, el teléfono y la camisa. Montalbán quedará bajo vigilancia en una suite vacía después de que lo examine la médica.
—No pienso encerrarme al lado del cadáver.
—No estará al lado. Utilizaremos otra zona.
—¿Y Nuria?
—No hablará con ella.
—No ha hecho nada.
—Eso espero.
Ayudé a Álex a caminar hasta la escalera. Antes de subir, miré otra vez la mochila abierta, el hueco húmedo del frigorífico y la botella original dentro de la bolsa transparente.
La evidencia señalaba a Álex con una precisión casi ofensiva.
Había roto el precinto.
Había mentido sobre su acceso al avión.
Había ayudado a crear la vulnerabilidad utilizada para introducir la amenaza.
Había abandonado su puesto.
La botella original apareció en su equipaje.
Y, cuando fuimos a buscarlo, lo encontramos oculto en una zona restringida.
Era el culpable perfecto.
El único problema era que un culpable que hubiera conseguido matar a Llorente sin entrar en la suite, sustituir una botella bajo controles de seguridad, utilizar una identificación ajena, preparar dos notas y vigilar nuestra investigación no habría necesitado dejar todas las pruebas dentro de una mochila marcada con su equipo de fútbol.
Aquello no era un descuido.
Era una presentación.
Alguien había preparado a Álex para que lo encontráramos exactamente de aquella manera, y la segunda nota había hecho algo más que advertirnos de que dejábamos solo al verdadero culpable. Nos había enviado a buscarlo.
Mientras ascendíamos hacia la cubierta principal, el teléfono desechable vibró dentro de la bolsa que llevaba Damián.
La pantalla se encendió.
Había llegado un mensaje nuevo.
YA TENÉIS UN CULPABLE. DEJAD DE BUSCAR.
Damián lo leyó sin detenerse.
—Sabe que lo hemos encontrado.
Miré hacia la escalera, las dos cubiertas y los cientos de pasajeros que continuaban encerrados en la noche.
—No —dije—. Sabía que íbamos a encontrarlo.
Y esa diferencia significaba que, mientras nosotros seguíamos un camino preparado, el verdadero responsable todavía tenía libertad para elegir el siguiente.