Capítulo 12 #2
Damián descendió primero.
—Si Álex está escondido, sabrá que venimos —dijo.
—También sabrá que aquí no existe una salida alternativa.
—Puede estar esperando.
—¿Con qué?
—Eso intentaremos descubrir antes que él.
La frase no ayudó.
Bajé detrás. El techo obligaba a inclinar ligeramente la cabeza y el ruido de los motores se percibía allí de un modo distinto, transmitido por la estructura en lugar de llegar desde el exterior. Las literas formaban dos corredores estrechos. Las cortinas permanecían abiertas, salvo una al fondo.
Damián levantó una mano para detenerme.
Se acercó despacio, apartó la tela de un tirón y encontró una cama vacía, con una manta doblada y una almohada todavía dentro de su funda.
—Muy dramático —dije.
—Podía haber alguien.
—La almohada parecía peligrosa.
Revisamos las demás literas, los armarios y el pequeño espacio destinado a efectos personales. No había rastro de Álex. Sin embargo, en una de las camas superiores encontramos un teléfono.
No pertenecía a la compañía. Era un modelo barato, sin funda, con la pantalla apagada. Damián lo recogió con guantes y pulsó el botón lateral.
No tenía bloqueo.
La pantalla mostraba una sola conversación, sin nombre asociado. El mensaje más reciente había sido enviado hacía ocho minutos.
Ya están mirando al piloto. Espera.
No había respuesta.
El mensaje anterior decía:
La botella no estaba vacía. Encuentra al tripulante que la llevó.
Y el primero:
No cambian de rumbo.
El aparato no contenía otros contactos, fotografías ni aplicaciones abiertas. La hora coincidía con la del avión y la batería estaba casi completa.
—Un teléfono desechable —dijo Damián.
—Colocado en una litera vacía para que lo encontremos.
—O abandonado por quien lo utilizaba.
—¿Por qué dejarlo desbloqueado?
—Prisa.
—Y borrar todo salvo los tres mensajes que nos interesa leer también ha debido de consumir tiempo.
Damián guardó el dispositivo en otra bolsa.
—Puede pertenecer a Álex.
—Puede pertenecer a Samuel, a Mena, a Eva, a mí o a la señora del antifaz violeta. La cama no tiene nombre.
—La nota decía que dejáramos de mirar al piloto. El mensaje confirma que alguien estaba controlando esa dirección.
—O quiere que creamos que existe un segundo implicado.
—¿Por qué un segundo?
—Porque quien recibe el mensaje espera. Quien lo envía da instrucciones.
Damián leyó otra vez la pantalla.
—Puede ser una conversación consigo mismo.
—Eso sería bastante triste, incluso para un asesino.
—Permite crear la impresión de un cómplice.
—Y usted dice que leo demasiadas novelas.
El espacio empezaba a resultarme opresivo.
No por el tamaño, aunque apenas podía extender los brazos sin tocar dos paredes, sino por la sensación de que alguien había preparado objetos para cada lugar al que llegábamos.
Una nota en un carro. Otra en 7A. Una camisa en el baño.
Un teléfono en una litera. Las pistas no parecían dejadas por descuido. Nos esperaban.
Subimos.
Eva nos llamó por el interfono en cuanto regresamos a la cocina.
—Nuria está en su puesto —dijo—. No ha visto a Álex y asegura que no ha recibido ningún mensaje suyo. La cubierta inferior ha revisado baños, cocinas y filas sin alarmar a los pasajeros.
—¿La zona de descanso de pilotos? —preguntó Damián.
—Solo se accede desde la parte delantera y el comandante ha confirmado que permanece cerrada.
—¿La bodega?
—No se puede acceder desde la cabina en vuelo.
—Compartimentos técnicos.
—Algunos, pero necesitaría herramientas y conocimiento.
—Álex conoce parte del avión —dije.
—No lo suficiente para abrir paneles sellados sin dejar rastro.
Eva hizo una pausa.
—Hay otra cosa. Claudia ha encontrado una nota debajo del asiento donde estaba sentado.
Damián y yo nos miramos.
—¿Qué dice?
—«Mira en tu bolsa antes de que ellos lo hagan».
Regresamos a la cocina trasera.
La nota estaba escrita a mano sobre una tira arrancada de un formulario, con la misma tinta negra y la misma inclinación hacia la derecha que la frase añadida en 7A.
MIRA EN TU BOLSA ANTES DE QUE ELLOS LO HAGAN.
—Entonces Álex no desapareció para huir —dije—. Fue a comprobar su equipaje.
—Su equipaje sigue en el armario —respondió Eva.
—La bolsa que vimos puede no ser la que buscaba.
Claudia señaló hacia la cubierta inferior.
—Tiene otra en el compartimento de descanso. Una mochila pequeña con ropa para el turno.
No la había mencionado porque no la consideraba equipaje principal. En vuelos largos, algunos tripulantes dejaban una segunda bolsa cerca de la zona donde dormirían para no atravesar toda la cabina cuando comenzara el descanso.
—¿Dónde exactamente? —preguntó Damián.
—En la zona de descanso inferior, junto a la cocina central.
La tripulación de la cubierta principal había revisado los pasillos y baños, pero nadie había entrado aún en aquel compartimento porque se suponía vacío y cerrado. Álex podía haber atravesado la escalera trasera, bajar sin llamar la atención y llegar allí en menos de tres minutos.
—Eva, mantén la cabina —dijo Damián.
—No recibo órdenes suyas.
—Entonces decida quedarse por su cuenta.
Eva estuvo a punto de responder, pero la preocupación pudo más que la jerarquía.
—Jero, ve con él. Claudia avisará a la cubierta inferior de que nos dirigimos a la zona de descanso. Nada de interfonos abiertos.
Descendimos por la escalera trasera.
El cambio entre cubiertas resultaba más brusco allí que en la parte delantera.
Arriba, las suites y los asientos de ejecutiva ofrecían espacio y privacidad.
Abajo, las filas se extendían con una densidad mayor, divididas por dos pasillos y llenas de cuerpos dormidos bajo mantas idénticas.
El aire parecía más cálido. El ruido de los motores se mezclaba con respiraciones, ronquidos, el llanto lejano de un niño y el sonido apagado de cientos de auriculares.
Avanzamos despacio.
No podíamos correr sin provocar preguntas.
Tampoco abrirnos paso diciendo que buscábamos a un posible asesino vestido como nosotros.
Damián caminaba con las manos vacías y una expresión que hacía que los pasajeros apartaran las piernas antes de que se lo pidiera.
Yo sonreía a quienes nos miraban, intentando transmitir que todo formaba parte de una operación habitual.
Mi sonrisa profesional probablemente sugería una evacuación inminente.
La entrada de la zona de descanso inferior estaba oculta detrás de un panel junto a la cocina central. Una tripulante nos esperaba allí y abrió con su código.
—No he entrado —dijo—. Eva pidió que esperara.
—¿Ha oído algo? —preguntó Damián.
—Un golpe hace un minuto. Después nada.
El agente me miró.
—Usted detrás.
—No llevo arma.
—Por eso.
—No entiendo cómo mejora mi posición.
Damián abrió.
Una escalera descendía hacia un espacio situado por debajo del nivel de la cabina. El aire era más frío y el zumbido de la ventilación sonaba casi tan fuerte como los motores. Encendimos las luces mínimas. Las literas aparecieron a ambos lados, cerradas por cortinas grises.
—Álex —llamé en voz baja—. Soy Jero.
No hubo respuesta.
—Si está aquí, salga con las manos visibles —añadió Damián.
—Eso ha sonado tranquilizador.
—Cállese.
Avanzamos.
La primera litera estaba vacía.
La segunda también.
En la tercera encontramos una mochila abierta sobre la cama. La cinta verde del asa coincidía con la de su maleta principal. Había ropa doblada, un neceser, auriculares y una bolsa de plástico húmeda.
Del interior sobresalía el cuello azulado de una botella.
Damián me apartó antes de que pudiera acercarme.
—No toque nada.
No hacía falta. Reconocí la etiqueta, la montaña blanca y el tapón metálico.
Mont d’Argent Réserve.
La botella original.
El código grabado junto a la base era visible incluso desde mi posición.
L24-118-FR.
Damián fotografió la mochila antes de introducir las manos enguantadas. Sacó el envase y lo colocó sobre una sábana limpia. Permanecía cerrado, con la cápsula intacta, aunque la tira numerada había sido retirada. La superficie estaba cubierta por gotas de agua.
—Está fría —dije.
—Puede haber permanecido en la mochila desde antes del vuelo.
—No seguiría fría después de más de dos horas.
Toqué el exterior de la bolsa sin acercarme a la botella. La tela estaba húmeda en un punto concreto, como si el envase hubiera sido introducido poco antes.
—La sacaron de un frigorífico hace minutos.
—Álex pudo hacerlo.
—Mientras Claudia lo vigilaba.
—Estuvo solo antes.
—No el tiempo suficiente para bajar, recogerla de una cocina, esconderla aquí, volver arriba y sentarse.
—Puede haberla colocado durante el servicio.
—Entonces ¿por qué regresar ahora después de recibir una nota que le decía que mirara en su bolsa?
Damián examinó el tapón.
—Porque sabía lo que encontraríamos y quería moverlo.
Un ruido llegó desde el fondo.
No fue un golpe, sino una respiración áspera seguida por el roce de una cortina.
Damián avanzó.
Yo lo seguí a dos pasos, aunque la escalera se encontraba detrás y una parte muy sensata de mi cabeza insistía en que mi formación no incluía perseguir asesinos entre literas.
La última cortina estaba cerrada.
—Álex —dijo Damián—. Salga despacio.
La tela se movió.
Una mano apareció por debajo, apoyándose en el borde de la cama. Después vimos el rostro de Álex, pálido, sudoroso y con una línea de sangre que descendía desde la sien hasta la mandíbula.
—No he sido yo —murmuró.
Intentó incorporarse y cayó de rodillas.
Lo sujeté antes de que golpeara el suelo. Damián apartó la cortina y comprobó el interior de la litera. No había nadie más.
Álex llevaba la camisa desabrochada en el cuello y había perdido la corbata. La placa seguía prendida en el pecho. Tenía un pequeño corte sobre la ceja y la pupila derecha parecía responder con lentitud a la luz.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunté.
—Alguien estaba aquí.
—¿Quién?
—No lo vi.
—¿Lo golpearon?
Se tocó la cabeza y miró la sangre en los dedos como si acabara de descubrirla.
—Entré, abrí la mochila y encontré la botella. Después escuché la puerta. Pensé que erais vosotros.
—¿Y no lo éramos? —preguntó Damián.
—Alguien apagó la luz.
—¿Hombre o mujer?